sábado, 17 de diciembre de 2022

EL TRIUNVIRATO DE LA INFAMIA

 

 

EL TRIUNVIRATO DE LA INFAMIA

“Nulla est enim societas nobis cum tyrannis”

“No existe sociedad con un tirano”

 

    Marzo del año 44 a.C. Marco Tulio Cicerón, el intelectual, orador y político más influyente durante la República romana, regresa a Roma. Apartado de la vida política y retirado de la Urbe contra su voluntad -el mismo César, después de hacerse con el poder ab soluto, lo ha apartado de la tribuna, desde donde podría socavar la figura de un dictador que, como corresponde a su posición, arrasa con las libertades fundamentales de los ciudadanos romanos- disfruta de su tiempo. Retirado en su finca de Tusculum, junto al mar, cansado y decepcionado por los derroteros que la República por la que tanto luchó, ha tomado, escribe su última obra, dedicándose por entero a sí mismo, después de haber entregado todo su tiempo al estado donde nació, y que con tanta ingratitud le ha tratado.

   Su regreso a la capital del mundo es urgente: el César que le permitió vivir a costa de su silencio ha sido cobardemente asesinado. Cicerón, consciente del añcto, conoce lo que sucederá después: la lucha encarnizada por hacerse con el timón del imperio, tan poderoso e infame es el deseo del poder. Se alegra de la muerte del dictador porque supone una nueva oportunidad para la República, sustentada en el Senado y en el pueblo romano, y no en la dominatio unius, tan letal para los estados, tan injusta para una parte de la ciudadanía. Sabe que la empresa es difícil Antonio, amigo de César, quiere el poder. Octavio, su hijo adoptivo y amigo del propio Cicerón, también. Y ninguno de los dos pretende rescatar la institución sagrada de los romanos, sino que ambos quieren arrebatar el poder al pueblo, único y soberano depositario de las libertades, solamente para sacar provecho personal desde su posición de máximo poder el día que lo detenten.

   Lo que hay en juego es demasiado atractivo: el dominio de un imperio que permite amasar las más grandes riquezas, pero no precisamente para ponerlas al servicio del pueblo, sino al de quien tiene el poder entre sus manos. Y ellos, Antonio y Octavio, no dudarán en asesinar a quienes constituyan un obstáculo para cumplir su oprobioso sueño. Cicerón es uno de ellos, pues saben que, a pesar de las presiones, permanecerá fiel  a sus principios republicanos, pues hay pocos como el sexagenario político que antepongan éstos a su propia vida. Él sabe que, aunque se hubiera mantenido al margen, su presencia ya no encaja en los proyectos de quienes quieren utilizar el poder como un instrumento para sus propios delirios personales. Está, definitivamente, condenado. Puede huir, esconderse, marcharse a Atenas, donde nadie lo buscaría. Pero decide lanzar su discurso a una ciudadanía cobarde y pusilánime., ignorante y sectaria,

   Al poco tiempo, tiene lugar uno de los episodios más infames y vergonzosos de la historia de la humanidad, de la historia de Roma, una de las reuniones más nauseabundas que un ser humano dotado de la más mínima dignidad y honor jamás tendría: Antonio, Octavio y un casi ya anulado Lépido, deben tomar tres decisiones: una, cómo repartirse el mundo. Dos: cómo conseguir financiación para comprar voluntades, sobre todo las del ejército, garante del único instrumento posible para respaldar su causa: la fuerza y el terror. Tres, redactar una vergonzosa lista de los enemigos de estos aspirantes a dictadores. La primera cuestión se dirime rápidamente. La segunda conlleva un baño de sangre y el saqueo de los que ellos llaman ricos, las fortunas mayores de Roma, de las familias más nobles que han amasado sus posesiones gracias a las herencias, bien es cierto, pero también a su esfuerzo personal y su trabajo. La tercera decisión es la más grave: nunca en los libros de historia se ha señalado este hecho que, no sólo por su significado –el exterminio sistemático de personas sin piedad en aras del poder y la rapiña- sino también por la frialdad con la que se redacta la lista de los sentenciados a muerte en torno a una mesa de campaña en la ciudad de Bolonia, constituye uno de los capítulos más vergonzantes de la historia universal de la infamia, a la altura del exterminio Nazi o la oleada del terror de la Revolución rusa.

