“UN ENTERRAMIENTO EN TEBAS”. REVISITANDO LA ANTÍGONA, DE SÓFOCLES.
He terminado la lectura estos días de julio de la tragedia Antígona, de Sófocles (Atenas 496-406 a.C.), obra a la que he dedicado bastante tiempo de estudio y análisis tanto en el ámbito personal como en el docent como profesor de Cultura Clásica en el centro educativo donde intentamos, mis compañeros y uno mismo, preservar el valor didáctico de las humanidades. Esta relectura se ha debido a la circunstancia de que cayó en mis manos una versión en inglés -cuyo título he tomado prestado para esta reflexión, The Burial at Thebes. Sophocle’s Antigone- que tuve interés en leer. De nuevo, y a pesar de haber frecuentado esta obra varias veces y de haber presenciado no pocos montajes teatrales de la misma, sigue despertando en mi un gran interés por la actualidad de los temas que trata, a saber: la política, la religión, la justicia y la familia.
Soy consciente de que en estos días, cuando disfrutamos de vacaciones y, consecuentemente, disponemos de más tiempo para leer, una tragedia griega no es una lectura común. No obstante, yo invito a todos aquellos que además de disfrutar de las lecturas que más les gusten pero quieran también leer otro libro que pueda aportar algo más a su forma de gobernar su vida o pueda invitar a la reflexión, a que lean la Antígona de Sófocles. Recomiendo para ello la versión española publicada en Pinguin Classics. Resumo el argumento lo más brevemente posible.
Nos encontramos en Tebas, ciudad-estado del Peloponeso. Gobierna la ciudad el rey Creonte, primo hermano del rey Edipo, quien, según la conocida leyenda, tras conocer que se había desposado con su propia madre y haber tenido descendencia con ella, se ciega de propia mano y se exilia en la ciudad de Colono. Sus dos hijos varones, Eteocles y Polinices, legítimos herederos del trono de Tebas, pactan turnarse en el gobierno de la ciudad anualmente. Tras reinar el primer año Eteocles, Polinices reclama su derecho a ejercer su turno en el gobierno, pero su hermano, apegado al poder, se niega. Polinices huye de la ciudad, forma un ejército y ataca Tebas. Durante esta guerra civil y fratricida, los hermanos se enfrentan a un duelo singular y se dan muerte mutuamente. Es entonces cuando Creonte, por línea sucesoria como primo de Edipo, es proclamado rey.
Hasta aquí los antecedentes de Antígona, que comienza en este punto. La historia anterior la cuentan Esquilo en su tragedia Los siete contra Tebas y el propio Sófocles en Edipo Rey y Edipo en Colono.
Muertos los hermanos, el poder de Tebas recae en el tío de éstos, Creonte, como se ha dicho ya. Creonte toma entonces la decisión que conforma el argumento de la tragedia: a Eteocles se le rendirán honras fúnebres y será enterrado con todos los honores. A Polinices, considerado traidor con su propia ciudad, se le negará la sepultura y se abandonará su cadáver en el campo de batalla para que sea devorado por los animales. Para que esto se cumpla, proclama un bando real condenando a muerte a quien de sepultura a Polinices.
Edipo tenía, además de los hermanos muertos, dos hijas más: Antígona e Ismene. La primera decide, por amor fraternal y para cumplir con el ritual familiar del sepelio de un ser querido, dar sepultura al cuerpo de su hermano, pidiendo ayuda a su hermana Ismene, a lo que ésta, por temor a las consecuencias, se niega. Antígona consuma el enterramiento a solas derramando un puñado de tierra sobre el cadáver de su hermano, celebrando el ritual fúnebre demandado por las leyes no escritas de los dioses. Más tarde es detenida y condenada a morir, según el bando real.
