UNA HISTORIA PERSONAL
La memoria individual, a mi juicio, es la
gran olvidada de las memorias que conforman nuestra historia, tanto personal
como colectiva. En estos días de fiesta se nos invita a la introspección y a
hacer balance de nuestro año, hecho en sí aterrador, porque significa que sólo
una vez durante éste nuestras robóticas y laxas vidas inmersas en nuestras
ocupaciones somos conscientes de que es necesario pararnos y reflexionar. Si esto es
así, es comprensible que nos convirtamos en nihilistas y aceptemos nuestra
completa alienación para poder combatirla, o hagamos todo lo contrario: huyamos de esta demoledora
certeza y continuemos ocupándonos de nuestras vidas renunciando a detenernos y
recordar, a recordar quiénes hemos sido, y en qué nos hemos convertido.
Si has
seguido leyendo estas líneas, habrás llegado tal vez a la conclusión de que destilan
cierto pesimismo y tristeza. No estoy de acuerdo. La película de Alberto Closas
La gran familia, que conmovió a nuestra generación, es una cinta en sí misma
optimista y alegre que refleja las dificultades cotidianas de una familia muy
real, y que es una profunda y acertada reflexión sobre nuestras vidas, un
extraño torbellino de tristezas y alegrías que, cuando se detiene, nos deja
confundidos y sin capacidad de reaccionar. Ése padre atribulado que fuma
constantemente y que no llega a fin de mes, puedo ser yo o tú, del mismo modo
que el que, toda su familia ya acostada, pierde su mirada a través de la
ventana del salón mirando las estrellas pensando, probablemente, que pese a
todo, es feliz porque los tiene a ellos. Esto es más real que las fiestas que
nos son inoculadas a través de los medios, y que nos ciegan con sus aberrantes
luces como si fuéramos topos.
Siempre viene a mi memoria el Marcello de La Dolce Vita, un personaje que en un
abrir y cerrar de ojos se traslada de lo sórdido a lo más resplandeciente, y viceversa.
Un ser perdido en sí mismo y en todo cuanto le rodea, persiguiendo una quimera –otra
mujer, otro reportaje digno del premio Congourt, otra noche de copas- que cada
vez le entristece más y le convierte en un ser más y más absurdo. También recuerdo a menudo a la actriz acabada
y vieja de El crepúsculo de los dioses,
una ajada vieja gloria que aún cree que van a llamar a su puerta a ofrecerle el
guión de su carrera, como así lo hace el forastero que aterriza en su hogar y,
arruinado y perseguido por sus deudas, decide aceptar la farsa y llevarla hasta
el final. Ésta película sí es triste porque trata sobre aquellos seres que
viven en un mundo irreal, incapaces de ver la verdad de sus vidas y aceptarlas,
al menos para morir en paz, o para vivir lo que queda de ella con conciencia y
plenitud. Éste personaje, patético hasta causar amargura, se asemeja al Burt
Lancarster de El Nadador, un hombre
que retorna a su urbanización en una acaudalada montaña poblada de chalets
reflejo de la prosperidad del Gran sueño americano tras años de ausencia, con
la idea de atravesarlos nadando en todas sus piscinas hasta llegar a su antigua
casa, donde cree que le esperan sus hijos y mujer, a quienes dejó atrás, para
encontrarse una casa abandonada y repleta de hojas caídas, vacía en su
interior, llena de polvo y de dolor contenido. También hemos vivido así a
veces, sin darnos cuenta de que ese decepcionante final lo habíamos escrito nosotros
mismos con antelación.
Rutger Auger, encarnando al robot-replicante
albino, para terminar, en Blade Runner,
en esa mítica escena bajo la lluvia nocturna en los tejados, también siente el
deseo de reflexionar antes de morir, y de apelar a la importancia de la memoria
personal, pese a ser un robot (¿o lo es Harrison Ford?)- de lo que hemos sido, de lo que hemos vivido, y de lo que se perderá
con nosotros, y nos empeñamos en no recordar, porque preferimos mirar a Dios, a
nuestro Ego o a nada: “He visto cosas que
vosotros no creeríais. He visto naves ardiendo más allá de Orión; he visto rayos brillar en la puerta de la
oscuridad de Tanhäuser. Todos estos momentos se perderán en el tiempo como
lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.”, Es hora de morir, o de mirar
atrás un rato para poder mirar al futuro con una mirada limpia y optimista, ambas
cosas retos dignos de Tántalo o de Sísifo. Pero estos son otras historias. La
nuestra, la historia personal está dentro de nosotros. Más cerca de lo que
creíamos. Feliz Navidad.