LETEO
Fco. Javier Martos
De Don Jaime González se decían muchas
cosas. Recordaban, después de haber pasado treinta y cinco años en las aulas,
su entrega e implicación, su siempre presta disposición a adaptarse a los
nuevos tiempos, a las nuevas tecnologías y metodologías, su implicación con sus
estudiantes, su buena relación con el resto del claustro, su saber estar. Recordaban
también el día de su despedida, su escueto discurso, la serenidad de su rostro,
el ligero temblor de la mano que sostenía el papel del que leía y su
comentario, más tarde en el cócktail, en petit
comité, hecho a sus compañeros más cercanos de que ya no le gustaba hablar
con las nuevas jóvenes incorporaciones al claustro porque en una ocasión un joven profesor le había
preguntado el significado de un término, común para él, que había dicho, o bien
otra joven colega le había recriminado el uso de otro por sexista. Sabía que
era hora de irse.
Don Jaime, sentado a la mesa del salón,
observaba la luz reciente del sol tenue que incidía en el ángulo, junto a la
ventana, delante de una humeante taza de café, y miraba silencioso el cielo
nítido y azul claro que anunciaba un hermoso día. Miraba esa primera luz
extrañado y ligeramente poseído por un estupor poco familiar, pues no podía
recordar si habían sido muchas las veces que, a esas horas tempranas, había
contemplado algo tan hermoso y que le aportara una sensación cálida y
confortable. No muchas. Incluso los días festivos o en sus periodos
vacacionales, aunque se levantaba temprano, no recordaba haberse sentado allí a
esa temprana hora y sorprender al sol colarse en su salón de esa forma tan
furtiva y sorprendente. Esa era, a sus sesenta y siete años, la primera vez
probablemente.
Desde su marcha, su vida había transcurrido
tranquila. Ningún trauma. Ninguna añoranza. Ni siquiera un ligero vértigo o
confusión al pasar de la actividad frenética a la tranquilidad y el silencio.
Le recordaban, sí. Su presencia amable, su elegancia en el vestir, tal vez algo
pasada de moda que, sin embargo, los más jóvenes alababan e incluso imitaban.
Su presencia perenne –Don Jaime nunca faltaba a su trabajo-, su cultura, su
humor inteligente y sus apostillas, no exentas de una fina ironía, a algún
comentario hecho por algún compañero durante un desayuno o un almuerzo. Le llenaba
de satisfacción que le echaran de menos en estos momentos –escasos- en los que
el claustro no estaba inmerso en sus labores diarias.
A Don Jaime le gustaba pasear desde primera
hora, tras tomar su café. Los martes de semanas alternas los paseos se
prolongaban, pues ese día venía una asistenta a limpiar el piso y no le gustaba
estar allí soportando el tedioso ruido del aspirador o los movimientos de la
asistenta trajinando por la casa. Pensaba también que a la asistenta le
estorbaba su presencia, después de tantos años trabajando allí a solas,
presencia en verdad extraña a esas horas del día. Tampoco le gustaba nada que
todas las ventanas del apartamento estuvieran abiertas dejando entrar el frío
de la mañana, pues le daba la desagradable sensación de que la casa había sido
tomada y se sentía incómodo. Durante sus
paseos, observaba con extrañeza a la gente apresurándose, sus atuendos, sus
prisas, estampas en las que no había reparado antes y que sucedían de lunes a
viernes cientos de veces. Ahora el tiempo transcurría despacio, o, tal vez,
como él barruntaba, él mismo pasaba con lentitud a través del tiempo. Los miles
de días de ruido insoportable que los estudiantes hacían, las frustraciones
profesionales, los malos momentos, las burlas sufridas, los sinsabores de la
profesión, esos amargos momentos de desaliento cuando tenía la sensación de no
creer en lo que hacía, las numerosas horas –miles- dedicadas a su trabajo, o,
finalmente, la certeza de que de los campos que él con esfuerzo cultivaría, serían
otros quienes recogieran sus frutos, eran ahora tan sólo páginas borrosas de un
grueso volumen de pasta dura y sobrecubierta de guáltex con su nombre estampado en letras doradas que no abriría
jamás.
A Don Jaime le gustaba, al volver de sus
paseos, entrar en su despacho donde, dispuestos en estanterías altas y
exactamente iguales, reposaban los cientos –tal vez mil o más- de libros que
había ido acumulando a lo largo de su vida. Algunos de ellos no estaban leídos.
