domingo, 5 de mayo de 2024

SINE IRA ET STUDIO (Sin odio ni parcialidad)

 

SINE IRA ET STUDIO

(sin odio ni parcialidad)

 

   Sine ira et studio es el sintagma que los estudiantes de filología clásica, cuando asistíamos a clase de literatura latina, debíamos aprender como característica esencial de la obra historiográfica de Cornelio Tácito, abogado romano que vivó en los tiempos del emperador déspota Domiciano: narrar los hechos “sin odio ni parcialidad”. Tras la muerte del tirano, acaecida en el año 98 d.C., Tácito, ya retirado de la vida pública, decidió escribir la crónica política de su época, la que él había vivido, y la justamente anterior a él, que fue el gobierno del imperio romano bajo la férula de la dinastía Julio-Claudia.

   Algunos años antes que él, Julio César había rubricado una obra historiográfica, que aún hoy se estudia en el bachillerato español, como medio para justificar su particular batalla para acceder al poder absoluto de Roma y convertirse en dictador. Posteriormente Tito Livio escribe su magna obra Ab Urbe Condita, narrando la historia de Roma desde su fundación, a través del prisma de un intelectual que pretende naturalizar la superioridad de un pueblo que ha nacido para civilizar el mundo. Dicho esto, ¿es posible que Cornelio Tácito pudiera escribir historia sin caer en el sectarismo narrando los hechos con pura objetividad? Lo ignoro, pero si a algún historiador he leído con la seguridad de estar leyendo un texto muy cercano a la verdad ha sido a Tácito. Cornelio Tácito es considerado un Homo novus, esto es, un hombre de su época, alguien quien, si bien pueda aparentar defender los principios básicos republicanos, acepta que el poder de Roma recaiga sobre una sola persona, pero con la condición indispensable de que lo haga de forma justa y pensando en su pueblo. Él, de noble cuna, pero crítico con la aristocracia oligárquica de los viejos patricios de Roma, así como denostador de la plebe y los esclavos, algo común en un romano de su época, cuando el término humanitas con el significado de la humanidad que considera a todo ser humano igual ante la ley (y ante dios, si este existiera), analiza los hechos y a sus protagonistas con la libertad que le otorga hacerlo cuando ninguno de los emperadores de los que habla vive, y, por tanto, no pueden perseguirlo para cortar su cabeza y sus manos y exponer estos despojos en el foro de Roma, como hicieron con Marco Tulio Cicerón (pueden leer en el blog mi entrada El triunvirato de la infamia).

   Antes que él, otros historiadores cuya obra no conservamos, escribieron sobre emperadores depravados descendientes de Octavio como Tiberio, Calígula y Nerón, ensalzando su grandeza y omitiendo sus crueldades y desviaciones. Tácito, libre de la amenaza de ser perseguido,  censurado y muerto, retrata a estos emperadores como personas aupadas a un lugar de una grandeza que no son capaces de asimilar, pues su valía y su inteligencia no está a la altura del cargo que ostentan, y, además, precisamente por el poder que manejan entre sus manos, son capaces de cometer las atrocidades más demenciales. Piensen en lo que sucede hoy en nuestro país y en la persona que ostenta el poder absoluto, y reflexionen sobre ello.

   Hoy en día, y escribo esta afirmación absolutamente convencido, la democracia es ya una quimera. En términos objetivos, lo que tenemos en nuestro país se acerca más a una república corrupta, puesto que quienes ostentan el poder no han sido elegidos por el pueblo para hacerlo, o a un despotismo, puesto que el líder se atribuye poderes que no le corresponden, manipulando la ley y cancelando a la oposición política, persiguiéndola hasta su extinción, y dilapidando los fondos públicos en beneficio propio y en el de los suyos. Lean estas líneas del libro I de los Anales de Tácito:

“(Octavio augusto) abandonó el título de triunviro (tras acabar con Lépido y Marco Antonio) presentándose como cónsul, “satisfecho con el poder tribunicio para la defensa del pueblo” (Tácito cita estas palabras con evidente ironía). Tras seducir al ejército con recompensas (hoy serían los medios de comunicación) al pueblo con repartos de trigo (léase hoy con prebendas y mentiras) a todos con las delicias de la paz, se fue elevando paulatinamente; empezó a tomar para sí las prerrogativas del senado, de las magistraturas, de las leyes, sin que nadie se le opusiera, dado que los más decididos habían caído en las guerras o en las proscripciones, los que restaban de los nobles se veían enaltecidos con riquezas y honores en la misma medida en que se mostraban dispuestos a servirle, y encumbrados con la nueva situación preferían 3la seguridad presente al problemático pasado”. (Tácito, Anales, I, 2).

   Tras leer esto, bien podría ser Tácito nuestro contemporáneo, narrando con asombrosa precisión la situación presente en nuestro país. Los libros de historia pasan sutilmente por alto que Octavio Augusto fue un dictador, cuando me he pasado años corrigiendo a mis semejantes el error de que César no fue un emperador, sino un dictator, y Octavio el primer emperador de Roma (los términos cónsul o prínceps son puros eufemismos), un déspota enfermo de poder, un ángel fieramente inhumano, y sus sucesores un cuarto de lo mismo: enfermos ahítos de poder, en algunos casos de resentimiento.

   No sirven aquí las teorías de la historiografía para el declive de las civilizaciones: la naturalista (declive moral y ético de las sociedades), la cíclica o la biológica (el tiempo cronológico como causa de la decadencia): dan igual. La historia se repite. Los déspotas se suceden. La censura (hoy llamada cancelación) es un hecho. Recientemente he leído una biografía del emperador Tiberio escrita por el político y humanista español de principios de siglo XX Gregorio Marañón, y me ha llamado la atención lo que afirma en sus primeras páginas, pues el enfoque de la biografía es la “historia de un resentimiento”. Afirma Marañón que el resentido es una persona mediocre a quien nadie le auguraba el éxito, cuando él se creía alguien superior a los demás. Cuando, pasado el tiempo, el mediocre es apeado, por una carambola de la fortuna, a la esfera del poder, en contra de lo sería lógico que ocurriera, es decir, que se sintiera orgulloso por haber demostrado a los demás que estaban equivocados, lo que hace es, desde su nueva situación, diseñar su venganza contra quienes le denostaron. Un resentido de libro. En una sola página, tal vez sin pretenderlo, GM daba con la definición exacta de un dictador. Siempre lo he pensado, pero ahora se hace más necesario que nunca el estudio de la historia, una historia más cercana a Tácito que aquellos entregados a una causa y manipulados por sus propios prejuicios.