miércoles, 24 de diciembre de 2014

CAJÓN CE ARTÍCULOS. UNA HISTORIA PERSONAL

UNA HISTORIA PERSONAL

    La memoria individual, a mi juicio, es la gran olvidada de las memorias que conforman nuestra historia, tanto personal como colectiva. En estos días de fiesta se nos invita a la introspección y a hacer balance de nuestro año, hecho en sí aterrador, porque significa que sólo una vez durante éste nuestras robóticas y laxas vidas inmersas en nuestras ocupaciones somos conscientes de que es necesario pararnos y reflexionar. Si esto es así, es comprensible que nos convirtamos en nihilistas y aceptemos nuestra completa alienación para poder combatirla, o hagamos todo lo contrario: huyamos de esta demoledora certeza y continuemos ocupándonos de nuestras vidas renunciando a detenernos y recordar, a recordar quiénes hemos sido, y en qué nos hemos convertido.
   Si has seguido leyendo estas líneas, habrás llegado tal vez a la conclusión de que destilan cierto pesimismo y tristeza. No estoy de acuerdo. La película de Alberto Closas La gran familia, que conmovió a nuestra generación, es una cinta en sí misma optimista y alegre que refleja las dificultades cotidianas de una familia muy real, y que es una profunda y acertada reflexión sobre nuestras vidas, un extraño torbellino de tristezas y alegrías que, cuando se detiene, nos deja confundidos y sin capacidad de reaccionar. Ése padre atribulado que fuma constantemente y que no llega a fin de mes, puedo ser yo o tú, del mismo modo que el que, toda su familia ya acostada, pierde su mirada a través de la ventana del salón mirando las estrellas pensando, probablemente, que pese a todo, es feliz porque los tiene a ellos. Esto es más real que las fiestas que nos son inoculadas a través de los medios, y que nos ciegan con sus aberrantes luces como si fuéramos topos.
    Siempre viene a mi memoria el Marcello de La Dolce Vita, un personaje que en un abrir y cerrar de ojos se traslada de lo sórdido a lo más resplandeciente, y viceversa. Un ser perdido en sí mismo y en todo cuanto le rodea, persiguiendo una quimera –otra mujer, otro reportaje digno del premio Congourt, otra noche de copas- que cada vez le entristece más y le convierte en un ser más y más absurdo.  También recuerdo a menudo a la actriz acabada y vieja de El crepúsculo de los dioses, una ajada vieja gloria que aún cree que van a llamar a su puerta a ofrecerle el guión de su carrera, como así lo hace el forastero que aterriza en su hogar y, arruinado y perseguido por sus deudas, decide aceptar la farsa y llevarla hasta el final. Ésta película sí es triste porque trata sobre aquellos seres que viven en un mundo irreal, incapaces de ver la verdad de sus vidas y aceptarlas, al menos para morir en paz, o para vivir lo que queda de ella con conciencia y plenitud. Éste personaje, patético hasta causar amargura, se asemeja al Burt Lancarster de El Nadador, un hombre que retorna a su urbanización en una acaudalada montaña poblada de chalets reflejo de la prosperidad del Gran sueño americano tras años de ausencia, con la idea de atravesarlos nadando en todas sus piscinas hasta llegar a su antigua casa, donde cree que le esperan sus hijos y mujer, a quienes dejó atrás, para encontrarse una casa abandonada y repleta de hojas caídas, vacía en su interior, llena de polvo y de dolor contenido. También hemos vivido así a veces, sin darnos cuenta de que ese decepcionante final lo habíamos escrito nosotros mismos con antelación.

    Rutger Auger, encarnando al robot-replicante albino, para terminar, en Blade Runner, en esa mítica escena bajo la lluvia nocturna en los tejados, también siente el deseo de reflexionar antes de morir, y de apelar a la importancia de la memoria personal, pese a ser un robot (¿o lo es Harrison Ford?)- de lo que hemos sido, de lo que hemos vivido, y de lo que se perderá con nosotros, y nos empeñamos en no recordar, porque preferimos mirar a Dios, a nuestro Ego o a nada: “He visto cosas que vosotros no creeríais. He visto naves ardiendo más allá de Orión;  he visto rayos brillar en la puerta de la oscuridad de Tanhäuser. Todos estos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.”, Es hora de morir, o de mirar atrás un rato para poder mirar al futuro con una mirada limpia y optimista, ambas cosas retos dignos de Tántalo o de Sísifo. Pero estos son otras historias. La nuestra, la historia personal está dentro de nosotros. Más cerca de lo que creíamos. Feliz Navidad.