miércoles, 13 de diciembre de 2023

PATOLOGÍA DEL LIBRO

 PATOLOGIA DEL LIBRO 


   Escojo a vuelapluma este título, que en realidad es una sinécdoque, pues el libro físico es ahora cada vez más saludable, más grande y grueso, más obra de arte, un objeto cultural que goza de una salud como nunca tuvo. El título, ciertamente, debería haber sido “patología del editor”, pero es menos literario. Una visita a una librería de mi barrio, que no es más que el digno intermediario de aquel, me provoca esta breve reflexión. Entrando en ella he puesto a prueba mi abstinencia como comprador, pues hace casi seis meses que no adquiero un libro por falta de espacio,  y este insano impulso lo he sustituido por la lectura de los que tengo en mi biblioteca y nunca abrí, lo cual es mucho más saludable intelectualmente hablando. Ignoro qué y cuánto lee el ciudadano medio, -excepto mi círculo mas cercano-; imagino que mucha gente lo hace, pero lo que he visto hoy me ha dejado estupefacto. Por fortuna había una tertulia literaria en curso al fondo del local formada por un nutrido número de participantes, y esto ha atenuado mi estupor.  La librería era un gran almacén repleto de cientos, miles de libros recién salidos de la imprenta, muchísimos de ellos de grandioso tamaño, inmanejables, intratables, casi hostiles, sólo para forzudos-obras completas casi todos ellos-, entre ellos una nueva edición del Quijote, gigantesca, formando una columna salomónica de quince ejemplares; cinco o seis diferentes ediciones magnas de la Ilíada, otras tantas de la Eneida, que casi nadie comprará, decenas de novedades de autores desconocidos, clásicos reeditados en pasta dura, colosales también, hermosísimos ejemplares, novelas históricas sobre temas ya muy trillados, títulos ya consabidos (frases nominales sin artículo,  sintagmas nominales con él) y un largo número de obras que causa vértigo. El lugar que antes significaba para mí un bello oasis de quietud, una Arcadia donde pasar un rato ojeando los lomos de los libros sobre pulcras baldas, ahora es un lugar opresivo. 

   ¿Hay lectores para tantos libros? No lo creo. ¿Qué sucede? No lo sé. Alguna certeza: los gurús que vaticinaron la muerte paulatina del libro impreso se han escondido en la cueva de  los errores históricos. Otra: parecen estos libros más objetos de adorno o coleccionista que instrumentos de lectura. Lo demás es un misterio. Para leer bien hay que tener tiempo. Ahora que voy a trabajar en cercanías me he dado cuenta de ello, pues he leído en algo más de un año más libros que en los últimos cinco. Por las conversaciones de barra he comprobado que el tiempo es lo que le falta a casi todo el mundo. Hay, por tanto, un enigma que resolver. Y su solución no está en los libros (¿o sí?).


No hay comentarios:

Publicar un comentario