lunes, 29 de julio de 2019

CAJÓN DE RELATOS. PÁSAME LA BOTELLA






PÁSAME LA BOTELLA


Francisco Javier Martos


   Cuando Al dijo a Cris que su coordinador general les había invitado a cenar el viernes, Cris no pudo evitar poner una mueca de disgusto y decir:
-     apenas los conoces. Yo nunca he visto a su mujer. No recuerdo ni su nombre.
-     Raquel
-     ¿Por qué nos invitan?
-     Ya te he dicho que yo sí tengo cierto trato con Estéfano. Es mi nuevo coordinador y le gusta como trabajo. Es una oportunidad para consolidar mi situación.
-     Puedes proponerle que te haga editor jefe.
-     De momento vamos a cenar.
-     ¿Tienen hijos?
-     Una chica adolescente
-     Podemos llevar el vino.
-     Según el protocolo del buen anfitrión el vino y el postre debe ponerlos éste. Podemos llevar queso.
-     ¿Desde cuándo lees esas chorradas?
-     Sabes que soy muy curioso.
-     Está bien. Mañana compararé un surtido.
-     Estéfano es un gentleman. Habrá que ir elegantes.
-     Me pondré el vestido verde de brocado que tanto te gusta.
-     Estarás guapísima cariño.

   Encontraron aparcamiento justo frente a la puerta de la casa, un bonito chalet de diseño moderno con las terrazas con antepechos de cristal al aire y grandes ventanales corridos. La planta superior estaba a oscuras, pero se veía Luz en La amplia ventana del salón, que tenía los estores levantados. Llamaron al telefonillo con cámara incorporada y la puerta se abrió al instante.  Entraron. Al y Cris contemplaron el enorme y cuidado jardín, y alcanzaron a ver los focos encendidos de la piscina que se encontraba en la parte de atrás y tres buenos coches aparcados en la rampa del garaje.
 - preciosa casa. Tienen tres coches.
Dijo Cris. Al se limitó a enarcar las cejas y poner un gesto de estupor.
-     no sabía que los coordinadores generales de una revista de opinión pudieran permitirse esta mansión.
-     Ella será rica
   Llamaron a la puerta principal y a ambos les sorprendió que les abriera una criada con delantal y cofia.
-     pasen por favor. Los señores les esperan en el salón.  ¿Me siguen?
   La criada debía ser dominicana o ecuatoriana a juzgar por su acento
-     creo que dominicana -dijo Cris. – hemos traído unos quesos variados para picar.
-     Con gusto me los llevo señora.
   La siguieron hasta un espacioso salón-comedor, donde, al verlos llegar, los Valero se levantaron y les recibieron. Un perro enorme se levantó también de algún lugar del oscuro fondo del salón, solo iluminado por un par de lámparas de mesilla que aportaban al lugar un ambiente agradablemente acogedor, y se dirigió disparado hacia los desconocidos lanzando dos desagradables ladridos. Antes de que la señora Valero pudiera presentarse con la mano extendida hacia Al y Cris el enorme perro negro ya se había encaramado sobre sus patas traseras sobre las piernas de Cris, llenando su precioso vestido de brocado de unas babas blanquecinas, viscosas y húmedas.
-     ¡no sabe cuánto los siento! , se apresuró a decir la señora Valero - ¡Cristiana, trae unas toallitas para la señora López, rápido!- Gritó, mirando hacia la puerta del salón.

Mientras la criada venía con las toallitas Estéfano presentó a su mujer a Al y Cris, e inmediatamente aquel cogió al perro por el collar y lo empujó hacia su rincón
-     ¡Rusty, a tu rincón! Increpó al enorme animal.
-     Estéfano, sabes que no me gusta que trates al perro así. Lo sabes.
-     Deberíamos llevarlo al jardín
-  Sabes que me estropea las rosas y que se tirará a la piscina y que no sabe nadar.
- Debería ahogarse o tragarse unas cuantas espinas. Mira cómo ha dejado el vestido de Cris- la señora Valero lanzó una mirada asesina a su esposo.
-     No tiene gracia Estéfano.
-  No importa, de veras - se apresuró a decir Cris. No es nada.
En ese instante apareció Cristiana con las toallitas, dándoselas a Cris, quien limpió las asquerosas babas de su vestido, dejando unas manchas húmedas sobre él.


