lunes, 23 de diciembre de 2019

CAJÓN DE ARTÍCULOS. HÉROES Y VILLANOS






HÉROES Y VILLANOS

   Una de las no demasiadas ideas obsesivas que uno, al ir atravesando inviernos, va teniendo es que nuestros hijos aprecien todo aquello que poseen y que es importante porque no todo el mundo tiene la suerte de poder conseguirlo. Y cuando hablo de nuestros hijos cuento entre ellos a nuestros alumnos, nosotros quienes, además de atravesar inviernos, atravesamos el fascinante y difícil universo de las aulas. Una de esas cosas de las que hablo es lo más preciado, nuestra propia vida.
   Escribo estas líneas en el Museo porque hoy me ha causado escalofrío una notica que he escuchado por la radio: en una ciudad del norte de España dos pescadores que faenaban bajo el temporal se vieron arrancados del barco por un golpe de mar, uno de ellos muriendo en las rocas, el otro, empujado hacia el mar embravecido, donde comenzó a luchar por salvar su vida sin grandes esperanzas dada la fuerza del oleaje, que le empujaba irremediablemente hacia el mismo destino que su compañero. Tres policías urbanos presencian la escena y, sin pensarlo, se lanzan a rescatar a aquel hombre, un frágil barco de papel a merced de la furia inquebrantable de las olas, ignorando estos valientes que ya no un hombre, sino cuatro comenzaban una nefasta cuenta atrás para luchar por su supervivencia.
   Tras escuchar la noticia en seguida me he preguntado qué hubiera hecho yo en su lugar. Bien podría afirmar que hubiera hecho lo mismo, pero no es cierto, porque solamente cuando la vida te pone en una situación así es cuando la decisión es tomada, decisión idéntica a la que los héroes de las tragedias griegas se enfrentaban –un conflicto a veces irresoluble que conlleva una decisión que casi siempre conduce a la desgracia porque se ha elegido mal-. En cualquier caso, hacerlo requiere un valor que no todo el mundo posee, que es el de pensar en el otro antes que en uno mismo, realizar actos humanos y humanitarios por puro altruismo. Los tres policías no lo pensaron y juntos se lanzaron a rescatar una vida humana sin tener en cuenta que podrían morir en el intento, probablemente dejando familias rotas por los estragos que suelen causar muertes acaecidas de manera tan dramática.
   Este hecho me ha llevado, además, a reflexionar sobre la naturaleza del heroísmo. Los héroes que hemos conocido en nuestra infancia por medio de los cómics, esos superhombres de estrafalario aspecto con súper trajes y súper poderes, son un fraude que nos hizo soñar durante años. Los verdaderos héroes están entre la multitud, y no tienen rostro ni nombre, ni un traje ceñido a sus músculos. La literatura y el cine –a veces éste es una extensión de aquélla- han hablado de ellos en muchas ocasiones reivindicando su figura. Frodo Baggins puede ser un ejemplo que todo el mundo puede identificar, protagonista de la saga  El señor de los anillos de J.J. Tolkien: un chico frágil y ordinario a quien, ni más ni menos, el destino le obliga a calzase un arnés casi imposible de llevar: salvar a los hombres del mal.
   El mundo está lleno de gente recta que, bien sea por pura responsabilidad, actúa correctamente –acciones que Kant denomina “imperativo hipotético”, esto es, acciones que persiguen un interés para quien las realiza, y por tanto, no son puras, porque sólo se hacen según el deber-, pero también está lleno de gente anónima que actúa según una ley moral superior: la de ayudar al prójimo sin pensar en uno mismo –acciones que Kant denomina “imperativo categórico”, es decir, actos del deber realizados por el deber en sí, que no persiguen un beneficio personal ni se realizan por temer un castigo como consecuencia de su incumplimiento. Y estos son los verdaderos héroes.
   Mi última reflexión nace de la comparación de los protagonistas de esta noticia que me ha empujado a escribir estas reflexiones con otros que salen a diario en nuestros medios de comunicación, que tienen rostro y nombre, y que, afirmando que se han puesto su súper traje para acabar con los problemas de la gente común que lucha por salir adelante, tan sólo son figuras disminuidas a su lado. Estos falsos salvadores son en realidad ruines y egoístas, les persigue la ley porque, lejos de dar ejemplo como rectores del estado, utilizan las instituciones del mismo para corromperse, o bien blanden una bandera totalitaria arguyendo unas ciertas señas de identidad totalmente inventadas, gente, en fin, que debería tomar ejemplo de otra gente como esos tres héroes anónimos, que arriesgaron lo más valioso que tenían, su propia vida, para rescatar a un hermano, y que estuvieron a punto de perderla. Porque si creemos en la justicia divina, o la justicia poética en el caso de que el lector sea agnóstico, un acto así debe tener siempre un final feliz, como este lo tuvo, aunque no siempre sucede así.
   

domingo, 13 de octubre de 2019

EL BÁLSAMO DE LA POESÍA. ESTANCIA DEL AIRE




ESTANCIA DEL AIRE, de Juan Alcaide Rubio.

