NATURALIZACIÓN DEL
INSULTO
El folósofo inglés J.L. Austin (1911-1960)
acuñó el término “Actos del habla” (Speech acts) Para desarrollar su teoría
sobre la comunicación lingüística, centrada sobre todo en el hecho de que,
cuando hablamos, siempre tenemos una intención comunicativa específica que
puede disociarse de las palabras literales que decimos. Para interpretar tales
intenciones es, naturalmente, necesario el contexto.
Tal es el caso del insulto, un acto del habla cargado de una intención
comunicativa cuya finalidad es, esencialmente, la agresión. Por esta razón no
hay que confundir otros actos del habla que se centren en los aspectos más
negativos de un ser humano con el insulto. Si tachamos a alguien de despreciable,
no estaremos, por tanto, utilizando un insulto, sino que con la elección de
este adjetivo la intención comunicativa del hablante es claramente enunciativa,
descriptiva, en base a unos hechos, pero sin intención hostil, aunque conlleve
cierta carga inevitable de subjetividad.
Después de este arranque teórico, tal vez un tanto técnico, me gustaría
centrarme en las declaraciones de un político español, miembro del gabinete
ejecutivo de nuestro país, concretamente su vicepresidente, el comunista de
salón Pablo Iglesias, quien, de manera absolutamente irresponsable ha declarado
que es necesario naturalizar el insulto, es decir, dar carta blanca a su
utilización en cualquier ámbito de la vida civil o política. Esto es en sí
escandaloso y una irresponsabilidad difícil de medir, sobre todo si tenemos en
cuenta que, desde los ámbitos educativos, se intenta inculcar a las jóvenes
generaciones una formación en el marco de la tolerancia y el respeto mutuo. Las
repercusiones antipedagógicas de las declaraciones de un político con tan alta
responsabilidad son letales. Pero hay más. Todos sabemos que las batallas
verbales terminan, tarde o temprano, en batallas físicas.
Insultar (de latín in-saltare,
“saltar sobre alguien, ejecutar una agresión”) es como su etimología indica,
agredir. Aunque hay varios tipos de insulto –insultos para liberar un emoción,
y por tanto, no agresivos contra nadie, o los insultos con trasfondo social,
más cercanos al improperio o la maldición ambos-, a los que Iglesias se refiere
son, sin resquicio alguno para la duda, los que persiguen una intención
hiriente y agresiva, para así poder él mismo y toda la caterva de subordinados
realizar una terapia colectiva para liberarse de sus traumas y miedos que
llevaron a tanta gente a los Gulags en
su querida Rusia comunista, despachándose a gusto con la iglesia, la monarquía
y todo aquello que no sean sus ideas y postulados, todo ello con un familiar
hedor de totalitarismo, que no es otra cosa sino lo que el comunismo siempre
ejerció en sus orígenes.
El político despreciable que Pablo Iglesias es, por demagogo, entendido
este término por lo que en origen significa, enemigo del pueblo (un burgués que desprecia la burguesía, un rico
que odia a los ricos, un miembro de la casta a la que él tanto denostó, un
político totalitario que acusa a sus enemigos de serlo-) se aleja mucho de
aquellos políticos que, equivocados o no, llevaron a sus ciudades al desastre o
la gloria. Naturalizar el insulto significa renunciar a hacer política con
inteligencia y dominio del discurso. Muy lejos está Iglesias de políticos como
Pericles, Cleón o Diódoto, que
pronunciaron discursos ante la asamblea de Atenas durante las larguísimas
guerras del Peloponeso entre Atenas y Esparta, y que, gracias al historiador
Tucídides, hoy podemos leer de forma más o menos fiable. Casi ningún político
de hoy en día sería capaz siquiera de aproximarse a estos hombres de estado,
cuyas palabras estaban cargadas de sutileza y elegancia, pero a la vez de incontestable
contundencia, siempre respetando las reglas sagradas de la dialéctica. Basta este
ejemplo escogido al azar de un discurso de Pericles (hay muchos otros que
podrían hacer el mismo papel) para ilustrar lo que escribo:
“Vosotros, en vuestras aflicciones personales, estáis enojados conmigo
porque os convencí de que debíamos declarar la guerra. Por lo tanto, estáis
enojados con vosotros mismos también, pues votasteis a favor igual que yo (…)
Pero si votasteis lo mismo que yo, porque me considerasteis persuasivo, no
podéis de forma justa cargarme con el peso de ser el responsable de haberos
injuriado. Yo no he cambiado: vosotros habéis cambiado”
Esta maravilla de la dialéctica dota al orador con más carga de razón y
argumentos irrefutables que un zafio y despreciable insulto de un político mediocre
contra otro elegido democráticamente en el contexto de un sistema electoral
ciertamente cuestionable, que permite decir a estos paniaguados que están en el
poder porque la ciudanía les ha elegido con sus votos, aseveración totalmente
manipulada y verdadera solo a medias.