   Como alimañas, como hediondos buitres ansiosos de carroña, estos tres infames personajes a los que la historia no ha hecho aún justicia (todavía, por ejemplo, está por escribir el ensayo que ponga en su justo lugar a Octavio Augusto y su dinastía, los Julio-Claudios, tan sanguinaria como solo puede ser una dictadura, se le asigne el nombre que se quiera, emperador o monarca, el ya citado concepto de dominatio unius) redactan su lista de sentenciados a muerte, no solo ellos, sino también sus familias, siendo la persona que la cierra el propio Marco Tulio Cicerón, otrora amigo de Octavio, entonces uno de los indignos jueces que le condena a morir.

    El resto de la historia provoca en uno la náusea, uno que se considera, a su pesar, panegirista del centro, quien solo cree en la cultura como único instrumento que permite la libertad de pensamiento y el discurso crítico de todo cuanto sucede en el  mundo en el que vive. El final de esta historia, que constituye en realidad el final de la República romana y el deceso de la oratoria como el noble arte de convencer al pueblo con justos argumentos y no con manipuladoras y falsas soflamas, retrata fielmente los aspectos más vergonzosos del ser humano: un sirviente de Cicerón que, a cambio de dinero, denuncia su paradero. La brutalidad ignara de un soldado que, irrespetuosamente, corta la cabeza y las manos del honrado político que serán expuestas en los rostra del foro, el lugar desde donde, antaño, los senadores romanos, haciendo uso de su libertad y de verdaderos argumentos que representaban al pueblo, hablaban libremente, para humillación de quien fue el último baluarte intelectual de la República Romana.

   La Cabeza y las manos de nuestra democracia se exponen, hoy también, en nuestros foros. Relean este relato si les quedan ganas. Quitando el derramamiento de sangre, la historia se repite. Y una gran parte del pueblo, que hace un uso desvirtuado de nuestra prostituida democracia, pasa ante tales despojos en silencio y con lacerante indiferencia.

miércoles, 22 de junio de 2022

ASCENSO Y CAÍDA DE LA ATLÁNTIDA

 


 

ASCENSO Y CAÍDA DE LA ATLÁNTIDA

 

   Atenas, principios del siglo IV a.C. O bien a.n.e., como quiera que haya de escribirse ahora. El filósofo Platón tiene una avanzada edad y ha escrito su último diálogo completo, el Timeo, y está enfrascado en la redacción de Critias, que dejaría inconcluso. A este último probablemente hubiera seguido el Hermógenes, conformando una trilogía, pues son estos tres amigos del filósofo quienes se reunieron con él para hablar sobre el devenir del mundo. En los dos primeros, Platón utiliza el relato de la Atlántida a modo de mito alegórico para ejemplificar el ascenso y la caída de una civilización próspera que comete el error de corromperse.

   A mi juicio, se ha perdido demasiado tiempo y empleado tinta en exceso por parte de historiadores, filólogos y otros investigadores con el fin de dilucidar qué lugar fue la Atlántida, y dónde hay que buscar sus ruinas sumergidas, pues, según narra Platón, “se abismó en el mar y desapareció”. Quienes estén familiarizados con sus diálogos (discúlpenme que piense que cada vez menos personas) saben que los llamados mitos alegóricos que en ellos aparecen, como el mito de Aristófanes o el del tronco alado sobre la condición humana, La alegoría de la caverna, sobre la liberación y la ascensión espirituales, o el mito de Er, el armenio, sobre el destino de las almas, son usados, como hemos dicho, como ejemplos para esclarecer una hipótesis filosófica, que es la finalidad de las alegorías, y no hay que prestar demasiada atención a los detalles descriptivos, sino solo a su significado.

   La Atlántida, si aplicamos la navaja de Okham, es un nombre inventado. Su localización más allá de las columnas de Heracles, el estrecho de Gibraltar, es irrelevante, aunque los arqueólogos del misterio siguen buscando sus ruinas en vano en algún lugar cerca de Sancti Petri, El puerto de Santa María, Sanlúcar de Barrameda y el coto de Doñana. A mi juicio, es simplemente Gadir, es decir, Cádiz, pues la descripción de Platón se ajusta a lo que esta ciudad fue en la antigüedad, y a sus reyes, los fenicios, quienes “poseían la Libia hasta Egipto y Europa hasta la Tirrenia”, es decir, tenían la hegemonía del Mediterráneo, desde más allá del estrecho hasta Italia y Grecia, como prósperos comerciantes que eran. Cádiz fue uno de sus más importantes emporios, como la arqueología ha llegado a confirmar.

