domingo, 13 de octubre de 2019

EL BÁLSAMO DE LA POESÍA. ESTANCIA DEL AIRE




ESTANCIA DEL AIRE, de Juan Alcaide Rubio.

 EL ALBATROS EN VUELO

   Jaime Gil de Biedma pensaba que el poema sólo cuando es leído alcanza significación, convirtiéndose en poesía. Estancia del aire es, por fin, poesía. Es más, recitados los poemas por el  propio poeta y por voces distintas a él, el poema no es ya solamente poesía: es un albatros que despliega sus magníficas alas.

   Paul Valery dijo que  “el autor, afortunadamente, no es nunca el hombre”. Sin embargo, él mismo se traicionó al escribir los 500 versos de El cementerio Marino, que no es más que la pura descripción onírica de su propia esencia humana. Nosotros oponemos a la sentencia de Valery la frase de Vicente Alexandre “el poeta es el hombre”, porque como nuestro poeta pensaba, todos los intentos de separarlos han sido siempre fallidos

   Hay que concebir la poesía de Juan Alcaide Rubio, sin más alardes de una erudición inútil y debatible, como el anhelo constante del poeta de comprender el mundo que le rodea, interpretar su pasado, buscando su papel en aquél como ser humano que acumula experiencias, que ama, sufre, respira, mira hacia el futuro,  que trata con los hombres de igual a igual o en desventaja, arrojado como está, como todos estamos, a un existencia tan fascinante como misteriosa, con la medida inapelable del tiempo a plazo, con la certeza del principio, el durante y el fin, y, sobre todo, desde la dimensión que el poeta ya ha adquirido, para mi determinante, como persona, como hijo, nieto y padre él mismo.

Escribió Q. Horacio F. En su Oda III:

“Exegi monumentum aere perennius: Non omnis moriar”: “He erigido un monumento más duradero que el bronce: no moriré del todo”


 Y este monumento vital que es Estancia del aire lo leerán sus hijos, cuando les llegue el momento de querer indagar en la persona de su padre, volcada en este poemario como testimonio lírico imperecedero de todas aquellas cosas que muchos quisimos conocer de nuestros propios padres, pero que no dejaron por escrito y se han perdido ya, “como lágrimas en la lluvia”. Dice Juan en Estancia del aire que “Los hombres fallecemos sin memoria”. Algunos, no del todo.

Estancia del aire reúne poemas que abarcan un periodo de tiempo de la vida del poeta que se extiende desde la treintena en ciernes hasta bien entrados los cuarenta, años decisivos para la vida de cualquier hombre en los que se abandona una etapa vital claramente determinante: aquella que llamamos juventud, para, de repente, abrazar la madurez, o lo que es igual, pasar de una etapa ausente de responsabilidades, intensa y rica en vivencias, a otra de obligaciones laborales y familiares que suele provocar una convulsión vital, tal vez más confusa que la misma adolescencia, por la carga existencial que suele conllevar, donde la constatación del paso del tiempo, la idea de la muerte. (“La llegada veraz de una mañana/ de Luz definitiva”) (Receso) y el desencanto comienzan a mostrar sus rostros.

   Por este motivo Juan Alcaide ha estructurado Estancia del aire en tres partes que él mismo considera tres poemarios independientes, pero que, sin embargo, son una continuidad natural ,cronológica y vivencialmente hablando, que aportan  a Estancia del aire una coherencia absoluta.

Cada una de estas partes está encabezada por una cita literaria escogida por el poeta que constituye una especie de orientación para el lector sobre la temática de los poemas que las frman.
Presiden la primera parte unas líneas de Marcel Proust: 


“Es trabajo perdido querer evocar nuestro pasado e inútiles todos los anhelos de nuestra inteligencia “. 


   Proust, como Valery, también se traicionó, pues escribio casi 5.000 páginas intentándolo, distribuidas en los siete  gruesos tomos de su A la recherche du temps perdu.


   Juan escoge esta cita porque se ajusta bien a la temática de los 6 poemas que forman esta primera parte, como el que la inaugura: Anagnorisis: la imposibilidad de evocar con exactitud el pasado, sino solo retazos de él.  El hombre no recuerda con exactitud al niño que fue, y el niño que observa a ese adulto desde el recuerdo tampoco lo reconoce, mediado el tiempo, resultando esa anagnórisis, ese reconocimiento “un reencuentro brusco que lastima” puesto que no sucede: hay una convulsión que confunde con la que los que tenemos cierta edad podemos identificarnos, y que se hace presente en el momento en el cual perdimos la juventud, ese tiempo en el qué Juan se pregunta


Quién cuidaba las cosas que no vimos: la tarde alegre de jazmines/la arena almagre de los pinos/las aguas que refrescan los parterres/el alma adormecida de los niños/, porque simplemente  era “ese tiempo raro, sin poesía”, sólo “música pagana/anegados y sucios ceniceros repletos de naufragios/nubes de humo que envuelven universos nocturnos” para dejar a un ser confundido, derrotado en la refriega contra el paso del tiempoy por el abandono de la infancia y la juventud, ese Paraíso perdido, como Francisco Brines denominaba a esta etapa vital.


    Los seis poemas evocan y certifican por lo tanto una pérdida irreparable: la de la juventud, pero también la ganancia del descubrimiento del tiempo como un bien valioso  (como sucede con todo lo que perdemos), ya que en aquel momento no estaba en el horizonte la idea de que éste se marchaba para no volver. Y Juan certifica la muerte de su juventud en un momento concreto:  “Cuando la algarabía enmudeció de pronto”.


