EL TRIUNVIRATO DE LA INFAMIA
“Nulla est enim societas
nobis cum tyrannis”
“No existe sociedad con un tirano”
Marzo del año 44 a.C. Marco Tulio
Cicerón, el intelectual, orador y político más influyente durante la República
romana, regresa a Roma. Apartado de la vida política y retirado de la Urbe
contra su voluntad -el mismo César, después de hacerse con el poder ab soluto,
lo ha apartado de la tribuna, desde donde podría socavar la figura de un
dictador que, como corresponde a su posición, arrasa con las libertades
fundamentales de los ciudadanos romanos- disfruta de su tiempo. Retirado en su
finca de Tusculum, junto al mar, cansado
y decepcionado por los derroteros que la República por la que tanto luchó, ha
tomado, escribe su última obra, dedicándose por entero a sí mismo, después de
haber entregado todo su tiempo al estado donde nació, y que con tanta
ingratitud le ha tratado.
Su regreso a la capital del mundo
es urgente: el César que le permitió vivir a costa de su silencio ha sido cobardemente
asesinado. Cicerón, consciente del añcto, conoce lo que sucederá después: la
lucha encarnizada por hacerse con el timón del imperio, tan poderoso e infame
es el deseo del poder. Se alegra de la muerte del dictador porque supone una
nueva oportunidad para la República, sustentada en el Senado y en el pueblo
romano, y no en la dominatio unius,
tan letal para los estados, tan injusta para una parte de la ciudadanía. Sabe
que la empresa es difícil Antonio, amigo de César, quiere el poder. Octavio, su
hijo adoptivo y amigo del propio Cicerón, también. Y ninguno de los dos
pretende rescatar la institución sagrada de los romanos, sino que ambos quieren
arrebatar el poder al pueblo, único y soberano depositario de las libertades,
solamente para sacar provecho personal desde su posición de máximo poder el día
que lo detenten.
Lo que hay en juego es demasiado
atractivo: el dominio de un imperio que permite amasar las más grandes
riquezas, pero no precisamente para ponerlas al servicio del pueblo, sino al de
quien tiene el poder entre sus manos. Y ellos, Antonio y Octavio, no dudarán en
asesinar a quienes constituyan un obstáculo para cumplir su oprobioso sueño.
Cicerón es uno de ellos, pues saben que, a pesar de las presiones, permanecerá
fiel a sus principios republicanos, pues
hay pocos como el sexagenario político que antepongan éstos a su propia vida. Él
sabe que, aunque se hubiera mantenido al margen, su presencia ya no encaja en
los proyectos de quienes quieren utilizar el poder como un instrumento para sus
propios delirios personales. Está, definitivamente, condenado. Puede huir,
esconderse, marcharse a Atenas, donde nadie lo buscaría. Pero decide lanzar su
discurso a una ciudadanía cobarde y pusilánime., ignorante y sectaria,
Al poco tiempo, tiene lugar uno de
los episodios más infames y vergonzosos de la historia de la humanidad, de la
historia de Roma, una de las reuniones más nauseabundas que un ser humano
dotado de la más mínima dignidad y honor jamás tendría: Antonio, Octavio y un
casi ya anulado Lépido, deben tomar tres decisiones: una, cómo repartirse el
mundo. Dos: cómo conseguir financiación para comprar voluntades, sobre todo las
del ejército, garante del único instrumento posible para respaldar su causa: la
fuerza y el terror. Tres, redactar una vergonzosa lista de los enemigos de
estos aspirantes a dictadores. La primera cuestión se dirime rápidamente. La
segunda conlleva un baño de sangre y el saqueo de los que ellos llaman ricos,
las fortunas mayores de Roma, de las familias más nobles que han amasado sus
posesiones gracias a las herencias, bien es cierto, pero también a su esfuerzo
personal y su trabajo. La tercera decisión es la más grave: nunca en los libros
de historia se ha señalado este hecho que, no sólo por su significado –el exterminio
sistemático de personas sin piedad en aras del poder y la rapiña- sino también
por la frialdad con la que se redacta la lista de los sentenciados a muerte en
torno a una mesa de campaña en la ciudad de Bolonia, constituye uno de los
capítulos más vergonzantes de la historia universal de la infamia, a la altura
del exterminio Nazi o la oleada del terror de la Revolución rusa.
Como alimañas, como hediondos
buitres ansiosos de carroña, estos tres infames personajes a los que la
historia no ha hecho aún justicia (todavía, por ejemplo, está por escribir el
ensayo que ponga en su justo lugar a Octavio Augusto y su dinastía, los Julio-Claudios,
tan sanguinaria como solo puede ser una dictadura, se le asigne el nombre que
se quiera, emperador o monarca, el ya citado concepto de dominatio unius) redactan su lista de sentenciados a muerte, no
solo ellos, sino también sus familias, siendo la persona que la cierra el
propio Marco Tulio Cicerón, otrora amigo de Octavio, entonces uno de los
indignos jueces que le condena a morir.
El resto de la historia provoca
en uno la náusea, uno que se considera, a su pesar, panegirista del centro,
quien solo cree en la cultura como único instrumento que permite la libertad de
pensamiento y el discurso crítico de todo cuanto sucede en el mundo en el que vive. El final de esta historia, que constituye en
realidad el final de la República romana y el deceso de la oratoria como el
noble arte de convencer al pueblo con justos argumentos y no con manipuladoras
y falsas soflamas, retrata fielmente los aspectos más vergonzosos del ser
humano: un sirviente de Cicerón que, a cambio de dinero, denuncia su paradero.
La brutalidad ignara de un soldado que, irrespetuosamente, corta la cabeza y
las manos del honrado político que serán expuestas en los rostra del foro, el lugar desde donde, antaño, los senadores
romanos, haciendo uso de su libertad y de verdaderos argumentos que
representaban al pueblo, hablaban libremente, para humillación de quien fue el
último baluarte intelectual de la República Romana.
La Cabeza y las manos de nuestra democracia
se exponen, hoy también, en nuestros foros. Relean este relato si les quedan
ganas. Quitando el derramamiento de sangre, la historia se repite. Y una gran
parte del pueblo, que hace un uso desvirtuado de nuestra prostituida
democracia, pasa ante tales despojos en silencio y con lacerante indiferencia.
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