OCLOCRACIA
Cuando en mis clases de Cultura Clásica toca abordar el estudio de la
Historia de Roma, mis alumnos saben que, tras analizar los hechos (bien sea
sobre la Monarquía, la República o el Imperio), les voy a pedir que conectemos
tales hechos con la actualidad de nuestro país en primer lugar, y del resto del
planeta a continuación. Y no sólo lo hacemos con la historia, sino también con
la lengua, el léxico, la ciencia y la cultura en general (arte y literatura)
del Mundo antiguo, pues esa es su verdadera utilidad: intentar que reflexionen
y, con los hechos en la mano, razonen de manera crítica y autónoma. Solemos
analizar en profundidad la etapa de la República Romana, sobre todo su etapa
final, a partir del asesinato del dictador Julio César en el año 44 a.C. (hay todavía mucha gente
que cree que César fue un emperador romano, “craso” error), la formación del 2º
Triunvirato y la posterior proclamación de César hijo, es decir, Octaviano,
como Augusto por parte del Senado de Roma en el año 27 a.C., tras la batalla de
Actium donde derrotó a su rival Marco Antonio, convirtiéndose en el primer
emperador romano.
Esto nos lleva a otro debate: el uso de los términos “dictador”, “emperador”, “monarca”, para
los gobernantes, o bien de otros como “oligarquía”,
“aristocracia” o “democracia”, este último más familiar
para ellos. El debate gira en torno al hecho de que se trata de términos que,
en el primer caso, hacen referencia a una misma realidad política (el gobierno
en manos de una sola persona) y, en el segundo, a sistemas de gobierno que
hacen referencia a la participación en el gobierno de un estado del pueblo
(democracia) o su exclusión de él, en el caso de los otros dos términos. En
este punto hablamos de Polibio, un historiador de origen griego del s. II a.C.
pero nacido en una Grecia ya bajo el dominio romano. Polibio escribió una
Historia de Roma a partir del año 260 a.C. hasta su época, centrándose sobre
todo en las guerras que los romanos tuvieron contra los cartagineses (Guerras
púnicas). Polibio fue el inventor de, por un lado, el término Anaciclosis
que analiza la evolución de los regímenes políticos hasta su inevitable
degeneración, y, por otro, de la norma política que afirma que los tres
regímenes políticos existentes en la antigüedad, la monarquía, la aristocracia
y la democracia, degeneraban, según el principio de anaciclosis, en tiranía,
oligarquía y oclocracia respectivamente.
Es interesante, por tanto, el debate que se crea en el aula sobre un tema que
atañe profundamente a nuestros estudiantes y que ellos suelen ignorar. Yo insisto en despertar su interés, en que conozcan qué es cada cosa y reflexionen sobre
nuestra realidad política, pues en breve podrán participar dando su voto en las
elecciones, voto que debe ser reflexionado a partir del conocimiento, y no
arrojado a las urnas fruto de una manipulación, una costumbre, una imitación o
simplemente la ignorancia, como así sucede en muchos casos.
Detengámonos en la oclocracia, la degeneración de la democracia. Cuando
una persona formada y no manipulada escucha o lee los medios de comunicación,
cae en la cuenta enseguida de que éstos han degenerado, se han vendido al mejor
postor político al que servirán a cambio de un estipendio obtenido de manera
inmoral, manipulando la realidad para favorecer al poder político, ocultar o
suavizar (hoy en día se utiliza el término “blanquear”) la profunda corrupción
en la que la política española está inmersa, y, lo que es peor, consolidando el
bipartidismo, pues el poder político se lo quieren repartir siempre los mismos
para vivir de tal prebenda, cortando las alas a cualquier otra fuerza emergente
que pueda desplazarlos. Esto puede ser un síntoma de la oclocracia que hoy
impera en nuestro país.
Por otra parte, aclarado ya el significado de oclocracia (la democracia
degenerada), debemos centrarnos en los sujetos que la ejercen, el demos, el pueblo, los ciudadanos. Éstos,
cada vez más obnubilados por las redes sociales y sus mentiras, las cuales además alientan
el odio y la confrontación civil (lo cual ha existido y existirá siempre que
haya una parte emaciada intelectualmente de la población), han llevado a
nuestra sociedad a una oclocracia no en ciernes, como pudiera parecer, sino ya
consolidada en ésta. Entonces se manifiesta el problema: si el cambio
social depende del pueblo cuando vota, y ese voto luego se diluye en pactos
nefandos entre políticos con el alma podrida por el poder y el dinero
consiguiendo que siempre se repartan el pastel del poder político los mismos,
entramos en un bucle perpetuo que solo puede interrumpirse acabando con ese
binomio de poder. Pero la oclocracia lo impide por causa de la ignorancia.
Podríamos preguntar a la masa por qué tal partido es bueno para el país y aquel
otro puede resultar nefasto (pueden verlo en Youtube): no lo saben. Repiten frases
que han oído pero nunca contrastado, siguen una senda como las ovejas que,
cabizbajas, se dejan llevar por el rebaño, hundidas como están en la Caverna
platónica, porque nunca han pensado por sí mismas. Y ese es el fracaso que la
educación debe evitar. Las personas debemos ser libres, cultas, reflexivas, autónomas
y estar dotadas de un sólido espíritu crítico.
Para concluir me gustaría insistir en que estas líneas, que tiene, a mi
juicio, bastante de discurso epidíctico (reto a cualquiera que refute con
hechos lo que aquí he expresado), pueden zozobrar en un mar que ya alberga
demasiados naufragios educativos, cuando entre los educadores se cuentan
también miembros de esa oclocracia. Se utilizan hoy términos como “nazi”, “fascista”,
“extrema derecha o izquierda”, y otros que sólo pretender denigrar al
adversario sin más argumentos, de la misma forma que se sigue utilizando el
término “democracia” y, a los anteriormente citados, “anti-demócratas”, sin percatarnos
de que ya no vivimos en una democracia, sino en su degeneración. Polibio
siempre tuvo razón.