lunes, 23 de julio de 2018

FRAGMENTOS

MUSEO DE ALEJANDRIA

20 July 2018


FRAGMENTOS


Recurro, en estos días de paréntesis estival- Gracias a los dioses largo-, a la memoria. Y en ella rebusco los días felices de mi infancia y de mi juventud -algunos, sin duda con benevolencia, dirían que aún soy joven-. Pero no es así, porque es precisamente la edad lo que me empuja hacia el recuerdo, después de haber cumplido (casi) con la vida, al menos en lo esencial, en un momento cuando uno se vuelve un tanto huraño y algo misántropo, y acepta sin reparos cierta disposición al desencanto.
La pregunta es si un hombre es capaz de volver a esos lugares amables de la infancia sin incurrir en la inconsciente falsificación de lo ocurrido, sin idealizarlos componiendo un lienzo del pasado que se parecería más a un cuadro onírico y surrealista que a un retrato más verdadero. Tal vez podamos encontrar algunas respuestas en otros seres humanos que han intentado la misma empresa, transitando las oscuras galerías del recuerdo. J. Manuel caballero Bonald nos ofrece un buen punto de partida:
“Ningún escritor es capaz de evocar lo que ha vivido sin incurrir en alguna desviación engañosa o consecuentemente equívoca”
Comparto con él que el engaño o el equívoco es más frecuente en los escritores, sobre todo en los poetas, porque la juventud huída es un tema recurrente en la literatura. Y allí está: ese lugar en el pasado cuando, a pesar de que tuvo sus momentos de tristeza e incomprensión, permanece en nuestra memoria como el reducto único de la felicidad. Y es  entonces cuando descubrimos que lo único que tenemos son fragmentos de nuestra vida pasada.
Fragmentos (del Latín, fragmentum, a su vez del verbo frangere, romper, separar, de ahí su significado de aislar un pedazo de su conjunto) son, en realidad, lo que podemos evocar. Vengo releyendo estos días de verano los poemas de la escritora griega del siglo VII a.C. Safo, retornando- de nuevo el viaje hacia el recuerdo- a los días de la universidad cuando mis compañeros de filología clásica y yo la descubrimos. Aprendimos entonces que Safo, hasta el siglo XIX era poco más que un nombre, pues su obra, inexplicablemente (o no tanto: Safo era una mujer poetisa en un mundo en manos de hombres) no se había transmitido a la posteridad. Tan sólo se conocían algunos versos sueltos de sus poemas citados por otros autores, algunos gramáticos o alguna enciclopedia de la antigüedad que ha llegado hasta nuestros días. Hasta que a finales del siglo XIX unos arqueólogos ingleses descubrieron en la ciudad egipcia de Oxirrinco, ciudad que pertenecía al imperio Helenistico, un vertedero de basura de la antigüedad repleto de rollos de papiro escritos en griego (lo que hoy llamaríamos libros) que contenían textos de la más diversa índole, entre ellos, los poemas de Safo de Lesbos. 
Al desenrollar los papiros (datados entre el siglo I y IV d.C.) los filólogos redescubrieron la obra de Safo, pero por causas naturales los papiros estaban dañados, y muchas partes de los   textos escritos en ellos estaban deteriorados. Lo que contenian era, por tanto, fragmentos más o menos largos de los poemas, con muchas lagunas y versos donde no se podían leer muchas de sus palabras. 
La labor filológica de reconstruir las palabras que faltaban inauguró una nueva ciencia, la papirologia y la edición crítica de textos alterados por el tiempo, que llamó la atención de algún poeta de la época, como, por ejemplo, Ezra Pound, poeta inglés de principios del siglo XX, quien se hacia eco del intrigante misterio de los papiros poéticos componiendo este remedo:
Spring....
Too long...
Gongula...
Misterio. Fragmentos que hay que reconstruir. El paraíso perdido, que es como el poeta Francisco Brines llama a su infancia. Pero, a qué este afán?. Todos lo sabemos: los años de la infancia son los años cuando el presente lo es todo y el futuro no existe, cuando la vida no tiene cargamento y el nihilismo vital no está siquiera en el horizonte, cuando la palabra muerte carece de significado, los veranos son la forma de felicidad más perfecta y la casa paterna, el campo, el mar son simplemente lugares míticos, un universo inmaculado. Sin embargo, todo ello es una imagen desvaída ahora, como un cuadro de Miguel Galano, fragmentaria y misteriosa, igual que un papiro ajado por el tiempo que un afán urgente debe recuperar:
Ya están secas las rosas,
Y el color, que es su tiempo, lo han perdido;
Te desvaes también, quiero hacerte llegar,
Ponerte sobre un tiempo más preciso, y hace daño
Tanto fracaso en tan mediocre hazaña.
Algo podrida está mi carne, 
Pues ha perdido Luz, y el pecho vastedad
Y la alegria ha desmayado pronto.
(Francisco Brines. “Balcón en sombra”, de Palabras a la oscuridad, 1966)

