MUSEO DE ALEJANDRIA
20 July 2018
FRAGMENTOS
Recurro, en estos días de paréntesis estival- Gracias a los dioses largo-, a la memoria. Y en ella rebusco los días felices de mi infancia y de mi juventud -algunos, sin duda con benevolencia, dirían que aún soy joven-. Pero no es así, porque es precisamente la edad lo que me empuja hacia el recuerdo, después de haber cumplido (casi) con la vida, al menos en lo esencial, en un momento cuando uno se vuelve un tanto huraño y algo misántropo, y acepta sin reparos cierta disposición al desencanto.
La pregunta es si un hombre es capaz de volver a esos lugares amables de la infancia sin incurrir en la inconsciente falsificación de lo ocurrido, sin idealizarlos componiendo un lienzo del pasado que se parecería más a un cuadro onírico y surrealista que a un retrato más verdadero. Tal vez podamos encontrar algunas respuestas en otros seres humanos que han intentado la misma empresa, transitando las oscuras galerías del recuerdo. J. Manuel caballero Bonald nos ofrece un buen punto de partida:
“Ningún escritor es capaz de evocar lo que ha vivido sin incurrir en alguna desviación engañosa o consecuentemente equívoca”
Comparto con él que el engaño o el equívoco es más frecuente en los escritores, sobre todo en los poetas, porque la juventud huída es un tema recurrente en la literatura. Y allí está: ese lugar en el pasado cuando, a pesar de que tuvo sus momentos de tristeza e incomprensión, permanece en nuestra memoria como el reducto único de la felicidad. Y es entonces cuando descubrimos que lo único que tenemos son fragmentos de nuestra vida pasada.
Fragmentos (del Latín, fragmentum, a su vez del verbo frangere, romper, separar, de ahí su significado de aislar un pedazo de su conjunto) son, en realidad, lo que podemos evocar. Vengo releyendo estos días de verano los poemas de la escritora griega del siglo VII a.C. Safo, retornando- de nuevo el viaje hacia el recuerdo- a los días de la universidad cuando mis compañeros de filología clásica y yo la descubrimos. Aprendimos entonces que Safo, hasta el siglo XIX era poco más que un nombre, pues su obra, inexplicablemente (o no tanto: Safo era una mujer poetisa en un mundo en manos de hombres) no se había transmitido a la posteridad. Tan sólo se conocían algunos versos sueltos de sus poemas citados por otros autores, algunos gramáticos o alguna enciclopedia de la antigüedad que ha llegado hasta nuestros días. Hasta que a finales del siglo XIX unos arqueólogos ingleses descubrieron en la ciudad egipcia de Oxirrinco, ciudad que pertenecía al imperio Helenistico, un vertedero de basura de la antigüedad repleto de rollos de papiro escritos en griego (lo que hoy llamaríamos libros) que contenían textos de la más diversa índole, entre ellos, los poemas de Safo de Lesbos.
Al desenrollar los papiros (datados entre el siglo I y IV d.C.) los filólogos redescubrieron la obra de Safo, pero por causas naturales los papiros estaban dañados, y muchas partes de los textos escritos en ellos estaban deteriorados. Lo que contenian era, por tanto, fragmentos más o menos largos de los poemas, con muchas lagunas y versos donde no se podían leer muchas de sus palabras.
La labor filológica de reconstruir las palabras que faltaban inauguró una nueva ciencia, la papirologia y la edición crítica de textos alterados por el tiempo, que llamó la atención de algún poeta de la época, como, por ejemplo, Ezra Pound, poeta inglés de principios del siglo XX, quien se hacia eco del intrigante misterio de los papiros poéticos componiendo este remedo:
Spring....
Too long...
Gongula...
