HÉROES
Y VILLANOS
Una de las no
demasiadas ideas obsesivas que uno, al ir atravesando inviernos, va teniendo es que
nuestros hijos aprecien todo aquello que
poseen y que es importante porque no todo el mundo tiene la suerte de poder conseguirlo.
Y cuando hablo de nuestros hijos cuento entre ellos a nuestros alumnos, nosotros
quienes, además de atravesar inviernos, atravesamos el fascinante y difícil universo
de las aulas. Una de esas cosas de las que hablo es lo más preciado, nuestra propia
vida.
Escribo estas
líneas en el Museo porque hoy me ha causado escalofrío una notica que he
escuchado por la radio: en una ciudad del norte de España dos pescadores que
faenaban bajo el temporal se vieron arrancados del barco por un golpe de mar,
uno de ellos muriendo en las rocas, el otro, empujado hacia el mar embravecido,
donde comenzó a luchar por salvar su vida sin grandes esperanzas dada la fuerza del oleaje, que le empujaba irremediablemente hacia el mismo destino que su compañero. Tres policías
urbanos presencian la escena y, sin pensarlo, se lanzan a rescatar a aquel
hombre, un frágil barco de papel a merced de la furia inquebrantable de las
olas, ignorando estos valientes que ya no un hombre, sino cuatro comenzaban una
nefasta cuenta atrás para luchar por su supervivencia.
Tras escuchar la
noticia en seguida me he preguntado qué hubiera hecho yo en su lugar. Bien podría
afirmar que hubiera hecho lo mismo, pero no es cierto, porque solamente cuando
la vida te pone en una situación así es cuando la decisión es tomada, decisión idéntica
a la que los héroes de las tragedias griegas se enfrentaban –un conflicto a
veces irresoluble que conlleva una decisión que casi siempre conduce a la desgracia
porque se ha elegido mal-. En cualquier caso, hacerlo requiere un valor que no
todo el mundo posee, que es el de pensar en el otro antes que en uno mismo,
realizar actos humanos y humanitarios por puro altruismo. Los tres policías no
lo pensaron y juntos se lanzaron a rescatar una vida humana sin tener en cuenta que podrían morir en el intento, probablemente dejando
familias rotas por los estragos que suelen causar muertes acaecidas de manera
tan dramática.
Este hecho me ha
llevado, además, a reflexionar sobre la naturaleza del heroísmo. Los héroes que
hemos conocido en nuestra infancia por medio de los cómics, esos superhombres
de estrafalario aspecto con súper trajes y súper poderes, son un fraude que nos
hizo soñar durante años. Los verdaderos héroes están entre la multitud, y no
tienen rostro ni nombre, ni un traje ceñido a sus músculos. La literatura y el
cine –a veces éste es una extensión de aquélla- han hablado de ellos en muchas
ocasiones reivindicando su figura. Frodo
Baggins puede ser un ejemplo que todo el mundo puede identificar,
protagonista de la saga El señor de los anillos de J.J. Tolkien:
un chico frágil y ordinario a quien, ni más ni menos, el destino le obliga a
calzase un arnés casi imposible de llevar: salvar a los hombres del mal.
El mundo está
lleno de gente recta que, bien sea por pura responsabilidad, actúa correctamente –acciones que Kant
denomina “imperativo hipotético”, esto es, acciones que persiguen un interés
para quien las realiza, y por tanto, no son puras, porque sólo se hacen según el
deber-, pero también está lleno de gente anónima que actúa según una ley moral
superior: la de ayudar al prójimo sin pensar en uno mismo –acciones que Kant
denomina “imperativo categórico”, es decir, actos del deber realizados por el
deber en sí, que no persiguen un beneficio personal ni se realizan por temer un
castigo como consecuencia de su incumplimiento. Y estos son los verdaderos
héroes.
Mi última
reflexión nace de la comparación de los protagonistas de esta noticia que me ha
empujado a escribir estas reflexiones con otros que salen a diario en nuestros
medios de comunicación, que tienen rostro y nombre, y que, afirmando que se han
puesto su súper traje para acabar con los problemas de la gente común que lucha
por salir adelante, tan sólo son figuras disminuidas a su lado. Estos falsos
salvadores son en realidad ruines y egoístas, les persigue la ley porque, lejos
de dar ejemplo como rectores del estado, utilizan las instituciones del mismo para
corromperse, o bien blanden una bandera totalitaria arguyendo unas ciertas
señas de identidad totalmente inventadas, gente, en fin, que debería tomar
ejemplo de otra gente como esos tres héroes anónimos, que arriesgaron lo más
valioso que tenían, su propia vida, para rescatar a un hermano, y que
estuvieron a punto de perderla. Porque si creemos en la justicia divina, o la
justicia poética en el caso de que el lector sea agnóstico, un acto así debe
tener siempre un final feliz, como este lo tuvo, aunque no siempre sucede así.