LA GRANDE BELLEZZA (I)
Paolo Sorrentino, 2014.
1. Belleza y la sensibilidad
Existen dos conceptos relacionados con la belleza que conviene conocer: uno, el llamado Síndrome de Stendhal; otro, la hiperestesia. El primero, cuyos síntomas, entre otros, son mareos, ansiedad, sudoración y/o claustrofobia, se experimenta ante la contemplación de un exceso de belleza, generalmente ante la contemplación de obras de arte. La segunda está relacionada con el individuo y afecta a aquellas personas que están, para bien o para mal, dotadas de una extrema sensibilidad.
2. El escenario y sus personajes
La gran belleza es, sin lugar a dudas, una obra maestra del cine. En ella contemplamos una Roma distinta, alejada de esa Roma de guía turística con la que a menudo se la identifica, si bien Roma es, para la mayoría, una gran desconocida fuera del Coliseo y de la Via dei Fori Imperiali, del Vaticano o la Fontana de Trevie, Porque Roma podría en la cinta de Sorrentino, además de un escenario excesivamente bello para los que padecen el síndrome o los hiperestésicos, cualquier lugar del mundo, analizando a los seres que la habitan.
Sorrentino parte de una idea genial que da a su cinta una pátina excepcional, y juega con ello: superponer sobre un escenario único e hipnótico una galería de personajes que van de lo tierno a lo patético, como el propio Jep, quien, pese a sus fallas, es uno de los personajes más dignos de la historia, junto con su pequeña amiga, la directora de la revista para la que él escribe, una enana de gran estatura humana, o Romano, su mejor amigo, un poeta frustrado, casado con una mujer mundana que lo desprecia, una mediocre aspirante a artista, también herido por la belleza y la sensibilidad, un hombre decepcionado: "Roma me ha decepcionado", dice Romano, porque Roma es, en sí misma, una metáfora de la vida.
La película es una sucesión de escenas que nos muestran a gentes que ejemplifican tipos bien identificables de la sociedad, al modo que en la Roma republicana hiciera el comediógrafo Plauto: la otrora estrella en su ocaso más patético, la mujer madura, madre y trabajadora de éxito, orgullosa de haberse hecho a sí misma vendiendo, eso sí, su dignidad; el hombre entrado en años atormentado porque, al fallecer su esposa, descubre que no le amaba; el joven artista acomodado entregado a la fútil tarea de fotografiar su rostro cada día de su vida y exponer éstas en las galerías de su magnífica finca; el cura engreído y cretino, más pendiente de atraer las miradas que de salvar almas, que contrasta con la centenaria religiosa que come raíces y cuida moribundos; la artista de performances conceptuales que oculta un patetismo digno de lástima, los ricos ociosos y superficiales, los dipsómanos, los dementes, los engreídos, los amargados, gente casi toda ella con la vida devastada porque ésta, sin más, les ha superado a causa de su estupidez, o su orgullo, o su avaricia, o su desencanto con la humanidad: esta es la galería de personajes, absolutamente tangibles, que mantienen al espectador en un constante estado de estupor.
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