viernes, 11 de julio de 2014

LA GRANDE BELLEZZA (Y II)

3. La ciudad y la búsqueda de la belleza

    Todos estos hombres y mujeres, seres humanos arrojados a la vida, algunos de ellos vencidos por ella, orbitan en el universo de Jep, quien, sumido en un inmovilismo creativo, consume sus días acostándose tarde, acudiendo a una fiesta tras otra, de copa en copa, recorriendo un camino que lamenta, pero que la desazón o la desgana o el desencanto le empujan a seguir. Sin embargo, el vacío de Jep es cada vez mayor: él anhela la belleza, y desea poder volver a expresarla en una segunda novela más profunda y trascendentemente de lo que lo hizo la primera vez, hace cuarenta años, y esa misma idea le paraliza mientras espera que su vida cambie, anhelo que se refleja en el techo de su habitación cada vez que despierta, donde él cree contemplar el mar como símbolo de lo bello e inaprensible.
    Porque la belleza evidente, la que se manifiesta en torno suyo en una ciudad como Roma, la belleza que contempla desde la privilegiada terraza de su casa, frente al Coliseo, es sólo un bello paño que oculta la depravación y la decadencia de una ciudad habitada por seres humanos desesperados, entre los que él se cuenta. Es ese el contrapunto que el espectador percibe en cada fotograma y que parece obsesionar a Jep: la capacidad del ser humano, imperfecto e inmoral, de crear lo más perfecto y hermoso. Sin embargo, igual que la belleza de Roma a veces paraliza al visitante, su tan alta y tan difícil determinación le paraliza a él del mismo modo. Todo ello hace que Jep sea un personaje que hechiza al espectador, pero al que no desearíamos parecernos: culto y elegante, Jep vive en un estado permanente de tristeza y desencanto que intenta aliviar con su serena sonrisa, o su tranquilo deambular por las calles de la ciudad cuando, de madrugada, vuelve a su casa consumido por el absurdo mientras ésta va desperezándose.

    4. El pasado, el futuro y el amor.

    A todo ello se une el recuerdo y un pasado que retorna de vez en cuando a su memoria, evocando los míticos días de la juventud, tal vez los días donde la belleza era palpable en los cuerpos y en las miradas, en el verano y en el azul del mar. El pasado se hace presente en la cinta para subrayar el paso del tiempo y éste está encarnado por otros personajes periféricos, como el amigo de Jep que aún, a su vejez, sigue regentando un local de alterne, donde Jep conoce la hija de éste, a quien intenta amar. Jep, como Don Juan, ama para justificar de algún modo su existencia absurda, pero lo hace con indiferencia, tornando su amor en algo sin sentido. Cuando Jep cree haber encontrado el verdadero amor, la vida de nuevo le condena a contemplar su existencia como un puñado de gestos que lo mantienen al borde de la desesperación. Y es en ese momento cuando un recuerdo de su juventud le ofrece la tabla sobre la que podrá alcanzar una orilla segura al final un viaje que cada uno de nosotros, los espectadores, hemos compartido con él y con los demás seres humanos que deambulan por el film que son nunca lo olvidemos, personajes de ficción que nos encarnan.
    Dejo, para concluir, a cada cual la reflexión última sobre el final, sobre las últimas palabras que ponen fin a La Grande Belleza: una película, sin duda, contenida en su título. 


DESDE MI BUTACA: LA GRANDE BELLEZZA (I)

LA GRANDE BELLEZZA (I)


Paolo Sorrentino, 2014. 


