VIVIR PARA CONTAR / ESCRIBIR
TRAS AUSCHWITZ
Primo Levi.
Viajo, acomodado en mi asiento, en
el tren de cercanías que me lleva a la localidad donde trabajo. Una aurora
rosácea, homérica, va deconstruyendo la oscuridad y revelando, paulatinamente,
de una manera que cada día sorprende al espectador, los paisajes, y un limpio cielo
que, tímidamente, comienza a mostrar sus inefables azules. Comparto el vagón,
iluminado por una luz blanquecina que revela ese estupor contenido en el rostro
del viajero que aún no ha despertado al mundo, con gente variopinta. Algunos charlan.
Otros dormitan incómodamente con el rostro apoyado en el cristal de la
ventanilla. Muchas personas no despegan su mirada de sus móviles. Muy pocos
leen un libro. Algunos otros tan solo pierden su mirada en el absurdo horizonte
de un vagón en movimiento. Casi todos miramos, distraídamente, de cuando en
cuando, hacia el exterior. Operarios de la construcción, estudiantes de grado,
hombres que portan grandes sacos de cuero para recoger naranjas que cultivan en
la vega, jóvenes profesores de instituto de provincias, empleados de banca y
otros oficios, funcionarios varios. Nadie, probablemente, se pregunta qué
piensa cada cual, cuáles son sus ideas políticas, cuál su credo religioso. Todos
compartimos, tranquilos, tal vez dichosos, libres, ese amanecer único.
Las personas de mi generación
conocemos qué significó Auschwitz. Yo, en concreto, conservo el recuerdo
nítido, siendo pre-adolescente, de los libros de la estantería que había en el
salón de mi casa. En la parte más alta destacaba uno, no solo por su formato,
más grande que el resto, sino también por la fotografía que había en el lomo: algo
parecido al rostro de un espectro que producía espanto. Su título: “Deportación”. Un ejemplar negro, con ese
macilento, céreo rostro espectral, y su ostentoso y espeluznante título en rojo
sangre en el lomo. Cuando pasaba por el salón, evitaba mirarlo, sin conseguirlo.
Hasta que, ya más mayor, lo cogí. Y lo que allí contemplé al abrirlo ha marcado
mi vida hasta el día de hoy. Ni un texto. Ni una palabra. Solo una colección de
fotografías en blanco y negro de cadáveres vivos en sórdidos escenarios parecidos
a cabañas inmundas. Y en mi inocente inmadurez de adolescente me hice esta
pregunta: ¿son esto hombres?. Era un libro sobre Auschwitz.
Y ese precisamente es el título de
un poema de Primo Levi, el autor de este libro que consta de un puñado de
reflexiones breves, en formato de artículo periodístico, contundentes testimonios
de lo que supuso para este judío-italiano haber estado y sobrevivido a
Auschwitz, el campo de exterminio más brutal de todos cuanto la enajenación
mental de los nazis pudieron concebir. Ese poema Si esto es un hombre, es demoledor. Reproduzco algunos de sus
versos:
“Considerad
si es un hombre/Quien trabaja en el fango/Quien no conoce la paz/Quien lucha
por la mitad de un panecillo/Quien muere por un sí o por un no. /Considerad si
es una mujer/Quien no tiene cabellos ni nombre/Ni fuerzas para recordarlo/Vacía
la mirada y frío el regazo/Como una rana invernal. /Pensad que esto ha
sucedido.”
Los títulos de los testimonios
recogidos en estas dos obras breves que reseño (Deportados. Monumento en Auschwitz, “Arbeit macht frei”, la resistencia
en el Lager, Pero nosotros estuvimos allí, etc) son todos ellos antesalas
del estremecimiento, y, a pesar de conocer de segunda mano y al menos superficialmente
lo que ese Lager (campo), como Levi
lo denomina, supuso a través de libros, documentos gráficos, documentales o
películas qué sucedió allí, estremece aún más leerlo de quien lo vivió en su
propia persona. Pero lo que más llama la atención es que Primo Levi adopta una
postura racional, se muestra mesurado en lenguaje, el sobrio lenguaje del
testigo, rehuyendo la abrasiva expresión de la víctima o las palabras iracundas
del vengador. Levi sólo quiere contar, para no olvidar, para que el mundo no
olvide qué fue el exterminio/genocidio nazi, porque los millones de judíos
sistemáticamente eliminados se merecen este recuerdo hasta el final de los
tiempos por haber sido víctimas del mayor horror perpetrado por el ser humano
en toda su historia. La objetividad del sabio, su papel de observador y de
testigo prevalece en las páginas del libro. El narrador superviviente sabe que
debe desprenderse de sí, y contar como mero testigo lo que allí tuvo lugar.
Levi habla de lo que ningún ser
humano debería nunca padecer; la abyección de otro ser humano que consigue no
solo que el esclavo pierda su libertad, sino que además la haya olvidado, que
ya no experimente la necesidad de ella, ni casi su deseo, una de las cosas más
crueles que nuestra especie puede perpetrar. Levi habla del abuso total, de la
carne y del espíritu, de la victoria del verdugo al destruir a un hombre en
cuanto tal. Levi habla de la crueldad extrema, del exterminio sistemático, nada
más llegar al Lager, de mujeres,
ancianos y niños, miles, millones de ellos. Habla de la impúdica instauración
del derecho del más fuerte, del oprobioso empeño de reducir a un ser humano a
una bestia inmunda. Y alza su grito escribiendo una frase tan hermosa como
quimérica, si echamos la vista atrás en la historia universal de la infamia
humana: “El hombre es, tiene que ser,
sagrado para el hombre, en cualquier lugar y siempre”.-
Leer este libro, devorar sus
páginas sin atisbar el lector ni el más mínimo resquicio de odio o revanchismo,
ni siquiera un intento de entender qué llevó a tantos verdugos a llegar a tales
límites, impresiona. Uno, fríamente, justificaría sin más la venganza feroz. Pero
la lectura de estos artículos te hace comprender que lo importante es el
testimonio y la memoria, la tarea obligatoria de recordar al mundo el horror de
Auschwitz y la necesidad de que no se repita
En una reseña que hice hace no
mucho tiempo al libro de Compagnon ¿Para
qué sirve la literatura? mostraba mi desacuerdo, compartido con el autor,
con el conocido adagio del filósofo judío-americano Theodor Adorno que reza “No puede haber literatura después de
Auschwitz”. Alguien quien estuvo allí cree todo lo contrario: hay hechos
que la historia puede arrojar al olvido, pero no éste, y la literatura es el
único testimonio, el único monumento de la memoria.
En pocos días, en la ciudad donde
vivo, se celebra la fiesta más importante del año para un gran número de sus
habitantes: la Semana Santa. Durante los siete u ocho días que ésta dura se
rememorará, a modo de una espeluznante premonición, la captura, deportación,
tortura y asesinato de un judío, que la historia repetirá unos siglos más tarde
con su pueblo en Auschwitz (y en otros cientos de campos de exterminio). Las cifras,
arrojadas fríamente, tal vez no den la idea exacta de lo que fue aquél lugar:
allí se ejecutaron en pocos años a más de cuatro millones de seres humanos sólo
por ser judíos. Comparativamente, el número de personas equivalente a los habitantes de las ciudades de Barcelona, Valencia,
Sevilla y Málaga juntas. Este año, más que nunca, lloraré ante la imagen del primer
judío a quien la crueldad humana sin límites exterminó, padre de todos aquellos
seres humanos a quienes la demencia de un puñado de hombres privó de su
humanidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario