domingo, 4 de agosto de 2019

CAJÓN DE ARTÍCULOS. DE EFIMERIS




DE EFIMERIS

     

    Este Museo de Alejandría, que constituye mi refugio personal, es el lugar donde puedo madurar mis reflexiones y dar rienda suelta a mis inquietudes intelectuales y literarias, un remedo virtual de un lugar físico que existió hace mucho tiempo: el Museion, o santuario dedicado a las musas, edificio que formaba parte del complejo de la biblioteca de Alejandría como lugar de inspiración filosófica y artística, también científica, un lugar de sabiduría en definitiva, como la Academia de Platón, el Liceo de Aristóteles o el jardín de Epicuro.
   Este museo, digo, lo frecuento yo, y no muchas personas más. Pero eso no es lo importante. Aquí está y sus puertas siempre permanecen abiertas. En la biblioteca del Museion se almacenaron, copiaron, y estudiaron miles de obras escritas y los sabios que trabajaron tanto en ella como en el Museion realizaron la crítica textual de miles de obras literarias, tratados de todo tipo, obras científicas, catálogos, léxicos y una larga lista de libros (biblia en griego), fijando su texto original, hasta el punto de que la Biblioteca de Alejandría constituyó el centro de saber más importante de la antigüedad. Su creación se atribuye a Ptolomeo I Soter, rey de Alejandría (s, IV-III a. C.) a instancias probablemente del erudito y escritor alejandrino Demetrio de Falero, consejero cultural de aquel. 
   La biblioteca, que contenía más de 54.000 volúmenes (rollos de papiro) Gracias al afán de Ptolomeo Filadelfo, hijo del anterior, de enriquecer sus fondos, desapareció un mal día de la faz de la tierra egipcia. Y no fueron los musulmanes, como muchos equivocadamente creen, quienes la destruyeron: fue el cretino de Cayo Julio Cesar, quien, durante la guerrra de Alejandría entre Cleopatra y su hermano Ptolomeo XIII, en el año 48 a.C., prendió fuego a las naves de aquel ancladas en el puerto, como narró él mismo en su Bellum Alexandrinum. Lo que no contó, y si hicieron otros (Lucano, Seneca, Plutarco, Aulo Gelio o Amiano Marcelino) es que las llamas alcanzaron la biblioteca, que estaba cerca del puerto, destruyéndola con todo su contenido. Cesar, mujeriego irredento, que se metió en una guerra en la que nada tenía que ver por causa de  la bella Cleopatra, se fumó la biblioteca de Alejandría. Los historiadores que dijeron la verdad que Cesar ocultó y escribieron durante el reinado de los Julio-Claudios, descencientes de Cesar, fueron ejecutados por orden de estos emperadores (emperadores-asesinos en su mayor parte; pero esto sería otra historia). 
    En la ciudad fundada por el Gran Alejandro había más bibliotecas, más pequeñas, y el propio Museion tenía bastantes libros. Pero la pérdida de la Gran Biblioteca fue irreparable. Miles de obras se perdieron para siempre “como lágrimas en la lluvia”. Sólo las copiadas por otras bibliotecas o por particulares se salvaron del fuego. No muchas. Nunca suficientes. 
    Esta breve crónica del Museion y su biblioteca tan sólo ejemplifica la capacidad destructiva del  ser humano, no sé si proporcionalmente mayor o menor a su capacidad creativa. Me refiero a cómo, a lo largo de los siglos, la desaparición de muchas grandes obras realizadas por el ser human se ha debido a causa de sus propias manos, en mi opinión por ingnorancia y por crueldad, parafraseando al gran Chaves Nogales, quien acertadamente dice que tales fueron los motivos por los que los español se mataron unos a otros tan absurdamente en aquella nefasta guerra. 
  Se me antoja curioso comprobar que para los intelectuales, desde el renacimiento hasta el siglo XIX, la contemplación de ruinas de la antigüedad grecolatina les llevó a reflexionar sobre el paso del tiempo y la calidad de efímero de todo cuanto hacemos, de nosotros mismos también claro está, a la vez que a lanzar una mirada nostálgica a ese esplendoroso pasado, confrontándolo con el momento presente, momento que ellos consideraban decadente y opaco, triste y huero. Pero todos sabemos que eso ocurre siempre, que siempre nos lamentamos del presente abrazados a la idealizada certeza de que todo tiempo pasado fue mejor. Es cierto que hay muchas personas,  y yo mismo me incluyo entre ellas, que por no sabemos qué misteriosa tendencia de nuestro espíritu, nos gusta más mirar atrás e imaginar la imponente belleza de las ciudades antiguas, ahora en ruinas, de sus mármoles, sus armoniosos edificios, su impresionante monumentalidad, inevitablemente enfermos como estamos del síndrome de Stendhal. Sus gentes nos importan menos, ciertamente, ya polvo de siglos, sumidos en el olvido, gente como nosotros que ya transitaron por este mundo. Es en realidad cómo pudieron ser aquellos lugares lo que nos gusta imaginar,  como el Museion de la ciudad helenistica de Alejandría. Lo malo es cuando nos damos cuenta de lo que queda de aquello. Nada, prácticamente. Y a mí eso me causa dolor estético, sin olvidar las ruinas de nuestro mundo como es el sufrimiento de muchos seres humanos como nosotros. Pero yo estoy hablando ahora de arte y belleza. 
   
