sábado, 26 de diciembre de 2020

CAJÓN DE ARTÍCULOS. DE UTILITATE RERUM

 


DE UTILITATE RERUM

 Fco Javier Martos Cando

 

    “Sobre la utilidad de las cosas” no es el título de ningún tratado de la antigüedad romana, si bien podría perfectamente pasar por tal, sino una pregunta muy frecuente entre los adolescentes que acuden a diario a los centros educativos para formarse. El hecho de llevar muchos años en esta agridulce profesión me ha obligado, como supongo también a muchos de mis compañeros, a desarrollar un argumento sólido y convincente que pudiera satisfacer esa común curiosidad de los adolescentes con respecto a lo que estudian en el colegio o el instituto, sabiendo que ellos están convencidos de casi nada de lo que están cursando con (casi ningún) esfuerzo tiene utilidad para la vida.

 

   Al principio el maestro es reacio a explicar a sus alumnos por qué estudian lo que estudian. A medida que va adquiriendo experiencia y va madurando como persona, va creciendo en uno mismo la necesidad de responder esa fatídica pregunta. En mi caso particular ideé, inspirado en Platón, una alegoría que pudiera explicar de forma implícita la razón por qué deben estudiar lengua y literatura, lenguas clásicas, música o tecnología, por citar algunas de las asignaturas más damnificadas. Me refiero a la alegoría del muro: unas personas en pleno proceso de maduración emocional y cognitiva que son los adolescentes, lo que hacen durante esta etapa de su vida es construir un muro que perdure en el tiempo, pues sobre él habrán de apoyarse todas las experiencias personales que harán que una persona esté preparada para vivir en plenitud, y también para asumir su calidad de mortal. Porque la vida es en definitiva (naturalmente simplificando mucho) eso.

 

   Si de esos muros personales quitáramos o dejáramos de  poner todos aquellos ladrillos que los adolescentes consideran inútiles, lo que al final tendríamos es una pared débil, repleta de huecos que debilitan la cohesión de la misma y que, al menor embate, caerá sin posibilidad, tal vez, de reconstrucción. Pero esta alegoría ya no me sirve. Últimamente me he dado cuenta de que muchos no entienden el lenguaje figurado, las elipsis o los mensajes implícitos.

 

   Puesto que se trata de mi profesión y mi vocación, cada día me propongo encontrar respuestas que puedan ayudarme a seguir adelante en mi tarea de enseñar a pesar de las dificultades. He comprendido, por ejemplo, algo que muchos compañeros que andan detrás de nosotros siguiendo nuestro camino no han vislumbrado aún: no es cierto que los alumnos de bachillerato son más ignorantes que nosotros cuando teníamos su edad. Esa creencia es falaz y su concepción se debe a una falta de perspectiva que lleva a juzgar estas generaciones con más dureza de la que utilizamos para juzgar la nuestra. Ellos hacen ahora exactamente lo mismo que hicimos nosotros, y saben tal vez lo poco que sabíamos nosotros a su misma edad.

 

   Yo creo sinceramente que el problema es otro. Muchos de nosotros, los profesores, somos reacios a aceptar que simplemente nuestro alumnado se ha formado de una forma notablemente distinta a nosotros, por lo cual lo que se nos pide es que transformemos nuestra forma de enseñar, porque la forma de aprender de aquéllos es distinta. Y así lo hemos hecho muchos, a veces errando, otras acertando, pero en todas las ocasiones sintiendo un amargo regusto de fracaso. Y ello sucede porque la alegoría del muro no es que no la comprendan, sino que no les interesa.

 

   Nosotros, que utilizamos las redes sociales, sabemos cómo es la salud de la cultura de nuestros coetáneos. Pero poco sabemos de cómo funciona la forma de ver el mundo de los jóvenes que llenan nuestras aulas porque usan otras redes a las que deberíamos asomarnos. Tener adolescentes en casa ayuda a hacerlo. El mayor reto, desde mi punto de vista, de los profesores no es cambiar lo imposible, pues su mundo es ese, nos guste o no, y en él han nacido y crecen, y por muy nocivas que nos parezcan las vías por las que reciben y transmiten información, la música que escuchan o los libros que no leen y los que leen, ellos seguirán pensando, por una parte, que mucho de lo que aprenden no sirve para nada, y, por otro, continuarán sin entender ellos a su vez nuestro mundo de adultos quienes les recriminamos pasar horas y horas colgados del teléfono móvil.

