jueves, 15 de diciembre de 2016

I WANT IT DARKER

YOU WANT IT DARKER

“…and we killed the flame”
“I turned my back on Devil,
I turned my back on the Angel too.
I was fighting with temptation, but I didn’t win”
“I’m leaving the table,
I’m out of the game”.

    Estos versos entresacados de algunas canciones del último –de su discografía y de su vida- trabajo musical de Leonard Cohen podrían ser buenas muestras de sus dos rasgos más característicos: por una parte, sobre todas las canciones planea, como una Erini griega, la sombra de la premonición. Por otra, y como consecuencia de lo anterior, se trata de una despedida, serena y comedida, emocionante y excesiva al mismo tiempo.
    Cuando recientemente Marianne Ihlen, su gran amor de juventud, se marchó de este mundo, Cohen escribió su carta, la carta que sabía que más temprano que tarde tendría que escribir, y en ella dejaba un mensaje diáfano: “Creo que te seguiré muy pronto”.
   En una primera escucha, You Want it Darker puede parecer un  disco sombrío y triste – la tristeza, más cercana en realidad a la melancolía que al lamento trágico, es una de las muchas señas de identidad de Cohen- , sin embargo, en sucesivas escuchas se va transformando en un trabajo brillante en su factura, luminoso en su mensaje, optimista a veces, resignado otras, mágico siempre.
   La sobriedad del álbum y el libreto, todo ello en blanco y negro, sugiere una abstracción, una declaración sutil de lo que en, al final del camino, uno se ha convertido habiendo simplificado todo hasta dejarlo en un venerable retrato envejecido y sereno sobre fondo negro, donde nada es relevante o revelador, salvo el hombre y su palabra, el ser y su música.
    Si bien es cierto que el exceso en lo referente al aspecto artístico nunca ha sido un rasgo definitorio de Cohen –tal vez sí en su manera de vivir- en I Want it Darker todo se ha tornado más íntimo: frugal y austero como un refectorio, solemne como una catedral, místico como un coro polifónico. Sus clásicas segundas voces, siempre femeninas, se han transfigurado en un puñado de ángeles que entonan cantos sobrenaturales, y todo queda en un hermoso gesto artístico, tanto como una pértiga magistral acariciando el cordaje de un Estradivarius.
   Cohen nos recuerda aquí que somos nosotros quienes aniquilamos ciertas llamas y nadie más –seguramente las que atañen al amor- y es sólo el tiempo quien se ocupa de aniquilar la nuestra. La de Cohen, al igual que la portada del disco, es una llama ahora débil, que deja sólo entrever las cosas en penumbra, que prescinde del entorno para centrarse en lo importante. Ésta es, en realidad, la verdadera impresión que deja en el alma I Want It Darker: un Cohen auténtico y crepuscular, reducido a pura materia sensorial, sin artificios, simple como un anillo, bello como una aurora, contundente y aleccionador como una pérdida, sereno y profundo, igual que un Salmo.

   Hay a quienes nunca les ha gustado Leonard Cohen. Hay quienes nunca lo han escuchado. A todo ellos les recomiendo la escucha serena de I want it Darker.

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