 EL ALBATROS EN VUELO

   Jaime Gil de Biedma pensaba que el poema sólo cuando es leído alcanza significación, convirtiéndose en poesía. Estancia del aire es, por fin, poesía. Es más, recitados los poemas por el  propio poeta y por voces distintas a él, el poema no es ya solamente poesía: es un albatros que despliega sus magníficas alas.

   Paul Valery dijo que  “el autor, afortunadamente, no es nunca el hombre”. Sin embargo, él mismo se traicionó al escribir los 500 versos de El cementerio Marino, que no es más que la pura descripción onírica de su propia esencia humana. Nosotros oponemos a la sentencia de Valery la frase de Vicente Alexandre “el poeta es el hombre”, porque como nuestro poeta pensaba, todos los intentos de separarlos han sido siempre fallidos

   Hay que concebir la poesía de Juan Alcaide Rubio, sin más alardes de una erudición inútil y debatible, como el anhelo constante del poeta de comprender el mundo que le rodea, interpretar su pasado, buscando su papel en aquél como ser humano que acumula experiencias, que ama, sufre, respira, mira hacia el futuro,  que trata con los hombres de igual a igual o en desventaja, arrojado como está, como todos estamos, a un existencia tan fascinante como misteriosa, con la medida inapelable del tiempo a plazo, con la certeza del principio, el durante y el fin, y, sobre todo, desde la dimensión que el poeta ya ha adquirido, para mi determinante, como persona, como hijo, nieto y padre él mismo.

Escribió Q. Horacio F. En su Oda III:

“Exegi monumentum aere perennius: Non omnis moriar”: “He erigido un monumento más duradero que el bronce: no moriré del todo”


 Y este monumento vital que es Estancia del aire lo leerán sus hijos, cuando les llegue el momento de querer indagar en la persona de su padre, volcada en este poemario como testimonio lírico imperecedero de todas aquellas cosas que muchos quisimos conocer de nuestros propios padres, pero que no dejaron por escrito y se han perdido ya, “como lágrimas en la lluvia”. Dice Juan en Estancia del aire que “Los hombres fallecemos sin memoria”. Algunos, no del todo.

Estancia del aire reúne poemas que abarcan un periodo de tiempo de la vida del poeta que se extiende desde la treintena en ciernes hasta bien entrados los cuarenta, años decisivos para la vida de cualquier hombre en los que se abandona una etapa vital claramente determinante: aquella que llamamos juventud, para, de repente, abrazar la madurez, o lo que es igual, pasar de una etapa ausente de responsabilidades, intensa y rica en vivencias, a otra de obligaciones laborales y familiares que suele provocar una convulsión vital, tal vez más confusa que la misma adolescencia, por la carga existencial que suele conllevar, donde la constatación del paso del tiempo, la idea de la muerte. (“La llegada veraz de una mañana/ de Luz definitiva”) (Receso) y el desencanto comienzan a mostrar sus rostros.

   Por este motivo Juan Alcaide ha estructurado Estancia del aire en tres partes que él mismo considera tres poemarios independientes, pero que, sin embargo, son una continuidad natural ,cronológica y vivencialmente hablando, que aportan  a Estancia del aire una coherencia absoluta.

Cada una de estas partes está encabezada por una cita literaria escogida por el poeta que constituye una especie de orientación para el lector sobre la temática de los poemas que las frman.
Presiden la primera parte unas líneas de Marcel Proust: 


“Es trabajo perdido querer evocar nuestro pasado e inútiles todos los anhelos de nuestra inteligencia “. 


   Proust, como Valery, también se traicionó, pues escribio casi 5.000 páginas intentándolo, distribuidas en los siete  gruesos tomos de su A la recherche du temps perdu.


