miércoles, 19 de julio de 2023

CAJÓN DE LIBROS. LA CULTURA DE LA CANCELACIÓN

 

LA CULTURA DE LA CANCELACIÓN

(No hables, no preguntes, no pienses)

Fernando Bonete Vizcaíno. Ciudadela, 2023.

Fco. Javier Martos

   Con muchas dudas y cierto temor me atrevo a escribir la reseña de este libro cuya lectura, sin embargo, recomiendo a todos aquellos libre pensantes que no han caído en los dogmatismos, defienden la libertad absoluta individual e intelectual, practican la tolerancia para con quienes piensan de forma diferente a uno  y no recurren al zafio recurso del insulto por falta de cultura, educación y argumentos. Complicado, pues. La primera de ellas es que muchos ciudadanos (este masculino genérico puede hoy ya traer problemas) ni siquiera querrían leer el libro después de conocer las credenciales del autor quien, libre de la autocensura y ajeno a los Trigger warnings (incluyo al final de la reseña un corto glosario sobre neologismos que aparecen en el libro y que traeré a colación los cuales, probablemente, aún no recoge la RAE -no lo he consultado-, pertenecientes al campo de la sociología en su mayor parte) aparecen en la solapa del libro, cuando podrían haberse ocultado más allá de las políticas editoriales.

   Se trata de Fernando Bonete Vizcaíno, joven profesor, Doctor en Comunicación Social, Profesor de la CEU San Pablo (Universidad privada católica), colaborador de El Debate (humanismo cristiano), la COPE  y TRECE TV (conservadurismo crítico comunicativo). Está claro que los mecanismos sociopolíticos del prejuicio ideológico y cultural se activarían al instante por parte el grueso de ciudadanos progresistas y otras ideologías opuestas a la que el autor se supone que tiene para cuestionar y bloquear automáticamente la autoridad, veracidad o lógica de cuanto se dice en el ensayo que nos ocupa. Pero ahí está el reto del intelectual libre: leer sin prejuicios y con capacidad de juicio, e interpretar y criticar en consecuencia cúanto de objetivo hay en un ensayo y cuánto de subjetivo y tendencioso, simplemente informándose. Pero hay mucha gente que ni quiere ni tiene la intención aunque solo sea por contrastar lo que lee. No obstante, esta idea que inicialmente apunto –la autocensura- que lleva inevitablemente al prejuicio por ideología (léase intolerancia), forma parte de la amplísima lista de temas que el autor analiza en el libro. Este ensayo es una bomba de relojería solamente por el hecho de que despliega ante nuestros ojos una ingente información sobre los temas más candentes de nuestra sociedad posmoderna en lo referente al concepto de lo políticamente correcto que se ha introducido en los ámbitos más importantes de ésta, a saber: la ideología política, el sexo, la raza, la religión y las clases sociales, términos latos que apuntan directamente a las lacras más socialmente recriminables de la historia de la humanidad como son la intolerancia, el sexismo y la comprensión de la diferenciación sexo-género, el racismo, la persecución religiosa y el dogmatismo y la discriminación social, todas ellas en proceso de revisión, enmienda y corrección obligatoria y necesaria.

   El ensayo, que en principio el lector avisado espera que sea un libro prejuiciado (en inglés, biased) y dirigido a la refutación de todas estas nuevas polémicas que surgen del debate de los temas anteriormente citados desde el punto de vista de su utilización  como plataformas de censura –eufemísticamente llamada, como el título indica, “cultura de la cancelación”-, resulta ser, sorprendentemente, un manual donde abunda la exposición, y es casi inexistente la valoración subjetiva. Ante los ojos del lector se despliegan una serie de realidades analizadas según la experiencia y se aportan algunos ejemplos reales tomados sobre todo de los medios y definiciones y análisis de cada uno de los temas de expertos en politología, sociología, filosofía y otras disciplinas que intentan definir, no juzgar, las actitudes que se dan en las comunidades humanas posmodernas con respecto a esos temas.