Éste es básicamente el argumento de la tragedia y su planteamiento esencial. Si el lector ha tenido la benevolencia y la paciencia de llegar hasta este punto, podemos comenzar a explicar el motivo que me empuja a analizar una tragedia sobre la que muchos pensadores han escrito ya (Brecht, Maurras, Simone Weil, Kierkegaard, Pierre Boutang y George Steiner, etc, etc) y quienes, en sus interpretaciones, intentaban dilucidar quién de los dos antagonistas, Creonte y Antígona, defiende una causa justa o injusta, quién de los dos actúa con rectitud y quién yerra, mostrándose unos defensores del rey como representante de la soberanía y de las leyes de la ciudad que hay que respetar o atenerse a las consecuencias si son violadas, otros de la rebelde Antígona, quien antepone las leyes de los dioses, la piedad y el amor fraternal a la ley positiva de los hombres.
Nada hay más actual, a mi juicio, con respecto a la libertad individual de pensamiento y credo, al buen o mal gobierno, y la sabiduría o la ignorancia en el actuar que los problemas que se plantean en la Antígona de Sófocles.
Existe una interpretación que merece especialmente nuestra atención, porque la considero la más sensata por su simplicidad, y porque se sustenta más en el propio Sófocles, en la propia tragedia y su contexto, que en el juicio intelectual del intérprete. Me refiero a la interpretación del filósofo alemán Georg Wilhelm Friedich Hegel, pensador que, entre otros temas, analizó la relación del individuo con las instituciones y las leyes y su grado de libertad con respecto a las mismas.
Hegel desvela con claridad el problema: Creonte ha redactado un decreto con respecto a algo sobre lo que él no tiene potestad. Los griegos sabían que, desde el nacimiento, los varones estaban ligados a la ciudad y tenían una obligación para con ella, que era la de defender sus instituciones y a sus ciudadanos con la vida incluso, en caso de conflicto bélico. Dicho de otro modo, las familias “entregaban” a sus hijos al estado hasta que éstos regresaban muertos a las mismas, momento a partir del cual aquél no tenía ninguna potestad sobre el individuo, y era su familia quien se hacía cargo de algo tan íntimo como la despedida de un ser querido cumpliendo con los ritos religiosos que los dioses demandan.
Cuando la hermana del difunto Polinices, insepulto y expuesto a las alimañanas, ejecuta el enterramiento, está sellando su destino violando una ley humana, pero a la vez está haciendo justicia con un muerto que, por mandato de la ley divina, debe recibir las honras fúneberes para no vagar como un alma en pena entre el mundo de los vivos y el de los muertos.
Llama especialmente mi atención que en las diferentes interpretaciones de esta obra no se haya ahondado en la idea de que, por una parte, el bando de Creonte es injusto en su naturaleza -todo ser humano tiene derecho a ser despido por su familia y llevarlo a un lugar de reposo-, por otra, el rey se ha atribuido una potestad que no le corresponde, que es la de decidir sobre un asunto que no atañe al estado, sino a la familia y su relación con la ley divina, según las creencias religiosas de los antiguos griegos. Si partimos de esta constatación, Antígona, en su rebelión, está realizando una acción que sí le corresponde, en tanto que Creonte, en su obcecación, está llevando hasta el extremo su papel de legislador cuando, desoyendo los consejos de los más sabios para que corrija su error (el corifeo o representante del coro que interactúa con los protagonistas, su hijo Hemón, el adivino Tiresias) insiste en la fuerza legal de su bando.
Pero leamos mejor a Sófocles y lo que los personajes dicen para justificar sus acciones.
Creonte, cuando explica los deberes de un gobernante, afirma:
“(...) y es igualmente censurable aquel que antepone al bien común los amigos o la familia”. En su diálogo (agón o enfrentamiento entre dos personajes) con Antígona es donde más claramente justifica sus actos como regidor del estado. Contra la rebeldía dice: “incluso los caballos más salvajes son dominados cuando se les ponen las riendas y el bocado. Los subordinados no existen para insubordinarse”, palabras que tienen ecos, como muchas otras dichas por él, de autoritarismo y tiranía.