-  Sentémonos en el sofá, por favor, - dijo la señora Valero. Poneos cómodos.
Las parejas se dirigieron al sofá. Al se fijó en la enorme mesa vestida para la cena que había a la derecha, junto a la amplia ventana, equipada con una bonita vajilla de diseño moderno sobre un mantel blanco inmaculado. Charlaron sobre la revista, los proyectos y la buena situación que ésta atravesaba. Al y Cris esperaban que en algún momento les ofrecieran algo de beber, pero no lo hicieron. Al, intentando provocar en su coordinador el ofrecimiento de una copa pidió un vaso de agua.
-  trae agua para el señor Cristiana. La jarra de cristal. Les ofrecería algo más, pero ni Raquel ni yo bebemos alcohol. Tampoco nos gustan los refrescos. A Raquel le provocan unos gases horribles.
-     Agua está bien, dijo Cris con un eco de resignación en su voz. De repente se vino abajo. Pensó que no iba a soportar una velada larga sin que el vino al menos le ayudara a sobrellevar esas cenas con desconocidos que odiaba. Pensó incluso en ofrecerse a salir a comprar una botella, pero descartó la idea considerando que no era adecuado.

Hablaron de trivialidades. A la media hora Estéfano sugirió pasar al comedor y sentarse a la mesa.
-  ¡Cristiana, vamos a sentarnos ya a cenar! - gritó la señora Valero. En ese preciso instante pareció como si un enorme meteorito hubiera impactado en el comedor de la casa, dejando un cegador resplandor que hizo palidecer a los dos matrimonios. Estéfano había encendido las luces del comedor, cuatro potentes focos led que daban al lugar una atmosfera fría y desagradable, como el quirófano de un gran hospital.
-  Así nos veremos mejor- añadió. Cris pensó que las luces de la lamparilla eran más apropiadas
-     Así nos veremos mejor las patas de gallo - susurró a Al.-¡qué luz tan horrible!

Los dos matrimonios se dirigieron hacia la lujosamente preparada mesa junta al ventanal, Al y Cris siguiendo los pasos de sus anfitriones. Cris se dirigió a su marido de nuevo en un susurro
-     no hay vino Al. Tira ese maldito libro que has leído a la basura. Mira mi vestido. Ellos van vestidos de calle. Ese asqueroso chucho ha arruinado mi precioso vestido. Las luces de las lamparitas estaban mejor. Pareces un cadáver.
-     Tranquila Cris. Tomaremos un whisky en casa cuando regresemos. Mandaremos el vestido a la tintorería. Tú también pareces un hermoso cadáver.
   Ya sentados a la mesa apareció Cristiana con unos canapés de apetitoso aspecto. Esto animó a Cris, compensando su enfado por lo del vino y su vestido. Cris hizo un comentario sobre la vajilla y fue entonces cuando Raquel acaparó la conversación durante quince minutos.

-     Las diseño yo. Soy diseñadora de cerámica y joyas. Mientras Estéfano se dedica a sus causas políticas yo aporto la parte más espiritual en nuestra relación. Es como un equilibrio, ya me entendéis. Él es el militante que fustiga en su revista a una sociedad en la que la desigualdad es lo que predomina así como la injusticia social, y a aquellos que aún siguen estancados en esos prejuicios burgueses que rechazan la globalización y el respeto por todas las personas, vengan de donde vengan. Yo aporto equilibrio con el arte y la sensibilidad. ¿Verdad Estéfano? -dijo, girándose hacia su marido.

