DE LO GRANDE Y LO PEQUEÑO
Una vez leí esto en una revista científica:
“El viento desnuda la estrella, y
descubre su núcleo, aún caliente. Hay un tránsito del naranja al amarillo y
después al blanco y por fin al azul. Las estrellas mueren con una simetría
esférica”
Así describía el astrónomo la desaparición de una
estrella –las llamadas enanas blancas- en su artículo. También decía que las estrellas de masa muy
pequeña (que ya sabemos que no son en realidad de masa muy pequeña) “se desvanecen en la simetría y complejidad
de las nebulosas, que son etéreas y pacíficas”, así como, sobre las de masa
muy grande, “sus escombros son turbios y
caóticos”. Entonces recordé una puesta de sol en la playa y todo cuanto
pensé cuando nuestra estrella, sin duda de masa muy grande, desapareció, nítida
y harmónica, detrás del mar, a saber: que nuestra pequeñez es más abrumadora de lo que pensamos, pues la humanidad se ha perdido en un laberinto en el que, en cada recodo, encontramos un pretencioso monumento a nuestro insignificante orgullo. Sin embargo,tras leer ese artículo científico, me reconcilié un tanto con nuestra enigmática especie, después de haberme sentido tan pequeño ante un espectáculo tan demoledor como el crepúsculo. Esas palabras del científico astrónomo me hicieron sentir tan poderoso como
el sol.
Mentalmente tomé el texto que he trascrito más arriba, y decidí
separarlo así:
El viento desnuda
La estrella y descubre
Su núcleo,
Aún caliente.
Hay un tránsito
Del naranja al amarillo,
Y después
Al blanco y, por fin,
Al azul. Las estrellas mueren
Con una simetría esférica.
Luego añadí yo mismo estas últimas frases, transformando un poco las
otras palabras del astrónomo:
Dejando en su camino
Una estela de escombros,
Turbios y caóticos.
¿Por qué hice esto?. Porque estaba ante un hallazgo único. Haciendo
esto, había conseguido demostrar que la inmensidad del universo y nuestra
insignificancia, ambas en los dos polos opuestos de la existencia, se habían
estirado hasta tocarse, y que nuestra pequeñez había alcanzado las dimensiones
cósmicas mientras la inmensidad del universo se había encogido hasta alcanzar el
tamaño de la esfera humana. Porque lo que el astrónomo había escrito era un
poema. Un hermoso poema que dejaba la estrella en un segundo plano, refulgiendo
la luz de la creatividad del ser humano. El poeta- astrónomo había creado
simplemente una obra de arte hermosa a partir de la destrucción de una
estrella. Había creado un poema de una paradoja –la destrucción como creación-
insertando una bellísima metáfora de pérdida paulatina, desde la desnudez hasta
su extinción en una metamorfosis cromática:
El viento desnuda
La estrella y descubre
Su núcleo,
Aún caliente.
Hay un tránsito
Del naranja al amarillo,
Y después
Al blanco y, por fin,
Al azul. Las estrellas mueren
Con una simetría esférica,
Dejando en su camino
Una estela de escombros,
Turbios y caóticos.
Y en este caso la estrella no descansó, ni se marchó, ni se quedó
dormida. Simplemente murió, desapareció del universo, porque sólo nosotros
somos capaces de certificar la muerte de una estrella o de hacer que nuestros
padres duerman para siempre sin haberse extinguido del todo, y eso nos hace grandes: la capacidad de crear algo tan bello como una metáfora, y con ella, un hermoso poema. Porque el crepúsculo es bello en sí mismo, pero nosotros tenemos el poder de crear la belleza.