En su otro enfrentamiento con su hijo Hemón, prometido de Antígona, Creonte sigue firme en sus convicciones, a pesar de que aquél pide a su padre que reconsidere su decisión: (Creonte):“Ella, y solo ella ha desafiado el orden establecido abierta y deliberadamente, y por lo tanto debe morir”. “(...) Desobedecer una orden es lo más nocivo. La obediencia y el respeto deben prevalecer”.
(Hemón:) “los ciudadanos se preguntan qué es aquello tan grave que ella ha hecho que merezca semejante castigo. Una mujer que se rebela, debería ser honrada. Se rebela cuando el cadáver de su hermano ha sido a arrojado a los carroñeros cuervos. Ella actuó como una heroína!”.
Otro Agon importante tiene lugar entre el rey y el adivino Tiresias, personaje frecuente en las tragedias griegas, cuyo papel en éstas es la de aconsejar a los personajes y advertirlos, puesto que él posee el don de la profecía, de los peligros de ciertas acciones. Tiresias comienza dirigiéndose a Creonte con esta hermosa metáfora, como corresponde al lenguaje de los adivinos-profetas: “donde ahora te encuentras es en el bode de un precipicio, donde sopla un viento gélido". El resto de su intervención son advertencias e interpelaciones a Creonte para que reconsidere su decisión: “todos los hombres cometen errores, pero los errores no deben ser eternos: se pueden admitir y ser corregidos.(...). Da un paso atrás. Deja paso a los muertos. No apuñales un fantasma”, (refiriéndose a Polinices). Tiresias apoya con estas otras palabras la idea que venimos subrayando aquí, es decir, que el crimen más grave que el rey comete es el de impiedad: “Has prohibido un enterramiento de un muerto, un muerto que, por derecho propio, pertenece a los dioses del Inframundo. Has violado sus mandatos. Ningún poder terrenal, ni ningún dios terrenal puede ejercer su autoridad sobre los muertos”.
Expuesto esto, podemos deducir con claridad que, por encima de la responsabilidad del gobernante para proclamar leyes y de los súbditos del estado para acatarlas, prevalece el debate de la justicia de la propia ley, hecho que cobra peso en el conflicto estado/ libertad individual, pues la afirmación de que la ley, sea justa o injusta, debe cumplirse, es cuestionable en términos éticos. Si comparamos la actitud de Antígona con la de Sócrates, quien aceptó la decisión de los jueces de ser encarcelado y sentenciado a muerte aunque las acusaciones que recaían sobre él eran injustas (a saber: corrupción de la juventud ateniense y ofensa a los dioses tradicionales), Antígona actúa de forma contraria y no se ajusta, por lo tanto, a los preceptos del estoicismo, que sí es lo que hace Sócrates, cuya decisión es honrosa en sí misma, (recordemos que rechaza una huída ya organizada por sus amigos). No obstante, el peso de las razones de Antígona para no acatar la ley descansan sobre la religión, y no sobre los deberes civiles del ciudadano, a diferencia de Sócrates.
Particularmente, éste es, como dijimos al principio, uno de los principales temas de la tragedia, (deberes políticos vs obligaciones religiosas) en concordancia con la interpretación hegeliana. Pero además sobrevuela sobre este pilar otra idea que no hay que perder de vista, y que es constante en los grandes trágicos, esto es, la idea de la sabiduría, entendida ésta como no persistir en el error como causa de la ruina y saber rectificar a tiempo. Creonte dice al principio de la obra: “El hierro que más duramente ha sido forjado, más rápidamente se quiebra”. En mi opinión, esta afirmación con forma de sentencia es inverosímil y a todas luces falsa, como tantas cosas que los gobernantes dicen y consideran ciertas sólo por haberlas dicho ellos como representantes del estado, porque tanto más resistente será una herramienta de hierro cuanto mejor sea su forja, y no lo contrario.
