viernes, 26 de abril de 2019

CAJÓN DE RELATOS





LETEO


Fco. Javier Martos


   De Don Jaime González se decían muchas cosas. Recordaban, después de haber pasado treinta y cinco años en las aulas, su entrega e implicación, su siempre presta disposición a adaptarse a los nuevos tiempos, a las nuevas tecnologías y metodologías, su implicación con sus estudiantes, su buena relación con el resto del claustro, su saber estar. Recordaban también el día de su despedida, su escueto discurso, la serenidad de su rostro, el ligero temblor de la mano que sostenía el papel del que leía y su comentario, más tarde en el cócktail, en petit comité, hecho a sus compañeros más cercanos de que ya no le gustaba hablar con las nuevas jóvenes incorporaciones al claustro porque en  una ocasión un joven profesor le había preguntado el significado de un término, común para él, que había dicho, o bien otra joven colega le había recriminado el uso de otro por sexista. Sabía que era hora de irse.
   Don Jaime, sentado a la mesa del salón, observaba la luz reciente del sol tenue que incidía en el ángulo, junto a la ventana, delante de una humeante taza de café, y miraba silencioso el cielo nítido y azul claro que anunciaba un hermoso día. Miraba esa primera luz extrañado y ligeramente poseído por un estupor poco familiar, pues no podía recordar si habían sido muchas las veces que, a esas horas tempranas, había contemplado algo tan hermoso y que le aportara una sensación cálida y confortable. No muchas. Incluso los días festivos o en sus periodos vacacionales, aunque se levantaba temprano, no recordaba haberse sentado allí a esa temprana hora y sorprender al sol colarse en su salón de esa forma tan furtiva y sorprendente. Esa era, a sus sesenta y siete años, la primera vez probablemente.
   Desde su marcha, su vida había transcurrido tranquila. Ningún trauma. Ninguna añoranza. Ni siquiera un ligero vértigo o confusión al pasar de la actividad frenética a la tranquilidad y el silencio. Le recordaban, sí. Su presencia amable, su elegancia en el vestir, tal vez algo pasada de moda que, sin embargo, los más jóvenes alababan e incluso imitaban. Su presencia perenne –Don Jaime nunca faltaba a su trabajo-, su cultura, su humor inteligente y sus apostillas, no exentas de una fina ironía, a algún comentario hecho por algún compañero durante un desayuno o un almuerzo. Le llenaba de satisfacción que le echaran de menos en estos momentos –escasos- en los que el claustro no estaba inmerso en sus labores diarias.
   A Don Jaime le gustaba pasear desde primera hora, tras tomar su café. Los martes de semanas alternas los paseos se prolongaban, pues ese día venía una asistenta a limpiar el piso y no le gustaba estar allí soportando el tedioso ruido del aspirador o los movimientos de la asistenta trajinando por la casa. Pensaba también que a la asistenta le estorbaba su presencia, después de tantos años trabajando allí a solas, presencia en verdad extraña a esas horas del día. Tampoco le gustaba nada que todas las ventanas del apartamento estuvieran abiertas dejando entrar el frío de la mañana, pues le daba la desagradable sensación de que la casa había sido tomada y se sentía incómodo.  Durante sus paseos, observaba con extrañeza a la gente apresurándose, sus atuendos, sus prisas, estampas en las que no había reparado antes y que sucedían de lunes a viernes cientos de veces. Ahora el tiempo transcurría despacio, o, tal vez, como él barruntaba, él mismo pasaba con lentitud a través del tiempo. Los miles de días de ruido insoportable que los estudiantes hacían, las frustraciones profesionales, los malos momentos, las burlas sufridas, los sinsabores de la profesión, esos amargos momentos de desaliento cuando tenía la sensación de no creer en lo que hacía, las numerosas horas –miles- dedicadas a su trabajo, o, finalmente, la certeza de que de los campos que él con esfuerzo cultivaría, serían otros quienes recogieran sus frutos, eran ahora tan sólo páginas borrosas de un grueso volumen de pasta dura y sobrecubierta de guáltex con su nombre estampado en letras doradas que no abriría jamás.
    A Don Jaime le gustaba, al volver de sus paseos, entrar en su despacho donde, dispuestos en estanterías altas y exactamente iguales, reposaban los cientos –tal vez mil o más- de libros que había ido acumulando a lo largo de su vida. Algunos de ellos no estaban leídos. Otros, muchos, releídos, anotados, señalados. Libros dispuestos unos junto a otros. Otros, apilados sobre o delante de ellos, en la balda, porque no había ya más espacio. Pasaba un buen rato mirando, de la misma forma que hacía en la salita por la mañana temprano mientras desayunaba, cómo el sol reciente iluminaba sus lomos, y giraba la vista alrededor de la habitación con grandes ventanales, sintiendo su confort y el olor a libros, la hermosa luz, esa familiar sensación de lugar puro y sereno, aislado del mundo, donde él se movía con comodidad. A veces sacaba uno y lo abría. A veces lo olía también. Luego se sentaba a la enorme mesa y, rodeado de libros también apilados a ambos extremos de la misma, dedicaba algunas horas a escribir. Más tarde se servía un vino en la cocina y, mirando a través de la ventana desde la octava planta en la que vivía,  contemplaba cómo la gente iba de un lugar a otro, los coches atrapados en atascos, las calles frenéticas, sintiéndose ajeno a todo ello, en su mundo de silencio y ritmo lento.