 

   El mayor reto, como decía, es conseguir que vuelvan a tener curiosidad por lo que les ofrecemos en las aulas y, sobre todo, que se esfuercen, porque ellos, en su gran mayoría, no sabrían definir la palabra esfuerzo. Lo primero es difícil de conseguir –y soy muy escéptico con las revistas educativas donde se puede leer que tal o cual docente ha tenido una experiencia en el aula magnífica porque ha implementado una metodología innovadora etc., etc.,- pero no imposible: solo hay que incluirlos en el mundo en el que no parecen vivir, porque sabemos contra qué cosas competimos que les están alejando de la verdadera realidad, y conseguir el debate.

 

   Lo segundo es harina de otro costal. Y esta es la única crítica que quiero lanzar en este texto. Los adultos somos los responsables de que nuestros jóvenes no tengan que esforzarse por casi nada. ¿Cómo conseguir que valoren que el muro es esencial, que necesitan saber para ser críticos, que necesitan leer para comprender, que necesitan adquirir cultura para formar una personalidad sólida y convertirse tanto en Biotecnólogos como en Administrativos, porque todo ello les hará personas íntegras y justas que difícilmente caerán en las trampas de la vida?. Exigiéndoles esfuerzo.

 

   Cuando era adolescente salió el disco y el documental The Wall, de Pink Floyd. En él, con toda justicia, Roger Waters incitaba a los miles de alumnos de Inglaterra de su generación que habían sufrido una educación represora, heredera del período Victoriano, con este estribillo: “Tear down the Wall” (Derriba el muro). Ahora somos los profesores lo que debemos tirar los muros que nos separan de nuestros estudiantes y ayudarles a levantar otro sólido muro capaz de soportar tempestades como las que vivimos hoy, así como a indagar en la utilidad de las cosas.

 

martes, 11 de agosto de 2020

“UN ENTERRAMIENTO EN TEBAS”. REVISITANDO LA ANTÍGONA, DE SÓFOCLES.

 


“UN ENTERRAMIENTO EN TEBAS”. REVISITANDO LA ANTÍGONA, DE SÓFOCLES. 




     He terminado la lectura estos días de julio de la tragedia Antígona, de Sófocles (Atenas 496-406 a.C.), obra a la que he dedicado bastante tiempo de estudio y análisis tanto en el ámbito personal como en el docent como profesor de Cultura Clásica en el centro educativo donde intentamos, mis compañeros y uno mismo, preservar el valor didáctico de las humanidades. Esta relectura se ha debido a la circunstancia de que cayó en mis manos una versión en inglés -cuyo título he tomado prestado para esta reflexión, The Burial at Thebes. Sophocle’s Antigone- que tuve interés en leer. De nuevo, y a pesar de haber frecuentado esta obra varias veces y de haber presenciado no pocos montajes teatrales de la misma, sigue despertando en mi un gran interés por la actualidad de los temas que trata, a saber: la política, la religión, la justicia y la familia. 

   Soy consciente de que en estos días, cuando disfrutamos de vacaciones y, consecuentemente, disponemos de más tiempo para leer, una tragedia griega no es una lectura común. No obstante, yo invito a todos aquellos que además de disfrutar de las lecturas que más les gusten pero quieran también leer otro libro que pueda aportar algo más a su forma de gobernar su vida o pueda invitar a la reflexión, a que lean la Antígona de Sófocles. Recomiendo para ello la versión española publicada en Pinguin Classics. Resumo el argumento lo más brevemente posible.


   Nos encontramos en Tebas, ciudad-estado del Peloponeso. Gobierna la ciudad el rey Creonte, primo hermano del rey Edipo, quien, según la conocida leyenda, tras conocer que se había desposado con su propia madre y haber tenido descendencia con ella, se ciega de propia mano y se exilia en la ciudad de Colono. Sus dos hijos varones, Eteocles y Polinices, legítimos herederos del trono de Tebas, pactan turnarse en el gobierno de la ciudad anualmente. Tras reinar el primer año Eteocles, Polinices reclama su derecho a ejercer su turno en el gobierno, pero su hermano, apegado al poder, se niega. Polinices huye de la ciudad, forma un ejército y ataca Tebas. Durante esta guerra civil y fratricida, los hermanos se enfrentan a un duelo singular y se dan muerte mutuamente. Es entonces cuando Creonte, por línea sucesoria como primo de Edipo, es proclamado rey.