1. Belleza y la sensibilidad

    Existen dos conceptos relacionados con la belleza que conviene conocer: uno, el llamado Síndrome de Stendhal; otro, la hiperestesia. El primero, cuyos síntomas, entre otros, son mareos, ansiedad, sudoración y/o claustrofobia, se experimenta ante la contemplación de un exceso de belleza, generalmente ante la contemplación de obras de arte. La segunda está relacionada con el individuo y afecta a aquellas personas que están, para bien o para mal, dotadas de una extrema sensibilidad. 
    Jep Gambardella, el protagonista de La Grande Bellezza, hiperestésico y cínico, exquisito y vulgar, vicioso y refinado, tierno y cruel, infeliz y atormentado, es un personaje que atrapa al espectador desde el primer momento. Jep, dotado de una extrema sensibilidad, se ha dejado arrastrar por la mundanidad -"yo aspiraba a ser el rey de los mundanos", afirma en la película- y a postergado su búsqueda de lo bello a través del lenguaje, de la literatura, búsqueda que había comenzado cuarenta años atrás con una primera novela, para entregarse al exceso y la superficialidad de la noche romana y la fauna que la habita, convirtiéndose en un ser al borde de la desesperación, que oculta bajo unas maneras impecables y una tranquilidad mistificadora, pues en su interior se siente vacío.

2. El escenario y sus personajes

    La gran belleza es, sin lugar a dudas, una obra maestra del cine. En ella contemplamos una Roma distinta, alejada de esa Roma de guía turística con la que a menudo se la identifica, si bien Roma es, para la mayoría, una gran desconocida fuera del Coliseo y de la Via dei Fori Imperiali, del Vaticano o la Fontana de Trevie, Porque Roma podría en la cinta de Sorrentino, además de un escenario excesivamente bello para los que padecen el síndrome o los hiperestésicos, cualquier lugar del mundo, analizando a los seres que la habitan.  
    Sorrentino parte de una idea genial que da a su cinta una pátina excepcional, y juega con ello: superponer sobre un escenario único e hipnótico una galería de personajes que van de lo tierno a lo patético, como el propio Jep, quien, pese a sus fallas, es uno de los personajes más dignos de la historia, junto con su pequeña amiga, la directora de la revista para la que él escribe, una enana de gran estatura humana, o Romano, su mejor amigo, un poeta frustrado, casado con una mujer mundana que lo desprecia, una mediocre aspirante a artista, también herido por la belleza y la sensibilidad, un hombre decepcionado: "Roma me ha decepcionado", dice Romano, porque Roma es, en sí misma, una metáfora de la vida. 
   La película es una sucesión de escenas que nos muestran a gentes que ejemplifican tipos bien identificables de la sociedad, al modo que en la Roma republicana hiciera el comediógrafo Plauto: la otrora estrella en su ocaso más patético, la mujer madura, madre y trabajadora de éxito, orgullosa de haberse hecho a sí misma vendiendo, eso sí, su dignidad; el hombre entrado en años atormentado porque, al fallecer su esposa, descubre que no le amaba; el joven artista acomodado entregado a la fútil tarea de fotografiar su rostro cada día de su vida y exponer éstas en las galerías de su magnífica finca; el cura engreído y cretino, más pendiente de atraer las miradas que de salvar almas, que contrasta con la centenaria religiosa que come raíces y cuida moribundos; la artista de performances conceptuales que oculta un patetismo digno de lástima, los ricos ociosos y superficiales, los dipsómanos, los dementes, los engreídos, los amargados, gente casi toda ella con la vida devastada porque ésta, sin más, les ha superado a causa de su estupidez, o su orgullo, o su avaricia, o su desencanto con la humanidad: esta es la galería de personajes, absolutamente tangibles, que mantienen al espectador en un constante estado de estupor.


viernes, 4 de julio de 2014



LOST IN TRANSLATION (2003)

