miércoles, 8 de julio de 2020

NATURALIZACIÓN DEL INSULTO







NATURALIZACIÓN DEL INSULTO


                   El folósofo inglés J.L. Austin (1911-1960) acuñó el término “Actos del habla” (Speech acts) Para desarrollar su teoría sobre la comunicación lingüística, centrada sobre todo en el hecho de que, cuando hablamos, siempre tenemos una intención comunicativa específica que puede disociarse de las palabras literales que decimos. Para interpretar tales intenciones es, naturalmente, necesario el contexto.
   Tal es el caso del insulto, un acto del habla cargado de una intención comunicativa cuya finalidad es, esencialmente, la agresión. Por esta razón no hay que confundir otros actos del habla que se centren en los aspectos más negativos de un ser humano con el insulto. Si tachamos a alguien de despreciable, no estaremos, por tanto, utilizando un insulto, sino que con la elección de este adjetivo la intención comunicativa del hablante es claramente enunciativa, descriptiva, en base a unos hechos, pero sin intención hostil, aunque conlleve cierta carga inevitable de subjetividad.
   Después de este arranque teórico, tal vez un tanto técnico, me gustaría centrarme en las declaraciones de un político español, miembro del gabinete ejecutivo de nuestro país, concretamente su vicepresidente, el comunista de salón Pablo Iglesias, quien, de manera absolutamente irresponsable ha declarado que es necesario naturalizar el insulto, es decir, dar carta blanca a su utilización en cualquier ámbito de la vida civil o política. Esto es en sí escandaloso y una irresponsabilidad difícil de medir, sobre todo si tenemos en cuenta que, desde los ámbitos educativos, se intenta inculcar a las jóvenes generaciones una formación en el marco de la tolerancia y el respeto mutuo. Las repercusiones antipedagógicas de las declaraciones de un político con tan alta responsabilidad son letales. Pero hay más. Todos sabemos que las batallas verbales terminan, tarde o temprano, en batallas físicas.
   Insultar (de latín in-saltare, “saltar sobre alguien, ejecutar una agresión”) es como su etimología indica, agredir. Aunque hay varios tipos de insulto –insultos para liberar un emoción, y por tanto, no agresivos contra nadie, o los insultos con trasfondo social, más cercanos al improperio o la maldición ambos-, a los que Iglesias se refiere son, sin resquicio alguno para la duda, los que persiguen una intención hiriente y agresiva, para así poder él mismo y toda la caterva de subordinados realizar una terapia colectiva para liberarse de sus traumas y miedos que llevaron a tanta gente a los  Gulags en su querida Rusia comunista, despachándose a gusto con la iglesia, la monarquía y todo aquello que no sean sus ideas y postulados, todo ello con un familiar hedor de totalitarismo, que no es otra cosa sino lo que el comunismo siempre ejerció en sus orígenes.
   El político despreciable que Pablo Iglesias es, por demagogo, entendido este término por lo que en origen significa, enemigo del pueblo (un burgués que desprecia la burguesía, un rico que odia a los ricos, un miembro de la casta a la que él tanto denostó, un político totalitario que acusa a sus enemigos de serlo-) se aleja mucho de aquellos políticos que, equivocados o no, llevaron a sus ciudades al desastre o la gloria. Naturalizar el insulto significa renunciar a hacer política con inteligencia y dominio del discurso. Muy lejos está Iglesias de políticos como Pericles, Cleón  o Diódoto, que pronunciaron discursos ante la asamblea de Atenas durante las larguísimas guerras del Peloponeso entre Atenas y Esparta, y que, gracias al historiador Tucídides, hoy podemos leer de forma más o menos fiable. Casi ningún político de hoy en día sería capaz siquiera de aproximarse a estos hombres de estado, cuyas palabras estaban cargadas de sutileza y elegancia, pero a la vez de incontestable contundencia, siempre respetando las reglas sagradas de la dialéctica. Basta este ejemplo escogido al azar de un discurso de Pericles (hay muchos otros que podrían hacer el mismo papel) para ilustrar lo que escribo:  