-   Al y Cris escuchaban con atención, evitando echar mano a los canapés por respeto, cuando en realidad lo que querían era devorar los aperitivos en lugar de escuchar el estúpido discurso de Raquel. Cris se preguntó por qué Cristiana no había servido el queso que habían traído. Al miro por la ventana y se acordó de los tres coches y de Cristiana, y no pudo evitar dibujar una cínica sonrisa cuando Raquel finalizó su estudiado manifiesto. Justo al terminar y cuando Al se disponía a comentar su último artículo sobre la globalización, apareció en el salón una chica de unos diecisiete años, corte de pelo estrafalario, piercing en la nariz y camiseta sin mangas de Sepultura.
-   ¿está hecha la cena? - preguntó a Cristiana, quien retiraba las bandejas vacías de los canapés.
-     Hola cariño. Saluda
-    ¿ Está mi cena?
Cris miró con estupor a la joven, y de repente sintió algo húmedo sobre su pie izquierdo. Entonces se percató de que el enorme perro negro se había colado debajo de la mesa y babeaba sobre sus zapatos.
-     ¡dios santo, qué asco! Gritó
-     ¡Maldito asqueroso animal de mierda! Dijo Estéfano
-     ¡Sabes que no me gusta que hables así de Rusty! -Le reprochó su esposa
-     ¡Joder Raquel!- dijo, al tiempo que se levantaba y agarraba al perro por el collarín arrastrándolo de debajo de la mesa- ¡tu madre podría habernos regalado una puta Termomix en lugar de este maldito demonio, Santo Dios!
-     Sabes que no me gusta que hables de mi madre así por dios Estéfano!
-     ¡Está mi puta cena! Se escuchó preguntar a la joven.

   Raquel se levantó de la mesa y salió del salón con su hija, a quien se oía gritar a su madre encanallada soltando reproches apenas inteligibles.
-     disculpad, disculpad- dijo Estéfano visiblemente violentado. ¡Cristiana, trae las toallitas por favor! ¡Rusty, a tu rincón! ¡Maldito perro!
 Cristiana apareció de nuevo con las toallitas e hizo ademán de limpiar el pie de Cris. Se habían levantado todos.
-     ¿Me permite mi señora?
-     ¡No, no, déjelo! , deme esas toallitas.
Raquel regresó al salón. Ahora se escuchaba gritar a la joven quien probablemente estaría abroncando a Cristiana.
-     es una edad horrible.- dijo- . La adolescencia. Esa rebeldía, ese enfado con el mundo sin motivo. Ya pasará.
-  Ahora llaman rebeldía a no dar ni los jodidos buenos días. Lo que hay que hacer es bajarle los humos a esta amargada
-   ¡Estéfano, sabes que no me gusta que hables así de nuestra hija! Ustedes no tienen hijos, tengo entendido, ¿verdad?
-     No nos lo hemos planteado de momento - contestó Cris. Acabamos de instalarnos y Al lleva poco tiempo en la revista. No lo creemos necesario por el momento.

  En realidad ni Cris ni Al deseaban tener hijos. Lo habían hablado y habían decidido ser una de esas parejas sin hijos. No les apetecía decirlo según en qué foros porque no lo comprenderían. Ya habían discutido en una ocasión con otros amigos y la cosa no había terminado bien. Tampoco entendían ellos a la gente que tenía perros y los trataban como a personas. Esa discusión también la solían evitar.

-    no puedo comprender esas parejas que no quieren tener hijos – Dijo Raquel. -Al y Cris se miraron y dibujaron una discreta sonrisa en su rostro. - eso es egoísmo puro. Ser padre es difícil, pero gratificante. Luego no te arrepientes.
-  Bueno, yo no llamaría egoístas a aquellas parejas que no quieren tener hijos. Es una elección libre - añadió Cris. También podríamos pensar que otros tienen hijos por egoísmo, ¿no?
-  ¡Qué disparate! ¡Ser padre es altruismo puro! -Dijo Estéfano. Nos dejamos la piel y el dinero en educarlos para que sean como nosotros, con nuestros valores y gustos. Educarlos en lo correcto, y guiarles para que sus elecciones vitales sean de acuerdo con nuestras convicciones, que sigan en cierto modo nuestros pasos, y eso no es fácil, conlleva muchos sinsabores y esfuerzo. Pero como dice Raquel, es difícil, pero siempre gratificante.
-    Hay de todo - dijo Al. -La educación de los hijos no es fácil ni difícil. Solo hay que educar correctamente, y para eso nada más hay que formarse, ponerse en manos de los que saben de ello. ¿Cierto Cris?
-  En efecto. Lo más importante es no abandonar a los hijos. Quiero decir, estar pendientes de ellos durante las etapas determinantes de la vida, educarlos en las emociones y darles mucho cariño cuando lo necesitan y ser también firmes cuando es necesario, y sobre todo, ponerles límites. Un niño que crece sin límites porque se le consiente todo se convierte en un dictador cuando es adolescente y entonces es cuando empiezan los problemas. Luego están los modales, claro, pero eso es más fácil. Sólo hay que insistir. En eso también fallan muchos padres dejándolo pasar. Lo que no se hace en su momento luego es difícil de corregir.
-    Vaya, Cris -dijo Raquel, con tono de admiración- para no tener hijos se te ve muy puesta.
-     Soy psicopedagoga en un colegio. Estudié psicología y pedagogía.
-     No sabía nada - dijo Raquel
-     Te lo he dicho varias veces cariño - apostilló Estéfano.
-  Claro que el papel lo aguanta todo - añadió Raquel. -La teoría es magnífica, pero la realidad es obstinada. Cuando tengan hijos verán.
-   Bueno, eso es muy buena excusa para ciertos padres que no han sabido educar a sus hijos, por abandono o por miedo a ser severos. La autoridad y la disciplina no son malas si son pedagógicas. Yo puedo ayudarles con su hija.
-     ¿Con nuestra hija? ¿Acaso necesitamos ayuda?
-     Unos consejos no nos vendrían mal Raquel, joder, admítelo! - dijo Estéfano.