      A Don Jame le gustaba hacer ejercicios de memoria con frecuencia. Recitaba alguno de los pocos poemas que había conseguido aprenderse -uno de Catulo, uno de John Done, otro de Lord Byron, uno de Blas de Otero-, o bien trataba de traer a su mente los doce trabajos de Hércules y su significado, encontrando especial placer en el de la cierva del Cerineo, el trabajo que simbolizaba la perseveración. Trataba de recordar también los tres filósofos idealistas –Descartes, Kant y Hegel- y sus diferencias. Evocaba la lista de los autores anticuarios romanos del siglo II de la era –Luciano, Floro, Frontón, Festo, Aulo Gelio-, cómo se decía “pagarla con alguien” en inglés, según había leído en el relato de Scott Fitzgeral The baby party, los programas iconográficos de los frontones este y oeste del Partenón, definir la diartrosis de las esculturas clásicas o recordar los nombres de las distintas partes de una fragata Inglesa del siglo XVII desde la arboladura a las partes del casco en inglés según había leído en los libros de Patrick O’Brian.
   Una noche se desveló y no conseguía dormirse. Comenzó a rememorar. Nombres, autores, fechas, definiciones, acontecimientos, conceptos filosóficos, palabras griegas. Los satélites de Júpiter. Consiguió los más importantes: Io, Europa, Ganimedes, ……..Reconstruyó lentamente el argumento de la comedia Las Ranas, de Aristófanes. No le costó demasiado. Pero no recordó el nombre del actor que el Ateniense ridiculiza allí por cometer un lapsus mientras recitaba una parte del Orestes de Eurípides. Siempre lo había recordado –era una anécdota recurrente en sus conversaciones con amigos-.  Intentó después, desistiendo de recordar al griego, acordarse el nombre de pila de D.H. Lawrence. D.H. No conseguía recordar qué nombre había tras aquellas mayúsculas. Lo intentó un rato. ¿David…? H¿H?. Se levanto con lentitud. Se puso la bata y atravesó el frío pasillo hasta el despacho, aquél levemente iluminado por la luna. Encendió la pequeña lámpara del mueble contiguo a la mesa de trabajo y cogió el libro de D.H. Lawrence Complete short stories. Nada. Sólo D.H. Lawrence. David….H….repetía una y otra vez en su mente. Al fin encontró Lady Chatterly’s lover. David Herbert. Volvió a dejar el libro en su lugar, apagó la luz y volvió a la cama.
    A menudo, una o dos veces al mes, recibía la visita de un amigo o un antiguo compañero de trabajo. Charlaban y luego tomaban un vino. Pero lo habitual era su paseo, su visita al despacho a su regreso y un par de horas de escritura. Una mañana, sin saber por qué, se levantó con una idea fija en la cabeza: quería visitar alguna iglesia del centro a las que antes acudía, manual en mano, los sábados para aprender quién había sido el arquitecto, las fechas de construcción, los estilos de los retablos de las capillas y los nombres de éstas, los santos que allí aparecían, las escenas bíblicas del retablo mayor, cuadros, y curiosidades. Apuntaba meticulosamente en sus cuadernos –ya había completado seis, anotando información de todo tipo de cuanto leía sobre cualquier cosa- y volvía sobre ellos para recordar. Esa mañana salió de casa con uno de sus cuadernos y se dirigió a la primera iglesia que había visitado al principio de esta afición. Comenzó a cotejar apuntes con imágenes. Pudo recordar. Sin embargo había olvidado qué había detrás de algún nombre o un elemento arquitectónico que siempre había dominado. Recorrió la iglesia y sus capillas. Demasiada información. Era evidente que la edad no perdonaba y que estaba saturado de datos. Había que tomarse aquello con más tranquilidad. Decidió continuar con la costumbre del paseo. Cansado de observar a la gente y sus tribulaciones, se dedicaba a mirar las fachadas de los edificios. Se decía a sí mismo que era extraño el hecho de que una fachada tan hermosa no hubiera atraído su atención unas décadas atrás, cuando salía por el centro los fines de semana a tomar vinos con su mujer y sus amigos. Luego con sus hijos. Le maravillaba esa magnífica arquitectura. La ciudad, se decía, era verdaderamente bella.
   Una mañana, mientras esperaba que ese primer rayo de sol ocupara el ángulo habitual mientras tomaba su humeante café, se quedó pensativo porque no tenía decidido qué hacer. Aquello le extrañó. Mientras desayunaba, trajo a su mente los cinco libros de la Torah judía y sus contenidos. Lo dejó porque se levantó y se puso la chaqueta para salir. Dio su paseo habitual. Cuando regresó a casa se quitó la chaqueta y se dirigió a su habitación. Al pasar por delante del despacho observó que la luz bañaba las estanterías de la pared izquierda de la habitación. Se detuvo. Entró y, durante unos minutos se quedó mirando los libros. La bruñida luz del sol iluminaba sus irregulares lomos, y aquello le pareció bello. The heart of Darkness. Joseph Conrad. Ese libro le sonaba. Lo extrajo y lo abrió al azar. Leyó unas líneas. Lo que describía el autor era opresivo, desagradable. Duro. No le gustó. Devolvió el libro al estante. Tibulo. Elegías. Lo sacó. Leyó algunos versos de la primera elegía del libro primero en voz alta. Le parecieron hermosos. A él también le gustaba el campo. Lo devolvió también. Su mirada se detuvo ahora sobre los marcos del mueble bajo que había junto a la mesa de estudio. El sol los bañaba con todo su esplendor y el cristal reflejaba su fulgor. Su esposa. Sus dos hijos, sonrientes, le miraban. Luego recorrió la mirada por otros dos marcos más pequeños. No sabía quiénes eran. Eran dos niños pequeños. Pero no eran sus hijos, se repetía. Pensó que su esposa los habría puesto recientemente. Cuando llegara del trabajo le preguntaría. Se sentó al escritorio y pasó mucho tiempo mirando por la ventana, hacia el cielo azul intenso, sin detener su pensamiento en nada concreto. Tibulo. Sí. Y Propercio. Catulo, Virgilio, Ovidio. Poetas líricos romanos. Sonrió. Luego,  se levantó, se fue hacia  la cocina y se sirvió una generosa copa de vino.
  