   Juan escoge esta cita porque se ajusta bien a la temática de los 6 poemas que forman esta primera parte, como el que la inaugura: Anagnorisis: la imposibilidad de evocar con exactitud el pasado, sino solo retazos de él.  El hombre no recuerda con exactitud al niño que fue, y el niño que observa a ese adulto desde el recuerdo tampoco lo reconoce, mediado el tiempo, resultando esa anagnórisis, ese reconocimiento “un reencuentro brusco que lastima” puesto que no sucede: hay una convulsión que confunde con la que los que tenemos cierta edad podemos identificarnos, y que se hace presente en el momento en el cual perdimos la juventud, ese tiempo en el qué Juan se pregunta


Quién cuidaba las cosas que no vimos: la tarde alegre de jazmines/la arena almagre de los pinos/las aguas que refrescan los parterres/el alma adormecida de los niños/, porque simplemente  era “ese tiempo raro, sin poesía”, sólo “música pagana/anegados y sucios ceniceros repletos de naufragios/nubes de humo que envuelven universos nocturnos” para dejar a un ser confundido, derrotado en la refriega contra el paso del tiempoy por el abandono de la infancia y la juventud, ese Paraíso perdido, como Francisco Brines denominaba a esta etapa vital.


    Los seis poemas evocan y certifican por lo tanto una pérdida irreparable: la de la juventud, pero también la ganancia del descubrimiento del tiempo como un bien valioso  (como sucede con todo lo que perdemos), ya que en aquel momento no estaba en el horizonte la idea de que éste se marchaba para no volver. Y Juan certifica la muerte de su juventud en un momento concreto:  “Cuando la algarabía enmudeció de pronto”.


   No obstante, al ir leyendo los poemas en el orden en que están dispuestos, el lector va percibiendo cómo la propia escritura, el mismo gesto de intentar evocar el pasado mitificado de la primera juventud, versificar esa experiencia juvenil, hace que ese pasado sin redimir quede libre a través del diálogo entre el yo del poeta y el recuerdo mismo, haciéndose ya permanente en la escritura.

 La segunda parte está encabezada por una cita de Juan Rulfo, de su novela Pedro Páramo.: dice así:

”No había aire. Tuve que sorber el mismo aire que salía de mi boca, deteniéndolo con las manos antes de que se fuera”.


     El poeta elige estas líneas como clave interpretativa de los esta vez siete poemas que la componen porque, dejada atrás la juventud y aterrizado de pleno en la vida de hombre responsable a quien las circunstancias personales pueden axfisiarle, necesita aire con urgencia. El poeta se ha aceptado como hombre expulsado de del paraíso juvenil considerándose, a su pesar, un ser humano ya maduro, y puede percibirse un sentimiento de extrañamiento que planea sobre casi todos los poemas, como si uno no se reconociera en quien se ha convertido, pues a pesar de la aceptación, aún pesa cierto cargamento de cuando se ha sido más joven del cual a uno le cuesta desprenderse, y que Juan recoge en la magistral imagen “Así estos días sin ti/ esa extraña desgana/y este peso vacío entre los brazos/carga muda y constante de tu ausencia (Ausencia). No es ni más ni menos que el momento de la consciencia de que la existencia iba en serio, y, como muy bien ilustra el poeta utrerano Valentín Navarro, uno comienza a darse cuenta de que “la vida cansa como un viaje largo/y existe el lado oscuro de la luna” (Fines y vocablos).


   Pese a ello, el poeta tiene anhelo de una tregua de paz para tomar aire, que allí, en su hogar, tiene su estancia, como confiesa en Receso, el poema que abre esta 2ª parte, y también el penúltimo, Fatum Amoenus, “Despojado, sin prisas, ni ruido, ni extravío”, palabras de un hombre que ha dejado los naufragios de los ceniceros y las nubes de humo de los antros, y que de alguna manera enlazan con la última parte de Estancia del aire.


   Inevitablemente, los temas desgranados en esta segunda parte tienen un eco de nihilismo contenido, el que causa la natural decepción de que casi nada ha resultado ser lo que uno planeaba, viéndose a sí mismo el poeta como una triste imagen, un “mustio solar de alambres herrumbrosos” (Herrumbres), aceptando que sus hijos aún pequeños aprendan de la vida a través de su propia experiencia al ir creciendo a pesar de que el poeta tenga un ímpetu de advertirles, (Futuro Elíptico), y empezando a aceptar ya ciertas pérdidas, como estos versos en retruécano del último poema, Reversos, no exento de cierta amarga ironía y con los que es fácil identificarse: “Nuestro tiempo sin tiempo de niños/es hoy tiempo de padres sin tiempo”



III


La última parte de Estancia del aire está encabezada por un precioso verso de JRJ que habla del futuro utilizando un presente y un pluscuamperfecto, y  que reza:


“Qué bello al ir a ser es haber sido”


   Cita también reveladora cuando uno termina de leer esta tercera parte que cierra el poema Silencio cálido. Recomiendo al lector que, tras leer los nueve breve poemas que la forman vuelva relea la cita, y entonces entenderá su significado pleno.


