IRENE ENCADENADA
Visualicen el Doríforo de
Policleto: la perfección representada en un joven atleta heleno que personaliza
la belleza ideal. Un cuerpo perfecto, su armonía, su pacífica serenidad, su
fuerza contenida. La solemnidad, la grandeza del lancero, sobrecogen. Lean después
a Tucídices, V, 89: los atenienses exigen a la isla de Melos entrar en su liga
contra los espartanos, de quienes son aliados. Los de Melos no ceden. Los
imperialistas atenienses asaltan la ciudad, masacran a todos los hombres, esclavizan
a las mujeres y los niños y ocupan sus tierras.
Los griegos nos emocionan con el
Doríforo, pero nos muestran su abyección con el asunto de Melos. Se derriba un
mito. Grecia no es lo que creíamos.La palabra masacre no debería existir, y sin
embargo no solo existe, sino que se escucha cada día. Pero lo más triste es
contemplar a quienes justifican o solo hablan de las masacres de unos
y silencian las de otros. Tucídides nos narra la guerra del Peloponeso, que
durante más de veinte años causó la muerte de miles de helenos, hombres,
ancianos, mujeres y niños. Y en esa larga guerra, mientras algunos abogaban por
la paz, otros, los más miserables, por orgullo, prepotencia, maldad o simple
ignorancia alimentaban la muerte.
Cuando un ignorante, un fanático,
o un descerebrado cae en las manos de una persona cuya iniquidad y abyección le
permite manejarle como una marioneta, surge la masacre. En el siglo IV d.C.,
Hipatia de Alejandría, la hija de un astrónomo y matemático que enseñaba en el
Serapeion de la biblioteca, también maestra, acogía en sus clases a personas de
diferentes etnias, cultura, ideología y religión. Pero eso no gustó al obispo
Cirilo cuando se hizo con el obispado de la ciudad egipcia. O se es cristiano o
la masacre. Hipatia, que constituía la libertad de pensamiento, la
independencia ideológica, la abstención religiosa y la tolerancia cultural,
debía ser masacrada. Los cristianos ignorantes soliviantados por un “hombre de
dios” la asesinaron vilmente, tras humillarla. Luego la desmembraron y la
quemaron. Abyección nauseabunda. Y donde leen cristianos pongan cualquier
creencia religiosa que existe o ha existido entre esta lamentable humanidad.
Pero ahora no hablamos solamente
de gente ignorante. Hablamos de gente formada, intelectuales, universitarios,
periodistas, políticos, pensadores, que han caído en las terroríficas redes de
la militancia sin sentido. Ante la masacre no debe haber dos bandos, sino uno sólo: el que
debe rechazar el asesinato de seres humanos por parte de fanáticos o gentes
sedientas de venganza que arrancan lo más sagrado de un hombre o una mujer: su dignidad
que nace con la vida.
Me he pensado mucho escribir estas
líneas. Pero mi asco, mi indignación, mi dolor profundo ante el espectáculo
abyecto de la muerte indiscriminada y la justificación de ésta por parte de
algunos de mis iguales, gentes que no ignoran, sino que simplemente miran hacia
un solo lado conscientemente o no, no quiero saberlo, de su insostenible
tendenciosidad, me han empujado a opinar y, a la vez, espantar mis demonios y
el dolor que este mundo me causa.
La perversión de estas personas es
tal que se han inventado un término para justificar su actitud: o piensas como
yo o serás Hipatia. El término es “equidistancia”. Hasta este punto ha llegado la ceguera de
una parte de la humanidad. No existe la libertad de pensamiento, no existe el
intelectual independiente, la persona no militante de nada salvo de la información y la
cultura, la tolerancia y el respeto, el hombre de paz y diálogo que no repite frases hechas o decálogos
impuestos por la intolerancia y la manipulación. No existen. No existimos. Somos “equidistantes”, término diabólico. No lo somos: somos simplemente Hipatia de
Alejandría. Y lo que causa una profunda tristeza es que estos emaciados ocupan
lugares relevantes en nuestra sociedad, han pasado por la universidad, se han formado, pero no
son capaces de reflexionar. Lamentar una muerte. Silenciar otra. En las guerras
solo hay víctimas. Sólo hay personas abyectas. Callaos ya. Sed valientes y
luchar por Irene encadenada, no por el hedor de la masacre.