Albert Camus, un librepensador denostado por su otrora amigo comunista
J.P. Sartre por su alejamiento de esta doctrina (Camus nunca se declaró miembro
activo de ningún partido: fue siempre un intelectual militante de la
resistencia cuyas armas eran la cultura y un pensamiento lúcido) acertó cuando,
al analizar la rebeldía en su ensayo El
Mito de Sísifo, postuló que los hombres rebeldes que actúan con honestidad
están atentos a los límites, como Sísifo en concreto o los griegos en general,
y aquellos otros rebeldes que traspasan éstos se ubican en doctrinas
revolucionarias que sólo conllevan muerte y destrucción: quien quiere derrocar
al tirano quiere sólo hacerlo para convertirse él mismo en tirano, ocupando su
lugar y aceptar así el crimen. El hombre extermina a Dios y ocupa el lugar de
éste, que es otra forma de expresarlo según Camus. Las revoluciones comunistas
sólo trajeron muerte e injusticia.
Este es el bagaje cultural de este personaje que pretende naturalizar el
insulto a falta de naturalizar algo aún peor y que por recato intelectual me
resisto a escribir. Siempre me impresionó la narración de Stefan Zweig en su
libro Momentos estelares de la historia
de la reunión que el triunvirato formado por Antonio, Octavio y Lépido
celebraron en una pequeña isla cerca de Bolonia, Italia, en un tienda de
campaña, en la que se ocuparon de tres asuntos: primero, cómo repartirse el
mundo. Segundo, cómo reunir el dinero para pagar la soldada a ejército y
partidarios, y tercero, redactar una lista de hombres influyentes de Roma a quienes había que asesinar. Antonio y Lépido exigen que el primer nombre sea
Marco Tulio Cicerón, el gran orador, el honesto republicano. Octavio, amigo
suyo, se niega al principio. Pero una dictadura no puede imponerse con
benevolencia. Y Cicerón, -independiente y maestro de la palabra, lo más nocivo
para los totalitarismos-, y los demás serán pasados a cuchillo: así se cierra “El documento probablemente más deshonroso
de la historia de Roma”, en palabras del autor.
Temo a Pablo Iglesias, porque esa honesta rebeldía que esgrimía cuando
su partido estaba en ciernes y era minoritario –que ignoro si era o no
verdadera- ha sido cegada por el poder, como siempre sucede, y se ha convertido
en un émulo de Stalin que se ampara en el poder para sembrar las semillas de la
iniquidad más temible que en un país democrático del siglo XXI creía ya erradicada.
Ellos han creado a Vox, ese partido
que casi ningún medio de comunicación llama por su nombre, sino que son la
extrema derecha (lo son, pero la intencionalidad de omitir su nombre como
partido democráticamente formado es evidente) y se ocultan bajo el amable y engañoso
nombre de Unidas Podemos, haciendo un
uso del femenino con también evidentes intenciones.
Espero que algún día la política de nuestro país toque fondo y resurja
una renovación: la que lideren los políticos honestos que quieran manejar la
nave del estado en beneficio de sus ciudadanos, y no en el de su maldito y
extremadamente inflado ego. Leamos de nuevo un verdadero discurso político:
“Recordad: es más importante que la ciudad-estado prospere a que lo
hagan sus miembros individualmente, porque si los individuos que la componen
prosperan y la ciudad estado es llevada a la ruina, entonces ellos se
arruinarán con ella, pero si un ciudadano ha caído en desgracia mientras que la
ciudad estado no lo ha hecho, éste tiene mayores esperanzas de que su situación
prospere”.
Amén.