   Hasta aquí los antecedentes de Antígona, que comienza en este punto. La historia anterior la cuentan Esquilo en su tragedia Los siete contra Tebas y el propio Sófocles en Edipo Rey y Edipo en Colono


   Muertos los hermanos, el poder de Tebas recae en el tío de éstos, Creonte, como se ha dicho ya. Creonte toma entonces la decisión que conforma el argumento de la tragedia: a Eteocles se le rendirán honras fúnebres y será enterrado con todos los honores. A Polinices, considerado traidor con su propia ciudad, se le negará la sepultura y se abandonará su cadáver en el campo de batalla para que sea devorado por los animales. Para que esto se cumpla, proclama un bando real condenando a muerte a quien de sepultura a Polinices. 


   Edipo tenía, además de los hermanos muertos, dos hijas más: Antígona e Ismene. La primera decide, por amor fraternal y para cumplir con el ritual familiar del sepelio de un ser querido, dar sepultura al cuerpo de su hermano, pidiendo ayuda a su hermana Ismene, a lo que ésta, por temor a las consecuencias, se niega. Antígona consuma el enterramiento a solas derramando un puñado de tierra sobre el cadáver de su hermano, celebrando el ritual fúnebre demandado por las leyes no escritas de los dioses. Más tarde es detenida y condenada a morir, según el bando real. 


   Éste es básicamente el argumento de la tragedia y su planteamiento esencial. Si el lector ha tenido la benevolencia y la paciencia de llegar hasta este punto, podemos comenzar a explicar el motivo que me empuja a analizar una tragedia sobre la que muchos pensadores han escrito ya  (Brecht, Maurras, Simone Weil, Kierkegaard, Pierre Boutang y George Steiner, etc, etc) y quienes, en sus interpretaciones, intentaban dilucidar quién de los dos antagonistas, Creonte y Antígona, defiende una causa justa o injusta, quién de los dos actúa con rectitud y quién yerra, mostrándose unos defensores del rey como representante de la soberanía y de las leyes de la ciudad que hay que respetar o atenerse a las consecuencias si son violadas, otros de la rebelde Antígona, quien antepone las leyes de los dioses, la piedad y el amor fraternal a la ley positiva de los hombres. 


   Nada hay más actual, a mi juicio, con respecto a la libertad individual de pensamiento y credo, al buen o mal gobierno, y la sabiduría o la ignorancia en el actuar que los problemas que se plantean en la Antígona de Sófocles. 


  Existe una interpretación que merece especialmente nuestra atención, porque la considero la más sensata por su simplicidad, y porque se sustenta más en el propio Sófocles, en la propia tragedia y su contexto, que en el juicio intelectual del intérprete. Me refiero a la interpretación del filósofo alemán Georg Wilhelm Friedich Hegel, pensador que, entre otros temas, analizó la relación del individuo con las instituciones y las leyes y su grado de libertad con respecto a las mismas. 


   Hegel desvela con claridad el problema: Creonte ha redactado un decreto con respecto a algo sobre lo que él no tiene potestad. Los griegos sabían que, desde el nacimiento, los varones estaban ligados a la ciudad y tenían una obligación para con ella, que era la de defender sus instituciones y a sus ciudadanos con la vida incluso, en caso de conflicto bélico. Dicho de otro modo, las familias “entregaban” a sus hijos al estado hasta que éstos regresaban muertos a las mismas, momento a partir del cual aquél no tenía ninguna potestad sobre el individuo, y era su familia quien se hacía cargo de algo tan íntimo como la despedida de un ser querido cumpliendo con los ritos religiosos que los dioses demandan.


   Cuando la hermana del difunto Polinices, insepulto y expuesto a las alimañanas, ejecuta el enterramiento, está sellando su destino violando una ley humana, pero a la vez está haciendo justicia con un muerto que, por mandato de la ley divina, debe recibir las honras fúneberes para no vagar como un alma en pena entre el mundo de los vivos y el de los muertos. 