Leo también en estas noches de estío un libro de Juan Ferraté, Jaime Gil de Biedma, cartas y artículos, sobre el intercambio epistolar -otro paraíso perdido- entre el profesor, entonces lector en Edmonton, Canadá, y el poeta, amigos desde la juventud. En el descubro los fragmentos que faltan en los poemas de Gil de Biedma, uno de mis poetas más frecuentados, pues un poema es, en realidad, como un papiro, que sólo ofrece fragmentos de un hombre, pedazos de su vida también alteradas por el paso del tiempo, alteradas por el poeta mismo, porque ha mitificado su infancia y juventud. Y me sorprende encontrar en estas cartas que el poeta envía al profesor los fragmentos perdidos en sus poemas, cuando Gil de Biedma explica la génesis de algunos de ellos, su motivación para escribirlos, su contexto vital y emocional, completando así los trozos que al lector de papiros tan solo intuye de forma inexacta. El poema Ribera de los Alisos lo concluye el poeta así:

(El silencio y la soledad) (...) acaso también algo más hondo
Traigan al corazón.
Como el latido
De los pinares al pararse el viento,
Que se preparan para oscurecer.

Algo que ya no es casi sentimiento,
Una disposición 
De afinidad profunda con la naturaleza y con los hombres,
Que hasta la idea de morir parece
Bella y tranquila. Igual que este lugar. 

Y en estos versos que rebosan sinceridad y sentimiento profundos uno creía ver simplemente un recuerdo, una instantánea de la infancia y juventud del poeta, descubre sin embargo que lo que late es en realidad la imagen viva del pasado mitificado, tal y como revela en sus cartas a Ferraté, pues esa rivera y esos alisos son objetos reales de un lugar mítico, La Nava de la Asunción, en la provincia de Segovia, donde el poeta pasó los momentos más felices de su existencia, y si bien son solamente el simulacro de lo que de verdad fue su infancia allí, le ayudan a entender su propio universo inmaculado y, de este modo, hacerlo inmortal. Un fragmento de un papiro de Biedma, sus cartas personales, han completado así otro incompleto, su poema, y de esta forma se ha revelado su significado, que es la premisa inicial de estas líneas y que Caballero Bonald ya definió como única verdad sobre el pasado personal: el engaño que aceptamos de nuestros recuerdos es en realidad una verdad profunda, aunque mitificada, porque en realidad ella es en sí misma un mito: el mito de salvación, pues en este está garantiza no sólo la felicidad, sino también la inmortalidad.
Recurro, por lo tanto, en estos días de verano a la memoria, memoria transfigurada y real al mismo tiempo, porque es la única forma de conservar lo que ya hemos perdido. La infancia, nuestra infancia, quedó atrás igual que la de nuestros hijos, pues hay en la vida en realidad dos infancias perdidas que hay que recobrar con la memoria: en una está la casa paterna y todas sus extensiones donde habita nuestra mitología personal; en otra están los niños que pronto comenzarán a fabricar sus propios mitos. 
Por ello es hermoso en estas noches de estío contemplar la infinitud del cielo y la inmensidad del mar , ahora tan cercanos, y comprender que no es posible ver en ellos un anhelo humano de eternidad, porque no nos pertenecen. Tan sólo nos pertenece el eterno reducto de la infancia. 






