SINE IRA ET STUDIO
(sin odio ni parcialidad)
Sine ira et studio es el sintagma que los estudiantes de filología
clásica, cuando asistíamos a clase de literatura latina, debíamos aprender como
característica esencial de la obra historiográfica de Cornelio Tácito, abogado
romano que vivó en los tiempos del emperador déspota Domiciano: narrar los
hechos “sin odio ni parcialidad”. Tras la muerte del tirano, acaecida en el año
98 d.C., Tácito, ya retirado de la vida pública, decidió escribir la crónica
política de su época, la que él había vivido, y la justamente anterior a él,
que fue el gobierno del imperio romano bajo la férula de la dinastía
Julio-Claudia.
Algunos años antes que él, Julio
César había rubricado una obra historiográfica, que aún hoy se estudia en el
bachillerato español, como medio para justificar su particular batalla para
acceder al poder absoluto de Roma y convertirse en dictador. Posteriormente
Tito Livio escribe su magna obra Ab Urbe
Condita, narrando la historia de Roma desde su fundación, a través del prisma de
un intelectual que pretende naturalizar la superioridad de un pueblo que ha
nacido para civilizar el mundo. Dicho esto, ¿es posible que Cornelio Tácito
pudiera escribir historia sin caer en el sectarismo narrando los hechos con
pura objetividad? Lo ignoro, pero si a algún historiador he leído con la
seguridad de estar leyendo un texto muy cercano a la verdad ha sido a Tácito.
Cornelio Tácito es considerado un Homo
novus, esto es, un hombre de su época, alguien quien, si bien pueda
aparentar defender los principios básicos republicanos, acepta que el poder de
Roma recaiga sobre una sola persona, pero con la condición indispensable de que
lo haga de forma justa y pensando en su pueblo. Él, de noble cuna, pero crítico
con la aristocracia oligárquica de los viejos patricios de Roma, así como
denostador de la plebe y los esclavos, algo común en un romano de su época,
cuando el término humanitas con el
significado de la humanidad que considera a todo ser humano igual ante la ley
(y ante dios, si este existiera), analiza los hechos y a sus protagonistas con
la libertad que le otorga hacerlo cuando ninguno de los emperadores de los que
habla vive, y, por tanto, no pueden perseguirlo para cortar su cabeza y sus
manos y exponer estos despojos en el foro de Roma, como hicieron con Marco
Tulio Cicerón (pueden leer en el blog
mi entrada El triunvirato de la infamia).
Antes que él, otros historiadores
cuya obra no conservamos, escribieron sobre emperadores depravados
descendientes de Octavio como Tiberio, Calígula y Nerón, ensalzando su grandeza
y omitiendo sus crueldades y desviaciones. Tácito, libre de la amenaza de ser
perseguido, censurado y muerto, retrata
a estos emperadores como personas aupadas a un lugar de una grandeza que no son
capaces de asimilar, pues su valía y su inteligencia no está a la altura del
cargo que ostentan, y, además, precisamente por el poder que manejan entre sus
manos, son capaces de cometer las atrocidades más demenciales. Piensen en lo
que sucede hoy en nuestro país y en la persona que ostenta el poder absoluto, y
reflexionen sobre ello.
Hoy en día, y escribo esta
afirmación absolutamente convencido, la democracia es ya una quimera. En
términos objetivos, lo que tenemos en nuestro país se acerca más a una
república corrupta, puesto que quienes ostentan el poder no han sido elegidos
por el pueblo para hacerlo, o a un despotismo, puesto que el líder se atribuye
poderes que no le corresponden, manipulando la ley y cancelando a la oposición
política, persiguiéndola hasta su extinción, y dilapidando los fondos públicos en
beneficio propio y en el de los suyos. Lean estas líneas del libro I de los
Anales de Tácito:
“(Octavio augusto) abandonó el título
de triunviro (tras acabar con Lépido y Marco Antonio) presentándose como cónsul, “satisfecho con el poder tribunicio para la
defensa del pueblo” (Tácito cita estas palabras con evidente ironía). Tras seducir al ejército con recompensas
(hoy serían los medios de comunicación) al
pueblo con repartos de trigo (léase hoy con prebendas y mentiras) a todos con las delicias de la paz, se fue
elevando paulatinamente; empezó a tomar para sí las prerrogativas del senado,
de las magistraturas, de las leyes, sin que nadie se le opusiera, dado que los
más decididos habían caído en las guerras o en las proscripciones, los que
restaban de los nobles se veían enaltecidos con riquezas y honores en la misma
medida en que se mostraban dispuestos a servirle, y encumbrados con la nueva
situación preferían 3la seguridad presente al problemático pasado”. (Tácito,
Anales, I, 2).
Tras leer esto, bien podría ser
Tácito nuestro contemporáneo, narrando con asombrosa precisión la situación
presente en nuestro país. Los libros de historia pasan sutilmente por alto que
Octavio Augusto fue un dictador, cuando me he pasado años corrigiendo a mis
semejantes el error de que César no fue un emperador, sino un dictator, y Octavio el primer emperador
de Roma (los términos cónsul o prínceps
son puros eufemismos), un déspota enfermo de poder, un ángel fieramente
inhumano, y sus sucesores un cuarto de lo mismo: enfermos ahítos de poder, en
algunos casos de resentimiento.
No sirven aquí las teorías de la
historiografía para el declive de las civilizaciones: la naturalista (declive
moral y ético de las sociedades), la cíclica o la biológica (el tiempo
cronológico como causa de la decadencia): dan igual. La historia se repite. Los
déspotas se suceden. La censura (hoy llamada cancelación) es un hecho.
Recientemente he leído una biografía del emperador Tiberio escrita por el
político y humanista español de principios de siglo XX Gregorio Marañón, y me
ha llamado la atención lo que afirma en sus primeras páginas, pues el enfoque
de la biografía es la “historia de un resentimiento”. Afirma Marañón que el
resentido es una persona mediocre a quien nadie le auguraba el éxito, cuando él
se creía alguien superior a los demás. Cuando, pasado el tiempo, el mediocre es
apeado, por una carambola de la fortuna, a la esfera del poder, en contra de lo
sería lógico que ocurriera, es decir, que se sintiera orgulloso por haber
demostrado a los demás que estaban equivocados, lo que hace es, desde su nueva
situación, diseñar su venganza contra quienes le denostaron. Un resentido de
libro. En una sola página, tal vez sin pretenderlo, GM daba con la definición
exacta de un dictador. Siempre lo he pensado, pero ahora se hace más necesario
que nunca el estudio de la historia, una historia más cercana a Tácito que
aquellos entregados a una causa y manipulados por sus propios prejuicios.