   Lo que el ensayo pretende es, por un lado, exponer cómo se impone la cultura de la cancelación, que no debemos olvidar que se trata simplemente de censura normalizada, y cómo ésta, ejercida por parte de los colectivos que más han sufrido las lacras sociales del sexismo, el racismo, la discriminación sexual, social y religiosa en aras de lo políticamente correcto para evitar herir esas sensibilidades agredidas violentamente durante tantos siglos, caen precisamente ellos mismos en los comportamientos que han padecido y pretenden denunciar, dándose una transformación dramática y pocas veces consciente por parte de la sociedad, de sectores desfavorecidos oprimidos en sectores desfavorecidos empoderados opresores.

    Un par de ejemplos aportados pueden ilustrar esta idea. Y que conste que el autor no pretende demonizar estos colectivos desfavorecidos tradicionalmente, cuyas reivindicaciones no sólo comparte y apoya de manera general, sino solamente actitudes y conductas concretas por parte de los agentes sociales y los colectivos, sean del color que sean, que llevan a la sinrazón, el extremismo, el recorte de la libertad de expresión y la violencia verbal e incluso a veces física. El primero se da en un programa de televisión en el cual se celebra un debate sobre las políticas de identidad, donde una de las invitadas, poeta y feminista militante de raza gitana, reprocha a otro invitado, un abogado, que se manifieste sobre el racismo y lo trans no siendo ni trans ni perteneciendo a una raza oprimida diciéndole “tú no tienes que hablar de la ley trans ni del racismo, tienes que escuchar y aprender”. Con estas palabras, la persona que se ha sentido tanto tiempo discriminada por su sexo y raza, comete una triple acción canceladora: no solo se muestra agresivamente sexista y racista ella misma no admitiendo que un blanco heterosexual opine sobre lo que él no es, sino que le coarta su libertad de expresión. El segundo se da en el ámbito universitario, donde un estudiante de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona envió a la Unidad de Igualdad de dicha entidad una solicitud para que la participación de un catedrático en filosofía del derecho invitado a un seminario internacional “Gender” fuera retirada amparándose en el argumento de que éste era una persona “cis” (una persona cuyo sexo y cuyo género son coincidentes) que iba a hablar de los trans. En este caso el estudiante pretende también un acto de cancelación utilizando argumentos manifiestamente sexistas sin percatarse de que infringe a otra persona lo que él mismo sufre y denuncia: “encasillar” al profesor como “cis”, como si esa condición fuera objetable socialmente para opinar o participar de cualquier acto universitario donde pueda aportar ideas o contenidos interesantes o, simplemente, debatir y, de igual manera que en el ejemplo anterior, coartar la libertad de expresión de una persona.

   Otro tema que atraviesa el ensayo es la “resignificación”, concepto  que en sí mismo es positivo, pues pretende revisar todo significante que, tradicionalmente, posee significados contrarios a la tolerancia, la diferencia de género o de sexo y la raza. El feminismo, en concreto, que ha alcanzado grandes logros en las últimas décadas, sigue utilizando el argumento del machismo de manera catastrófica, se ha politizado y se ha vuelto agresivo. Juzgue el lector. Consulte youtube: los ejemplos son abundantes, sobre todo por parte de las mujeres con poder político, que, de nuevo, pecan de lo que pretender defender, y condenan al ostracismo por sexo a mujeres de ideologías opuestas. Resignificar está bien, pero utilizar el concepto como arma arrojadiza es socialmente censurable y. sobre todo, contradictorio: yo defiendo los derechos de las mujeres, pero tú, aun siendo mujer, militas en un partido opuesto a mis ideas y entonces no te defiendo e incluso te insulto. Ideas como que la maternidad es un estorbo y una esclavitud, la tiranía del patriarcado, “mi cuerpo es mío”, la política de cuotas y otras se han descontextualizado y se han llevado a los extremos, como, por ejemplo, que la Dirección General de la Guardia Civil, con la finalidad de que hubiera mayor representatividad de mujeres en el cuerpo, en el año 2022 modificó el reglamento de acceso en favor éstas, reduciendo en un 15% en la nota de la mujer con respecto a los hombres, cayéndose, en un intento de revertir una situación anómala, en una discriminación por sexo, ya que con esta medida se presupone que las mujeres no pueden conseguir sus metas por sus propios méritos y necesitan de una ayuda.