Sin embargo, las palabras del hijo en un momento de su enfrentamiento con su padre Creonte sí son razonables y pueden contraponerse a las de éste como ejemplo de sensatez y sabiduría: “No hay vergüenza en aceptar un buen consejo. Es un signo de sabiduría. Si un río corre en torrentera, los árboles de la orilla que se mecen a su fuerza resistirán el embate. (...) Trágate tu orgullo y cede. Cambia tu decisión”. Pero Creonte insiste en su error, cayendo en lo que los griegos denominaron “hybris”, que significa "exceso de orgullo," condenándose así: “¿Quién está al mando, el que gobierna o los que son gobernados?”, a lo que Hemón replica: “las ciudades no están en unas solas manos”. A estas alturas de la tragedia el lector ha constatado ya que Creonte actúa como un tirano (un dictador, usando un término no griego), ofende a los dioses y sus ritos y comete “hybris”, todo lo cual será el desencadenante del trágico final de la obra.
Si el amable lector ha llegado hasta aquí, le invito ahora a realizar una reflexión final. Antígona hace uso de su libertad individual sin sobrepasar los límites, esto es, no viola el “principio del daño” en términos de John Stuart Mill (s. XIX), pues con su acción no daña a otros. Comete un delito civil porque quebranta un bando, pero tal proclama es inválida en su naturaleza, porque sobrepasa las competencias del gobernante. Por su parte, Creonte se comporta de forma totalitaria y absolutista al estilo del monarca defendido por Thomas Hobbes (s. XVI) obligando a Antígona a cumplir una ley injusta y a aceptar las consecuencias de no hacerlo. Si analizamos los hechos según la teoría de John Locke (s. XVII), Creonte está violando la libertad individual de Antígona de dar sepultura a su hermano, hecho que exigen las leyes de los dioses y no las de los hombres, y este derecho no está, en su caso, garantizado por el estado, que viola una esfera de poder en la que éste no tiene ninguna potestad para tomar decisiones.
Haber citado a Hobbes, Locke y S. Mill, que pertenecen a épocas distintas y alejadas de los sistemas de gobierno de la época arcaica griega -que es dónde hay que contextualizar los hechos de la Antígona- tiene como objeto simplemente dar una perspectiva diacrónica a los hechos que expliquen todo lo que sucede en la tragedia. Los griegos nunca perdieron de vista la importancia de la persona que “estaba al timón de la nave del estado”, según una expresión muy recurrente entre ellos, pero también estaban atentos a los abusos de poder y sus consecuencias en tanto en cuanto sobrepasaban los límites. Por lo tanto, los precedentes de las ideas de los tres filosofós están en la Antígona de Sófocles.
Como conclusión podríamos establecer una analogía de la tragedia de Sófocles con nuestra política de hoy, y, por tanto, extraer alguna enseñanza de nuestra lectura, que es para lo que la Cultura Clásica debe servir.
Aunque nuestro sistema de gobierno sea una democracia (relativa, puesto que quien accede al poder no es el partido que los ciudadanos han votado mayoritariamente) siempre hay una cabeza visible que ostenta el poder de cualquier formación política, como Creonte en la tragedia, que ha incurrido en exceso de orgullo, abuso de poder y presuntuosa obcecación. Tampoco han estado los gobiernos sucesivos de nuestro país libres de promulgar leyes injustas para algún sector de la ciudadanía, incurriendo así en el sectarismo que supone gobernar sólo para los votantes del mismo, y no para todos los ciudadanos. Es más: quienes ejercen el poder político se han atribuido, como Creonte, la potestad de inmiscuirse en las creencias de sus conciudadanos, coartando así su libertad individual. Ninguna fomación de este país desde el comienzo de la democracia se ha visto libre de estas faltas comedidas por Creonte, ningunos de ellos ha dejado de ser Creonte.
Esta es, pues, la actualidad de la Antígona de Sófocles. Aunque me temo que todo esto aquí expuesto sea lamentablemente inútil.
Agosto 2020.