    Como en el mito de Pandora, al poeta, habiendo ya liberado todo su pasado en las otras dos partes (el haber sido), le resta una esperanza valiosa (el ir a ser): la de vivir aceptando el presente como un lugar ameno, y dejar de transitar los caminos de la memoria, que son sólo una quimera”. Mirar atrás es como mirar entre la niebla, título de poema que abre esta tercera parte (hermosísimo, de regusto machadiano en forma y léxico), pues, como antes decíamos, es difícil evocar el pasado “sin incurrir en alguna desviación engañosa o consecuentemente  equivoca”, como dice JM Caballero Bonald.


 Ahora el poeta se instala, como digo, en el presente y mira hacia el futuro que también promete pérdidas naturales, aceptadas ya de manera serena. El tono de esta parte es distinto y el lirismo se acrecienta, el lenguaje poético levanta más el vuelo, y se degustan palabras del terruño, telúricas, del campo y sus entornos, el pueblo y sus paisajes. Antiguos términos, como si el poeta socavara la esencia de todo lo sensible.


    La atención del poeta se detiene ya en las pequeñas cosas, en lo concreto, (que a esta edad son ya muy grandes) a saber: las estaciones del año y sus regalos (Azul de abril, El verano vuelve, Preliminar), los jardines, sus aromas y cromatismos durante el discurrir el día, su entorno natural. Y también, desde un lugar concreto: su hogar, esa (“casa nacida de la calle”), la estancia del aire que le permite respirar, tomar aliento, la estancia también de la luz que le permite ver cuánto de bello hay allí y enrededor: su pueblo, su castillo, las campanas de sus torres (No ha sido lo mismo ,Labores, Signos, Silencio cálido) o bien, por último, los momentos familiares y el poeta a medio camino entre los mayores, sus abuelos, y sobre todo sus hijos, pensando en Heráclito, (No ha sido lo mismo, Sentencia, Cuentos de la Alhambra ).


   Estancia del aire levanta sus alas, y el vuelo lírico recorre los cielos azules de nuestra existencia, donde tantos otros poetas dejaron sus estelas de pájaros. Miremos, pues, más al cielo.