“Vosotros, en vuestras aflicciones personales, estáis enojados conmigo porque os convencí de que debíamos declarar la guerra. Por lo tanto, estáis enojados con vosotros mismos también, pues votasteis a favor igual que yo (…) Pero si votasteis lo mismo que yo, porque me considerasteis persuasivo, no podéis de forma justa cargarme con el peso de ser el responsable de haberos injuriado. Yo no he cambiado: vosotros habéis cambiado”
   Esta maravilla de la dialéctica dota al orador con más carga de razón y argumentos irrefutables que un zafio y despreciable insulto de un político mediocre contra otro elegido democráticamente en el contexto de un sistema electoral ciertamente cuestionable, que permite decir a estos paniaguados que están en el poder porque la ciudanía les ha elegido con sus votos, aseveración totalmente manipulada y verdadera solo a medias.
   Albert Camus, un librepensador denostado por su otrora amigo comunista J.P. Sartre por su alejamiento de esta doctrina (Camus nunca se declaró miembro activo de ningún partido: fue siempre un intelectual militante de la resistencia cuyas armas eran la cultura y un pensamiento lúcido) acertó cuando, al analizar la rebeldía en su ensayo El Mito de Sísifo, postuló que los hombres rebeldes que actúan con honestidad están atentos a los límites, como Sísifo en concreto o los griegos en general, y aquellos otros rebeldes que traspasan éstos se ubican en doctrinas revolucionarias que sólo conllevan muerte y destrucción: quien quiere derrocar al tirano quiere sólo hacerlo para convertirse él mismo en tirano, ocupando su lugar y aceptar así el crimen. El hombre extermina a Dios y ocupa el lugar de éste, que es otra forma de expresarlo según Camus. Las revoluciones comunistas sólo trajeron muerte e injusticia.
   Este es el bagaje cultural de este personaje que pretende naturalizar el insulto a falta de naturalizar algo aún peor y que por recato intelectual me resisto a escribir. Siempre me impresionó la narración de Stefan Zweig en su libro Momentos estelares de la historia de la reunión que el triunvirato formado por Antonio, Octavio y Lépido celebraron en una pequeña isla cerca de Bolonia, Italia, en un tienda de campaña, en la que se ocuparon de tres asuntos: primero, cómo repartirse el mundo. Segundo, cómo reunir el dinero para pagar la soldada a ejército y partidarios, y tercero, redactar una lista de hombres influyentes de Roma a quienes había que asesinar. Antonio y Lépido exigen que el primer nombre sea Marco Tulio Cicerón, el gran orador, el honesto republicano. Octavio, amigo suyo, se niega al principio. Pero una dictadura no puede imponerse con benevolencia. Y Cicerón, -independiente y maestro de la palabra, lo más nocivo para los totalitarismos-, y los demás serán pasados a cuchillo: así se cierra “El documento probablemente más deshonroso de la historia de Roma”, en palabras del autor.
   Temo a Pablo Iglesias, porque esa honesta rebeldía que esgrimía cuando su partido estaba en ciernes y era minoritario –que ignoro si era o no verdadera- ha sido cegada por el poder, como siempre sucede, y se ha convertido en un émulo de Stalin que se ampara en el poder para sembrar las semillas de la iniquidad más temible que en un país democrático del siglo XXI creía ya erradicada. Ellos han creado a Vox, ese partido que casi ningún medio de comunicación llama por su nombre, sino que son la extrema derecha (lo son, pero la intencionalidad de omitir su nombre como partido democráticamente formado es evidente) y se ocultan bajo el amable y engañoso nombre de Unidas Podemos, haciendo un uso del femenino con también evidentes intenciones.
   Espero que algún día la política de nuestro país toque fondo y resurja una renovación: la que lideren los políticos honestos que quieran manejar la nave del estado en beneficio de sus ciudadanos, y no en el de su maldito y extremadamente inflado ego. Leamos de nuevo un verdadero discurso político:
“Recordad: es más importante que la ciudad-estado prospere a que lo hagan sus miembros individualmente, porque si los individuos que la componen prosperan y la ciudad estado es llevada a la ruina, entonces ellos se arruinarán con ella, pero si un ciudadano ha caído en desgracia mientras que la ciudad estado no lo ha hecho, éste tiene mayores esperanzas de que su situación prospere”.
Amén.