     Cuando vi esta película que comentaremos a continuación por primera vez, no pensé en seguida en el significado de su título. Sí me resultó llamativo que no se hubiera traducido el título, como habitualmente se hace en España -aunque es más habitual que el título en español nada tenga que ver con el título original-, y no apareciera en la versión española como "perdido en la traducción", en su versión literal, título que tampoco tiene mucho significado. Por otra parte,  me resulta curioso el título en Hispanoamérica: Perdidos en Tokio, un título que pretende retener el participio original y que refleja el escenario, y tal vez la situación de los protagonistas, quienes en realidad no están perdidos en Tokio, sino en la vida. Lo cierto que es podría indagar sobre su significado y relación con la película, pero prefiero teorizar a la luz de los hechos argumentales, que es en definitiva lo que debe hacerse con el arte en general, a saber, que cada cual le encuentre a la obra artística su propio sentido. 
    Lost in Translation es una película de Sofía Coppola, posterior a otra famosa película suya, Las vírgenes suicidas, ésta no de mi gusto. Sin embargo, considero este film una obra maestra del cine, por muchos motivos: la historia, la fotografía, la visión de la gran ciudad nipona, la caracterización psicológica de sus -pocos- personajes, y los pequeños matices que siempre invitan a la reflexión sobre el sentido -o la falta del mismo- de todo cuanto hacemos.
    El planteamiento de la historia es sencillo: Frank (Bill Murray) es un actor de teatro maduro y crepuscular que viaja a Tokio a rodar un anuncio sobre un Whisky local. Durante el mismo, tiene que soportar largas sesiones rodando la misma escena y repitiendo la misma frase cientos de veces a las órdenes de excéntricos artistas nipones que gesticulan mucho y hablan atropelladamente, como si estuvieran constantemente disgustados con todo. Frank se siente un extraño no sólo en aquella ciudad e inmmerso en aquella cultura, sino también en la piel de un hombre que se siente acabado y que ha concluído, a su pesar, su carrera profesional rodando absurdos spots televisivos.
    Por otra parte está la joven Charlotte (Scarlet Johansson), recién casada con un fotógrafo que no para de trabajar, siempre ausente, la cual dedica su tiempo en soledad a escuchar cintas de audio de autoayuda y a pasar largo tiempo sentada junto a la ventana observando la superpoblada ciudad de Tokio, llena de rascacielos y coches, ofreciéndonos unas impactantes escenas de una de las ciudades más ruidosas del mundo vista a través del cristal en unas escenas donde el silencio lo acapara todo. Una bella metáfora que subraya esa sensación de soledad que a veces nos atenaza en lugares llenos de gente.
    Ambos personajes comparten el mismo lugar donde escaparse de su hastío : el bar del hotel donde los dos se alojan, y donde entablan sus primeras conversaciones. Comienza entonces una relación de amistad entre ambos: él encarna el maduro descreído, sumido en el aburrimiento de una vida que no es más que un puñado de gestos repetidos, en la laxitud del hombre casado y con hijos que ha hecho de su existencia una rutina que lo han convertido en un ser sin expectativas, un "soldado en la batalla perdida de la vida", en palabras de Jaime Gil de Biedma. Frank, pese al aburrimiento, revela en sus gestos, en su forma de hablar, un deseo de transcendencia que él trata con ironía y con la calma que aportan los años y el escepticismo. Pero esa sensación de vacuidad y hartazgo le acompañanan constantemente, y su descenso (o precipitación) hacia el absurdo se acentúa en ciertos momentos cuando Frank conversa por teléfono con su esposa, que está cambiando la moqueta del despacho de la casa, y quien le envía a Tokio un muestrario de colores para que él decida. Es durante estas escenas cuando el espectador toma conciencia de la estupidez de algunos de nuestros gestos, de lo absurdo de nuestro comportamiento cuando nuestros actos se llevan a un contexto diferente, de lo alejados, en fín, como estamos de lo realmente importante. 
    Por su parte, a Charlotte le consume el tedio, y en esa escena en que toma unas copas con su marido y unos amigos de éste, nos percatamos por la conversación que mantienen de la estulticia de quienes le rodean y la superficialidad de sus vidas, su marido incluído. todo esto hace que Charlotte encuentre en Frank una persona interesante y la experiencia de descubrirlo se le antoja algo apasionante que la atrapa, y a ello se agarra para salvar su alma como un naúfrago a su almadía. 
    En la parte central de la película Sofía Coppola recurre a la hermosa metáfora del viaje (el viaje como metáfora es una constante en la literatura, donde los personajes "viajan" hacia un estado superior de conciencia sobre sí mismos y el mundo que les rodea, cambiándolos irremisiblemente). En Lost in Translation los personajes se adentran en la noche de Tokio yendo de garito en garito y de fiesta en fiesta, recorriendo juntos un camino que les aleja del tedio y de sus vidas sin sentido hacía una felicidad efímera pero verdadera: Frank vuelve a frecuentar la noche y su contacto con la juventud nipona y la sus actividades le despiertan de ese sueño en el que había estado sumido durante los últimos años; Charlotte se divierte con un hombre maduro y surge con respecto a él un sentimiento que ella no es capaz de comprender, pero que sabe que no es una simple  amistad. A la vuelta de su viaje nocturno la suerte está ya echada y a la mañana siguiente, como Agamenón cuando ha decidir si sacrificará a su hija para poder partir hacia Troya, se han ceñido el arné del conflicto emocional, pues el espectador intuye que el amor ha surgido entre ellos. 
    Frank debe volver a su moqueta y su famila; Charlotte debe regresar a su prisión de lujo, lugares ambos que ellos saben que les harán infelices. Pero el paso que hay dar es, tal vez, excesivo, porque supondría un salto al vacío cuyas consecuencias ambos calculan de antemano. Pero, ¿qué conscuencias son esas?; ella renunciar a una vida que acaba de escoger, tal vez de forma equivocada; él, de romper una familia con todo lo que ello conlleva. Y la pregunta que el espectador se hace es, ¿por qué no se atreven?; ambos han vuelvo a tocar la felicidad y a descubrir que sus vidas no son lo que desean, pero, aún así, deciden, en la última escena de la película, cuando Frank debe tomar el taxi hacia el aeropuerto o despedirlo para quedarse, no hacerlo. 
    Yo creo que Sofía Coppola deja que el espectador sea quien reflexione sobre lo acertado o lo equivocado de su decisión, pues el conflicto es lo que nos pone a prueba,m y cada cual reacciona ante él de una manera diferente. Y puesto que es lo que la directora, a mi parecer, desea, exponemos aquí nuestras conclusiones. 


