LA INUTILIDAD DE CONOCER
(O LA FALACIA DE LA EDUCACIÓN)
Un ya experimentado profesor que iniciaba su
interinidad en un centro público, se detuvo, algo nervioso, ante la puerta del
aula de segundo de bachillerato donde iba a comenzar su sustitución. Lo
desconocido, el nuevo reto, le producía cierta excitación, pero a la vez, a
pesar de llevar ya muchos años en las aulas, un oscuro temor le atenazaba, pues
no estaba seguro de que, habiendo traspasado la cincuentena, podría conectar
con sus nuevos alumnos. Entró. En el aula había unos quince adolescentes que
ese año cursaban la optativa que él enseñaba. Se detuvo ante ellos. Charlaban.
Él esperó pacientemente. Algunos lo miraron, pero continuaron hablando. Todos
le habían visto, pero ninguno parecía dispuesto a lo que cabría esperarse, a saber,
que se avisaran de que una persona había irrumpido en el aula y ellos debían
marcharse cada uno a su sitio. Con la calma que sólo te dan los años, el
profesor se aclaró la garganta y con voz clara y potente, pero sin gritar,
dijo: “perdonad chicos: puedo preguntaros algo?”. Sólo así clavaron sus ojos en
él. Atraída la atención, les pidió que se fueran a sus sillas y se presentó.
Entonces formuló la pregunta:
- -¿Habéis copiado en un examen alguna vez?
Risas
contenidas y cruce de miradas fue su primera reacción.
- - ¿Y usted, profesor? – quiso saber una chica.
- - Sí. Claro. Pocas, es cierto. Pero no respondáis con una pregunta. ¿Podría levantar la mano quien haya copiado en
un examen alguna vez?
Nadie lo hizo, pero por los murmullos, las
risas contenidas, los gestos y los intercambios de miradas, el viejo profesor
supo que copiar era una práctica habitual entre ellos.
- - Bueno. En realidad no tenéis que contestar. Os
lo he preguntado porque mi hija, que tiene vuestra edad y es buena estudiante,
tuvo en una ocasión el conflicto de intentar hacerlo o no en un examen de lengua que se
aproximaba, porque era bastante difícil y estaba harta de que, mientras ella
invertía muchas horas preparándose los exámenes, muchos de sus compañeros
siempre recurrían a la trampa de copiar. Entonces le conté esto.
Existen tres formar de actuar ante cualquier
obligación que cualquiera de nosotros debe afrontar en la vida en cualquiera que sea el momento.
Por ejemplo, ante ese examen. Una: copiar. En tal caso se estará actuando en
contra del deber, pues copiar es una mala práctica. Copiar es, pues, un acto
contra la moral. La segunda es tener la intención de copiar, pero no hacerlo
por miedo a ser cogido y, en tal caso, tener que afrontar las consecuencias
sociales de ello en el instituto y las familiares ante los padres. En este caso
se está actuando según el deber. Pero sigue siendo un acto en sí inmoral,
porque conlleva intención y el refreno lo causa el temor al castigo. La
tercera y última es estudiar, aprenderse lo que se va a preguntar en el examen
e intentar que quede como una sólida base a la que incorporar nuevos conocimientos que
consoliden nuestra formación. De esta forma se estaría actuando por el deber en
sí mismo, y esta es una acción totalmente moral.
- Ahora no voy a preguntaros cuál creéis
vosotros que es la mejor forma de actuar, porque para responder haría falta
reflexionar al menos un día en casa. Mi pregunta es si lo habéis entendido
perfectamente.
Los alumnos contestaron que sí en su
totalidad. Entonces el nuevo sustituto preguntó:
- - ¿Os es familiar el nombre de Emmanuel Kant?
También contestaron
afirmativamente, apuntando que lo habían estudiado recientemente en Filosofía.
- - Pero no nos hemos enterado de nada profesor.
Y volvieron a reírse todos.
- - Pues lo que acabo de explicaros es parte de la
ética de Kant, de su Crítica a la razón
práctica. Y sí lo habéis entendido.
Con este caso, totalmente ficticio, tan sólo
quiero plantear la pregunta de si la educación aquí, que ya ha sufrido numerosas leyes
distintas, es ciertamente efectiva. Con el estado de alarma la primera reacción
de los profesores fue de confusión, pues nuestra profesión no se concibe sin la
presencia. Pero el tiempo ha ido poniendo las cosas en su sitio y de repente,
las cosas van adquiriendo cierto sentido. El estudiante se ha visto forzado a ser
responsable de cuanto tiene que hacer, y sus profesores han sido arrancados de la refriega diaria del aula, donde el espíritu de la adolescencia (en el caso
de quien suscribe) actúa como un duende travieso que lo pone todo patas arriba, transformando el maravilloso oficio de enseñar unos conocimientos y unos valores
en una batalla contra la disciplina y la insurrección de un alumnado con los
intereses puestos en otro sitio. Esto Grosso
Modo (en educación no puede establecerse una regla general para los más de
cien alumnos que puede tener un profesor de media).