lunes, 26 de agosto de 2019

CAJÓN DE ARTÍCULOS. UN NUEVO CABALLO DE TROYA







UN NUEVO CABALLO DE TROYA

Fco. Javier Martos


   Los antiguos griegos siempre tuvieron en su acervo cultural una serie de relatos –llamémoslos mitos, historias, o poemas- que no solamente narraban un suceso o acontecimiento histórico, más o menos transformado, sino que además ocultaba siempre un mensaje simbólico, arquetípico y atemporal. Uno de ellos es la historia del Caballo de Troya, que Odiseo/Ulises cuenta al rey de los Feacios en la Odisea, cuando, en su largo periplo de regreso a su patria Ítaca de la guerra troyana, naufraga y recala en las orillas de este lugar. El astuto Odiseo, después de diez años de infructuoso asedio por parte de los griegos a la ciudad de Asia Menor, idea la estratagema: con los restos de varias naves construyen los griegos un enorme caballo con ruedas que empujan hasta la puerta principal de Troya, y luego el contingente entero se retira de las tierras troyanas, admitiendo su derrota.
    El caballo gigante es una ofrenda griega que simboliza la rendición, y dejan allí como regalo. El error de los troyanos es meterlo en la ciudad, mientras contemplan la huída de los ejércitos griegos en el mar, ignorando que, en sus tripas, se ocultan soldados helenos bien armados, quienes, asegurándose bien entrada la noche de que los troyanos han caído borrachos durante las fiestas de celebración de su liberación del asedio, surgen del caballo y arrasan la ciudad con fuego, conquistándola.
   Este relato no es un simple episodio de la guerra troyana: simboliza de una forma genial los peligros que acechan detrás de una apariencia amable, la amenaza que se oculta en el vientre de la normalidad.
   Es una constante histórica, tomando el caballo troyano como símbolo, el hecho de que los grandes acontecimientos históricos, los grandes cambios sociales, las grandes revoluciones culturales, se comprenden mejor contempladas desde la distancia del tiempo transcurrido. En el momento cuando éstos se producen la sociedad en general suele ignorar o no saber interpretar qué factores, qué causas son las que hacen que las grandes revoluciones  socioculturales de las que no sólo es testigo pasivo, sino también actor, los motivan. En realidad somos ligeramente conscientes de que algo está cambiando, pero no acertamos a concretar el qué y el cómo.
   Las nuevas generaciones que ahora están viviendo su pre-adolescencia o su incipiente adolescencia ignoran la influencia que los grandes cambios sociales de la última década están ejerciendo sobre su personalidad, su psicología y sus relaciones socioculturales en esta etapa biológica tan decisiva y, por tanto, no tienen la posibilidad de ejercer un control consciente sobre aquéllos que moldee su propio desarrollo personal de una forma adecuada, ni siquiera poseen las herramientas que les permitan saber cuál es su lugar y su papel en la sociedad, problema de importancia capital.
   La mayor parte de nosotros piensa, en primera instancia, que uno de los muchos factores de ese cambio son definitivamente las nuevas tecnologías y su relación con las redes sociales en las cuales está implicada la mayor parte de la población hasta el punto de que hoy, lejos de lo que podríamos imaginar, se consideran alienados o excluidos a aquellos que no están inmersos en ellas, sin darse cuenta de que la alienación, como un nuevo caballo de Troya, se ha introducido en nuestro entramado social con la apariencia de un bien, en lugar de lo que realmente es: una amenaza para el desarrollo saludable y en libertad de cada persona. No obstante, como antes he apuntado, no creo que éste sea el factor principal, aunque decisivo, para la configuración de esta sociedad nuestra, cada vez más compleja y extraña al propio ser humano, o, más exactamente, a la propia humanidad de nuestra especie.
   Creo que lo que sucede y de lo que no muchos son conscientes es que la sociedad de hoy ha destruido, mediante la fuerza de las redes sociales, las nuevas tecnologías, la enfermiza sociedad de consumo, la falta de formación y de cultura, la ausencia de certezas y la permisividad de padres con respecto a hijos, colegios con respecto a estudiantes, las diferencias naturales no sólo sociales, sino también las puramente biológicas. Es decir, lo que afecta a nuestros pre-adolescentes y adolescentes/jóvenes es que, si bien biológicamente son llamados así y físicamente todavía se incluyen en esa etapa evolutiva, se han equiparado al resto de la población, la cual también, a pesar de seguir entrando dentro de las denominaciones generacionales tradicionales de adulto, maduro o mayor –antes anciano- , ha perdido la pertenencia concreta a unos de estos grupos independientemente de su edad cronológica. Los niños, los adolescentes, los jóvenes, las personas adultas y los mayores formamos parte de una única masa social no diferenciada por generaciones, y por ello, definitivamente alienada.
   Esta teoría, atemorizante en su planteamiento, habría que tenerla en cuenta y reflexionar sobre ello. Pongamos algunos ejemplos puramente empíricos que suponen alteraciones dramáticas de la naturaleza humana y de las que la sociedad, bajo la apariencia de una sombra silenciosa y subrepticia, ha ido aceptando paulatinamente, inconsciente de sus consecuencias. Señalemos cuatro fundamentales.
   En primer lugar, pienso que no se ajusta a la normalidad que niños de doce años en adelante compartan tantas características comunes con sus padres y con sus abuelos si pertenecen a grupos biológicos tan distintos, pues todos usan las mismas tecnologías (tabletas, móviles) y de la misma manera, compulsiva y enfermizamente, tan sin control sobre ellas.
   En segundo lugar subrayaría el consumo de series (televisivas o en línea) que incluso en ocasiones ven juntos o a la vez hijos-padres-abuelos, cuando tales series no son ni por su contenido, ni por su lenguaje o temática, ni por la cantidad de tiempo que requiere seguirlas, adecuadas para ellos, pues no existe un autocontrol consciente para saber cuándo se siguen de forma sostenible y cuando se han convertido en una adicción que influye sobre los horarios y las relaciones interpersonales.
   En tercer lugar la presión social también ha igualado a los diferentes grupos de personas en la forma de consumir. El hecho de que los adolescentes y los jóvenes puedan acceder con la misma facilidad a artículos que antes sólo podían adquirir aquellos con un puesto de trabajo, artículos que antes eran objetos de clase o de alto poder adquisitivo estén ahora al alcance de ellos ha conllevado que las generaciones actuales sean las generaciones de la opulencia, poseedoras de bienes materiales en exceso, y que, lo que es más preocupante, dado su fácil acceso a ellos, bien sea porque sus padres se los proporcionen,  bien porque puedan adquirirlos por sí mismos, no valoren lo que tienen y se crean merecedores de todo cuanto puedan desear.
   Esto último tiene como consecuencia que haya surgido una generación en gran parte de jóvenes despóticos e irrespetuosos, acostumbrados a recibir y ser servidos, pero ajenos a dar y a ser solidarios.
   La última, para concluir, es, ahora sí, la dependencia de las tecnologías. Muchos jóvenes de estas generaciones, bajo la falaz afirmación de que son generaciones nativas-tecnológicas, han abandonado al lectura de libros en el momento que han adquirido su teléfono móvil o su tableta, inconscientemente empujados a experimentar una montaña rusa de emociones proporcionadas por las redes sociales de forma incontrolada, adictivas en su mayor parte, y a convertirse en personas expuestas a aprender de una realidad deformada, huraños, maleducados y agresivos con su entorno si éste no les permite utilizar sus dispositivos.
   Opiniones como la que se acaban de verter aquí no son muchas veces tomadas en serio o son consideradas catastrofistas. No creo que sea este el tono adoptado El caballo de Troya –dicen- puede estar en todas partes (el ocio de los adultos, el alcohol y otras dependencias de quienes se supone son personas maduras). Es cierto. Pero aquí las personas ejercemos nuestra libertad de empujar al caballo dentro o mantenerlo tras la muralla.
   Lo que pienso es que hemos caído en una laxitud que la sociedad de bienestar que nuestros estados liberales ha fomentado y que necesita una revisión,  pues participamos de o simplemente obviamos el desmoronamiento de las libertades humanas y los valores del ser humano como especie social, libertades que se forjan con la experiencia de vivir , según la edad, una realidad que se aprende progresivamente según el momento vital del individuo con una educación moderna.
   Invito, pues, a reflexionar, sobre lo que el liberalismo del que somos herederos en las sociedades postmodernas defendía, y ahora se ha diluido: el conflicto de lo moral y lo material no puede ser eliminado de la sociedad, pero sí puede ser contenido y encarrilado, porque, a día de hoy, todos somos depositarios de unos valores que ahora periclitan bajo la sombra de la normalidad.