   Al y Cris se sintieron incómodos. Al pensaba que ella no debía haberse metido en ese berenjenal, que no valía la pena, porque en muchos casos los que necesitan ayuda primero eran los padres. Ya habían tenido esas conversaciones y tampoco habían acabado bien. En realidad casi ninguna conversación sobre hijos, educación, perros o política acababa bien, pensó Al.

-     ¡Cristiana, trae la cena ! Se limitó a decir Raquel. - vamos a cenar.
     Al y Cris agradecieron que Raquel no entrara al trapo. Cristiana apareció con una bandeja y cuatro platos. Repartió los platos que contenían un tartar de atún rebozado de sésamo con un aspecto muy apetitoso y un wok de verduras con salsa de soja como guarnición. Todos alabaron la cena. Pero había cierta tensión en el aire y Al y Cris se sentían algo incómodos, pues todos comían en silencio. Al final la señora Valero de repente volvió al tema de los hijos para sorpresa de sus invitados, quienes sintieron una pereza profunda de hablar de ello de nuevo, pues sabían que habían dado con hueso.
-     Mi hija no necesita ayuda. Es una adolescente y punto.
-     No quise decir eso Raquel. Disculpe. Olvídelo.
-     Mi hija se ha educado en los mejores colegios privados y pasó un año en colegio inglés en Irlanda de mucho prestigio. Necesita encontrar su camino. Solo eso.

   Cris se dispuso a decir algo para zanjar delicadamente la cuestión cuando sintió sobre sus pies un peso enorme, dando un respingo en su silla algo asustada. Luego miro bajo la mesa y vio a Rusty recostado sobre sus zapatos. Estéfano se dio cuenta en el acto y se levantó con rapidez
-     ¡otra vez! ¡Esto es intolerable! ¡El perro sale al jardín ahora mismo!
-     De eso nada - dijo Raquel- Rusty es así de familiar y no hace daño a nadie.
-     ¡No deja de molestar a Cris, por Dios Raquel!
-     Bastará con que vuelva a su rincón
-     A los cinco minutos estará aquí otra vez para que le des comida. Ese es tu error. Le das comida y no nos deja en paz. ¡Estoy harto de que me arañe pidiéndome un bocado joder por Dios!
-     ¿Tienes que hablar de ese modo Estéfano?
-     Disculpadnos, disculpadnos. ¡Salgamos con el perro Raquel!

   Raquel se dispuso a contestar, pero su marido, arrastrando violentamenteal animal por el collarín, la cogió por el brazo y ambos salieron del salón con Rusty, el cual empezó a ladrar de una forma insoportable esparciendo babas blancas por todas partes. Se les escuchó abrir la puerta principal y salir, discutiendo sin levantar la voz en exceso, y después un portazo. Rusty ladraba como un perro poseído por el mismo demonio y los ladridos se escuchaban perfectamente en el salón, un tanto amortiguados.
-  tras el postre nos disculpamos y nos marchamos Al. Prométemelo. No han traído los quesos. No hay vino. Estoy llena de babas de perro.
-     Prometido. Ten un poco de paciencia.