lunes, 16 de julio de 2018

CAJÓN DE SASTRE. CONOCER ES SUSCITAR LAS PARADOJAS



Museo de Alejandría

13 July 2018


CONOCER ES SUSCITAR LAS PARADOJAS
(LAS FALACIAS DE LOS NACIONALISMOS)

Fco Javier Martos Cando


   “Conocer es suscitar las paradojas” escribió el intelectual francés Albert Camus. El conocimiento, es cierto, puede hacer que pongamos en duda verdades que creíamos irrefutables, desvelar las paradojas de lo creíamos una certeza inamovible. No obstante aún hay quien piensa que la libertad que otorga el conocimiento es peligrosa, pues puede alterar el orden establecido, sobre todo por las religiones y la política. El mito alegórico de Platón conocido como el mito de la Caverna ilustra perfectamente esta idea: seres humanos contemplando solamente sombras, “reflejos de realidad”, de espaldas a La Luz que lleva a la salida de la caverna. Girarse, ascender la pendiente que lleva al exterior y contemplar La Luz es, por tanto, una subida ascética, el paso decisivo desde el “dicen” al “yo pienso”, desde la cautividad intelectual hacia la libertad de pensamiento. Es así de simple.
   Los nacionalismos se han aprovechado de la ignorancia para conseguir sus metas y justificar esa idea del autoctonismo y la diferenciación con respecto a los demás basada en la pureza de la raza y el inmovilismo tanto del terreno como de sus tradiciones, ancestrales todas ellas. Y todo esto está, en realidad, sustentado por una gran mentira construida con las letales herramientas de la manipulación. Pero esto no es nada nuevo. Todos los pueblos, diferenciados por sus razas y lenguas originarias, han reivindicado su autoctonía creando sus propios mitos de origen que, por propia conveniencia, han creído y han hecho creer a los demás.
   Los Atenienses de la Grecia antigua, por ejemplo, tal vez nacionalistas “avant la lettre” -no existe un término equivalente, tal vez sí similar, al moderno en la lengua griega antigua- eran orgullosos y clasistas, y defendían su pureza de raza frente a la mezcla de sus compatriotas griegos que, o bien por su nomadismo se habían mezclado, como los invasores Dorios en el Peloponeso, con otras gentes, o bien porque sus fundadores, llamados “héroes primordiales”, fueron extranjeros, como por ejemplo Cadmo, fundador de Tebas, fenicio de Origen. Esa autoctonía que ellos esgrimían con orgullo y que muchos historiadores sustentaron se vio reflejada en la guerra del Peloponeso, que enfrentó a los atenienses a casi el resto de las poleis griegas por creerse con derechos que negaban a los demás griegos. Sus argumentos: ningún pueblo se había mezclado con ellos: todos eran descendientes de Cécrope, el fundador de Atenas, y sobre ellos debía recaer la hegemonía de la Hélade, lo cual, en una ciudad tan cosmopolita con Atenas, donde vivían también esclavos no griegos y metecos, es prácticamente imposible. Pero allí están los políticos armados con los mitos de origen y apoyados por los historiadores afines a esa partenogénesis (sinónimo de autoctonía) para crear la gran mentira del bosque originario.
   Resulta especialmente escalofriante saber que durante la revolución Rusa Stalin impulsó el falaz concepto de la pureza de la raza eslava bajo el nombre de la URSS promoviendo una falsa arqueología cuyo génesis descansa en las ideas de Nicolai Jakoblevich Marr (dogma llamado por ello "Marrismo") en base a la cual todos los pueblos que pertenecían a la República eran eslavos en origen y sus diferencias de lengua y costumbres eran el fruto de “las dinámicas de sus contradicciones internas”, por decir algo que nadie podría jamás sostener intelectualmente.