Otros, muchos, releídos, anotados, señalados. Libros dispuestos unos junto a
otros. Otros, apilados sobre o delante de ellos, en la balda, porque no había
ya más espacio. Pasaba un buen rato mirando, de la misma forma que hacía en la
salita por la mañana temprano mientras desayunaba, cómo el sol reciente
iluminaba sus lomos, y giraba la vista alrededor de la habitación con grandes
ventanales, sintiendo su confort y el olor a libros, la hermosa luz, esa
familiar sensación de lugar puro y sereno, aislado del mundo, donde él se movía
con comodidad. A veces sacaba uno y lo abría. A veces lo olía también. Luego se
sentaba a la enorme mesa y, rodeado de libros también apilados a ambos extremos
de la misma, dedicaba algunas horas a escribir. Más tarde se servía un vino en
la cocina y, mirando a través de la ventana desde la octava planta en la que
vivía, contemplaba cómo la gente iba de
un lugar a otro, los coches atrapados en atascos, las calles frenéticas,
sintiéndose ajeno a todo ello, en su mundo de silencio y ritmo lento.
A Don Jame le gustaba hacer ejercicios de
memoria con frecuencia. Recitaba alguno de los pocos poemas que había
conseguido aprenderse -uno de Catulo, uno de John Done, otro de Lord Byron, uno
de Blas de Otero-, o bien trataba de traer a su mente los doce trabajos de Hércules
y su significado, encontrando especial placer en el de la cierva del Cerineo,
el trabajo que simbolizaba la perseveración. Trataba de recordar también los
tres filósofos idealistas –Descartes, Kant y Hegel- y sus diferencias. Evocaba
la lista de los autores anticuarios romanos del siglo II de la era –Luciano,
Floro, Frontón, Festo, Aulo Gelio-, cómo se decía “pagarla con alguien” en
inglés, según había leído en el relato de Scott Fitzgeral The baby party, los programas iconográficos de los frontones este y
oeste del Partenón, definir la diartrosis de las esculturas clásicas o recordar
los nombres de las distintas partes de una fragata Inglesa del siglo XVII desde
la arboladura a las partes del casco en inglés según había leído en los libros
de Patrick O’Brian.
Una noche se desveló y no conseguía
dormirse. Comenzó a rememorar. Nombres, autores, fechas, definiciones,
acontecimientos, conceptos filosóficos, palabras griegas. Los satélites de
Júpiter. Consiguió los más importantes: Io, Europa, Ganimedes, ……..Reconstruyó
lentamente el argumento de la comedia Las
Ranas, de Aristófanes. No le costó demasiado. Pero no recordó el nombre del
actor que el Ateniense ridiculiza allí por cometer un lapsus mientras recitaba
una parte del Orestes de Eurípides. Siempre lo había recordado –era una
anécdota recurrente en sus conversaciones con amigos-. Intentó después, desistiendo de recordar al
griego, acordarse el nombre de pila de D.H. Lawrence. D.H. No conseguía
recordar qué nombre había tras aquellas mayúsculas. Lo intentó un rato.
¿David…? H¿H?. Se levanto con lentitud. Se puso la bata y atravesó el frío
pasillo hasta el despacho, aquél levemente iluminado por la luna. Encendió la
pequeña lámpara del mueble contiguo a la mesa de trabajo y cogió el libro de
D.H. Lawrence Complete short stories.
Nada. Sólo D.H. Lawrence. David….H….repetía una y otra vez en su mente. Al fin
encontró Lady Chatterly’s lover.
David Herbert. Volvió a dejar el libro en su lugar, apagó la luz y volvió a la
cama.
A menudo, una o dos veces al mes, recibía
la visita de un amigo o un antiguo compañero de trabajo. Charlaban y luego
tomaban un vino. Pero lo habitual era su paseo, su visita al despacho a su
regreso y un par de horas de escritura. Una mañana, sin saber por qué, se
levantó con una idea fija en la cabeza: quería visitar alguna iglesia del
centro a las que antes acudía, manual en mano, los sábados para aprender quién
había sido el arquitecto, las fechas de construcción, los estilos de los
retablos de las capillas y los nombres de éstas, los santos que allí aparecían,
las escenas bíblicas del retablo mayor, cuadros, y curiosidades. Apuntaba
meticulosamente en sus cuadernos –ya había completado seis, anotando
información de todo tipo de cuanto leía sobre cualquier cosa- y volvía sobre
ellos para recordar. Esa mañana salió de casa con uno de sus cuadernos y se
dirigió a la primera iglesia que había visitado al principio de esta afición.
