jueves, 31 de marzo de 2022



LAS ATMÓSFERAS DE ANDRELO SUÁREZ.

Fco Javier Martos Cando

   En una ciudad como Sevilla, donde la luz es uno de sus tesoros más preciados por su unicidad, condicionada también por el contexto natural y monumental de la ciudad, ésta no ha sido suficientemente puesta en valor, en parte porque esta urbe, que soporta, no siempre agradecida, el cargamento de su historia, es para muchos ciudadanos más un escenario que un lugar real que contemplar con unos ojos que transciendan la postal, penetrando sus rincones que pasan más desapercibidos.

   Andrés Suárez (Sevilla, 1993), cuya residencia no está en la ciudad pero está familiarizado con ella a través de sus padres y sus incursiones naturales en ella, diseñador gráfico y fotógrafo por afición, ha subido a este escenario para descubrir la otra cara de la luz sevillana. Tras la lectura de Atmósferas, nos percatamos de que, habitualmente -y no sólo en la ciudad que habitamos-, acostumbrados a mirar solamente el cielo, no contemplamos la luz y su incidencia sobre las cosas, concretamente sobre los edificios, y de que no sabemos cómo la luz, con las máscaras que va poniéndose a lo largo del día, inciden sobre el tiempo, pues no nos detenemos a contemplarla.

   Andrelo Suárez, cámara en mano, recorre esta urbe de famosas torres y vetustos edificios buscando otras formas arquitectónicas más anónimas y funcionales, y no por ello menos bellas y armónicas, indagando sobre los estímulos de la luz sobre la arquitectura, y encuentra la respuesta en la abstracción que le lleva a tener la sensación de que el tiempo se ralentiza al contemplar esa simbiosis. La contemplación, además, de la luz, no sólo ralentiza el tiempo, sino también hace físico y concreto ese movimiento lento de las sombras, llevando al artista a otra conclusión iluminadora: se puede malear la luz, se le puede dar forma y hacer a ésta hablar mediante la arquitectura. Luz y sombra, antónimos recíprocos, se aparecen así ante nuestros ojos de manera diferente: la luz crea imágenes que pueden posteriormente interpretarse y transformarse en algo nuevo utilizando el lenguaje artístico, evitando el determinismo que supone que la luz, con su rutinario paso a lo largo de las horas sobre las cosas, sea siempre lo mismo.

   La contemplación de la luz que incide sobre las formas le descubre al artista que el juego no es sólo el de la luz golpeando las formas arquitectónicas, sino que la sombra también juega su determinante papel, pues completa el espacio y lo transforma, creando una nueva realidad que es, en definitiva, la realidad de la arquitectura: ocupar el espacio, transformarlo en otro nuevo y crear un diálogo entre el observador, la causa y el efecto, que deriva en la magia de la metamorfosis y sugieren al hombre que la luz y sus sombras tiene una faceta mística en este acto comunicativo.

    Esa contemplación que al artista Andrelo Suárez lleva a cabo le reafirma en la certeza de que nada es para siempre al aceptar que los momentos del diálogo luz-sombra y el cambio formal que éste produce es efímero, pero puede atraparse si se los fotografía. Y es ahí donde Andrelo Suárez controla el tiempo y los espacios efímeros que la luz crea a través de las sombras, para después transcenderlo a su particular mundo artístico.

   Si, como dice con gran acierto el artista, pasamos tangencialmente por el presente y nos abandonamos a la velocidad y todo lo que ello conlleva –el estrés, dejar de contemplar las pequeñas cosas, renunciar a  mirar lo bello y temporal, permitir que el tiempo nos controle en lugar de lo contrario- la consciencia de las atmósferas es lo que nos permite alterar la sensación temporal de nuestro entorno y darnos cuenta de que, si hay determinismo en la luz por ser un ente físico, su efecto sobre las cosas se abandona al azar, pues la luz también tiene sus matices.

    Al final, su paseo a través de la ciudad en manos de la reciprocidad de la luz y de las sombras, desemboca en un diseño personal sobre una lámina de los espacios arquitectónicos fotografiados después de estudiar el diálogo entre los éstos, la luz y la sombra, creando la abstracción a partir de unas instantáneas, a las que dota de color, y que sugieren paz interior y equilibrio, transformando la tridimensionalidad de la arquitectura viva en espacios bidimensionales que son arte gráfico de alta calidad y profundidad conceptual. Esa nueva ordenación de las luces y las sombras sobre la lámina, epistemológicamente, supone una vuelta de tuerca realizada por la visión personal del artista, y que comulga con Descartes, Kant y Hegel cuando se parte de la conciencia de que la realidad jamás será aprehendida por el hombre, puesto que, en su contemplación, siempre media la naturaleza inevitablemente transformadora del hombre, del artista, que, en el caso de Andrelo Suárez, abre las puertas a una nueva visión del mundo.