viernes, 28 de agosto de 2015

BREVE MISCELÁNEA DE ESTÍO





   Puesto que tengo contraída una deuda con el único seguidor de este blog sobre literatura, cine y otras cosas que me provocan inquietud, no quiero que termine el verano sin haber escrito algo y así compartir con él (y los demás que quieran leer estas líneas) mis lecturas y las películas que me han seducido estos meses estivales a modo de recomendación para los ratos de ocio.
   Primero, las películas. He visto bastantes películas este verano, casi todas en la televisión, casi todas muy malas. Continúo pensando que hoy en día se hace demasiado de todo –se escriben demasiados libros, se ruedan demasiadas películas, se celebran demasiadas exposiciones de arte-y son muy escasas las cosas que tienen calidad, originalidad, ingenio o interés. Hay poca belleza y reflexión entre tanta confusión vanal.
   Las mejores películas que he visto han sido tres “westerns” clásicos, casi con los mismos actores (James Stewart, John Wayne, Robert Mitchum y Dean Martin), los tres magníficos, sobre todo los dos últimos: El hombre que mató a Liberty Balance, El Dorado y El póker de la muerte. Siempre he adorado las buenas películas del Oeste,pero hasta hace poco no había reparado en su profundidad , tras su aparente frivolidad y violencia. Nada más lejos de la realidad, pues hay decenas de “westerns” de gran profundidad sicológica e incluso filosófica. Por estas películas desfilan una galería de personajes que reflejan con fidelidad al ser humano, ente vivo ruin, egoísta, altivo, cobarde, lascivo, borracho, soberbio, débil, violento, asesino, pero también noble, responsable, valiente, con principios, sensible y a veces justo. Y esto sin que aparezcan los indios, mucho más inteligentes e inofensivos siempre que los vaqueros. La mejor metáfora de estas películas es, sin duda, un hombre con una pistola en el cinto cuajado de balas asesinas. Me imagino vivir en esa época y pensar en que uno, al levantarse, no sabía si acabaría el día vivo. Dale a un hombre una pistola y de manera espontánea saldrá a la superficie su verdadera personalidad. Esta metáfora es esencial, pues demuestra cómo en igualdad de condiciones, los seres humanos son capaces de arruinar o directamente sesgar la vida de otro in ictu oculi por una insignificancia debido a una inconsistencia de la personalidad (definida esta con cualquiera de los adjetivos citados más arriba) por el solo motivo de poder llevar un arma a la altura de la mano. En cambio otros –los menos- saben utilizar el arma con mesura e inteligencia. Maravillosas películas del oeste que se asemejan sin duda a las mejores tragedias de Eurípides.
   Ahora los libros. Seré breve con respecto a ellos. Primero Paul Auster. Yo he leído tres libros maravillosos del neoyorkino: Trilogía de N.Y., libro mítico ya, Mr. Vértigo y El palacio de la luna, para mí esta última la mejor de las tres. Este verano he culminado otra de él, El libro de las ilusiones, libro que no recomiendo porque, pese a, como es habitual en Auster, la genial estructuración de la novela y sus personajes, muy logrados en su caracterización psicológica, no aporta nada, no enseña nada y no invita a la reflexión, todo ello raro en Auster pero presente en esta novela, fácilmente olvidable: como decía William Goldman, novelista y guionista, una buena película es aquella de la que al menos recuerdas una buena secuencia. De este libro no recuerdo ninguna. Excuse me, Mr Auster.
   Sí recomiendo sin embargo los relatos de la neozelandesa Katherine Mansfield, que murió con tan sólo treinta y cinco años, pero que se hizo inmortal. Por eso es tan grande escribir, porque, como decía el poeta latino Horacio en su Oda III, escribiendo uno no muere del todo (non omnis moriar). Mansfield (hay que leerla en inglés) escribe relatos deliciosos, de extensión más bien larga, pero nunca hasta el punto de que nos invada el tedio o el relato corra el riesgo de decaer. Por sus relatos transitan personajes muy reales que los mortales vulgares no seríamos capaces de describir y que Mansfield hace magistralmente, mostrando al lector todas las caras posibles de los seres humanos, hilando muy fino lingüísticamente cuando describe tal o cual persona y los rasgos más definitorios de su carácter, sobre todo si pertenecen a otra cultura o son de otra nacionalidad. K.M: es una maestra de la observación de esos detalles que hacen que sus relatos sean miniaturas en forma de tratado sobre nuestras miserias y nuestras grandezas también.
   Para finalizar, un pequeño ramillete de autores a los que vuelvo cada verano (admito mi incapacidad de leer los volúmenes que ahora imperan en los escaparates, verdaderos ladrillos que parecen ser imposiciones editoriales): recomiendo siempre la lectura de Albert Camus, sobre todo sus ensayos cortos reunidos en el breve volumen titulado precisamente El Verano, que no glosaré; tan sólo diré que su lectura puede cambiar la visión que uno tenga de la vida. Estoy leyendo Crimen y castigo de Dostoievski, y, pese a la sordidez del ambiente y de los hechos narrados, es delicioso de leer, pues cada página es equivalente a un tratado de sociología, sicología o narrativa. Dedicaré una reseña especial cuando termine el libro -y ahora voy a contradecirme- que es bastante grueso. Pero la diferencia con respecto a los gruesos libros actuales estriba en la calidad literaria.

   Por último, si el lector busca algo más transcendente, recomiendo la lectura del libro de Viktor Frankl, autor del famoso y ya clásico El hombre en busca de sentido. El que yo he leído en julio es una secuela de aquel, como su título indica, El hombre en busca del último sentido, y en él Frankl se sumerge, a diferencia del anterior, en una reflexión sobre la transcendencia del ser humano, sobre su parte más sublime, llamemosle alma, y el papel que ésta juega durante nuestra existencia como prisma a través del cual podemos intuir la complejidad de nuestro mundo y nuestro lugar en él. Vale la pena adentrase en este libro, si bien no es lectura fácil. Pero leer no siempre lo es…

Agosto 2015.

No hay comentarios:

Publicar un comentario