    Este ensayo intenta reflexionar seriamente sobre otras ciertas actitudes (insisto: el autor no critica colectivos ni tendencias, sino actitudes frecuentes y que van más allá de toda lógica intelectual  y apuntan a una estulticia sin límites) que son hoy comunes y traspasan la frontera de la lógica. Hoy en día se critica y ataca a quien quiera disfrazarse en carnaval con ropas de otra etnia o raza, se cuestiona a un cantaor de flamenco no gitano, a un varón blanco que traduce la obra de una mujer negra, o, como se ha dicho antes, que un “cis” no pueda opinar de un trans en un debate, considerar excluyentes los términos “padre”, “madre”, “embarazada”, se ha añadido un signo + a las siglas LGTBIQ para incluir en él lo que en un manifiesto se denomina “cuerpos hablantes”, dando a la intersexualidad (espectro entre los extremos varón-mujer) un espacio ilimitado que no sabemos si contribuye más a confundir que a ayudar, sobre todo para quienes dudan de su género o de su sexo. El uso público de términos llamados “débiles” como “sentido”, “equidad” en lugar de los llamados “fuertes” y rechazables “verdad y justicia”, la creación de toda una serie de conceptos expresados en inglés que intentan definir situaciones sociales como el Social Justice Warrior (SJW), wokeness (conciencia social progresista), “red pill” (conciencia social conservadora, en referencia a la pastilla roja que los personajes de Matrix tomaban para volver a la realidad), la inconciencia de los usuarios de Internet de lo que se denomina “documedialidad” (efecto de Internet sobre los usuarios registrando los gustos personales. tendencias políticas, ideológicas y culturales), que lleva al “efecto túnel” de Internet (conforme el usuario aumenta la cantidad de contenidos consumidos conscientes con su forma de ver el mundo, se reduce su campo de visión y, por tanto, de acceder a otros puntos de vista), el “Shadow Banning” o “baneo”, censura que relega a la sombra a quienes opinan en las redes en contra de lo políticamente correcto o realizan comentarios de “odio” en las mismas, como hizo Elon Tusk cuando adquirió Tweeter, con buenas intenciones pero, a juzgar por el tono de los tweets, inútil.

    Se abunda en el ensayo en un hecho que para mí es determinante: la “cultura” de la cancelación (oxímoron flagrante: la censura apunta precisamente en sentido contrario a la cultura): se trata de términos como “restricciones”, “prohibiciones” y otros términos que en realidad coartan la libertad de expresión cuando lo que se perseguía es que la sociedad fuera respetuosa y tolerante con la diversidad de manera global sin provocar la indignación o la molestia. Pero se ha conseguido lo contrario: lo políticamente correcto ha conseguido caer en, además de la censura, la difamación, el acoso o la intimidación, como le ha sucedido a esa trabajadora de una compañía telefónica cuando, al ser preguntada por la calle a qué partido iba a votar y ésta dar su respuesta, fue linchada en las redes por militantes de ideologías contrarias, quienes exigieron a la compañía que la despidiera de inmediato, lo cual –esto es opinión de quien escribe- es propio de una dictadura, no de una democracia.

