ESTANCIA
DEL AIRE
Frank
J. Martos
Hay en la poética de Juan Alcaide Rubio un
crisol personal donde se aúnan casi a partes iguales tres elementos esenciales:
lo radical y telúrico, que surge del lugar donde se nace y se vive y conforma
el tronco natural de la existencia; la naturaleza enmarcada en un entorno rural
imaginario que se extiende más allá de lugar donde se habita, y el hogar como
Arcadia personal donde lo familiar simboliza la serenidad de lo conocido y la
perpetuación de los momentos del día
donde cobra sentido la existencia mediante la repetición de instantes
únicos que huyen con un día y renacen con el siguiente. Por último, un lenguaje
cuajado de términos del campo que aluden tanto a lo vegetal, lo primordial de
La Luz atrapada en el marco único del paisaje estático desde su atalaya,
palabras en desuso que cobran una vida nueva en sus versos y sugieren, de
nuevo, el amor por el enclave rural y sus reminiscencias- la campiña, las
cepas, la arena almagre, la herrumbre del alambre, el árbol como tótem, la
algazara de las campanas De la Torre- .
Estos tres elementos son en sus versos el
adobe que levanta los muros del recuerdo, y, con ellos, se reconstruye el lugar
único y desaparecido del pasado, conformando un material perfecto para la
reflexión sobre el el tiempo vivido y sus reminiscencias, así como un presente
que enlaza lo vivido y lo porvenir.
Todo poeta crea, como demiurgo que es ante el
papel en blanco donde han de nacer los hijos de la experiencia que son sus
poemas, sus propios mitos. En Juan Alcaide estos mitos personales aluden
siempre a la tierra, La Luz, la casa y a los dioses que habitan en sus muros,
como los antiguos romanos rendían culto a los dioses hogareños, los dioses
Manes, como los antepasados que perpetuaban la esencia familiar, que es en
realidad la esencia propia y la de nuestros descendientes. En su poesía, la
figura de la abuela, contadora de historias y símbolo de una juventud
transfigurada que el poeta proyecta como un eslabón que une su pasado con su condición
de hombre maduro que ve en su progenie una potencialidad de recuerdos donde el
poeta mismo tomará el relevo de esa figura única, se presenta como la
diosa-madre que posee el poder único de atar y conservar lo que más tememos: el
olvido de nuestras raíces primordiales.
La poesía de Juan Alcaide se sitúa, por lo
tanto, en un contexto donde las lindes son claras y concretas: su Arcadia
personal, su pueblo y sus estancias, y más concretamente su hogar construido
inconscientemente como refugio donde ha de recapitular e interpretar su vida, y además proyectar su existencia rodeado de claves simbólicas que den
sentido al oficio de vivir.
Las lindes son determinantes para el hombre.
Los poetas que recomponen su existencia y aluden a lugares donde esta
transcurrió los mitifican, porque ya no existen. Volver, regresar a esos
espacios es solo posible a través del recuerdo. Juan Alcaide ha conseguido
ubicar su experiencia en un único lugar desde donde sus recuerdos puedan viajar
y volver al mismo sitio para ser interpretados con las claves que ya ha
conseguido retener: La Luz, la naturaleza, la tierra primordial, el paisaje, le
remiten al pasado de un mismo lugar en un tiempo diferente, donde el poeta es
el único que ha cambiado, pero que puede dominar porque aún el lugar persiste.
En Estancia del aire - estancia
entendida como la presencia de éste en el lugar donde el poeta habita- hay escepticismo vital, desolador
nihilismo, es cierto, porque el transcurso de la vida nos lleva inevitablemente
por estos caminos que desembocan en esta confusión natural del hombre arrojado
al mundo y que ha de entender y asimilar sus quiebros y su inevitable final,
pero late también el vitalismo de un hombre maduro y sensible que percibe la
sutilidad de los gestos amables que la vida nos otorga, porque las estancias
del aire son amplias y en ellas se respira. Cada poeta, cada hombre ha de
asumir su paso por la existencia, y aunque todos los poetas han frecuentado los
caminos del recuerdo y su exégesis, falseado y transformado por el tiempo, en la
poesía de Juan Alcaide se atrapan momentos únicos que se perpetúan. Si bien es
cierto, como el propio poeta asume al citar a Proust, que es trabajo perdido el
querer evocar nuestro pasado, siempre
Hay una insistente tendencia a hacerlo, y solo
por ese natural impulso, vale la pena intentarlo. Aunque el tiempo huye, nos
aleja de la niñez y la juventud, en las manos del poeta está al menos dejar un
recuerdo, aunque sea desvaído, de ello. Estancias del aire constituye una
demostración de lo que otros poetas han intentado y han conseguido a pesar de
la obstinación de la vida a condenar al hombre al abismo oscuro del olvido:
dejar un bello testimonio de de lo efímero, perpetuado.
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