   Mariano José de Larra visitó la ciudad de Mérida en 1835, dos años antes de que se suicidara no sabemos bien por qué. En aquel año Mérida era ya un amasijo de piedras irreconocibles en su mayor parte. Así lo cuenta en dos artículos recogidos en un precioso librito de la colección Austral, Artículos de costumbres, que ha caído en mis manos estas vacaciones rescatado de un mercadillo de libros. Larra, por cierto, es un autor español al que todo buen lector debería visitar por la actualidad de sus juicios, escritos hace ya casi dos siglos. Nuestro autor queda impresionado por la huella Romana que se intuye en la cuidad, lamentándose de que los lugareños y los campesinos encuentran mármoles, piezas arquitectónicas, estatuas, lápidas funerarias y tesorillos romanos sin saber absolutamente nada de su valor histórico-artístico: “¡...mucho más antiguas!”- dice un lugareño que se ofrece a guiar a Larra- “¡mucho antes de los Romanos!”
    Larra habla de casas destruidas y de sus mosaicos rotos, de los acueductos, del anfiteatro, del templo de Diana, del circo, del que él aún vio algunos de sus accesos y parte del graderío y sus elementos arquitectónicos. Hoy el circo es sólo una explanada con nada más que la huella pétrea de su planta, y es mayor el despliegue informativo en el centro de interpretación del edificio aledaño a base de cartelas informativas, reconstrucciones infográficas, dibujos, fotografías, trípticos y maquetas que de lo que de este edificio queda físicamente, tan grande es la capacidad del ser humano de no dejar casi huella de nada cuando se emplea a fondo en ello, es decir, de transformar un espacio vacío en un edificio de colosales dimensiones, revestido de lujosos mármoles polícromos y magníficas estatuas, a volver a dejar otro espacio vacío nuevamente, de igual forma que Santa Eulalia fue transformada en Santa Olalla.
   Lo que no pudo ver Larra fue el teatro, por aquellas fechas aún no descubierto afortunadamente, soterrado hasta la cavea alta, esto es, el graderío superior. De este edificio, hasta su excavación en el siglo XX,  solo se veían siete muros dispuestos en semicírculo que los emeritenses llamaban las siete sillas, y que no eran sino los restos del ático del teatro. No puedo resistirme a transcribir el final de su segundo artículo sobre Mérida, muy al hilo de nuestras reflexiones:

“...proseguí mi viaje, lleno de aquella impresión sublime y melancólica que deja en el ánimo por largo espacio la contemplación filosófica de las grandezas humanas, y de la nada de que salieron, para volver a entrar en ella más tarde o más temprano”
 Mariano José de Larra. Antigüedades de Mérida. 1835

