EL TOQUE LUBITSCH Y OTROS ROCES
José Luis Garci.
Viaje a la nostalgia
Etimológicamente,
nostalgia es un término griego formado por dos étimos, nóstos, que significa “regreso” (los nóstoi eran relatos en la antigua literatura griega sobre héroes
que regresaban a su patrias tras una larga ausencia, como Odiseo o Jasón) y álgos, “dolor”, el dolor que a veces
causa regresar a nuestra infancia o juventud, si bien es un dolor amable, más
bien una añoranza. El librito de José Luis Garci, El toque Lutbisch y otros roces (Reino de Cordelia, Madrid, 2021) es,
de principio a fin, un canto a la nostalgia, no solo cinematográfica, sino
puramente vital.
Este pequeño gran libro que se lee
de una sentada contiene ocho breves escritos donde Garci vuelca no solamente
sus recuerdos más queridos cuyo hilo conductor es siempre el cine, sino también
muchas sabias y apasionantes pinceladas sobre literatura relacionada con el cine, de directores del séptimo arte a los que admira hasta la
veneración, de míticas salas de cine, de garitos y bebidas –sus preferidos: el Daiquirí y el Dry Martini-, de, por supuesto, actores y actrices y un sinfín de
cosas más que han conformado la vida no solo del cineasta y cinéfilo, del movie goer, sino de lo que Garci es en
sí mismo, una persona cultísima que atesora grandes vivencias que surgen, eso
sí, en blanco y negro, como las películas de la época dorada de aquella gran Fábrica
de Sueños.
Esas pinceladas dadas en El toque con tal pasión son propias del
pintor que sabe bien lo que hace, porque en torno a ello gira su vida entera desde
que tiene uso de razón, pasión que le llevaba a saltarse las clases de inglés
que sus padres le pagaban para pasearse por la Gran Vía, a finales de los
cincuenta, y acudir a lugares donde iba la gente del espectáculo, bien fueran
librerías, billares u otros locales que le conectaran con la radio o el cine,
o, unos años más tarde, al salir del trabajo, acudir al cine Pompeya, al Lope
de Vega o al Azul a ver cualquier película, que es lo que realmente le apasionaba. Estos ocho
snapshots adoptan un tono de artículo
periodístico y están sembrados todos ellos de nombres de lugares, personas y
cosas que son, al fin y al cabo, el bagaje mitológico personal de Garci y que
el lector de mi generación –los 60- en buena parte reconocerá, porque forman
parte de las memorias de ella, pero que en otra aún mayor tendrá que consultar,
tanto es lo que habita en la cabeza del director de Volver a empezar o El Crack,
quien nos enseñó en ¡Qué grande es el
cine! que el séptimo arte (¿por qué no el primero?) es mucho más que
admirar una cinta de casi dos horas de duración, porque es un mundo que no se
agota jamás.
Garci es del año 44 del siglo
pasado, esto es, cuenta con setenta y ocho años, dos menos que mi madre, y por
tanto creció durante la época dorada del cine americano que se hacía en
Hollywood y los musicales de Broadway, pero mucho más joven que mi padre, él de
1926. Pero tanto mi padre como mi madre pasaron gran parte de su juventud
acudiendo a las salas de cine de Barcelona y Madrid durante la década de los
años sesenta, cuando reinaban en las pantallas nombres como Gary Cooper, Cary
Grant, Gregory Peck, Burt Lancaster, Tyrone Power, Welles, Cotten, Audrey Hepburn.
Deborah Kerr, Elisabeth Taylor, etc, etc
(la lista es interminable y todos ellos y muchos más aparecen en el
libro), y cuando el autor comenzó a admirar a los seguidores del director que
da título al libro, (basado en un libro clásico sobre el director alemán, The Lubitsch Touch, de Herman G.
Weinberg, y cuyo significado se desvela en el libro, aunque probablemente algún
cinéfilo ya sabrá),
como Billy Wilder, John Ford, Celil B. De Mille, Otto Preminger,
Howard Hakns (¿por qué será que me salen los nombres sin consultarlos?) y otra
larga lista de geniales moviemakers
–ya dije que el libro está sembrado de ellos- Y digo esto porque entre la
generación de mi padre y la de mi madre está la mía, que ha crecido con las películas
de la época dorada de La Fábrica de Sueños (Garci utiliza varias “sinonimias referenciales” que son muy
de mi agrado, como la citada, o “Molière
incansable fumador de puros”, por Ernst Lubitsch, o “Los chicos de la Underwood”, por los guionistas de Hollywood), y
que por ello me he sentido adolescente al navegar por las páginas de este
precioso libro, porque ha sido como transitar una senda familiar y hermosa que
me devuelto recuerdos que estaban ya ocultos por la gruesa capa del polvo de la
vida, como, por ejemplo, todas las películas que mi padre y yo hemos visto
juntos, casi todas en blanco y negro, donde los protagonistas eran todos
aquellos actores y actrices que aparecen en El
toque Lubitsch, que nuestros padres rebautizaban, con esa inocencia tan
hispana, como Greogorio Pecas o Melón Blando.
Termino esta breve reseña sin desvelar, por supuesto, qué es el toque Lubitsch, y confesando que la lectura de este libro me ha devuelto cierta felicidad que ya tenía olvidada, porque la nostalgia es, por definición, un viaje triste, no porque el viaje lo sea -todo lo contrario- sino porque me ha recordado una época que, cada cual, mitifica a su manera. Y vivir en el mito es la forma más absoluta de felicidad, porque es como volver a ser un niño. Siempre he admirado y seguido a José Luis Garci desde ¡Qué grande es el cine!, y lo sigo ahora en Cowboys de Medianoche, su programa de radio y su reciente programa televisivo de los viernes, Classics, que ha vuelto a recuperar nuestras películas. En el libro no hay tesis, no hay crítica de cine: es simplemente una charla del autor con su público, plagado de lugares míticos, personajes míticos, objetos míticos que alimentan esa nostalgia: El Floridita o la Bodeguita de En medio en la Habana, y Hemingway en su taburete con su Montecristo nº 1, los aviones de hélice americanos “Constelation”, la estatua de Arrensberg en la plaza de Porlier de Oviedo, los cuadros americanos de Eduardo Úrculo, Mèliés, Wilder, Mabuse, o el expresionismo alemán. Y el amor inefable del autor por el cine, quien tiene incorporado a su lenguaje el jurar por Gary Cooper o Berlanga, o decir que algo ha sucedido “gracias a Ford”. Imprescindible para el nostálgico.