Ahora las tornas han cambiado. El profesor,
que sí echa de menos el contacto del aula a pesar de los altos costes físicos y
emocionales, ha recibido de repente –lamentablemente a causa de una situación
trágica y lacerante- el don de poder entregar al alumnado los conocimientos
organizados como él sabe hacer y, esta
vez sí, el aprendizaje ahora se ha centrado en el aprendiz. Eso es a lo que han tendido las nuevas metodologías. El profesor trabaja estas semanas de forma
diferente: selecciona contenidos, los empaqueta, resume, los adorna, graba vídeos tutoriales, realiza videoconferencias y se presenta ante su alumnado como un
divulgador auténtico a quien nadie interrumpe, con la estantería repleta de
libros de fondo, hablando a una cámara con tranquilidad y desplegando todos sus
conocimientos y buen hacer. El profesor, por primera vez, irrumpe en la vida
personal de un alumnado que no está confundido entre la masa social y humana del
aula, y sólo debe responder ante sí mismo, prestar atención a lo que su
profesor le manda o le explica desde un vídeo, descubriendo que, sólo con escuchar, tiene casi el cincuenta
por ciento del trabajo hecho.
Y hay algo más. Ahora la evaluación, ese
gran ídolo educativo con los pies de barro, esa estatua dorada con pedestal de
tufo, esa alambicada pirueta que los profesores teníamos que hacer en aras de
una legislación que sólo intenta justificar su debilidad envuelta en un pomposo
y huero lenguaje, resulta que es lo más simple, ( lo que yo siempre he creído) :
que los instrumentos de evaluación sean el esfuerzo y el trabajo, y que cada
estudiante sea consecuente con lo que haya hecho y aprendido. Totalmente de
acuerdo. El acompañamiento sí, por supuesto. Pero también la autonomía, ambas
palabras estrella de la nueva educación, que cada vez ser parece más a un
laboratorio del profesor chiflado que a una verdadera plataforma donde se
diseñan estrategias efectivas de aprendizaje.
Y es ahí cuando Kant comienza a hablarnos
de su ética. El profesor a distancia no puede controlar más allá de lo que
recibe en su pantalla, y cómo lo haya hecho el estudiante es sólo su deber
moral. Pero lo que yo planteo es que pensemos en lo que henos hecho de nuestra
educación. ¿Qué cantidad de estudiantes suele actuar según el deber, y no de
acuerdo al deber o contra él?- Muy pocos, porque lo que se ha fomentado, tal
vez porque el nuevo contexto social así lo exige, es allanar un camino que estaba
lleno de accidentes necesarios. Y mi personal juicio es que esto sucede porque se ha
denostado el conocimiento. Algo falla en la educación cuando personas de
diecisiete años se enfrentan por primera vez a la asignatura de filosofía y se
dan cuenta de que no han reflexionado sobre absolutamente nada hasta que su
profesor le ha comenzado a plantear preguntas inquietantes y difíciles de responder.
Sé que es muy fácil teorizar, pero intuyo
que los planes educativos son fallidos, según mi experiencia, ya larga. Demasiados contenidos inútiles
(insisto: contenidos, no conocimientos). Hay que enseñar a nuestros alumnos a
leer, a escribir, a hablar y a pensar. El conocimiento positivo lo adquirirá uno
durante su paso por las aulas, prolongado en el tiempo, y a medida que vaya
madurando. En una jungla de treinta almas diferentes es difícil que te escuchen como los alumnos de la Academia platónica escuchaban a sus maestros. Es como querer que las personas miren al suelo la noche de las Perseidas. Ahora, en cambio, en lugar de pensar que es un atraso que en un aula haya treinta alumnos y que en esas condiciones es muy difícil inocular el veneno de la curiosidad, se sigue mirando atrás arguyendo que antes había hasta cincuenta y se salía adelante. Eso es una falacia también. Sobrevivir a la escuela no es formarse.Hay que despertar la
curiosidad, y los políticos que se reúnen en sus amplias mesas a diseñar leyes
educativas no saben nada de educación.
Mi humilde conclusión es que esta situación
anómala para todos, muy especialmente para la educación porque se han cerrado
los colegios, ha detenido el mundo de repente, ha provocado que muchos lamentablemente, personas con nombres y apellidos, con familia y con amigos, se hayan ido antes de tiempo, con la
impotencia que se siente cuando uno se pregunta si se podría haber hecho algo más para
evitarlo. No obstante, esta maldita situación nos ha permitido a muchos reflexionar, algo que la velocidad que el
mundo había alcanzado ya no nos permitía. Al final, lo que queríamos y
habíamos conseguido era cierto que no era lo que necesitábamos. Porque lo que necesitamos y nos falta en exceso es conocimiento.
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