Misterio. Fragmentos que hay que reconstruir. El paraíso perdido, que es como el poeta Francisco Brines llama a su infancia. Pero, a qué este afán?. Todos lo sabemos: los años de la infancia son los años cuando el presente lo es todo y el futuro no existe, cuando la vida no tiene cargamento y el nihilismo vital no está siquiera en el horizonte, cuando la palabra muerte carece de significado, los veranos son la forma de felicidad más perfecta y la casa paterna, el campo, el mar son simplemente lugares míticos, un universo inmaculado. Sin embargo, todo ello es una imagen desvaída ahora, como un cuadro de Miguel Galano, fragmentaria y misteriosa, igual que un papiro ajado por el tiempo que un afán urgente debe recuperar:
Ya están secas las rosas,
Y el color, que es su tiempo, lo han perdido;
Te desvaes también, quiero hacerte llegar,
Ponerte sobre un tiempo más preciso, y hace daño
Tanto fracaso en tan mediocre hazaña.
Algo podrida está mi carne,
Pues ha perdido Luz, y el pecho vastedad
Y la alegria ha desmayado pronto.
(Francisco Brines. “Balcón en sombra”, de Palabras a la oscuridad, 1966)
Leo también en estas noches de estío un libro de Juan Ferraté, Jaime Gil de Biedma, cartas y artículos, sobre el intercambio epistolar -otro paraíso perdido- entre el profesor, entonces lector en Edmonton, Canadá, y el poeta, amigos desde la juventud. En el descubro los fragmentos que faltan en los poemas de Gil de Biedma, uno de mis poetas más frecuentados, pues un poema es, en realidad, como un papiro, que sólo ofrece fragmentos de un hombre, pedazos de su vida también alteradas por el paso del tiempo, alteradas por el poeta mismo, porque ha mitificado su infancia y juventud. Y me sorprende encontrar en estas cartas que el poeta envía al profesor los fragmentos perdidos en sus poemas, cuando Gil de Biedma explica la génesis de algunos de ellos, su motivación para escribirlos, su contexto vital y emocional, completando así los trozos que al lector de papiros tan solo intuye de forma inexacta. El poema Ribera de los Alisos lo concluye el poeta así:
(El silencio y la soledad) (...) acaso también algo más hondo
Traigan al corazón.
Como el latido
De los pinares al pararse el viento,
Que se preparan para oscurecer.
Algo que ya no es casi sentimiento,
Una disposición
De afinidad profunda con la naturaleza y con los hombres,
Que hasta la idea de morir parece
Bella y tranquila. Igual que este lugar.
Y en estos versos que rebosan sinceridad y sentimiento profundos uno creía ver simplemente un recuerdo, una instantánea de la infancia y juventud del poeta, descubre sin embargo que lo que late es en realidad la imagen viva del pasado mitificado, tal y como revela en sus cartas a Ferraté, pues esa rivera y esos alisos son objetos reales de un lugar mítico, La Nava de la Asunción, en la provincia de Segovia, donde el poeta pasó los momentos más felices de su existencia, y si bien son solamente el simulacro de lo que de verdad fue su infancia allí, le ayudan a entender su propio universo inmaculado y, de este modo, hacerlo inmortal. Un fragmento de un papiro de Biedma, sus cartas personales, han completado así otro incompleto, su poema, y de esta forma se ha revelado su significado, que es la premisa inicial de estas líneas y que Caballero Bonald ya definió como única verdad sobre el pasado personal: el engaño que aceptamos de nuestros recuerdos es en realidad una verdad profunda, aunque mitificada, porque en realidad ella es en sí misma un mito: el mito de salvación, pues en este está garantiza no sólo la felicidad, sino también la inmortalidad.
Recurro, por lo tanto, en estos días de verano a la memoria, memoria transfigurada y real al mismo tiempo, porque es la única forma de conservar lo que ya hemos perdido. La infancia, nuestra infancia, quedó atrás igual que la de nuestros hijos, pues hay en la vida en realidad dos infancias perdidas que hay que recobrar con la memoria: en una está la casa paterna y todas sus extensiones donde habita nuestra mitología personal; en otra están los niños que pronto comenzarán a fabricar sus propios mitos.
Por ello es hermoso en estas noches de estío contemplar la infinitud del cielo y la inmensidad del mar , ahora tan cercanos, y comprender que no es posible ver en ellos un anhelo humano de eternidad, porque no nos pertenecen. Tan sólo nos pertenece el eterno reducto de la infancia.