   Pero no es este aspecto del mito alegórico lo que ahora nos interesa, sino su significado. Estos tres Atenienses junto con Platón se reunieron simplemente para hablar del ocaso de una orgullosa Atenas que había llegado a alcanzar el mismo apogeo que la Atlántida, ocaso del cual ellos mismos eran testigos lúcidos y, al parecer, la mayoría de sus compatriotas no. Platón, Timeo, Critias y Hermógenes comprenden, a través del mito de la Atlántida, que las ciudades que en un día fueron prósperas y utilizaron bien sus riquezas y vivían “sin dejarse embriagar por el exceso de fortuna, no perdían el dominio de sí mismos y caminaban con rectitud” pues el principio divino predominaba sobre el humano, subsistirían para siempre. Sin embargo, “cuando comenzó a dominar en ellos el carácter humano, entonces, incapaces ya de soportar su prosperidad presente, cayeron en la indecencia”, y desaparecieron, engullidas por la justicia divina.

   Cada cual aplique el mensaje del mito alegórico de la Atlántida a nuestro presente. Encontrará múltiples ejemplos, infinitos, en todos los ámbitos de la existencia. Platón forma parte de nuestra cultura clásica. Y otra vez tenemos que volver a recordar que hacer desaparecer ésta, el Latín, el Griego y la Filosofía, como llevan intentando los sucesivos gobiernos de este país durante décadas, tiene una finalidad clara, tan propia de ellos: que los ciudadanos carezcan de referentes para pensar por sí mismos. Aún nos perdemos en vanas disquisiciones sobre si éste o aquél es facha o rojo, extremo facha o extremo rojo, moderado o centrista. Seguimos cayendo en su trampa. Lo que hay que ser es culto, es absolutamente necesario. Debemos salvar las humanidades del abismo y educar la estulticia y el lerdo analfabetismo de quienes han criticado al estudiante de Madrid que, habiendo obtenido la nota más alta de selectividad, va a estudiar una carrera "sin salidas", (filología Clásica), por ejemplo. Qué agotamiento.


jueves, 31 de marzo de 2022



LAS ATMÓSFERAS DE ANDRELO SUÁREZ.

Fco Javier Martos Cando

   En una ciudad como Sevilla, donde la luz es uno de sus tesoros más preciados por su unicidad, condicionada también por el contexto natural y monumental de la ciudad, ésta no ha sido suficientemente puesta en valor, en parte porque esta urbe, que soporta, no siempre agradecida, el cargamento de su historia, es para muchos ciudadanos más un escenario que un lugar real que contemplar con unos ojos que transciendan la postal, penetrando sus rincones que pasan más desapercibidos.

   Andrés Suárez (Sevilla, 1993), cuya residencia no está en la ciudad pero está familiarizado con ella a través de sus padres y sus incursiones naturales en ella, diseñador gráfico y fotógrafo por afición, ha subido a este escenario para descubrir la otra cara de la luz sevillana. Tras la lectura de Atmósferas, nos percatamos de que, habitualmente -y no sólo en la ciudad que habitamos-, acostumbrados a mirar solamente el cielo, no contemplamos la luz y su incidencia sobre las cosas, concretamente sobre los edificios, y de que no sabemos cómo la luz, con las máscaras que va poniéndose a lo largo del día, inciden sobre el tiempo, pues no nos detenemos a contemplarla.

   Andrelo Suárez, cámara en mano, recorre esta urbe de famosas torres y vetustos edificios buscando otras formas arquitectónicas más anónimas y funcionales, y no por ello menos bellas y armónicas, indagando sobre los estímulos de la luz sobre la arquitectura, y encuentra la respuesta en la abstracción que le lleva a tener la sensación de que el tiempo se ralentiza al contemplar esa simbiosis. La contemplación, además, de la luz, no sólo ralentiza el tiempo, sino también hace físico y concreto ese movimiento lento de las sombras, llevando al artista a otra conclusión iluminadora: se puede malear la luz, se le puede dar forma y hacer a ésta hablar mediante la arquitectura. Luz y sombra, antónimos recíprocos, se aparecen así ante nuestros ojos de manera diferente: la luz crea imágenes que pueden posteriormente interpretarse y transformarse en algo nuevo utilizando el lenguaje artístico, evitando el determinismo que supone que la luz, con su rutinario paso a lo largo de las horas sobre las cosas, sea siempre lo mismo.

