lunes, 16 de julio de 2018

CAJÓN DE SASTRE. CONOCER ES SUSCITAR LAS PARADOJAS



Museo de Alejandría

13 July 2018


CONOCER ES SUSCITAR LAS PARADOJAS
(LAS FALACIAS DE LOS NACIONALISMOS)

Fco Javier Martos Cando


   “Conocer es suscitar las paradojas” escribió el intelectual francés Albert Camus. El conocimiento, es cierto, puede hacer que pongamos en duda verdades que creíamos irrefutables, desvelar las paradojas de lo creíamos una certeza inamovible. No obstante aún hay quien piensa que la libertad que otorga el conocimiento es peligrosa, pues puede alterar el orden establecido, sobre todo por las religiones y la política. El mito alegórico de Platón conocido como el mito de la Caverna ilustra perfectamente esta idea: seres humanos contemplando solamente sombras, “reflejos de realidad”, de espaldas a La Luz que lleva a la salida de la caverna. Girarse, ascender la pendiente que lleva al exterior y contemplar La Luz es, por tanto, una subida ascética, el paso decisivo desde el “dicen” al “yo pienso”, desde la cautividad intelectual hacia la libertad de pensamiento. Es así de simple.
   Los nacionalismos se han aprovechado de la ignorancia para conseguir sus metas y justificar esa idea del autoctonismo y la diferenciación con respecto a los demás basada en la pureza de la raza y el inmovilismo tanto del terreno como de sus tradiciones, ancestrales todas ellas. Y todo esto está, en realidad, sustentado por una gran mentira construida con las letales herramientas de la manipulación. Pero esto no es nada nuevo. Todos los pueblos, diferenciados por sus razas y lenguas originarias, han reivindicado su autoctonía creando sus propios mitos de origen que, por propia conveniencia, han creído y han hecho creer a los demás.
   Los Atenienses de la Grecia antigua, por ejemplo, tal vez nacionalistas “avant la lettre” -no existe un término equivalente, tal vez sí similar, al moderno en la lengua griega antigua- eran orgullosos y clasistas, y defendían su pureza de raza frente a la mezcla de sus compatriotas griegos que, o bien por su nomadismo se habían mezclado, como los invasores Dorios en el Peloponeso, con otras gentes, o bien porque sus fundadores, llamados “héroes primordiales”, fueron extranjeros, como por ejemplo Cadmo, fundador de Tebas, fenicio de Origen. Esa autoctonía que ellos esgrimían con orgullo y que muchos historiadores sustentaron se vio reflejada en la guerra del Peloponeso, que enfrentó a los atenienses a casi el resto de las poleis griegas por creerse con derechos que negaban a los demás griegos. Sus argumentos: ningún pueblo se había mezclado con ellos: todos eran descendientes de Cécrope, el fundador de Atenas, y sobre ellos debía recaer la hegemonía de la Hélade, lo cual, en una ciudad tan cosmopolita con Atenas, donde vivían también esclavos no griegos y metecos, es prácticamente imposible. Pero allí están los políticos armados con los mitos de origen y apoyados por los historiadores afines a esa partenogénesis (sinónimo de autoctonía) para crear la gran mentira del bosque originario.
   Resulta especialmente escalofriante saber que durante la revolución Rusa Stalin impulsó el falaz concepto de la pureza de la raza eslava bajo el nombre de la URSS promoviendo una falsa arqueología cuyo génesis descansa en las ideas de Nicolai Jakoblevich Marr (dogma llamado por ello "Marrismo") en base a la cual todos los pueblos que pertenecían a la República eran eslavos en origen y sus diferencias de lengua y costumbres eran el fruto de “las dinámicas de sus contradicciones internas”, por decir algo que nadie podría jamás sostener intelectualmente.
    Pero a la Luz de la verdad -recordemos que hay que realizar esa subida ascética hacia La Luz- Los rusos conquistaron pueblos que nada tenían que ver con ellos, sobre todo en el Cáucaso, entre Turquía e Irán, como los godos de Crimea, los Kazaros turcos, los Tártaros, los escandinavos del Cáucaso o los Chechenos, a quienes oprimieron, utilizaron como carne de cañón en sus conflictos bélicos y de quienes aplastaron cualquier conato de reivindicación nacionalista (esta vez sí justificada porque equivalía a una reivindicación de su libertad secuestrada por la fuerza), cuando estos pueblos ni arqueológica ni lingüísticamente son eslavos. Stalin robó a estos pueblos su identidad. Y esto es simplemente histórico, y no un "reflejo de realidad" como las sombras platónicas.
   Esto, decía, es escalofriante. Pero es abominable lo que todos los dementes ideólogos han llegado a hacer para sostener la gran falacia de los nacionalismos. Los historiadores y arqueólogos rusos que, por principios se negaron a apoyar esta falsa autoctonía de los pueblos no rusos de la República murieron todos en el Gulag. A esto se le denomina purga y es aterrador.
   En nuestro país, para concluir, también los nacionalistas han inventado sus mitos originarios y sus argumentos de ser autóctonos partenogenéticos para reivindicar una independencia absurda en un país donde, a día de hoy, se reconocen las diferencias culturales y lingüísticas de las autonomías y donde los gobiernos autonómicos tienen una libertad para fomentar y reivindicar sus peculiaridades culturales y lingüísticas de la que no han gozado jamás.
   Pero ya hemos entendido que los pilares sobre los que se sustentan las tesis de los nacionalistas, a saber, la autoctonía, el inmovilismo cultural, la condición de terrígenas, la pureza de raza y de lengua, son imposibles, porque la propia historia de España no apoya con los hechos los argumentos de los nacionalismos radicales como los que se dan en la comunidad autónoma Vasca y Catalana. Los pueblos en contacto mezclan sus razas y sus lenguas y así se van escribiendo palimpsestos que acumulan simbiosis culturales de los pueblos en sucesivas capas. Nadie puede negar desde el punto de vista histórico y lingüístico a Cataluña, Comunidad Valenciana, Islas Baleares, la comunidad autónoma Vasca y Galicia sus lenguas propias y su historia. No hablo de eso. Hablo de las mentiras que se han construido los nacionalistas separatistas para reivindicar su independencia con el único fin de mantenerse en el poder apoyado por un electorado adoctrinado, intolerante e ignorante de su historia. Y esto es grave. En este país han muerto muchas personas asesinadas por el sinsentido del delirante separatismo independentista que comienza con la invención obsesiva del mito originario.
   George Orwell afirmaba que los defensores del nacionalismo más exacerbado no pertenecen al pueblo que enaltecen (Marr, citado más arriba, era hijo de de un escocés y una georgiana, por tanto no tenía sangre eslava). Esto lo hemos comprobado con algún nacionalista catalán con apellidos no catalanes, sin pureza de raza y de origen, un meteco, un charnego, y por esta razón temeroso de ser excluido de la comunidad en la que desea medrar: repugnante pues.
   El peligro, por tanto, de los nacionalismos no está en sí mismos, pues reivindicar la cultura y las señas de identidad propias no solo es digno sino también necesario, como pueden hacer hoy en día, como dijimos, los Chechenos en el Cáucaso, sino que radica en la ignorancia de quienes lo utilizan para la diferenciación excluyente y violenta. Sacar a los ignorantes de la caverna es nuestro reto, bien difícil ciertamente cuando la educación y la cultura están desgraciadamente en este país en las ambiciosas y sucias manos de los políticos. No obstante, hay que intentarlo. Conocer es suscitar las paradojas, extinguir las sombras, dar paso a La Luz, ser libre intelectualmente y saber de lo que se habla. Aspiremos pues a ello.


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