UN NUEVO CABALLO DE TROYA
Fco. Javier Martos
Los antiguos griegos siempre tuvieron en su
acervo cultural una serie de relatos –llamémoslos mitos, historias, o poemas- que
no solamente narraban un suceso o acontecimiento histórico, más o menos
transformado, sino que además ocultaba siempre un mensaje simbólico,
arquetípico y atemporal. Uno de ellos es la historia del Caballo de Troya, que
Odiseo/Ulises cuenta al rey de los Feacios en la Odisea, cuando, en su largo
periplo de regreso a su patria Ítaca de la guerra troyana, naufraga y recala en
las orillas de este lugar. El astuto Odiseo, después de diez años de
infructuoso asedio por parte de los griegos a la ciudad de Asia Menor, idea la
estratagema: con los restos de varias naves construyen los griegos un enorme
caballo con ruedas que empujan hasta la puerta principal de Troya, y luego el
contingente entero se retira de las tierras troyanas, admitiendo su derrota.
El caballo
gigante es una ofrenda griega que simboliza la rendición, y dejan allí como
regalo. El error de los troyanos es meterlo en la ciudad, mientras contemplan
la huída de los ejércitos griegos en el mar, ignorando que, en sus tripas, se
ocultan soldados helenos bien armados, quienes, asegurándose bien entrada la
noche de que los troyanos han caído borrachos durante las fiestas de
celebración de su liberación del asedio, surgen del caballo y arrasan la ciudad
con fuego, conquistándola.
Este relato no es un simple episodio de la
guerra troyana: simboliza de una forma genial los peligros que acechan detrás
de una apariencia amable, la amenaza que se oculta en el vientre de la
normalidad.
Es una constante histórica, tomando el
caballo troyano como símbolo, el hecho de que los grandes acontecimientos históricos,
los grandes cambios sociales, las grandes revoluciones culturales, se
comprenden mejor contempladas desde la distancia del tiempo transcurrido. En el
momento cuando éstos se producen la sociedad en general suele ignorar o no
saber interpretar qué factores, qué causas son las que hacen que las grandes
revoluciones socioculturales de las que
no sólo es testigo pasivo, sino también actor, los motivan. En realidad somos
ligeramente conscientes de que algo está cambiando, pero no acertamos a
concretar el qué y el cómo.
Las nuevas generaciones que ahora están
viviendo su pre-adolescencia o su incipiente adolescencia ignoran la influencia
que los grandes cambios sociales de la última década están ejerciendo sobre su
personalidad, su psicología y sus relaciones socioculturales en esta etapa
biológica tan decisiva y, por tanto, no tienen la posibilidad de ejercer un
control consciente sobre aquéllos que moldee su propio desarrollo personal de
una forma adecuada, ni siquiera poseen las herramientas que les permitan saber cuál
es su lugar y su papel en la sociedad, problema de importancia capital.
La mayor parte de nosotros piensa, en
primera instancia, que uno de los muchos factores de ese cambio son
definitivamente las nuevas tecnologías y su relación con las redes sociales en
las cuales está implicada la mayor parte de la población hasta el punto de que
hoy, lejos de lo que podríamos imaginar, se consideran alienados o excluidos a
aquellos que no están inmersos en ellas, sin darse cuenta de que la alienación,
como un nuevo caballo de Troya, se ha introducido en nuestro entramado social con
la apariencia de un bien, en lugar de lo que realmente es: una amenaza para el
desarrollo saludable y en libertad de cada persona. No obstante, como antes he
apuntado, no creo que éste sea el factor principal, aunque decisivo, para la
configuración de esta sociedad nuestra, cada vez más compleja y extraña al
propio ser humano, o, más exactamente, a la propia humanidad de nuestra especie.
Creo que lo que sucede y de lo que no muchos
son conscientes es que la sociedad de hoy ha destruido, mediante la fuerza de
las redes sociales, las nuevas tecnologías, la enfermiza sociedad de consumo, la
falta de formación y de cultura, la ausencia de certezas y la permisividad de
padres con respecto a hijos, colegios con respecto a estudiantes, las
diferencias naturales no sólo sociales, sino también las puramente biológicas. Es
decir, lo que afecta a nuestros pre-adolescentes y adolescentes/jóvenes es que,
si bien biológicamente son llamados así y físicamente todavía se incluyen en
esa etapa evolutiva, se han equiparado al resto de la población, la cual
también, a pesar de seguir entrando dentro de las denominaciones generacionales
tradicionales de adulto, maduro o mayor –antes anciano- , ha perdido la
pertenencia concreta a unos de estos grupos independientemente de su edad
cronológica. Los niños, los adolescentes, los jóvenes, las personas adultas y
los mayores formamos parte de una única masa social no diferenciada por
generaciones, y por ello, definitivamente alienada.