domingo, 4 de agosto de 2019

CAJÓN DE ARTÍCULOS. DE EFIMERIS




DE EFIMERIS

     

    Este Museo de Alejandría, que constituye mi refugio personal, es el lugar donde puedo madurar mis reflexiones y dar rienda suelta a mis inquietudes intelectuales y literarias, un remedo virtual de un lugar físico que existió hace mucho tiempo: el Museion, o santuario dedicado a las musas, edificio que formaba parte del complejo de la biblioteca de Alejandría como lugar de inspiración filosófica y artística, también científica, un lugar de sabiduría en definitiva, como la Academia de Platón, el Liceo de Aristóteles o el jardín de Epicuro.
   Este museo, digo, lo frecuento yo, y no muchas personas más. Pero eso no es lo importante. Aquí está y sus puertas siempre permanecen abiertas. En la biblioteca del Museion se almacenaron, copiaron, y estudiaron miles de obras escritas y los sabios que trabajaron tanto en ella como en el Museion realizaron la crítica textual de miles de obras literarias, tratados de todo tipo, obras científicas, catálogos, léxicos y una larga lista de libros (biblia en griego), fijando su texto original, hasta el punto de que la Biblioteca de Alejandría constituyó el centro de saber más importante de la antigüedad. Su creación se atribuye a Ptolomeo I Soter, rey de Alejandría (s, IV-III a. C.) a instancias probablemente del erudito y escritor alejandrino Demetrio de Falero, consejero cultural de aquel. 
   La biblioteca, que contenía más de 54.000 volúmenes (rollos de papiro) Gracias al afán de Ptolomeo Filadelfo, hijo del anterior, de enriquecer sus fondos, desapareció un mal día de la faz de la tierra egipcia. Y no fueron los musulmanes, como muchos equivocadamente creen, quienes la destruyeron: fue el cretino de Cayo Julio Cesar, quien, durante la guerrra de Alejandría entre Cleopatra y su hermano Ptolomeo XIII, en el año 48 a.C., prendió fuego a las naves de aquel ancladas en el puerto, como narró él mismo en su Bellum Alexandrinum. Lo que no contó, y si hicieron otros (Lucano, Seneca, Plutarco, Aulo Gelio o Amiano Marcelino) es que las llamas alcanzaron la biblioteca, que estaba cerca del puerto, destruyéndola con todo su contenido. Cesar, mujeriego irredento, que se metió en una guerra en la que nada tenía que ver por causa de  la bella Cleopatra, se fumó la biblioteca de Alejandría. Los historiadores que dijeron la verdad que Cesar ocultó y escribieron durante el reinado de los Julio-Claudios, descencientes de Cesar, fueron ejecutados por orden de estos emperadores (emperadores-asesinos en su mayor parte; pero esto sería otra historia). 
    En la ciudad fundada por el Gran Alejandro había más bibliotecas, más pequeñas, y el propio Museion tenía bastantes libros. Pero la pérdida de la Gran Biblioteca fue irreparable. Miles de obras se perdieron para siempre “como lágrimas en la lluvia”. Sólo las copiadas por otras bibliotecas o por particulares se salvaron del fuego. No muchas. Nunca suficientes. 
    Esta breve crónica del Museion y su biblioteca tan sólo ejemplifica la capacidad destructiva del  ser humano, no sé si proporcionalmente mayor o menor a su capacidad creativa. Me refiero a cómo, a lo largo de los siglos, la desaparición de muchas grandes obras realizadas por el ser human se ha debido a causa de sus propias manos, en mi opinión por ingnorancia y por crueldad, parafraseando al gran Chaves Nogales, quien acertadamente dice que tales fueron los motivos por los que los español se mataron unos a otros tan absurdamente en aquella nefasta guerra. 
  Se me antoja curioso comprobar que para los intelectuales, desde el renacimiento hasta el siglo XIX, la contemplación de ruinas de la antigüedad grecolatina les llevó a reflexionar sobre el paso del tiempo y la calidad de efímero de todo cuanto hacemos, de nosotros mismos también claro está, a la vez que a lanzar una mirada nostálgica a ese esplendoroso pasado, confrontándolo con el momento presente, momento que ellos consideraban decadente y opaco, triste y huero. Pero todos sabemos que eso ocurre siempre, que siempre nos lamentamos del presente abrazados a la idealizada certeza de que todo tiempo pasado fue mejor. Es cierto que hay muchas personas,  y yo mismo me incluyo entre ellas, que por no sabemos qué misteriosa tendencia de nuestro espíritu, nos gusta más mirar atrás e imaginar la imponente belleza de las ciudades antiguas, ahora en ruinas, de sus mármoles, sus armoniosos edificios, su impresionante monumentalidad, inevitablemente enfermos como estamos del síndrome de Stendhal. Sus gentes nos importan menos, ciertamente, ya polvo de siglos, sumidos en el olvido, gente como nosotros que ya transitaron por este mundo. Es en realidad cómo pudieron ser aquellos lugares lo que nos gusta imaginar,  como el Museion de la ciudad helenistica de Alejandría. Lo malo es cuando nos damos cuenta de lo que queda de aquello. Nada, prácticamente. Y a mí eso me causa dolor estético, sin olvidar las ruinas de nuestro mundo como es el sufrimiento de muchos seres humanos como nosotros. Pero yo estoy hablando ahora de arte y belleza. 
   