   Especialmente interesante es la parte del libro donde el autor aborda las cancelaciones literarias en aras del respeto a los llamados sensitivity readers, lectores que pertenecen a ese sector de la sociedad vulnerable por todo lo más arriba expuesto. Valga este ejemplo, por absurdo: el director Leo Muscato anula el final de la ópera Carmen, de Bizet, donde Juan asesina a Carmen, pues este final podría alentar el aumento de feminicidios en Italia, ¿cómo?: pues haciendo que sea Carmen quien asesina a Juan. Son sometidas a censura La bella durmiente (promueve la violación), Los Cinco (por el lenguaje no-inclusivo: “sucio gitanillo”, “gracias a Dios”, sustituidos respectivamente por “pequeño” y “menos mal”), y muchos otros títulos que contienen estereotipos sexuales, lenguaje racista, misoginia, violencia sexual, material ofensivo, referencias a la exclusión, la esclavitud, el genocidio cultural: Tom Sawyer, Lo que el viento se llevó, Lolita, Muerte en Venecia, El Arte de amar, La Ilíada y la Odisea. El autor no da su opinión al respecto. Desde mi punto de vista, como amante de la lectura, no apruebo estas cancelaciones: lo que se debe hacer desde los ámbitos educativos (recordemos que la educacion comienza en casa de uno) es promover la lectura crítica, analizar lo realmente reprobable y a partir de ese punto tomar conciencia de los logros sociales obtenidos comprendiendo tales publicaciones como producto de un tiempo. De lo contrario, lo que tendremos es lo que sucedía en 1984 de Orwell: no dejar ni rastro de nuestra historia, de la que se debe aprender, pero nunca olvidar.

   Para no eternizar la reseña –el ensayo es tan rico en contenido que se hace difícil- resumiremos los aspectos más importantes de su parte final. Por un lado, está lo que se llama hoy el lenguaje falaz, o lo que es lo mismo, la repetición de aseveraciones o bien falsas, o bien cuestionables, con la finalidad de que se conviertan en “familiares” y cognitiva mente cercanas. Veamos una aseveración cuestionable como ejemplo: “el aborto es progresista”, “el aborto es un derecho”: ambas aseveraciones chocan frontalmente con otras ideologías o simples puntos de vista. Esto conecta directamente con el término Posverdad, es decir, la verdad objetiva no existe: si una persona tiene una opinión sobre un tema en concreto, por el mero hecho de formularla un ser humano, la “verdad objetiva” admitida como tal hasta ese momento se cuestiona inmediatamente. Esto puede admitirse en ciertas situaciones: pongo dos ejemplos: “la pena de muerte es justa para quien mata”= muy cuestionable: 1. los países que la tienen no pueden demostrar que ésta disuade a los posibles asesinos. 2. Va en contra del derecho natural. Pero no en otras: “un profesor de instituto puede y debe, como formador, defender sus posturas sobre ciertos temas sociales”. En ese caso estaría manipulando las mentes de sus alumnos, ofreciendo una imagen sesgada de la realidad. 2. Un formador debe exponer todas las realidades e invitar y enseñar a sus estudiantes a pensar por sí mismos libremente y a utilizar argumentos una vez analizadas aquéllas.

   El penúltimo tema objeto de discusión es la llamada disforia de género. Se trata de esa situación en la que un adolescente cuyo desarrollo sexual no ha concluido sienta dudas con respecto a su género. La aceptación de que las personas tienen un sexo y un género que no tienen por qué coincidir –el caso contrario es el ya mencionado cis-va calando cada vez más en la sociedad y las personas cada vez más también disponen de la información necesaria para abordar estos casos a todos los niveles, desde el familiar al clínico. El problema surge con la transexualidad porque este caso no tiene vuelta atrás. El ensayo tan solo alerta de la exposición de los adolescentes con disforia de género a las redes sociales, sobre todo a los youtubers, a una normalización de comenzar procesos conducentes al cambio de sexo, ya que desde estas plataformas se puede inducir, consciente o inconscientemente, a invitar a estas personas a considerarse trans tan solo por creer que lo es o tener la intuición de serlo:  hay que respetar la creencia –fundada en evidencias científicas suficientes- de que hay otros caminos posibles a la transición, y de que la autoevaluación de los menores ha de acogerse con prudencia y ser evaluada desde la medicina, con la menor mediación política e ideológica posible –a poder ser, ninguna-“, palabras del autor que destilan solamente sentido común, subrayando que este problema no debe tratarse a la ligera, como últimamente, precisamente desde el poder político, se ha hecho, a mi juicio de una forma irresponsable.