    Quienes traducimos habitualente por placer o por obligación conocemos el proverbio italiano "traduttore, traditore", es decir, "traductor, traidor", proverbio que hace referencia a la imposibilidad de expresar exactamente en una lengua lo que se ha expresado en otra. En otras palabras, traducir -una novela, un poema, una frase, un proverbio, etc, etc- de una lengua a otra es, en cierta medida, traicionar el texto original, pues algo se pierde siempre en la traducción (del latín, traducere: "pasar de un lado a otro, trasladar"). Lost in translation, creo, hacer referencia a esto, pero extrapolado a las relaciones humanas: Frank es consciente de que su vida es tediosa y rutinaria, y ello le llevará a la infelicidad, a vivir una vida sin emociones, sin retos, una vida anodina. Pero es consciente que dar el paso de amar a Charlotte es asomarse al abismo, y, por cobardía, laxitud y conformismo prefiere lo primero a lo segundo, porque la pérdida es inevitable (hogar, hijos, una conciencia tranquila, lo conocido) y, tal vez la certeza de que el amor se terminará también con Charlotte como se ha terminado con su esposa, y todo habrá sido en vano, lleven a Frank a entregarse a su destino, que es seguir con su maldita vida, y obviar el porvenir. La pérdida, en estos casos, es siempre inevitable; la cuestión es: el texto meta -que es como se llama técnicamente lo traducido- ¿es un texto que iguala o supera al texto original o es siempre un texto devaluado?. He ahí la cuestión: ¿traduttore, traditore?. Think about it.