    Pero a la Luz de la verdad -recordemos que hay que realizar esa subida ascética hacia La Luz- Los rusos conquistaron pueblos que nada tenían que ver con ellos, sobre todo en el Cáucaso, entre Turquía e Irán, como los godos de Crimea, los Kazaros turcos, los Tártaros, los escandinavos del Cáucaso o los Chechenos, a quienes oprimieron, utilizaron como carne de cañón en sus conflictos bélicos y de quienes aplastaron cualquier conato de reivindicación nacionalista (esta vez sí justificada porque equivalía a una reivindicación de su libertad secuestrada por la fuerza), cuando estos pueblos ni arqueológica ni lingüísticamente son eslavos. Stalin robó a estos pueblos su identidad. Y esto es simplemente histórico, y no un "reflejo de realidad" como las sombras platónicas.
   Esto, decía, es escalofriante. Pero es abominable lo que todos los dementes ideólogos han llegado a hacer para sostener la gran falacia de los nacionalismos. Los historiadores y arqueólogos rusos que, por principios se negaron a apoyar esta falsa autoctonía de los pueblos no rusos de la República murieron todos en el Gulag. A esto se le denomina purga y es aterrador.
   En nuestro país, para concluir, también los nacionalistas han inventado sus mitos originarios y sus argumentos de ser autóctonos partenogenéticos para reivindicar una independencia absurda en un país donde, a día de hoy, se reconocen las diferencias culturales y lingüísticas de las autonomías y donde los gobiernos autonómicos tienen una libertad para fomentar y reivindicar sus peculiaridades culturales y lingüísticas de la que no han gozado jamás.
   Pero ya hemos entendido que los pilares sobre los que se sustentan las tesis de los nacionalistas, a saber, la autoctonía, el inmovilismo cultural, la condición de terrígenas, la pureza de raza y de lengua, son imposibles, porque la propia historia de España no apoya con los hechos los argumentos de los nacionalismos radicales como los que se dan en la comunidad autónoma Vasca y Catalana. Los pueblos en contacto mezclan sus razas y sus lenguas y así se van escribiendo palimpsestos que acumulan simbiosis culturales de los pueblos en sucesivas capas. Nadie puede negar desde el punto de vista histórico y lingüístico a Cataluña, Comunidad Valenciana, Islas Baleares, la comunidad autónoma Vasca y Galicia sus lenguas propias y su historia. No hablo de eso. Hablo de las mentiras que se han construido los nacionalistas separatistas para reivindicar su independencia con el único fin de mantenerse en el poder apoyado por un electorado adoctrinado, intolerante e ignorante de su historia. Y esto es grave. En este país han muerto muchas personas asesinadas por el sinsentido del delirante separatismo independentista que comienza con la invención obsesiva del mito originario.
   George Orwell afirmaba que los defensores del nacionalismo más exacerbado no pertenecen al pueblo que enaltecen (Marr, citado más arriba, era hijo de de un escocés y una georgiana, por tanto no tenía sangre eslava). Esto lo hemos comprobado con algún nacionalista catalán con apellidos no catalanes, sin pureza de raza y de origen, un meteco, un charnego, y por esta razón temeroso de ser excluido de la comunidad en la que desea medrar: repugnante pues.
   El peligro, por tanto, de los nacionalismos no está en sí mismos, pues reivindicar la cultura y las señas de identidad propias no solo es digno sino también necesario, como pueden hacer hoy en día, como dijimos, los Chechenos en el Cáucaso, sino que radica en la ignorancia de quienes lo utilizan para la diferenciación excluyente y violenta. Sacar a los ignorantes de la caverna es nuestro reto, bien difícil ciertamente cuando la educación y la cultura están desgraciadamente en este país en las ambiciosas y sucias manos de los políticos. No obstante, hay que intentarlo. Conocer es suscitar las paradojas, extinguir las sombras, dar paso a La Luz, ser libre intelectualmente y saber de lo que se habla. Aspiremos pues a ello.


