lunes, 5 de agosto de 2024

REFLEXIONES DE ESTÍO. LA CAÍDA

                                                                   LA CAÍDA 

 Muchos han sido los intelectuales que, a lo largo de los siglos, han intentado esclarecer las causas exactas de la estrepitosa caída del imperio romano. Ciertamente, se trata de uno de los temas más complejos de la disciplina de la historiografía, básicamente porque las causas fueron varias, y éstas fueron minando los pilares del vastísimo Imperio de los hijos de Rómulo a través del tiempo, motivo por el cual no se puede fijar una fecha exacta para la desaparición de la civilización sobre la que se alzaron posteriormente los países que hoy conforman la civilización occidental. Aunque ya los propios intelectuales romanos atisbaron las crisis que Roma fue experimentando, las verdaderas investigaciones desde una perspectiva historiográfica comenzaron en el siglo XVI, y desde entonces, diferentes especialistas han intentado formular y especificar las causas de la crisis y decadencia del imperio romano. 

    De este modo, numerosas teorías se han sucedido desde entonces: desde la perspectiva clasicista y humanista, en el siglo XVI, que contempla principalmente la degeneración de los verdaderos valores tradicionales romanos, a la ilustrada (interpretación racionalista o de la Filosofía de la Historia) que pone el foco sobre ciertas causas internas, como la pérdida de la “virtus” romana” y la introducción en las bases del mundo romano del despotismo, la corrupción, y otras de carácter externo, como las invasiones bárbaras y la división del imperio. En el siglo XIX aparecen las primeras teorías marxistas que se centran en la lucha de clases, el esclavismo y la explotación de las herramientas de producción como causas principales de la decadencia de Roma y también la interpretación liberal o burguesa, que pone el acento sobre criterios demográficos y biológicos, como la eliminación de los mejores, la introducción en las bases del imperio de elementos extranjeros y, sobre todo, la presión de las invasiones bárbaras sobre un imperio cada vez más debilitado económicamente y regido por emperadores cada vez más efímeros y menos preparados, aupados hasta el poder por el ejército sin criterio alguno, y arrancados de éste por los mismos soldados mediante el asesinato. 

    La historiografía es una disciplina compleja que ha estudiado la historia del mundo desde diferentes ángulos. Tanto la historia antigua como la contemporánea son susceptibles de ser manipuladas a pesar de que esta última es más reciente y puede analizarse con mejores herramientas. No obstante, ambas pueden ser estudiadas de manera sesgada para favorecer a quienes no lo merecen y para denigrar a quienes probablemente sí actuaron de manera justa y apropiada. Se puede argüir que incluso los hechos objetivos se manipulan, se cancelan o simplemente se ignoran, lo que conduce irreversiblemente al falseamiento de la historia. Un ejemplo puede ser el historiador ateniense del s. V a. C. Tucídides, primer historiador que intentó indagar en las causas de la guerra en la que él mismo participó, la del Peloponeso que libraron atenienses y espartanos, analizar los hechos y estudiar las consecuencias, pero puede argumentarse que es la narración de un ateniense y, por tanto, sospechosa de favorecer subjetivamente a los suyos. En el mundo romano está Cornelio Tácito, que escribió durante el reinado de la dinastía Julio-Claudia (s. I d.C.), quien retrató a los emperadores de tal dinastía (Octavio, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón) de manera realista, narrando actos de su propia época, lo cual lo convierte en un testigo excepcional. Pero, del mismo modo que con Tucídides, se puede argumentar que él, pese a afirmar al principio de su obra, los Anales, que contará los acontecimientos “sine ira et studio”, es decir, sin odio ni parcialidad, también cayó en la subjetividad porque, como patricio de su época que era, aceptaba la figura del emperador, pero no toleraba el abuso de poder y la corrupción política, y, en consecuencia, ofreció a la posteridad una imagen poco favorable de estos emperadores. 

    ¿A quién creer, por tanto? Tomemos la historia de nuestro país más reciente. Es decir, la de ahora mismo. Habría que reflexionar sobre estas causas y analizar si se dan en nuestra historia contemporánea. Los liberales del s. XIX hablaban de la eliminación de los mejores. ¿Sucede esto observando nuestra clase política? También hablaban de un desequilibrio entre los sectores productivos y los no-productivos, llamados “sectores parasitarios”, lo que llevó a la fractura de la economía y, por lo tanto, a una crisis irreversible. Los actos social-comunistas de quienes se aferran al poder con uñas y dientes (no me refiero a estas doctrinas como tales, sino a quienes ahora gobiernan en nuestro país) fomentan, visto lo visto, en nuestra España la máxima “todo para el estado y nada sin el estado ni contra el estado”, idea precisamente fascista que acuñó el propio Mussolini, y que se plasma, por un lado, en cómo los sectores no productivos, sobre todo los políticos con sus desorbitados sueldos, así como el altísimo número de adláteres, enchufados, clientes, asesores innecesarios y voluntades compradas, asfixian a los sectores productivos o directamente los eliminan, como está sucediendo con nuestro sector primario, para favorecer a elementos extranjeros para obtener rédito político. Por otro, observen cómo la coalición social-comunista del gobierno de España, con bastantes ínfulas de régimen, controlan los medios de comunicación ya corruptos que persiguen y cancelan a quienes denuncian los abusos de quienes ostentan el poder, o en cómo la presidencia del gobierno es sospechosa de corruptelas graves intentando bombardear el poder judicial para burlar a la justicia, o cómo también en la política de fronteras abiertas sin control –insisto, sin control, pues yo por supuesto apruebo la recepción de migrantes- que minan nuestra civilización y nuestra cultura con el único fin también de obtener ganancia política. Lo que sucede ahora es difícilmente manipulable si se indaga en el hecho, porque el hecho existe. 

    Para concluir, volvamos al principio: la eliminación de los mejores, el desequilibrio entre los sectores productivos y no productivos, la propaganda gubernamental y la cancelación de los medios opuestos al poder, la corrupción del estado, su división, el despotismo de la cabeza visible, la asfixia del poder judicial que ostentaba el senado y las invasiones bárbaras llevaron al imperio romano a su caída. Quienes no reconocen que esto está sucediendo hoy en nuestro país -historia contemporánea- es porque o bien miran hacia otro lado, o están manipulados ideológicamente o no tienen espíritu crítico, pues lo que les hace negar los hechos es una misteriosa animadversión hacia todo aquello que no sean sus ideas. Sólo pido, sin que se ofendan por la petición, que miren, reflexionen y juzguen. ¿O tal vez sea esto, hoy en día, demasiado?