   Al poco los Valero reaparecieron sin el perro. Ella, con un evidente gesto de disgusto, el con una expresión crispada que trataba de disimular. Estéfano se disculpó de nuevo y Cristiana sirvió el segundo plato, un solomillo a la plancha con guarnición de brócoli hervido.
-     brócoli hervido Cris, susurró Al mirándola.
   Cris odiaba el brócoli. Más de una vez había comentado que en las cenas de amigos había que poner cosas que gustaran a todo el mundo y el brócoli no era una de ellas. Se arrepintió en ese instante de no haber ido a comprar una botella de buen vino.
-     Raquel, no quiero molestar, pero el agua no está lo suficientemente fría para mí. Podría tener un poco de hielo? -pidió Cris
-     ¡Ahora mismo faltaría más! Cristiana, trae hielo! -Se apresuró a pedir Raquel.

Al instante apareció Cristiana con un vaso lleno de unos ridículos cubitos de hielo de esos que hacen los frigoríficos en las bandejas de plástico. Cris se echó algunos en el agua, los cuales se diluyeron en apenas unos segundos. Al no pudo evitar reírse.

   Al comenzó a hablar del artículo que estaba escribiendo para el próximo número de la revista. Era un artículo sobre los pros y los contras de la globalización. Estéfano escuchaba mientras Al explicaba el enfoque del artículo. Raquel, que no había dicho ni una palabra desde que Rusty fue expulsado al jardín, miraba distraída  a la pared sin mostrar el menor interés.
-     quiero en cierto modo centrarme en la falacia de la aldea global como concepto de un mundo sin fronteras no físicas, sino culturales. Creo que el patrimonio cultural de los países de oriente y occidente son muy distintos, pero puede haber políticas para acercarlos, así como que intentar que a quienes vienen a nuestras escuelas se les respete su religión y cultura, pero también ellos deben integrar a la suya la del país en el que viven. Eso sí sería un importante paso para que la llamada Aldea Global sea una realidad.

   Cris asintió. Raquel no entendió ni una sola palabra y Estéfano tardó en responder, como si barruntara algo. Rusty no paraba de ladrar en el jardín, intercalando ahora ladridos con aullidos.
-    Al, ese enfoque no cuadra con la ideología de la revista, con todos mis respetos. - dijo finalmente Estefano. - ese enfoque no gustará a nuestros lectores. Sabes que el perfil es clase media progresista y el respeto por las otras culturas está por encima de las imposiciones culturales.
-     No hablo de imposiciones Estéfano, sino de respeto recíproco
-     Los votantes progresistas no lo aceptarán
-    ¿Votantes? Tenemos una revista Estefano
-     Quise decir los lectores

   Raquel se sentía claramente incómoda. Había consentido a regañadientes que Estéfano atara a Rusty en el jardín para no montar una escena pero sufría escuchando al perro.
-     pobre Rusty – dijo Raquel.
-     El vecino del chalet de aquí al lado tal vez se queje - añadió Cris, por decir algo.
-     No os preocupéis por eso - dijo Estéfano al escucharlo - la casa de al lado está vacía. Los dueños la pusieron en venta hace un mes. Bueno, más bien la viuda del bueno de Vicent. Murió el mes pasado.
-     Vaya, lo siento.¿Eran amigos? - preguntó Al
-     Jugábamos juntos al tenis. Una pena. Un hombre que hacía diariamente tres horas de natación por la mañana, otras tres por la tarde y luego un par de partidos de tenis y bicicleta. No tomaba una gota de alcohol.
-     ¿De qué murió? Quiso saber Raquel
-     Infarto de miocardio.

   Rusty seguía ladrando y aullando con desesperación. Era un ladrido bronco, con eco, grave y desagradable, un ruido insoportable. Aullaba como un lobo al anochecer. También lloriqueaba.