miércoles, 28 de febrero de 2018

POESÍA. VALENTÍN NAVARRO: DE LO VISIBLE, LO INVISIBLE



VALENTÍN NAVARRO. DE LO VISIBLE, LO INVISIBLE



 

   Miguel Galano, la soledad y el silencio. Entre luces, la vida en una casa oscura. El hombre como una casa de Galano. Una estructura sólida, construida en un lugar donde habita la lluvia de los avaros meses del invierno, o la luz mortecina de un crepúsculo invernal, con alguna tregua de luz, pero todo ello en un cuadro desvaído y turbio, como un espejo viejo.los días, las estaciones, el frío y el calor, la luz y las sombras sobrevuelan los tejados de la casa del cuadro de Galano La casa, un ser humano, en torno a la cual se suceden la luz y las sombras, la vida y la muerte, la existencia misma.

  La lectura sosegada del poemario de Valentín Navarro, De lo visible, lo Invisible, es un viaje a la casa que Galano atrapa en su cuadro: las cuatro paredes que encierran la experiencia intensa de un hombre joven que ha vivido las vidas de otros intensamente, y que también ha vivido la muerte de los suyos. Una, irreparable. Otra, una muerte aparente, más tarde una resurrección. El padre de Valentín muere y se convierte para el autor en materia poética. Pero su madre, diagnosticada del mal de Alzeirmer y más tarde, tras transitar los lúgubres caminos de la muerte en vida, devuelta a los suyos después de reparar un error médico. El poemario de Valentín Navarro gira pues en torno a esos dos pilares existenciales: la pérdida definitiva y la restitución de quien se creía ya perdida, que no es ni más ni menos que una madre.

   Hay en los poemas de Valentín una reminiscencia de lo eterno, una continua referencia a la vida como una función circense donde el payaso, el arlequín, el actor, tras la farsa, debe enfrentarse al espejo y desenmascararse, quitarse la pintura, y aceptar que la función debe continuar, a pesar nuestra, “porque la vida cansa como un viaje largo/ en busca de la próxima función”. La vida, esa sucesión de momentos amargos y amables, que van forjando en uno la personalidad, y la forma de entender la existencia, tan simple como encajar que uno se encuentra inmerso en la refriega de existir, de ser y de entenderse, “como un soldado e pie /en medio del fragor de la batalla/escuchando silbidos de palabras/que tiran a matar/”.
 
  El amor de la mujer, de la madre, la sensación de pérdida, la muerte sobrevolando la juventud del poeta, forjan sus versos. En la presentación de su poemario, tras ganar el premio internacional de poesía la Isla de Aklan en su primera edición, la presentadora no entendía cómo una persona tan joven, el poeta, podía hablar de la muerte y del paso del tiempo, teniendo aún tanta vida por delante. Y eso es un gran error: la edad no es prerrogativa para escribir, no sólo de la muerte, sino también de la vida: lo es la experiencia. ¿Qué es la poesía sino la transfiguración de momentos vitales, la única manera de hacer de momentos por todos experimentados algo transcendente a través de la hermosa herramienta del lenguaje?. La edad no importa. Importa lo vivido: “porque la vida fue una vez la historia/mil veces repetida de ser jóvenes”. 

   Sí es cierto que la poética de Valentín está traspasada por una tristeza hiriente, a veces melancólica, otras devastadora y pesimista, que, no obstante, alcanza momentos de exaltación a la vida y el amor, a luz, a las miradas, y también, como buen poeta, es sensible al paso del tiempo entre los nuestros, habiendo ya conseguido ciertas metas –la compañera, los hijos, la profesión- pues este transitar es simplemente entender la dimensión de uno como ser humano: “No sé mucho del tiempo/la campana confiesa que alguien muere/con más pena que gloria/”. Es esa percepción de lo efímero lo que al poeta le hace más maduro, pese, como le reprochaba la presentadora de su poemario, a la edad, captando la esencia del paso del tiempo con imágenes que transcienden al mito, haciéndolo mundano: “Perséfone/con hilos de pintura chorreando hasta el cuello/y huyendo con la música a otra parte/”. La levedad de todo lo mundano. La conciencia de vivir momentos únicos. 

  Viaje y término. Soledad y amor. Muerte y resurrección. Luz y oscuridad. “y sin padre y junto al cuerpo que se ama por los siglos de los siglos”, ausencia y presencia, todo ello conforma un lienzo emocionante y hermoso de saber hacer poético, un equilibrio perfecto entre el verbo y la emoción, entre el lamento por la ausencia del padre, sin alharacas, sin histrionismos, con el más profundo sentimiento de quien añora, y el agradecimiento a lo que la vida le ha otorgado y además le ha devuelto, desengranado en un libro que aporta paz y un amor infinito por el verbo, tan sincero y locuaz como un verso que florece en el alma de un poeta que habla con la voz de su alma, y regala versos que cada cual podría utilizar para un momento hermoso de su vida:
tus ojos me recuerdan/desnudándome ante el espejo turbio/y acuoso de tus años/.