Museo de Alejandría
13 July 2018
CONOCER ES SUSCITAR LAS PARADOJAS
(LAS FALACIAS DE LOS NACIONALISMOS)
Fco Javier Martos Cando
“Conocer es suscitar las paradojas” escribió el intelectual francés
Albert Camus. El conocimiento, es cierto, puede hacer que pongamos en duda
verdades que creíamos irrefutables, desvelar las paradojas de lo creíamos una
certeza inamovible. No obstante aún hay quien piensa que la libertad que otorga
el conocimiento es peligrosa, pues puede alterar el orden establecido, sobre
todo por las religiones y la política. El mito alegórico de Platón conocido
como el mito de la Caverna ilustra perfectamente esta idea: seres humanos
contemplando solamente sombras, “reflejos de realidad”, de espaldas a La Luz
que lleva a la salida de la caverna. Girarse, ascender la pendiente que lleva
al exterior y contemplar La Luz es, por tanto, una subida ascética, el paso
decisivo desde el “dicen” al “yo pienso”, desde la cautividad intelectual hacia
la libertad de pensamiento. Es así de simple.
Los nacionalismos se han
aprovechado de la ignorancia para conseguir sus metas y justificar esa idea del
autoctonismo y la diferenciación con respecto a los demás basada en la pureza
de la raza y el inmovilismo tanto del terreno como de sus tradiciones,
ancestrales todas ellas. Y todo esto está, en realidad, sustentado por una gran
mentira construida con las letales herramientas de la manipulación. Pero esto
no es nada nuevo. Todos los pueblos, diferenciados por sus razas y lenguas
originarias, han reivindicado su autoctonía creando sus propios mitos de origen
que, por propia conveniencia, han creído y han hecho creer a los demás.
Los Atenienses de la Grecia
antigua, por ejemplo, tal vez nacionalistas “avant la lettre” -no existe
un término equivalente, tal vez sí similar, al moderno en la lengua griega
antigua- eran orgullosos y clasistas, y defendían su pureza de raza frente a la
mezcla de sus compatriotas griegos que, o bien por su nomadismo se habían
mezclado, como los invasores Dorios en el Peloponeso, con otras gentes, o bien
porque sus fundadores, llamados “héroes primordiales”, fueron extranjeros, como
por ejemplo Cadmo, fundador de Tebas, fenicio de Origen. Esa autoctonía que
ellos esgrimían con orgullo y que muchos historiadores sustentaron se vio
reflejada en la guerra del Peloponeso, que enfrentó a los atenienses a casi el
resto de las poleis griegas por creerse con derechos que negaban a los
demás griegos. Sus argumentos: ningún pueblo se había mezclado con ellos: todos
eran descendientes de Cécrope, el fundador de Atenas, y sobre ellos debía
recaer la hegemonía de la Hélade, lo cual, en una ciudad tan cosmopolita con
Atenas, donde vivían también esclavos no griegos y metecos, es prácticamente
imposible. Pero allí están los políticos armados con los mitos de origen y
apoyados por los historiadores afines a esa partenogénesis (sinónimo de
autoctonía) para crear la gran mentira del bosque originario.
Resulta especialmente
escalofriante saber que durante la revolución Rusa Stalin impulsó el falaz
concepto de la pureza de la raza eslava bajo el nombre de la URSS promoviendo
una falsa arqueología cuyo génesis descansa en las ideas de Nicolai Jakoblevich Marr
(dogma llamado por ello "Marrismo") en base a la cual todos los pueblos que
pertenecían a la República eran eslavos en origen y sus diferencias de
lengua y costumbres eran el fruto de “las dinámicas de sus contradicciones
internas”, por decir algo que nadie podría jamás sostener intelectualmente.