   Mientras el taxista ayudaba a salir del coche a Don Jaime una joven salió por la otra puerta del vehículo. Tras pedirle al taxista que esperara, cogió al viejo profesor del brazo y lo acompañó hacia el portal. Se aseguró de que entrara y se marchó. Cuando abrió la puerta de su apartamento encontró a su mujer en casa. Ella lo abrazó y le besó dos veces. Luego se aseguró de que estaba bien y se sentaron. Don Jaime le preguntó por qué había llegado a casa ese día tan temprano, después de volver él de su paseo. La mujer de Don Jaime no entendía bien cómo su esposo no se daba cuenta de la hora que era. Ella, mientras almorzaba, había recibido la llamada del propietario de un bar del centro de la ciudad diciéndole que su esposo, a quien había identificado a través de la documentación que llevaba consigo y había podido averiguar su teléfono, llevaba toda la mañana sentado allí, en silencio, sin hacer nada, ni siquiera pedir un café. Aquello extrañó al camarero después de que Don Jaime hubiera transcurrido allí más de cinco horas. Le preguntaron dónde vivía y él respondió que no se encontraba bien. Entonces fue cuando decidieron intentar localizar a un familiar. Cuando la esposa de Don Jaime pidió que le enviaran a casa en taxi, fue porque, tras asegurarse de que podía andar y hablar, su domicilio estaba muy cerca de allí y ella iba de camino. En realidad no le alarmó que su esposo hubiera permanecido allí tanto tiempo. Pudo ser el cansancio. Pero cuando, tras su conversación en casa, comprobó que no sabía qué hora era, se preocupó. Entonces le preguntó por qué se había quedado en aquel bar sentado tanto tiempo. Don Jaime le respondió que fue porque no se acordaba del camino de vuelta a casa. Luego cayó en un largo silencio. Aquel día Don Jaime se olvidó también de tomar su copa de vino. 

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