Esta teoría, atemorizante en su
planteamiento, habría que tenerla en cuenta y reflexionar sobre ello. Pongamos algunos
ejemplos puramente empíricos que suponen alteraciones dramáticas de la
naturaleza humana y de las que la sociedad, bajo la apariencia de una sombra
silenciosa y subrepticia, ha ido aceptando paulatinamente, inconsciente de sus
consecuencias. Señalemos cuatro fundamentales.
En primer lugar, pienso que no se ajusta a
la normalidad que niños de doce años en adelante compartan tantas
características comunes con sus padres y con sus abuelos si pertenecen a grupos
biológicos tan distintos, pues todos usan las mismas tecnologías (tabletas, móviles)
y de la misma manera, compulsiva y enfermizamente, tan sin control sobre ellas.
En segundo
lugar subrayaría el consumo de series (televisivas o en línea) que incluso en
ocasiones ven juntos o a la vez hijos-padres-abuelos, cuando tales series no
son ni por su contenido, ni por su lenguaje o temática, ni por la cantidad de
tiempo que requiere seguirlas, adecuadas para ellos, pues no existe un
autocontrol consciente para saber cuándo se siguen de forma sostenible y cuando
se han convertido en una adicción que influye sobre los horarios y las
relaciones interpersonales.
En tercer lugar la presión social también ha
igualado a los diferentes grupos de personas en la forma de consumir. El hecho
de que los adolescentes y los jóvenes puedan acceder con la misma facilidad a
artículos que antes sólo podían adquirir aquellos con un puesto de trabajo,
artículos que antes eran objetos de clase o de alto poder adquisitivo estén
ahora al alcance de ellos ha conllevado que las generaciones actuales sean las
generaciones de la opulencia, poseedoras de bienes materiales en exceso, y que,
lo que es más preocupante, dado su fácil acceso a ellos, bien sea porque sus
padres se los proporcionen, bien porque puedan
adquirirlos por sí mismos, no valoren lo que tienen y se crean merecedores de
todo cuanto puedan desear.
Esto último tiene como consecuencia que haya
surgido una generación en gran parte de jóvenes despóticos e irrespetuosos,
acostumbrados a recibir y ser servidos, pero ajenos a dar y a ser solidarios.
La
última, para concluir, es, ahora sí, la dependencia de las tecnologías. Muchos
jóvenes de estas generaciones, bajo la falaz afirmación de que son generaciones
nativas-tecnológicas, han abandonado al lectura de libros en el momento que han
adquirido su teléfono móvil o su tableta, inconscientemente empujados a
experimentar una montaña rusa de emociones proporcionadas por las redes
sociales de forma incontrolada, adictivas en su mayor parte, y a convertirse en
personas expuestas a aprender de una realidad deformada, huraños, maleducados y
agresivos con su entorno si éste no les permite utilizar sus dispositivos.
Opiniones como la que se acaban de verter
aquí no son muchas veces tomadas en serio o son consideradas catastrofistas. No
creo que sea este el tono adoptado El caballo de Troya –dicen- puede estar en
todas partes (el ocio de los adultos, el alcohol y otras dependencias de
quienes se supone son personas maduras). Es cierto. Pero aquí las personas ejercemos
nuestra libertad de empujar al caballo dentro o mantenerlo tras la muralla.
Lo que pienso es que hemos caído en una
laxitud que la sociedad de bienestar que nuestros estados liberales ha
fomentado y que necesita una revisión,
pues participamos de o simplemente obviamos el desmoronamiento de las
libertades humanas y los valores del ser humano como especie social, libertades
que se forjan con la experiencia de vivir , según la edad, una realidad que se
aprende progresivamente según el momento vital del individuo con una educación
moderna.
Invito, pues, a reflexionar, sobre lo que el
liberalismo del que somos herederos en las sociedades postmodernas defendía, y
ahora se ha diluido: el conflicto de lo moral y lo material no puede ser
eliminado de la sociedad, pero sí puede ser contenido y encarrilado, porque, a
día de hoy, todos somos depositarios de unos valores que ahora periclitan bajo
la sombra de la normalidad.