   La contemplación de la luz que incide sobre las formas le descubre al artista que el juego no es sólo el de la luz golpeando las formas arquitectónicas, sino que la sombra también juega su determinante papel, pues completa el espacio y lo transforma, creando una nueva realidad que es, en definitiva, la realidad de la arquitectura: ocupar el espacio, transformarlo en otro nuevo y crear un diálogo entre el observador, la causa y el efecto, que deriva en la magia de la metamorfosis y sugieren al hombre que la luz y sus sombras tiene una faceta mística en este acto comunicativo.

    Esa contemplación que al artista Andrelo Suárez lleva a cabo le reafirma en la certeza de que nada es para siempre al aceptar que los momentos del diálogo luz-sombra y el cambio formal que éste produce es efímero, pero puede atraparse si se los fotografía. Y es ahí donde Andrelo Suárez controla el tiempo y los espacios efímeros que la luz crea a través de las sombras, para después transcenderlo a su particular mundo artístico.

   Si, como dice con gran acierto el artista, pasamos tangencialmente por el presente y nos abandonamos a la velocidad y todo lo que ello conlleva –el estrés, dejar de contemplar las pequeñas cosas, renunciar a  mirar lo bello y temporal, permitir que el tiempo nos controle en lugar de lo contrario- la consciencia de las atmósferas es lo que nos permite alterar la sensación temporal de nuestro entorno y darnos cuenta de que, si hay determinismo en la luz por ser un ente físico, su efecto sobre las cosas se abandona al azar, pues la luz también tiene sus matices.

    Al final, su paseo a través de la ciudad en manos de la reciprocidad de la luz y de las sombras, desemboca en un diseño personal sobre una lámina de los espacios arquitectónicos fotografiados después de estudiar el diálogo entre los éstos, la luz y la sombra, creando la abstracción a partir de unas instantáneas, a las que dota de color, y que sugieren paz interior y equilibrio, transformando la tridimensionalidad de la arquitectura viva en espacios bidimensionales que son arte gráfico de alta calidad y profundidad conceptual. Esa nueva ordenación de las luces y las sombras sobre la lámina, epistemológicamente, supone una vuelta de tuerca realizada por la visión personal del artista, y que comulga con Descartes, Kant y Hegel cuando se parte de la conciencia de que la realidad jamás será aprehendida por el hombre, puesto que, en su contemplación, siempre media la naturaleza inevitablemente transformadora del hombre, del artista, que, en el caso de Andrelo Suárez, abre las puertas a una nueva visión del mundo.


 

 


jueves, 17 de febrero de 2022

EL TOQUE LUBITSCH

 


 

EL TOQUE LUBITSCH Y OTROS ROCES

José Luis Garci.

Viaje a la nostalgia

 

   Etimológicamente, nostalgia es un término griego formado por dos étimos, nóstos, que significa “regreso” (los nóstoi eran relatos en la antigua literatura griega sobre héroes que regresaban a su patrias tras una larga ausencia, como Odiseo o Jasón) y álgos, “dolor”, el dolor que a veces causa regresar a nuestra infancia o juventud, si bien es un dolor amable, más bien una añoranza. El librito de José Luis Garci, El toque Lutbisch y otros roces (Reino de Cordelia, Madrid, 2021) es, de principio a fin, un canto a la nostalgia, no solo cinematográfica, sino puramente vital.

   Este pequeño gran libro que se lee de una sentada contiene ocho breves escritos donde Garci vuelca no solamente sus recuerdos más queridos cuyo hilo conductor es siempre el cine, sino también muchas sabias y apasionantes pinceladas sobre literatura relacionada con el cine, de directores del séptimo arte a los que admira hasta la veneración, de míticas salas de cine, de garitos y bebidas –sus preferidos: el Daiquirí y el Dry Martini-, de, por supuesto, actores y actrices y un sinfín de cosas más que han conformado la vida no solo del cineasta y cinéfilo, del movie goer, sino de lo que Garci es en sí mismo, una persona cultísima que atesora grandes vivencias que surgen, eso sí, en blanco y negro, como las películas de la época dorada de aquella gran Fábrica de Sueños.

