3. La ciudad y la búsqueda de la belleza
Todos estos hombres y mujeres,
seres humanos arrojados a la vida, algunos de ellos vencidos por ella, orbitan en el universo de Jep, quien, sumido en un inmovilismo creativo,
consume sus días acostándose tarde, acudiendo a una fiesta tras otra, de copa en copa, recorriendo un camino que lamenta, pero que la desazón o la desgana o el desencanto
le empujan a seguir. Sin embargo, el vacío de Jep es cada vez mayor: él anhela
la belleza, y desea poder volver a expresarla en una segunda novela más
profunda y trascendentemente de lo que lo hizo la primera vez, hace cuarenta años,
y esa misma idea le paraliza mientras espera que su vida cambie, anhelo que se
refleja en el techo de su habitación cada vez que despierta, donde él cree
contemplar el mar como símbolo de lo bello e inaprensible.
Porque la belleza evidente, la que se manifiesta en torno suyo en una ciudad como Roma, la belleza que contempla desde la privilegiada terraza de su casa, frente al Coliseo, es sólo un bello paño que oculta la depravación y la decadencia de una ciudad habitada por seres humanos desesperados, entre los que él se cuenta. Es ese el contrapunto que el espectador percibe en cada fotograma y que parece obsesionar a Jep: la capacidad del ser humano, imperfecto e inmoral, de crear lo más perfecto y hermoso. Sin embargo, igual que la belleza de Roma a veces paraliza al visitante, su tan alta y tan difícil determinación le paraliza a él del mismo modo. Todo ello hace que Jep sea un personaje que hechiza al espectador, pero al que no desearíamos parecernos: culto y elegante, Jep vive en un estado permanente de tristeza y desencanto que intenta aliviar con su serena sonrisa, o su tranquilo deambular por las calles de la ciudad cuando, de madrugada, vuelve a su casa consumido por el absurdo mientras ésta va desperezándose.
Porque la belleza evidente, la que se manifiesta en torno suyo en una ciudad como Roma, la belleza que contempla desde la privilegiada terraza de su casa, frente al Coliseo, es sólo un bello paño que oculta la depravación y la decadencia de una ciudad habitada por seres humanos desesperados, entre los que él se cuenta. Es ese el contrapunto que el espectador percibe en cada fotograma y que parece obsesionar a Jep: la capacidad del ser humano, imperfecto e inmoral, de crear lo más perfecto y hermoso. Sin embargo, igual que la belleza de Roma a veces paraliza al visitante, su tan alta y tan difícil determinación le paraliza a él del mismo modo. Todo ello hace que Jep sea un personaje que hechiza al espectador, pero al que no desearíamos parecernos: culto y elegante, Jep vive en un estado permanente de tristeza y desencanto que intenta aliviar con su serena sonrisa, o su tranquilo deambular por las calles de la ciudad cuando, de madrugada, vuelve a su casa consumido por el absurdo mientras ésta va desperezándose.
4. El pasado, el futuro y el amor.
A todo ello se une el recuerdo y un pasado que retorna de vez en cuando a su memoria, evocando los míticos días de la juventud, tal vez los días donde la belleza era palpable en los cuerpos y en las miradas, en el verano y en el azul del mar. El pasado se hace presente en la cinta para subrayar el paso del tiempo y éste está encarnado por otros personajes periféricos, como el amigo de Jep que aún, a su vejez, sigue regentando un local de alterne, donde Jep conoce la hija de éste, a quien intenta amar. Jep, como Don Juan, ama para justificar de algún modo su existencia absurda, pero lo hace con indiferencia, tornando su amor en algo sin sentido. Cuando Jep cree haber encontrado el verdadero amor, la vida de nuevo le condena a contemplar su existencia como un puñado de gestos que lo mantienen al borde de la desesperación. Y es en ese momento cuando un recuerdo de su juventud le ofrece la tabla sobre la que podrá alcanzar una orilla segura al final un viaje que cada uno de nosotros, los espectadores, hemos compartido con él y con los demás seres humanos que deambulan por el film que son nunca lo olvidemos, personajes de ficción que nos encarnan.
Dejo, para concluir, a cada cual la reflexión última sobre el final, sobre las últimas palabras que ponen fin a La Grande Belleza: una película, sin duda, contenida en su título.
Dejo, para concluir, a cada cual la reflexión última sobre el final, sobre las últimas palabras que ponen fin a La Grande Belleza: una película, sin duda, contenida en su título.