   Mariano José de Larra visitó la ciudad de Mérida en 1835, dos años antes de que se suicidara no sabemos bien por qué. En aquel año Mérida era ya un amasijo de piedras irreconocibles en su mayor parte. Así lo cuenta en dos artículos recogidos en un precioso librito de la colección Austral, Artículos de costumbres, que ha caído en mis manos estas vacaciones rescatado de un mercadillo de libros. Larra, por cierto, es un autor español al que todo buen lector debería visitar por la actualidad de sus juicios, escritos hace ya casi dos siglos. Nuestro autor queda impresionado por la huella Romana que se intuye en la cuidad, lamentándose de que los lugareños y los campesinos encuentran mármoles, piezas arquitectónicas, estatuas, lápidas funerarias y tesorillos romanos sin saber absolutamente nada de su valor histórico-artístico: “¡...mucho más antiguas!”- dice un lugareño que se ofrece a guiar a Larra- “¡mucho antes de los Romanos!”
    Larra habla de casas destruidas y de sus mosaicos rotos, de los acueductos, del anfiteatro, del templo de Diana, del circo, del que él aún vio algunos de sus accesos y parte del graderío y sus elementos arquitectónicos. Hoy el circo es sólo una explanada con nada más que la huella pétrea de su planta, y es mayor el despliegue informativo en el centro de interpretación del edificio aledaño a base de cartelas informativas, reconstrucciones infográficas, dibujos, fotografías, trípticos y maquetas que de lo que de este edificio queda físicamente, tan grande es la capacidad del ser humano de no dejar casi huella de nada cuando se emplea a fondo en ello, es decir, de transformar un espacio vacío en un edificio de colosales dimensiones, revestido de lujosos mármoles polícromos y magníficas estatuas, a volver a dejar otro espacio vacío nuevamente, de igual forma que Santa Eulalia fue transformada en Santa Olalla.
   Lo que no pudo ver Larra fue el teatro, por aquellas fechas aún no descubierto afortunadamente, soterrado hasta la cavea alta, esto es, el graderío superior. De este edificio, hasta su excavación en el siglo XX,  solo se veían siete muros dispuestos en semicírculo que los emeritenses llamaban las siete sillas, y que no eran sino los restos del ático del teatro. No puedo resistirme a transcribir el final de su segundo artículo sobre Mérida, muy al hilo de nuestras reflexiones:

“...proseguí mi viaje, lleno de aquella impresión sublime y melancólica que deja en el ánimo por largo espacio la contemplación filosófica de las grandezas humanas, y de la nada de que salieron, para volver a entrar en ella más tarde o más temprano”
 Mariano José de Larra. Antigüedades de Mérida. 1835

   Para ir concluyendo, me gustaría recordar que lo que hizo Larra ya lo habían hecho otros muchos viajeros empujados por la misma curiosidad arqueológica, por entonces una ciencia inexistente, llevados por un mero afán de conocer qué fue lo que ellos encontraron como ruina, y que intuyeron que tuvo que ser esplendoroso en el pasado, sobre todo las ciudades romanas despobladas y abandonadas que se utilizaron como cantera a las generaciones venideras que, por ignorancia y crueldad, arrasaron con un legado cultural único. Aquí en el sur podemos citar las ciudades de Munigua e Itálica en Sevilla, Baelo Claudia o Carteia, en Cádiz, por citar sólo algunos escasos ejemplos. 
   La ciudad de Itálica de Santiponce en particular es un caso doloroso porque tambien los seres humanos se ensañaron con ella durante siglos por las mismas citadas razones. Itálica fue mármol puro, con grandes edificios y lujosísimas mansiones, mosaicos de altísima calidad, dos edificios termales, un colosal complejo dedicado al culto imperial, un colosal anfiteatro y muchas más cosas que jamás sabremos. Los intelectuales que la visitaron al tener noticia de su existencia, desde Rodrigo Caro, Andrés Navagero, Francisco Bertaut en el siglo XVII, Esteban de Silhuete, Antonio Fernández Prieto o Enrique Flórez en el XVIII, hasta Fernando de Zevallos, Richard Ford, Antoine Delatour en el XIX, dejaron constancia por escrito de sus visitas. En ellos hay detallada crónica de viajeros, pero también reflexión filosófica sobre lo efímero, repitiéndose esa contraposición entre el pasado glorioso de la colonia, la laudatio, y la destrucción presente, la lamentatio, una manera “de exhumar aquella edad luminosa frente al tenebroso presente. (...) la toma de conciencia de la necesidad de un cambio radical en la concepcion del mundo, la vuelta a una forma de vida que había quedado sepultada durante siglos por esta ahora considerada inferior”, como afirma Jacobo Cortines en su introducción al libro Itálica Famosa (Diputación de Sevilla, 2010), libro donde he leído los testimonios de los autores arriba citados -y muchísimos otros- que visitaron las ruinas. 
   Si el lector de estas líneas ha tenido la generosidad de llegar hasta aquí, concluiré este breve viaje entre ruinas. Pienso que es, en realidad, vano el afán de muchos seres humanos en pasar por la vida sin vivirla de veras, enfrentados a otros, cultivando odios, practicando el revanchismo o simplemente lamentándose de todo cuanto no tiene o no le sucede sin valorar lo que tiene, ya le ha sucedido o le puede llegar a suceder. Yo siempre he creído que la vida es una sucesión de momentos gratos y momentos duros. Todos creemos tener problemas que no lo son tanto, pues los problemas verdaderos son aquellos relacionados con todo cuanto ponga en riesgo nuestra vida, lo único que poseemos, y que es la vida de los demás también, sobre todo la de nuestros seres queridos. Todo lo demás es afán vano e inútil. La contemplación filosófica del pasado puede ayudarnos a ser mejores y, por tanto, vivir mejor. 
   Albert Camus se rebeló contra el absurdo invitándonos a soportarlo, “a gozar de la tierra y lo concreto, mantener una constante rebeldía contra todo lo que nos empuje a la desesperacion”. Yo añadiría también mantener una constante fidelidad a la belleza y cultivar el amor por el prójimo, o lo que es lo mismo, tener el valor de practicar la generosidad siempre. 
   Ahora, en estos días en los que todos podemos gozar de unas vacaciones, sean cortas o largas, es momento de gozar de la tierra y lo concreto, sabiendo que todo es efímero, y que lo que realmente importa es apreciar lo que se tiene después de contemplar la ruina y la devastación. 
   Yo, para este fin, poseo este mi Mouseion, el Museo Alejandría, en el cual cualquiera puede entrar y leer rodeado de los bustos de los más ilustres filósofos y sabios de la antigüedad que lo presiden. Este santuario dedicado a las musas fue destruido por el emperador Teodosio, otro cretino como César, por muy cristiano que fuera, y todos cuantos se emplean a fondo en decretar destrucción, cuando ordenó demoler todos los templos paganos de la ciudad de Alejandría. 

  Pero yo lo he reconstruido.