Pero a la Luz de la verdad -recordemos que hay
que realizar esa subida ascética hacia La Luz- Los rusos conquistaron pueblos
que nada tenían que ver con ellos, sobre todo en el Cáucaso, entre Turquía e
Irán, como los godos de Crimea, los Kazaros turcos, los Tártaros, los
escandinavos del Cáucaso o los Chechenos, a quienes oprimieron, utilizaron como
carne de cañón en sus conflictos bélicos y de quienes aplastaron cualquier
conato de reivindicación nacionalista (esta vez sí justificada porque equivalía
a una reivindicación de su libertad secuestrada por la fuerza), cuando estos
pueblos ni arqueológica ni lingüísticamente son eslavos. Stalin robó a
estos pueblos su identidad. Y esto es simplemente histórico, y no un "reflejo de
realidad" como las sombras platónicas.
Esto, decía, es escalofriante.
Pero es abominable lo que todos los dementes ideólogos han llegado a hacer para
sostener la gran falacia de los nacionalismos. Los historiadores y arqueólogos
rusos que, por principios se negaron a apoyar esta falsa autoctonía de los
pueblos no rusos de la República
murieron todos en el Gulag. A esto se le denomina purga y es aterrador.
En nuestro país, para concluir,
también los nacionalistas han inventado sus mitos originarios y sus argumentos
de ser autóctonos partenogenéticos para reivindicar una
independencia absurda en un país donde, a día de hoy, se reconocen las
diferencias culturales y lingüísticas de las autonomías y donde los gobiernos
autonómicos tienen una libertad para fomentar y reivindicar sus peculiaridades
culturales y lingüísticas de la que no han gozado jamás.
Pero ya hemos entendido que los
pilares sobre los que se sustentan las tesis de los nacionalistas, a saber, la
autoctonía, el inmovilismo cultural, la condición de terrígenas, la pureza de
raza y de lengua, son imposibles, porque la propia historia de España no apoya
con los hechos los argumentos de los nacionalismos radicales como los que se
dan en la comunidad autónoma Vasca y Catalana. Los pueblos en contacto mezclan
sus razas y sus lenguas y así se van escribiendo palimpsestos que acumulan simbiosis
culturales de los pueblos en sucesivas capas. Nadie puede negar desde el punto
de vista histórico y lingüístico a Cataluña, Comunidad Valenciana, Islas
Baleares, la comunidad autónoma Vasca y Galicia sus lenguas propias y su
historia. No hablo de eso. Hablo de las mentiras que se han construido los
nacionalistas separatistas para reivindicar su independencia con el único fin
de mantenerse en el poder apoyado por un electorado adoctrinado, intolerante e
ignorante de su historia. Y esto es grave. En este país han muerto muchas
personas asesinadas por el sinsentido del delirante separatismo independentista
que comienza con la invención obsesiva del mito originario.
George Orwell afirmaba que los
defensores del nacionalismo más exacerbado no pertenecen al pueblo que
enaltecen (Marr, citado más arriba, era hijo de de un escocés y una georgiana,
por tanto no tenía sangre eslava). Esto lo hemos comprobado con algún
nacionalista catalán con apellidos no catalanes, sin pureza de raza y de
origen, un meteco, un charnego, y por esta razón temeroso de ser excluido de la
comunidad en la que desea medrar: repugnante pues.
El peligro, por tanto, de los
nacionalismos no está en sí mismos, pues reivindicar la cultura y las señas de
identidad propias no solo es digno sino también necesario, como pueden hacer
hoy en día, como dijimos, los Chechenos en el Cáucaso, sino que radica en la
ignorancia de quienes lo utilizan para la diferenciación excluyente y violenta.
Sacar a los ignorantes de la caverna es nuestro reto, bien difícil ciertamente
cuando la educación y la cultura están desgraciadamente en este país en las
ambiciosas y sucias manos de los políticos. No obstante, hay que intentarlo.
Conocer es suscitar las paradojas, extinguir las sombras, dar paso a La Luz,
ser libre intelectualmente y saber de lo que se habla. Aspiremos pues a ello.
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