    

   Llama especialmente mi atención que en las diferentes interpretaciones de esta obra no se haya ahondado en la idea de que, por una parte, el bando de Creonte es injusto en su naturaleza -todo ser humano tiene derecho a ser despido por su familia y llevarlo a un lugar de reposo-, por otra, el rey se ha atribuido una potestad que no le corresponde, que es la de decidir sobre un asunto que no atañe al estado, sino a la familia y su relación con la ley divina, según las creencias religiosas de los antiguos griegos. Si partimos de esta constatación, Antígona, en su rebelión, está realizando una acción que sí le corresponde, en tanto que Creonte, en su obcecación, está llevando hasta el extremo su papel de legislador cuando, desoyendo los consejos de los más sabios para que corrija su error (el corifeo o representante del coro que interactúa con los protagonistas, su hijo Hemón, el adivino Tiresias) insiste en la fuerza legal de su bando. 

    

   Pero leamos mejor a Sófocles y lo que los personajes dicen para justificar sus acciones. 


   Creonte, cuando explica los deberes de un gobernante, afirma: 

“(...) y es igualmente censurable aquel que antepone al bien común los amigos o la familia”. En su diálogo (agón o enfrentamiento entre dos personajes) con Antígona es donde más claramente justifica sus actos como regidor del estado. Contra la rebeldía dice: “incluso los caballos más salvajes son dominados cuando se les ponen las riendas y el bocado. Los subordinados no existen para insubordinarse”, palabras que tienen ecos, como muchas otras dichas por él, de autoritarismo y tiranía. 


   En su otro enfrentamiento con su hijo Hemón, prometido de Antígona, Creonte sigue firme en sus convicciones, a pesar de que aquél pide a su padre que reconsidere su decisión: (Creonte):“Ella, y solo ella ha desafiado el orden establecido abierta y deliberadamente, y por lo tanto debe morir”. “(...) Desobedecer una orden es lo más nocivo. La obediencia y el respeto deben prevalecer”. 

(Hemón:) “los ciudadanos se preguntan qué es aquello tan grave que ella ha hecho que merezca semejante castigo. Una mujer que se rebela, debería ser honrada. Se rebela cuando el cadáver de su hermano ha sido a arrojado a los carroñeros cuervos. Ella actuó como una heroína!”. 


   Otro Agon importante tiene lugar entre el rey y el adivino Tiresias, personaje frecuente en las tragedias griegas, cuyo papel en éstas es la de aconsejar a los personajes y advertirlos, puesto que él posee el don de la profecía, de los peligros de ciertas acciones. Tiresias comienza dirigiéndose a Creonte con esta hermosa metáfora, como corresponde al lenguaje de los adivinos-profetas: “donde ahora te encuentras es en el bode de un precipicio, donde sopla un viento gélido". El resto de su intervención son advertencias e interpelaciones a Creonte para que reconsidere su decisión: “todos los hombres cometen errores, pero los errores no deben ser eternos: se pueden admitir y ser corregidos.(...). Da un paso atrás. Deja paso a los muertos. No apuñales un fantasma”, (refiriéndose a Polinices). Tiresias apoya con estas otras palabras la idea que venimos subrayando aquí, es decir, que el crimen más grave que el rey comete es el de impiedad: “Has prohibido un enterramiento de un muerto, un muerto que, por derecho propio, pertenece a los dioses del Inframundo. Has violado sus mandatos. Ningún poder terrenal, ni ningún dios terrenal puede ejercer su autoridad sobre los muertos”.


   Expuesto esto, podemos deducir con claridad que, por encima de la responsabilidad del gobernante para proclamar leyes y de los súbditos del estado para acatarlas, prevalece el debate de la justicia de la propia ley, hecho que cobra peso en el conflicto estado/ libertad individual, pues la afirmación de que la ley, sea justa o injusta, debe cumplirse, es cuestionable en términos éticos. Si comparamos la actitud de Antígona con la de Sócrates, quien aceptó la decisión de los jueces de ser encarcelado y sentenciado a muerte aunque las acusaciones que recaían sobre él eran injustas (a saber: corrupción de la juventud ateniense y ofensa a los dioses tradicionales), Antígona actúa de forma contraria y no se ajusta, por lo tanto, a los preceptos del estoicismo, que sí es lo que hace Sócrates, cuya decisión es honrosa en sí misma, (recordemos que rechaza una huída ya organizada por sus amigos). No obstante, el peso de las razones de Antígona para no acatar la ley descansan sobre la religión, y no sobre los deberes civiles del ciudadano, a diferencia de Sócrates. 


