LAS ATMÓSFERAS DE ANDRELO SUÁREZ.
Fco Javier Martos
Cando
En una ciudad como
Sevilla, donde la luz es uno de sus tesoros más preciados por su unicidad,
condicionada también por el contexto natural y monumental de la ciudad, ésta no
ha sido suficientemente puesta en valor, en parte porque esta urbe, que
soporta, no siempre agradecida, el cargamento de su historia, es para muchos
ciudadanos más un escenario que un lugar real que contemplar con unos ojos que
transciendan la postal, penetrando sus rincones que pasan más desapercibidos.
Andrés Suárez
(Sevilla, 1993), cuya residencia no está en la ciudad pero está familiarizado
con ella a través de sus padres y sus incursiones naturales en ella, diseñador
gráfico y fotógrafo por afición, ha subido a este escenario para descubrir la
otra cara de la luz sevillana. Tras la lectura de Atmósferas, nos percatamos de que, habitualmente -y no sólo en la
ciudad que habitamos-, acostumbrados a mirar solamente el cielo, no
contemplamos la luz y su incidencia sobre las cosas, concretamente sobre los
edificios, y de que no sabemos cómo la luz, con las máscaras que va poniéndose a
lo largo del día, inciden sobre el tiempo, pues no nos detenemos a contemplarla.
Andrelo Suárez, cámara
en mano, recorre esta urbe de famosas torres y vetustos edificios buscando
otras formas arquitectónicas más anónimas y funcionales, y no por ello menos
bellas y armónicas, indagando sobre los estímulos de la luz sobre la
arquitectura, y encuentra la respuesta en la abstracción que le lleva a tener
la sensación de que el tiempo se ralentiza al contemplar esa simbiosis. La
contemplación, además, de la luz, no sólo ralentiza el tiempo, sino también hace
físico y concreto ese movimiento lento de las sombras, llevando al artista a otra
conclusión iluminadora: se puede malear la luz, se le puede dar forma y hacer a
ésta hablar mediante la arquitectura. Luz y sombra, antónimos recíprocos, se
aparecen así ante nuestros ojos de manera diferente: la luz crea imágenes que
pueden posteriormente interpretarse y transformarse en algo nuevo utilizando el
lenguaje artístico, evitando el determinismo que supone que la luz, con su
rutinario paso a lo largo de las horas sobre las cosas, sea siempre lo mismo.
La contemplación de
la luz que incide sobre las formas le descubre al artista que el juego no es sólo
el de la luz golpeando las formas arquitectónicas, sino que la sombra también
juega su determinante papel, pues completa el espacio y lo transforma, creando
una nueva realidad que es, en definitiva, la realidad de la arquitectura:
ocupar el espacio, transformarlo en otro nuevo y crear un diálogo entre el
observador, la causa y el efecto, que deriva en la magia de la metamorfosis y
sugieren al hombre que la luz y sus sombras tiene una faceta mística en este
acto comunicativo.
Esa contemplación
que al artista Andrelo Suárez lleva a cabo le reafirma en la certeza de que
nada es para siempre al aceptar que los momentos del diálogo luz-sombra y el
cambio formal que éste produce es efímero, pero puede atraparse si se los
fotografía. Y es ahí donde Andrelo Suárez controla el tiempo y los espacios
efímeros que la luz crea a través de las sombras, para después transcenderlo a su
particular mundo artístico.
Si, como dice con
gran acierto el artista, pasamos tangencialmente por el presente y nos
abandonamos a la velocidad y todo lo que ello conlleva –el estrés, dejar de
contemplar las pequeñas cosas, renunciar a mirar lo bello y temporal, permitir que el
tiempo nos controle en lugar de lo contrario- la consciencia de las atmósferas
es lo que nos permite alterar la sensación temporal de nuestro entorno y darnos
cuenta de que, si hay determinismo en la luz por ser un ente físico, su efecto
sobre las cosas se abandona al azar, pues la luz también tiene sus matices.
Al final, su paseo
a través de la ciudad en manos de la reciprocidad de la luz y de las sombras,
desemboca en un diseño personal sobre una lámina de los espacios
arquitectónicos fotografiados después de estudiar el diálogo entre los éstos,
la luz y la sombra, creando la abstracción a partir de unas instantáneas, a las
que dota de color, y que sugieren paz interior y equilibrio, transformando la
tridimensionalidad de la arquitectura viva en espacios bidimensionales que son
arte gráfico de alta calidad y profundidad conceptual. Esa nueva ordenación de
las luces y las sombras sobre la lámina, epistemológicamente, supone una vuelta
de tuerca realizada por la visión personal del artista, y que comulga con
Descartes, Kant y Hegel cuando se parte de la conciencia de que la realidad
jamás será aprehendida por el hombre, puesto que, en su contemplación, siempre
media la naturaleza inevitablemente transformadora del hombre, del artista,
que, en el caso de Andrelo Suárez, abre las puertas a una nueva visión del
mundo.