-   puedo suavizar el enfoque, pero no quiero dejar de omitir la idea de que tan importante es -insistió Al- , por ejemplo, que se respete a un musulmán, su cultura, su atuendo, su lengua, como que si, por ejemplo y a propósito de aquella noticia que publicamos, el director de un colegio público ha prohibido montar un portal de Belén y cantar villancicos por respeto a las familias de los alumnos inmigrantes, sea en sí mismo una medida demagógica e intolerante que no tiene ningún sentido, una discriminación de algo nuestro.
- ¿Demagógico? ¿Intolerante y discriminatorio? ¡Esos términos no encajan con la ideología de nuestra revista, por Dios santo Al!

   Rusty comenzó a arañar la puerta de entrada sin parar de aullar y ladrar. La señora Valero hizo ademán de levantarse pero Estéfano la retuvo cogiéndola del brazo.
-     ¡Cristiana, la fruta por favor! ¿Tomarán algo de fruta no?
-     Yo, por mi parte, tomaré directamente el postre. La fruta por la noche me es indigesta.  - explicó Cris
-  ¡Cuánto lo siento Cris! Nosotros no tomamos postre. No nos gustan los dulces, ni siquiera las rosquillas o las galletas –dijo Estéfano.
- ¿un poco de queso tal vez? Yo creo que es también un buen postre- lanzo Al intencionadamente.
-  tampoco es el queso santo de nuestra devoción- se apresuró a decir Raquel.
  Rusty había dejado de arañar la puerta y ahora parecía ladrarle a algo más allá de los setos. Inesperadamente, sonó el timbre. Alguien llamaba insistentemente.
-     ¿quién puede ser a estas horas Dios mío? Dijo Raquel
-     ¡Joder Raquel!,  ¡Quién diablos llama a la puerta así sino el lerdo de tu hermano!
-     ¡Sabes que no me gusta que llames a mi hermano lerdo, Estéfano!

   Aparecieron en el salón un joven alto y corpulento con una horrible camisa de flores y una mujer de su misma edad, delgada y ataviada con un vestido negro. El joven traía una bolsa de plástico con una botella.
-  ¡buenas noches a todos familia! Esperamos no ser inoportunos. ¡He traído un Johnny Double Black cuñado con tu permiso y una bolsa de hielo! ¡No soporto esos cubitos diminutos de las bandejas de tu frigorífico que se derriten en un abrir y cerrar de ojos!
   Estéfano se mostró claramente molesto. Le perturbaba la visita porque, como siempre, su cuñado aparecía en el momento más inoportuno y sin avisar.
-  ¡Cristiana trae unos vasos para whisky por favor! Disculpen. Mi nombre es Albert. Mi mujer Clara. ¿Querrán un whisky?
Al y Cros se presentaron. Cris se alegró cuando Albert sacó el Jonnhy y puso la botella negra sobre la mesa.
- yo si tomaría uno Albert - dijo Cris, pensando que al fin podría beberse algo para sobrellevar la reunión.
-     A mí me gustaría, pero me abstendré esta vez. He de conducir.
-     Cuñado, ¿un whisky? - preguntó a Estéfano
-     Sabes que no bebemos - respondió Estéfano claramente molesto
-    Cierto, cierto. Ya os lo habéis bebido todo antes, ¿verdad hermanita? - dijo, soltando una sonora carcajada.
-     ¿A qué viene eso Albert? ¡Podrías ser más considerado!. Te he dicho muchas veces que no me gusta que aparezcas sin avisar.
-  Pasábamos por aquí hermanita. Sólo una copa y nos vamos. Rusty está jodido ¿eh?. Habrá sido malo de verdad esta vez. Me ha extrañado verlo atado en el jardín.
   El animal continuaba con su repertorio de ladridos, gruñidos, aullidos y lloriqueos, causando el mismo efecto que una alarma que ha saltado de repente y nadie puede desconectar.
Cristiana trajo los vasos. Albert sirvió las bebidas de Cris, su mujer y la suya y se dirigió a Al
-     Al, disculpa, pero tú debes ser la nueva incorporación a la revista. Mi cuñado te halaga constantemente.
-     Sí. Gracias. Aún estoy adaptándome.
-     Y tú, Cris, ¿a qué te dedicas? –Cris bebía su whisky a largos tragos.
-     Trabajo en un colegio. Soy del gabinete psicopedagógico.
-     Albert es profesor –dijo Raquel
-    Tengo un compañero que piensa que desde que los psicopedagogos se metieron en los colegios lo han jodido todo –Cris no respondió
-     Pásame la botella Al, por favor –se limitó a decir.
-     Yo no lo creo. Yo soy profesor de secundaria y tengo mis motivos para criticarlos, pero el asunto sí está jodido. Jodido de verdad. Aquí mi cuñado no deja de publicar artículos sobre las bondades de la enseñanza pública, pero está manga por hombro, ¿no es cierto cuñado? Por eso mi sobrina se ha educado en los colegios privados más exclusivos de la ciudad.
-     ¡Qué tonterías dices Albert, por Dios santo! ¡deja de hacer comentarios inoportunos! Eso no tienen nada que ver. ¡y no bebas tanto whisky!. Beber tanto whisky te puede matar.
-   ¡Lo único que se le ha pegado de las monjas es que va siempre de negro, joder! –y volvió a soltar esa desagradable y estentórea carcajada.
   Estéfano arrugó el mantel cerrando el puño con fuerza hasta que los nudillos se le volvieron blancos.
-     Y eso es la verdad cuñado. En tu revista a la iglesia del país le dais por todos lados. No es que no esté de acuerdo con ciertas cosas, pero del resto de los credos del país..¿qué me dices cuñado?
-     ¿Has venido aquí a esto, sin avisar, y viendo que tenemos invitados?¡Eres un gilipollas! –dijo Estéfano, claramente fuera de sí.
-     ¡Eh, eh, un respeto cuñado!
-  ¿Ya te has despachado a gusto, hermano, ya, por dios santo? –dijo Raquel, mientras alunas lágrimas comenzaban a formarse en sus brillantes pupilas
-   ¿Queréis dejar de decir tanto “por Dios santo”? no cuadra con vuestro agnosticismo –dijo Albert, mostrando satisfacción por haber metido el dedo en la llaga.
-     Pásame la botella Cris. Me pondré un trago.
-     Échame a mí un poco más antes, Al.

