SUICIDARSE
Yo leí al gran escritor Césare Pavese por primera vez siendo estudiante
universitario, y mi encuentro con él fue fortuito. Me encontraba en una
librería ojeando libros –he llegado a leer de pie casi libros enteros porque no
tenía dinero para comprarlos, cuánto han cambiado las cosas- cuando cogí un
libro suyo recién publicado en español, El
diablo en las colinas (Il diavolo sulle colline), y leí en la contraportada
que se había suicidado en un hotel de Turín apenas dos meses después de obtener
el prestigioso premio Strega. Fue este detalle precisamente el que me impulsó a
comprar su libro.
Los suicidas son bastantes (afortunadamente no son abundantes), pero sólo los artistas poseen el discutible
honor de ser recordados, además de por su obra, por haberse marchado voluntariamente.
También se suicidaron otros escritores como Paul Celan, Yasunari Kawawata, su
discípulo Yukio Mishima (quien se hizo hacer el terrible “seppuku”), Stefan
Zwein, Hemingway, Jerzy Kosinski o
Virginia Woolf.
Uno se pregunta si lo que conduce al suicidio es la ausencia de esperanza
o la desesperación. Todos hemos podido sentir ambas cosas en algún momento,
pero nuestro instinto de supervivencia por fortuna es más fuerte, y el
conflicto entre abandonarse a la muerte o continuar a pesar del dolor suele resolverse a favor de
esto último. El suicidio, sea como fuere, no tiene nada de romántico. Ese gesto
que, para unos es propio de cobardes que no son capaces de afrontar el dolor
que les causa la existencia, para otros es propio de valientes porque para
morir de propia mano haría falta mucho valor, es un gesto desesperado de
quienes no ven otra salida a su sufrimiento. El suicidio, además, es poco aceptado y menos
entendido por la sociedad, y constituye una importante fuente de polémica
ético-religiosa.
Uno, al leer a los autores suicidas, rara vez percibe esa desesperación,
y, si lo hace, lo atribuye a la literatura. A Pavese le atormentaban su mala
suerte con las mujeres, que le consideraban aburrido, y la nociva memoria de su
infancia, que él había mitificado. En el fondo, los suicidas son personas que
llegan a la conclusión de que su vida es absurda y, por ello, no merece la pena
vivirla, despojándola de todo valor. Albert Camus, ese vitalista, escribió un
ensayo dedicado a este mal exclusivo del ser humano (los animales no se
suicidan), y encontró en Sísifo un modelo de quien tendría motivos para
realizar este acto infame o liberador, pero que no lo hizo.
Sísifo, ese héroe mitológico condenado por los dioses a empujar una roca
hasta la cima de la montaña y depositarla allí, para ver cómo volvía a caer a
los pies de la misma, volver a bajar, volver a empujar…y así hasta el infinito,
es la alegoría de lo absurdo y lo inútil. Los escritores suicidas más arriba
citados eran Sísifos que empujaban, claro está, sus propias rocas. Pero Camus imagina
a su Sísifo de otra manera, pues, a pesar de su castigo, tiene esperanza. Lo
imagina bajando la montaña feliz porque ha aceptado su destino, y, de este
modo, se ha adueñado de él, ha aceptado sus límites, y así es capaz de
modelarlos, porque hay mucho más en su existencia. Hay que, como piensa Camus,
“aguantar el absurdo, gozar la tierra y lo concreto, mantener una constante
rebeldía contra todo lo que nos empuje hacia la desesperación”.
Claro que teorizar es más fácil que vivir. Los acontecimientos más
recientes de los refugiados que huyen de una miseria que sus países les obligan
a vivir son ciertamente trágicos y dolorosos. Los medios de comunicación, no
sabemos si para bien o para mal, se ocupan de arrojar cadáveres a los salones
de nuestras casas para que reflexionemos. En estas personas, hombres, mujeres,
niños, vemos la desesperación del ser humano que podría llevarles a la
salvación o al suicidio. Lo paradójico es que su gesto, la huida desesperada,
es para ellos su esperanza de salvación, mientras que nosotros, privilegiados
habitantes del primer mundo, lo vemos como un suicidio. No es la vida, en
realidad, absurda: sólo nosotros la hacemos así.