   Particularmente, éste es, como dijimos al principio, uno de los principales temas de la tragedia,  (deberes políticos vs obligaciones religiosas) en concordancia con la interpretación hegeliana. Pero además sobrevuela sobre este pilar otra idea que no hay que perder de vista, y que es constante en los grandes trágicos, esto es, la idea de la sabiduría, entendida ésta como no persistir en el error como causa de la ruina y saber rectificar a tiempo. Creonte dice al principio de la obra: “El hierro que más duramente ha sido forjado, más rápidamente se quiebra”. En mi opinión, esta afirmación con forma de sentencia es inverosímil y a todas luces falsa, como tantas cosas que los gobernantes dicen y consideran ciertas sólo por haberlas dicho ellos como representantes del estado, porque tanto más resistente será una herramienta de hierro cuanto mejor sea su forja, y no lo contrario.


   Sin embargo, las palabras del hijo en un momento de su enfrentamiento con su padre Creonte sí son razonables y pueden contraponerse a las de éste como ejemplo de sensatez y sabiduría: “No hay vergüenza en aceptar un buen consejo. Es un signo de sabiduría. Si un río corre en torrentera, los árboles de la orilla que se mecen a su fuerza resistirán el embate. (...) Trágate tu orgullo y cede. Cambia tu decisión”. Pero Creonte insiste en su error, cayendo en lo que los griegos denominaron “hybris”, que significa "exceso de orgullo," condenándose así: “¿Quién está al mando, el que gobierna o los que son gobernados?”, a lo que Hemón replica: “las ciudades no  están en unas solas manos”. A estas alturas de la tragedia el lector ha constatado ya que Creonte actúa como un tirano (un dictador, usando un término no griego), ofende a los dioses y sus ritos y comete “hybris”, todo lo cual será el desencadenante del trágico final de la obra.


   Si el amable lector ha llegado hasta aquí, le invito ahora a realizar una reflexión final. Antígona hace uso de su libertad individual sin sobrepasar los límites, esto es, no viola el “principio del daño” en términos de John Stuart Mill (s. XIX), pues con su acción no daña a otros. Comete un delito civil porque quebranta un bando, pero tal proclama es inválida en su naturaleza, porque sobrepasa las competencias del gobernante. Por su parte, Creonte se comporta de forma totalitaria y absolutista al estilo del monarca defendido por Thomas Hobbes (s. XVI) obligando a Antígona a cumplir una ley injusta y a aceptar las consecuencias de no hacerlo. Si analizamos los hechos según la teoría de John Locke (s. XVII), Creonte está violando la libertad individual de Antígona de dar sepultura a su hermano, hecho que exigen las leyes de los dioses y no las de los hombres, y este derecho no está, en su caso, garantizado por el estado, que viola una esfera de poder en la que éste no tiene ninguna potestad para tomar decisiones. 


   Haber citado a Hobbes, Locke y S. Mill, que pertenecen a épocas distintas y alejadas de los sistemas de gobierno de la época arcaica griega -que es dónde hay que contextualizar los hechos de la Antígona- tiene como objeto simplemente dar una perspectiva diacrónica a los hechos que expliquen todo lo que sucede en la tragedia. Los griegos nunca perdieron de vista la importancia de la persona que “estaba al timón de la nave del estado”, según una expresión muy recurrente entre ellos, pero también estaban atentos a los abusos de poder y sus consecuencias en tanto en cuanto sobrepasaban los límites. Por lo tanto, los precedentes de las ideas de los tres filosofós están en la Antígona de Sófocles.


   Como conclusión podríamos establecer una analogía de la tragedia de Sófocles con nuestra política de hoy, y, por tanto, extraer alguna enseñanza de nuestra lectura, que es para lo que la Cultura Clásica debe servir. 

 

   Aunque nuestro sistema de gobierno sea una democracia (relativa, puesto que quien accede al poder no es el partido que los ciudadanos han votado mayoritariamente) siempre hay una cabeza visible que ostenta el poder de cualquier formación política, como Creonte en la tragedia, que ha incurrido en exceso de orgullo, abuso de poder y presuntuosa obcecación. Tampoco han estado los gobiernos sucesivos de nuestro país libres de promulgar leyes injustas para algún sector de la ciudadanía, incurriendo así en el sectarismo que supone gobernar sólo para los votantes del mismo, y no para todos los ciudadanos. Es más: quienes ejercen el poder político se han atribuido, como Creonte, la potestad de inmiscuirse en las creencias de sus conciudadanos, coartando así su libertad individual. Ninguna fomación de este país desde el comienzo de la democracia se ha visto libre de estas faltas comedidas por Creonte, ningunos de ellos ha dejado de ser Creonte.