Comenzó a cotejar apuntes con imágenes. Pudo recordar. Sin embargo había
olvidado qué había detrás de algún nombre o un elemento arquitectónico que
siempre había dominado. Recorrió la iglesia y sus capillas. Demasiada
información. Era evidente que la edad no perdonaba y que estaba saturado de
datos. Había que tomarse aquello con más tranquilidad. Decidió continuar con la
costumbre del paseo. Cansado de observar a la gente y sus tribulaciones, se
dedicaba a mirar las fachadas de los edificios. Se decía a sí mismo que era
extraño el hecho de que una fachada tan hermosa no hubiera atraído su atención
unas décadas atrás, cuando salía por el centro los fines de semana a tomar
vinos con su mujer y sus amigos. Luego con sus hijos. Le maravillaba esa
magnífica arquitectura. La ciudad, se decía, era verdaderamente bella.
Una mañana, mientras esperaba que ese primer
rayo de sol ocupara el ángulo habitual mientras tomaba su humeante café, se
quedó pensativo porque no tenía decidido qué hacer. Aquello le extrañó.
Mientras desayunaba, trajo a su mente los cinco libros de la Torah judía y sus
contenidos. Lo dejó porque se levantó y se puso la chaqueta para salir. Dio su
paseo habitual. Cuando regresó a casa se quitó la chaqueta y se dirigió a su
habitación. Al pasar por delante del despacho observó que la luz bañaba las
estanterías de la pared izquierda de la habitación. Se detuvo. Entró y, durante
unos minutos se quedó mirando los libros. La bruñida luz del sol iluminaba sus
irregulares lomos, y aquello le pareció bello. The heart of Darkness. Joseph Conrad. Ese libro le sonaba. Lo
extrajo y lo abrió al azar. Leyó unas líneas. Lo que describía el autor era
opresivo, desagradable. Duro. No le gustó. Devolvió el libro al estante.
Tibulo. Elegías. Lo sacó. Leyó
algunos versos de la primera elegía del libro primero en voz alta. Le
parecieron hermosos. A él también le gustaba el campo. Lo devolvió también. Su
mirada se detuvo ahora sobre los marcos del mueble bajo que había junto a la
mesa de estudio. El sol los bañaba con todo su esplendor y el cristal reflejaba
su fulgor. Su esposa. Sus dos hijos, sonrientes, le miraban. Luego recorrió la
mirada por otros dos marcos más pequeños. No sabía quiénes eran. Eran dos niños
pequeños. Pero no eran sus hijos, se repetía. Pensó que su esposa los habría
puesto recientemente. Cuando llegara del trabajo le preguntaría. Se sentó al
escritorio y pasó mucho tiempo mirando por la ventana, hacia el cielo azul
intenso, sin detener su pensamiento en nada concreto. Tibulo. Sí. Y Propercio.
Catulo, Virgilio, Ovidio. Poetas líricos romanos. Sonrió. Luego, se levantó, se fue hacia la cocina y se sirvió una generosa copa de
vino.
Mientras el taxista ayudaba a salir del
coche a Don Jaime una joven salió por la otra puerta del vehículo. Tras pedirle
al taxista que esperara, cogió al viejo profesor del brazo y lo acompañó hacia
el portal. Se aseguró de que entrara y se marchó. Cuando abrió la puerta de su
apartamento encontró a su mujer en casa. Ella lo abrazó y le besó dos veces.
Luego se aseguró de que estaba bien y se sentaron. Don Jaime le preguntó por
qué había llegado a casa ese día tan temprano, después de volver él de su
paseo. La mujer de Don Jaime no entendía bien cómo su esposo no se daba cuenta
de la hora que era. Ella, mientras almorzaba, había recibido la llamada del
propietario de un bar del centro de la ciudad diciéndole que su esposo, a quien
había identificado a través de la documentación que llevaba consigo y había
podido averiguar su teléfono, llevaba toda la mañana sentado allí, en silencio,
sin hacer nada, ni siquiera pedir un café. Aquello extrañó al camarero después
de que Don Jaime hubiera transcurrido allí más de cinco horas. Le preguntaron
dónde vivía y él respondió que no se encontraba bien. Entonces fue cuando
decidieron intentar localizar a un familiar. Cuando la esposa de Don Jaime
pidió que le enviaran a casa en taxi, fue porque, tras asegurarse de que podía
andar y hablar, su domicilio estaba muy cerca de allí y ella iba de camino. En
realidad no le alarmó que su esposo hubiera permanecido allí tanto tiempo. Pudo
ser el cansancio. Pero cuando, tras su conversación en casa, comprobó que no
sabía qué hora era, se preocupó. Entonces le preguntó por qué se había quedado
en aquel bar sentado tanto tiempo. Don Jaime le respondió que fue porque no se
acordaba del camino de vuelta a casa. Luego cayó en un largo silencio. Aquel
día Don Jaime se olvidó también de tomar su copa de vino.
No hay comentarios:
Publicar un comentario