   En definitiva, y a modo de conclusión, este libro aborda temas que son esenciales, porque son los temas que en este preciso momento están transformando la sociedad. La tendencia tan propia de este país –es una percepción personal, que conste- de mirar para otro lado hace que la ciudadanía, por un lado, ignore los verdaderos problemas sociales que nos amenazan y, por otro, no conozca bien aquellos que hay que abordar si queremos que nuestra sociedad cambie, evolucione y prospere, pero siempre desde la tolerancia y el respeto. Y lo digo porque hay mucha gente ignorante cuyas decisiones pueden tener una repercusión importante a nivel social. Si no es ya por nosotros mismos, deberíamos hacerlo por nuestros hijos, porque nadie se interesa por nada hasta que ese problema le golpea personalmente. Tengo subrayada en el libro –bueno, el libro está todo subrayado- la siguiente frase de Edmund Burke, filósofo de la política: “para que el mal triunfe, solo se necesita, que n que los hombres buenos no hagan nada”. Es una excelente y hermosa frase. El problema es que hoy, en aras de la posverdad y el relativismo, muchos siguen pensando que hay que cuestionarse constantemente qué considera uno el mal y a quiénes los hombres buenos. Muy peligroso, porque al final llegaremos al no-universo. La conclusión real es que hay que comprometerse. La cultura de la cancelación no va a desaparecer de la noche a la mañana, pero hay que perseverar, y para coseguirlo debemos evitar la pereza intelectual, tenemos que recurrir a las fuentes y no al “lo sé porque me lo han dicho”, no podemos silenciar los problemas, tenemos que ser autocríticos con las ideas propias y con nuestros políticos, nnodebemos incurrir en la autocensura por miedo, ni arrinconarnos en la política del insulto sin argumentos, debemos evitar tergiversar los hechos objetivos, ocultar la realidad, y, sobre todo, practicar la cancelación con quienes nos cancelan. Si bien no hay una sola verdad, si hay una realidad alejada de las trampas del relativismo y la posverdad, y esa es la que debe rescatarse.

PS: Por economía del lenguaje y por convicción propia como filólogo he utilizado en la reseña el masculino genérico sin ningún tipo de intención sexista, porque creo firmemente que, si bien hay que erradicar absolutamente de nuestro lenguaje ciertas palabras y expresiones a todas luces racistas, sexistas, exclusivistas y muchas más cosas rechazables que ha ido acumulando a lo largo de los siglos, no hay que violentarlo. Y no me refiero a los absurdos palabros que algunos políticos de este país se han inventado cautivos de la más vergonzosa ignorancia lingüística: me refiero a que el sexismo no está en decir alumnos incluyendo a las alumnas (yo de hecho oralmente si utilizo ambos), sino en la intención manifiesta de usarlo de esta manera. Si hubiera recurrido a ello, a lo “políticamente correcto” de forma innecesaria, la reseña me hubiera ocupado una página más. Si he podido usar La ciudadanía es porque existe la palabra –por cierto, femenina que incluye al masculino-.

GLOSARIO

(Muchos de los términos son anglosajones porque han sido acuñados en este lenguaje originalmente.)

-          Trigger warnings: avisos sobre el contenido de una publicación de cualquier tipo que pueda tener un impacto emocional sobre algún individuo.

-          Persona cis: persona cuyo sexo y género son coincidentes.

-          Posverdad: opiniones y emociones personales que están por encima de la verdad objetiva.

-          Resignificación: transformar el significado de un término utilizado tradicionalmente de manera negativa.

-          Intersexualidad: espectro entre los extremos varón-mujer.

-          Tránfobo/terfa: persona contraria o que no admite la transexualidad.

-          Documedialidad: efecto de Internet sobre los usuarios registrando los gustos personales. tendencias políticas, ideológicas y culturales.

-          Shadow Banning” o “baneo”: censura que relega a la sombra a quienes opinan en las redes en contra de lo políticamente correcto o realizan comentarios de odio.

-          Sensitivity readers o lectores sensibles: lectores de libros pertenecientes a algún colectivo tradicionalmente oprimido.

-          SJW o Social Justice Warrior: cualquier luchador, generalmente autoetiquetado progresista, por las justicias sociales.

-          Wokeness: conciencia social (“estar despierto”).