   No obstante, al ir leyendo los poemas en el orden en que están dispuestos, el lector va percibiendo cómo la propia escritura, el mismo gesto de intentar evocar el pasado mitificado de la primera juventud, versificar esa experiencia juvenil, hace que ese pasado sin redimir quede libre a través del diálogo entre el yo del poeta y el recuerdo mismo, haciéndose ya permanente en la escritura.

 La segunda parte está encabezada por una cita de Juan Rulfo, de su novela Pedro Páramo.: dice así:

”No había aire. Tuve que sorber el mismo aire que salía de mi boca, deteniéndolo con las manos antes de que se fuera”.


     El poeta elige estas líneas como clave interpretativa de los esta vez siete poemas que la componen porque, dejada atrás la juventud y aterrizado de pleno en la vida de hombre responsable a quien las circunstancias personales pueden axfisiarle, necesita aire con urgencia. El poeta se ha aceptado como hombre expulsado de del paraíso juvenil considerándose, a su pesar, un ser humano ya maduro, y puede percibirse un sentimiento de extrañamiento que planea sobre casi todos los poemas, como si uno no se reconociera en quien se ha convertido, pues a pesar de la aceptación, aún pesa cierto cargamento de cuando se ha sido más joven del cual a uno le cuesta desprenderse, y que Juan recoge en la magistral imagen “Así estos días sin ti/ esa extraña desgana/y este peso vacío entre los brazos/carga muda y constante de tu ausencia (Ausencia). No es ni más ni menos que el momento de la consciencia de que la existencia iba en serio, y, como muy bien ilustra el poeta utrerano Valentín Navarro, uno comienza a darse cuenta de que “la vida cansa como un viaje largo/y existe el lado oscuro de la luna” (Fines y vocablos).


   Pese a ello, el poeta tiene anhelo de una tregua de paz para tomar aire, que allí, en su hogar, tiene su estancia, como confiesa en Receso, el poema que abre esta 2ª parte, y también el penúltimo, Fatum Amoenus, “Despojado, sin prisas, ni ruido, ni extravío”, palabras de un hombre que ha dejado los naufragios de los ceniceros y las nubes de humo de los antros, y que de alguna manera enlazan con la última parte de Estancia del aire.


   Inevitablemente, los temas desgranados en esta segunda parte tienen un eco de nihilismo contenido, el que causa la natural decepción de que casi nada ha resultado ser lo que uno planeaba, viéndose a sí mismo el poeta como una triste imagen, un “mustio solar de alambres herrumbrosos” (Herrumbres), aceptando que sus hijos aún pequeños aprendan de la vida a través de su propia experiencia al ir creciendo a pesar de que el poeta tenga un ímpetu de advertirles, (Futuro Elíptico), y empezando a aceptar ya ciertas pérdidas, como estos versos en retruécano del último poema, Reversos, no exento de cierta amarga ironía y con los que es fácil identificarse: “Nuestro tiempo sin tiempo de niños/es hoy tiempo de padres sin tiempo”



III


La última parte de Estancia del aire está encabezada por un precioso verso de JRJ que habla del futuro utilizando un presente y un pluscuamperfecto, y  que reza:


“Qué bello al ir a ser es haber sido”


   Cita también reveladora cuando uno termina de leer esta tercera parte que cierra el poema Silencio cálido. Recomiendo al lector que, tras leer los nueve breve poemas que la forman vuelva relea la cita, y entonces entenderá su significado pleno.


    Como en el mito de Pandora, al poeta, habiendo ya liberado todo su pasado en las otras dos partes (el haber sido), le resta una esperanza valiosa (el ir a ser): la de vivir aceptando el presente como un lugar ameno, y dejar de transitar los caminos de la memoria, que son sólo una quimera”. Mirar atrás es como mirar entre la niebla, título de poema que abre esta tercera parte (hermosísimo, de regusto machadiano en forma y léxico), pues, como antes decíamos, es difícil evocar el pasado “sin incurrir en alguna desviación engañosa o consecuentemente  equivoca”, como dice JM Caballero Bonald.


 Ahora el poeta se instala, como digo, en el presente y mira hacia el futuro que también promete pérdidas naturales, aceptadas ya de manera serena. El tono de esta parte es distinto y el lirismo se acrecienta, el lenguaje poético levanta más el vuelo, y se degustan palabras del terruño, telúricas, del campo y sus entornos, el pueblo y sus paisajes. Antiguos términos, como si el poeta socavara la esencia de todo lo sensible.


    La atención del poeta se detiene ya en las pequeñas cosas, en lo concreto, (que a esta edad son ya muy grandes) a saber: las estaciones del año y sus regalos (Azul de abril, El verano vuelve, Preliminar), los jardines, sus aromas y cromatismos durante el discurrir el día, su entorno natural. Y también, desde un lugar concreto: su hogar, esa (“casa nacida de la calle”), la estancia del aire que le permite respirar, tomar aliento, la estancia también de la luz que le permite ver cuánto de bello hay allí y enrededor: su pueblo, su castillo, las campanas de sus torres (No ha sido lo mismo ,Labores, Signos, Silencio cálido) o bien, por último, los momentos familiares y el poeta a medio camino entre los mayores, sus abuelos, y sobre todo sus hijos, pensando en Heráclito, (No ha sido lo mismo, Sentencia, Cuentos de la Alhambra ).


   Estancia del aire levanta sus alas, y el vuelo lírico recorre los cielos azules de nuestra existencia, donde tantos otros poetas dejaron sus estelas de pájaros. Miremos, pues, más al cielo.










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