Entonces Estéfano se levantó de la mesa y se dirigió a su cuñado en tono autoritario y levantando la voz, extendiendo su brazo derecho hacia él con el índice apuntándole a los ojos.
-     ¡Mira, Albert, ahora mismo… - en ese instante Raquel soltó un grito.
-     ¿Qué pasa cariño?
-     ¡Rusty ya no ladra!
Hubo un silencio en el salón. Todos callaban para comprobar que el perro había dejado de ladrar. El silencio era irrefutable, después de más de una hora de soportar los insufribles ladridos del animal. Raquel salió disparada hacia el jardín. Los demás se levantaron.
-    ¡Rusty se ha soltado Estéfano!- se escuchó decir a Raquel en la distancia. Todos salieron, Albert con su vaso de whisky en la mano. En ese instante Raquel comenzó a chillar e imprecar y decir “no” una y otra vez desde la parte de atrás de la casa
-  ¡Rusty se ha ahogado! ¡Rusty se ha ahogado! ¡allí está, flotando en la piscina! ¡está muerto Estéfano, y tú tienes la culpa!
-     ¡tranquila cariño! ¡tranquilízate!
-     ¡míralo, no se mueve!
-     Beber tanta agua te puede matar –dijo Abert, y soltó una de sus carcajadas. Él, su mujer Al y Cris se habían quedado en la puerta principal, sin atreverse a acercarse a la piscina. Al instante apareció Estéfano.
-    Al, Cris. Lo siento. He de llamar a la policía. No sé qué se hace en estos casos. Gracias por vuestra visita, de veras. Nos vemos pronto.
  
Al y Cris se despidieron y se marcharon. La noche, cálida, ofrecía un espectacular cielo nocturno plagado de titilantes estrellas. Cris, echada hacia atrás en su asiento las contemplaba a través de la ventanilla. La carretera estaba desierta y a lo lejos se veían ya las luces de la ciudad. Al y Cris no habían dicho una sola palabra por el camino. Cuando enfilaron su calle Cris habló.
-     Al
-     ¿sí cariño?
- Te quiero –dijo, mirándolo. Al se volvió, sonriendo.
-     Yo también te quiero Cris. Volvamos a casa. 
   El coche se perdió entre las sombras que aumentaban el resplandor de la ciudad en el horizonte.