Puesto que tengo contraída una deuda con el único seguidor de
este blog sobre literatura, cine y otras cosas que me provocan inquietud, no
quiero que termine el verano sin haber escrito algo y así compartir con él (y los demás que quieran leer estas líneas) mis
lecturas y las películas que me han seducido estos meses estivales a modo de recomendación para los ratos de ocio.
Primero, las películas. He visto bastantes películas este verano, casi
todas en la televisión, casi todas muy malas. Continúo pensando que hoy en día
se hace demasiado de todo –se escriben demasiados libros, se ruedan demasiadas
películas, se celebran demasiadas exposiciones de arte-y son muy escasas las
cosas que tienen calidad, originalidad, ingenio o interés. Hay poca belleza y
reflexión entre tanta confusión vanal.
Las mejores películas que he visto han sido tres “westerns” clásicos,
casi con los mismos actores (James Stewart, John Wayne, Robert Mitchum y Dean
Martin), los tres magníficos, sobre todo los dos últimos: El hombre que mató a Liberty Balance, El Dorado y El póker de la muerte.
Siempre he adorado las buenas películas del Oeste,pero hasta hace poco no había
reparado en su profundidad , tras su aparente frivolidad y violencia. Nada más
lejos de la realidad, pues hay decenas de “westerns” de gran profundidad
sicológica e incluso filosófica. Por estas películas desfilan una galería de
personajes que reflejan con fidelidad al ser humano, ente vivo ruin, egoísta,
altivo, cobarde, lascivo, borracho, soberbio, débil, violento, asesino, pero
también noble, responsable, valiente, con principios, sensible y a veces justo.
Y esto sin que aparezcan los indios, mucho más inteligentes e inofensivos
siempre que los vaqueros. La mejor metáfora de estas películas es, sin duda, un
hombre con una pistola en el cinto cuajado de balas asesinas. Me imagino vivir
en esa época y pensar en que uno, al levantarse, no sabía si acabaría el día
vivo. Dale a un hombre una pistola y de manera espontánea saldrá a la
superficie su verdadera personalidad. Esta metáfora es esencial, pues demuestra
cómo en igualdad de condiciones, los seres humanos son capaces de arruinar o
directamente sesgar la vida de otro in
ictu oculi por una insignificancia debido a una inconsistencia de la
personalidad (definida esta con cualquiera de los adjetivos citados más arriba) por el solo motivo de poder llevar un arma a la altura de la mano.
En cambio otros –los menos- saben utilizar el arma con mesura e inteligencia. Maravillosas
películas del oeste que se asemejan sin duda a las mejores tragedias de
Eurípides.
Ahora los libros. Seré breve con respecto a ellos. Primero Paul Auster.
Yo he leído tres libros maravillosos del neoyorkino: Trilogía de N.Y., libro
mítico ya, Mr. Vértigo y El palacio de la luna, para mí esta última la mejor de
las tres. Este verano he culminado otra de él, El libro de las ilusiones, libro
que no recomiendo porque, pese a, como es habitual en Auster, la genial
estructuración de la novela y sus personajes, muy logrados en su
caracterización psicológica, no aporta nada, no enseña nada y no invita a la
reflexión, todo ello raro en Auster pero presente en esta novela, fácilmente
olvidable: como decía William Goldman, novelista y guionista, una buena
película es aquella de la que al menos recuerdas una buena secuencia. De este
libro no recuerdo ninguna. Excuse me, Mr Auster.
Sí recomiendo sin embargo los relatos de la neozelandesa Katherine
Mansfield, que murió con tan sólo treinta y cinco años, pero que se hizo
inmortal. Por eso es tan grande escribir, porque, como decía el poeta latino
Horacio en su Oda III, escribiendo uno no muere del todo (non omnis moriar). Mansfield (hay que leerla
en inglés) escribe relatos deliciosos, de extensión más bien larga, pero nunca
hasta el punto de que nos invada el tedio o el relato corra el riesgo de
decaer. Por sus relatos transitan personajes muy reales que los mortales
vulgares no seríamos capaces de describir y que Mansfield hace
magistralmente, mostrando al lector todas las caras posibles de los seres
humanos, hilando muy fino lingüísticamente cuando describe tal o cual persona y
los rasgos más definitorios de su carácter, sobre todo si pertenecen a otra cultura
o son de otra nacionalidad. K.M: es una maestra de la observación de esos detalles
que hacen que sus relatos sean miniaturas en forma de tratado sobre nuestras
miserias y nuestras grandezas también.
Para finalizar, un pequeño ramillete de autores a los que vuelvo cada verano
(admito mi incapacidad de leer los volúmenes que ahora imperan en los
escaparates, verdaderos ladrillos que parecen ser imposiciones editoriales): recomiendo
siempre la lectura de Albert Camus, sobre todo sus ensayos cortos reunidos en
el breve volumen titulado precisamente El Verano, que no glosaré; tan sólo diré
que su lectura puede cambiar la visión que uno tenga de la vida. Estoy leyendo
Crimen y castigo de Dostoievski, y, pese a la sordidez del ambiente y de los
hechos narrados, es delicioso de leer, pues cada página es equivalente a un
tratado de sociología, sicología o narrativa. Dedicaré una reseña especial
cuando termine el libro -y ahora voy a contradecirme- que es bastante grueso.
Pero la diferencia con respecto a los gruesos libros actuales estriba en la
calidad literaria.
Por último, si el lector busca algo más transcendente, recomiendo la
lectura del libro de Viktor Frankl, autor del famoso y ya clásico El hombre en
busca de sentido. El que yo he leído en julio es una secuela de aquel, como su
título indica, El hombre en busca del último sentido, y en él Frankl se
sumerge, a diferencia del anterior, en una reflexión sobre la transcendencia
del ser humano, sobre su parte más sublime, llamemosle alma, y el papel que
ésta juega durante nuestra existencia como prisma a través del cual podemos
intuir la complejidad de nuestro mundo y nuestro lugar en él. Vale la pena
adentrase en este libro, si bien no es lectura fácil. Pero leer no siempre lo
es…
Agosto 2015.
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