martes, 28 de marzo de 2023

PRIMO LEVI: VIVIR PARA CONTAR/ ESCRIBIR TRAS AUSCHWITZ

 

VIVIR PARA CONTAR / ESCRIBIR TRAS AUSCHWITZ

Primo Levi.

 

   Viajo, acomodado en mi asiento, en el tren de cercanías que me lleva a la localidad donde trabajo. Una aurora rosácea, homérica, va deconstruyendo la oscuridad y revelando, paulatinamente, de una manera que cada día sorprende al espectador, los paisajes, y un limpio cielo que, tímidamente, comienza a mostrar sus inefables azules. Comparto el vagón, iluminado por una luz blanquecina que revela ese estupor contenido en el rostro del viajero que aún no ha despertado al mundo, con gente variopinta. Algunos charlan. Otros dormitan incómodamente con el rostro apoyado en el cristal de la ventanilla. Muchas personas no despegan su mirada de sus móviles. Muy pocos leen un libro. Algunos otros tan solo pierden su mirada en el absurdo horizonte de un vagón en movimiento. Casi todos miramos, distraídamente, de cuando en cuando, hacia el exterior. Operarios de la construcción, estudiantes de grado, hombres que portan grandes sacos de cuero para recoger naranjas que cultivan en la vega, jóvenes profesores de instituto de provincias, empleados de banca y otros oficios, funcionarios varios. Nadie, probablemente, se pregunta qué piensa cada cual, cuáles son sus ideas políticas, cuál su credo religioso. Todos compartimos, tranquilos, tal vez dichosos, libres, ese amanecer único.

   Las personas de mi generación conocemos qué significó Auschwitz. Yo, en concreto, conservo el recuerdo nítido, siendo pre-adolescente, de los libros de la estantería que había en el salón de mi casa. En la parte más alta destacaba uno, no solo por su formato, más grande que el resto, sino también por la fotografía que había en el lomo: algo parecido al rostro de un espectro que producía espanto. Su título: “Deportación”. Un ejemplar negro, con ese macilento, céreo rostro espectral, y su ostentoso y espeluznante título en rojo sangre en el lomo. Cuando pasaba por el salón, evitaba mirarlo, sin conseguirlo. Hasta que, ya más mayor, lo cogí. Y lo que allí contemplé al abrirlo ha marcado mi vida hasta el día de hoy. Ni un texto. Ni una palabra. Solo una colección de fotografías en blanco y negro de cadáveres vivos en sórdidos escenarios parecidos a cabañas inmundas. Y en mi inocente inmadurez de adolescente me hice esta pregunta: ¿son esto hombres?. Era un libro sobre Auschwitz.

   Y ese precisamente es el título de un poema de Primo Levi, el autor de este libro que consta de un puñado de reflexiones breves, en formato de artículo periodístico, contundentes testimonios de lo que supuso para este judío-italiano haber estado y sobrevivido a Auschwitz, el campo de exterminio más brutal de todos cuanto la enajenación mental de los nazis pudieron concebir. Ese poema Si esto es un hombre, es demoledor. Reproduzco algunos de sus versos:

“Considerad si es un hombre/Quien trabaja en el fango/Quien no conoce la paz/Quien lucha por la mitad de un panecillo/Quien muere por un sí o por un no. /Considerad si es una mujer/Quien no tiene cabellos ni nombre/Ni fuerzas para recordarlo/Vacía la mirada y frío el regazo/Como una rana invernal. /Pensad que esto ha sucedido.”

    Los títulos de los testimonios recogidos en estas dos obras breves que reseño (Deportados. Monumento en Auschwitz, “Arbeit macht frei”, la resistencia en el Lager, Pero nosotros estuvimos allí, etc) son todos ellos antesalas del estremecimiento, y, a pesar de conocer de segunda mano y al menos superficialmente lo que ese Lager (campo), como Levi lo denomina, supuso a través de libros, documentos gráficos, documentales o películas qué sucedió allí, estremece aún más leerlo de quien lo vivió en su propia persona. Pero lo que más llama la atención es que Primo Levi adopta una postura racional, se muestra mesurado en lenguaje, el sobrio lenguaje del testigo, rehuyendo la abrasiva expresión de la víctima o las palabras iracundas del vengador. Levi sólo quiere contar, para no olvidar, para que el mundo no olvide qué fue el exterminio/genocidio nazi, porque los millones de judíos sistemáticamente eliminados se merecen este recuerdo hasta el final de los tiempos por haber sido víctimas del mayor horror perpetrado por el ser humano en toda su historia. La objetividad del sabio, su papel de observador y de testigo prevalece en las páginas del libro. El narrador superviviente sabe que debe desprenderse de sí, y contar como mero testigo lo que allí tuvo lugar.

   Levi habla de lo que ningún ser humano debería nunca padecer; la abyección de otro ser humano que consigue no solo que el esclavo pierda su libertad, sino que además la haya olvidado, que ya no experimente la necesidad de ella, ni casi su deseo, una de las cosas más crueles que nuestra especie puede perpetrar. Levi habla del abuso total, de la carne y del espíritu, de la victoria del verdugo al destruir a un hombre en cuanto tal. Levi habla de la crueldad extrema, del exterminio sistemático, nada más llegar al Lager, de mujeres, ancianos y niños, miles, millones de ellos. Habla de la impúdica instauración del derecho del más fuerte, del oprobioso empeño de reducir a un ser humano a una bestia inmunda. Y alza su grito escribiendo una frase tan hermosa como quimérica, si echamos la vista atrás en la historia universal de la infamia humana: “El hombre es, tiene que ser, sagrado para el hombre, en cualquier lugar y siempre”.-

   Leer este libro, devorar sus páginas sin atisbar el lector ni el más mínimo resquicio de odio o revanchismo, ni siquiera un intento de entender qué llevó a tantos verdugos a llegar a tales límites, impresiona. Uno, fríamente, justificaría sin más la venganza feroz. Pero la lectura de estos artículos te hace comprender que lo importante es el testimonio y la memoria, la tarea obligatoria de recordar al mundo el horror de Auschwitz y la necesidad de que no se repita

   En una reseña que hice hace no mucho tiempo al libro de Compagnon ¿Para qué sirve la literatura? mostraba mi desacuerdo, compartido con el autor, con el conocido adagio del filósofo judío-americano Theodor Adorno que reza “No puede haber literatura después de Auschwitz”. Alguien quien estuvo allí cree todo lo contrario: hay hechos que la historia puede arrojar al olvido, pero no éste, y la literatura es el único testimonio, el único monumento de la memoria.

   En pocos días, en la ciudad donde vivo, se celebra la fiesta más importante del año para un gran número de sus habitantes: la Semana Santa. Durante los siete u ocho días que ésta dura se rememorará, a modo de una espeluznante premonición, la captura, deportación, tortura y asesinato de un judío, que la historia repetirá unos siglos más tarde con su pueblo en Auschwitz (y en otros cientos de campos de exterminio). Las cifras, arrojadas fríamente, tal vez no den la idea exacta de lo que fue aquél lugar: allí se ejecutaron en pocos años a más de cuatro millones de seres humanos sólo por ser judíos. Comparativamente, el número de personas equivalente a los habitantes de las ciudades de Barcelona, Valencia, Sevilla y Málaga juntas. Este año, más que nunca, lloraré ante la imagen del primer judío a quien la crueldad humana sin límites exterminó, padre de todos aquellos seres humanos a quienes la demencia de un puñado de hombres privó de su humanidad.

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