   Para ir concluyendo, me gustaría recordar que lo que hizo Larra ya lo habían hecho otros muchos viajeros empujados por la misma curiosidad arqueológica, por entonces una ciencia inexistente, llevados por un mero afán de conocer qué fue lo que ellos encontraron como ruina, y que intuyeron que tuvo que ser esplendoroso en el pasado, sobre todo las ciudades romanas despobladas y abandonadas que se utilizaron como cantera a las generaciones venideras que, por ignorancia y crueldad, arrasaron con un legado cultural único. Aquí en el sur podemos citar las ciudades de Munigua e Itálica en Sevilla, Baelo Claudia o Carteia, en Cádiz, por citar sólo algunos escasos ejemplos. 
   La ciudad de Itálica de Santiponce en particular es un caso doloroso porque tambien los seres humanos se ensañaron con ella durante siglos por las mismas citadas razones. Itálica fue mármol puro, con grandes edificios y lujosísimas mansiones, mosaicos de altísima calidad, dos edificios termales, un colosal complejo dedicado al culto imperial, un colosal anfiteatro y muchas más cosas que jamás sabremos. Los intelectuales que la visitaron al tener noticia de su existencia, desde Rodrigo Caro, Andrés Navagero, Francisco Bertaut en el siglo XVII, Esteban de Silhuete, Antonio Fernández Prieto o Enrique Flórez en el XVIII, hasta Fernando de Zevallos, Richard Ford, Antoine Delatour en el XIX, dejaron constancia por escrito de sus visitas. En ellos hay detallada crónica de viajeros, pero también reflexión filosófica sobre lo efímero, repitiéndose esa contraposición entre el pasado glorioso de la colonia, la laudatio, y la destrucción presente, la lamentatio, una manera “de exhumar aquella edad luminosa frente al tenebroso presente. (...) la toma de conciencia de la necesidad de un cambio radical en la concepcion del mundo, la vuelta a una forma de vida que había quedado sepultada durante siglos por esta ahora considerada inferior”, como afirma Jacobo Cortines en su introducción al libro Itálica Famosa (Diputación de Sevilla, 2010), libro donde he leído los testimonios de los autores arriba citados -y muchísimos otros- que visitaron las ruinas. 
   Si el lector de estas líneas ha tenido la generosidad de llegar hasta aquí, concluiré este breve viaje entre ruinas. Pienso que es, en realidad, vano el afán de muchos seres humanos en pasar por la vida sin vivirla de veras, enfrentados a otros, cultivando odios, practicando el revanchismo o simplemente lamentándose de todo cuanto no tiene o no le sucede sin valorar lo que tiene, ya le ha sucedido o le puede llegar a suceder. Yo siempre he creído que la vida es una sucesión de momentos gratos y momentos duros. Todos creemos tener problemas que no lo son tanto, pues los problemas verdaderos son aquellos relacionados con todo cuanto ponga en riesgo nuestra vida, lo único que poseemos, y que es la vida de los demás también, sobre todo la de nuestros seres queridos. Todo lo demás es afán vano e inútil. La contemplación filosófica del pasado puede ayudarnos a ser mejores y, por tanto, vivir mejor. 
   Albert Camus se rebeló contra el absurdo invitándonos a soportarlo, “a gozar de la tierra y lo concreto, mantener una constante rebeldía contra todo lo que nos empuje a la desesperacion”. Yo añadiría también mantener una constante fidelidad a la belleza y cultivar el amor por el prójimo, o lo que es lo mismo, tener el valor de practicar la generosidad siempre. 
   Ahora, en estos días en los que todos podemos gozar de unas vacaciones, sean cortas o largas, es momento de gozar de la tierra y lo concreto, sabiendo que todo es efímero, y que lo que realmente importa es apreciar lo que se tiene después de contemplar la ruina y la devastación. 
   Yo, para este fin, poseo este mi Mouseion, el Museo Alejandría, en el cual cualquiera puede entrar y leer rodeado de los bustos de los más ilustres filósofos y sabios de la antigüedad que lo presiden. Este santuario dedicado a las musas fue destruido por el emperador Teodosio, otro cretino como César, por muy cristiano que fuera, y todos cuantos se emplean a fondo en decretar destrucción, cuando ordenó demoler todos los templos paganos de la ciudad de Alejandría. 

  Pero yo lo he reconstruido. 

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