   Esas pinceladas dadas en El toque con tal pasión son propias del pintor que sabe bien lo que hace, porque en torno a ello gira su vida entera desde que tiene uso de razón, pasión que le llevaba a saltarse las clases de inglés que sus padres le pagaban para pasearse por la Gran Vía, a finales de los cincuenta, y acudir a lugares donde iba la gente del espectáculo, bien fueran librerías, billares u otros locales que le conectaran con la radio o el cine, o, unos años más tarde, al salir del trabajo, acudir al cine Pompeya, al Lope de Vega o al Azul a ver cualquier película, que es lo que realmente le apasionaba. Estos ocho snapshots adoptan un tono de artículo periodístico y están sembrados todos ellos de nombres de lugares, personas y cosas que son, al fin y al cabo, el bagaje mitológico personal de Garci y que el lector de mi generación –los 60- en buena parte reconocerá, porque forman parte de las memorias de ella, pero que en otra aún mayor tendrá que consultar, tanto es lo que habita en la cabeza del director de Volver a empezar o El Crack, quien nos enseñó en ¡Qué grande es el cine! que el séptimo arte (¿por qué no el primero?) es mucho más que admirar una cinta de casi dos horas de duración, porque es un mundo que no se agota jamás.

    Garci es del año 44 del siglo pasado, esto es, cuenta con setenta y ocho años, dos menos que mi madre, y por tanto creció durante la época dorada del cine americano que se hacía en Hollywood y los musicales de Broadway, pero mucho más joven que mi padre, él de 1926. Pero tanto mi padre como mi madre pasaron gran parte de su juventud acudiendo a las salas de cine de Barcelona y Madrid durante la década de los años sesenta, cuando reinaban en las pantallas nombres como Gary Cooper, Cary Grant, Gregory Peck, Burt Lancaster, Tyrone Power, Welles, Cotten, Audrey Hepburn. Deborah Kerr, Elisabeth Taylor, etc, etc  (la lista es interminable y todos ellos y muchos más aparecen en el libro), y cuando el autor comenzó a admirar a los seguidores del director que da título al libro, (basado en un libro clásico sobre el director alemán, The Lubitsch Touch, de Herman G. Weinberg, y cuyo significado se desvela en el libro, aunque probablemente algún cinéfilo ya sabrá), como Billy Wilder, John Ford, Celil B. De Mille, Otto Preminger, Howard Hakns (¿por qué será que me salen los nombres sin consultarlos?) y otra larga lista de geniales moviemakers –ya dije que el libro está sembrado de ellos- Y digo esto porque entre la generación de mi padre y la de mi madre está la mía, que ha crecido con las películas de la época dorada de La Fábrica de Sueños (Garci utiliza varias “sinonimias referenciales” que son muy de mi agrado, como la citada, o “Molière incansable fumador de puros”, por Ernst Lubitsch, o “Los chicos de la Underwood”, por los guionistas de Hollywood), y que por ello me he sentido adolescente al navegar por las páginas de este precioso libro, porque ha sido como transitar una senda familiar y hermosa que me devuelto recuerdos que estaban ya ocultos por la gruesa capa del polvo de la vida, como, por ejemplo, todas las películas que mi padre y yo hemos visto juntos, casi todas en blanco y negro, donde los protagonistas eran todos aquellos actores y actrices que aparecen en El toque Lubitsch, que nuestros padres rebautizaban, con esa inocencia tan hispana, como Greogorio Pecas o Melón Blando.

   Termino esta breve reseña sin desvelar, por supuesto, qué es el toque Lubitsch, y confesando que la lectura de este libro me ha devuelto cierta felicidad que ya tenía olvidada, porque la nostalgia es, por definición, un viaje triste, no porque el viaje lo sea -todo lo contrario- sino porque me ha recordado una época que, cada cual, mitifica a su manera. Y vivir en el mito es la forma más absoluta de felicidad, porque es como volver a ser un niño. Siempre he admirado y seguido a José Luis Garci desde ¡Qué grande es el cine!, y lo sigo ahora en Cowboys de Medianoche, su programa de radio y su reciente programa televisivo de los viernes, Classics, que ha vuelto a recuperar nuestras películas. En el libro no hay tesis, no hay crítica de cine: es simplemente una charla del autor con su público, plagado de lugares míticos, personajes míticos, objetos míticos que alimentan esa nostalgia: El Floridita o la Bodeguita de En medio en la Habana, y Hemingway en su taburete con su Montecristo nº 1, los aviones de hélice americanos “Constelation”, la estatua de Arrensberg en la plaza de Porlier de Oviedo, los cuadros americanos de Eduardo Úrculo, Mèliés, Wilder, Mabuse, o el expresionismo alemán. Y el amor inefable del autor por el cine, quien tiene incorporado a su lenguaje el jurar por Gary Cooper o Berlanga, o decir que algo ha sucedido “gracias a Ford”. Imprescindible para el nostálgico.