   Esta es, pues, la actualidad de la Antígona de Sófocles. Aunque me temo que todo esto aquí expuesto sea lamentablemente inútil. 

Agosto 2020.  

miércoles, 8 de julio de 2020

NATURALIZACIÓN DEL INSULTO







NATURALIZACIÓN DEL INSULTO


                   El folósofo inglés J.L. Austin (1911-1960) acuñó el término “Actos del habla” (Speech acts) Para desarrollar su teoría sobre la comunicación lingüística, centrada sobre todo en el hecho de que, cuando hablamos, siempre tenemos una intención comunicativa específica que puede disociarse de las palabras literales que decimos. Para interpretar tales intenciones es, naturalmente, necesario el contexto.
   Tal es el caso del insulto, un acto del habla cargado de una intención comunicativa cuya finalidad es, esencialmente, la agresión. Por esta razón no hay que confundir otros actos del habla que se centren en los aspectos más negativos de un ser humano con el insulto. Si tachamos a alguien de despreciable, no estaremos, por tanto, utilizando un insulto, sino que con la elección de este adjetivo la intención comunicativa del hablante es claramente enunciativa, descriptiva, en base a unos hechos, pero sin intención hostil, aunque conlleve cierta carga inevitable de subjetividad.
   Después de este arranque teórico, tal vez un tanto técnico, me gustaría centrarme en las declaraciones de un político español, miembro del gabinete ejecutivo de nuestro país, concretamente su vicepresidente, el comunista de salón Pablo Iglesias, quien, de manera absolutamente irresponsable ha declarado que es necesario naturalizar el insulto, es decir, dar carta blanca a su utilización en cualquier ámbito de la vida civil o política. Esto es en sí escandaloso y una irresponsabilidad difícil de medir, sobre todo si tenemos en cuenta que, desde los ámbitos educativos, se intenta inculcar a las jóvenes generaciones una formación en el marco de la tolerancia y el respeto mutuo. Las repercusiones antipedagógicas de las declaraciones de un político con tan alta responsabilidad son letales. Pero hay más. Todos sabemos que las batallas verbales terminan, tarde o temprano, en batallas físicas.
   Insultar (de latín in-saltare, “saltar sobre alguien, ejecutar una agresión”) es como su etimología indica, agredir. Aunque hay varios tipos de insulto –insultos para liberar un emoción, y por tanto, no agresivos contra nadie, o los insultos con trasfondo social, más cercanos al improperio o la maldición ambos-, a los que Iglesias se refiere son, sin resquicio alguno para la duda, los que persiguen una intención hiriente y agresiva, para así poder él mismo y toda la caterva de subordinados realizar una terapia colectiva para liberarse de sus traumas y miedos que llevaron a tanta gente a los  Gulags en su querida Rusia comunista, despachándose a gusto con la iglesia, la monarquía y todo aquello que no sean sus ideas y postulados, todo ello con un familiar hedor de totalitarismo, que no es otra cosa sino lo que el comunismo siempre ejerció en sus orígenes.
   El político despreciable que Pablo Iglesias es, por demagogo, entendido este término por lo que en origen significa, enemigo del pueblo (un burgués que desprecia la burguesía, un rico que odia a los ricos, un miembro de la casta a la que él tanto denostó, un político totalitario que acusa a sus enemigos de serlo-) se aleja mucho de aquellos políticos que, equivocados o no, llevaron a sus ciudades al desastre o la gloria. Naturalizar el insulto significa renunciar a hacer política con inteligencia y dominio del discurso. Muy lejos está Iglesias de políticos como Pericles, Cleón  o Diódoto, que pronunciaron discursos ante la asamblea de Atenas durante las larguísimas guerras del Peloponeso entre Atenas y Esparta, y que, gracias al historiador Tucídides, hoy podemos leer de forma más o menos fiable. Casi ningún político de hoy en día sería capaz siquiera de aproximarse a estos hombres de estado, cuyas palabras estaban cargadas de sutileza y elegancia, pero a la vez de incontestable contundencia, siempre respetando las reglas sagradas de la dialéctica. Basta este ejemplo escogido al azar de un discurso de Pericles (hay muchos otros que podrían hacer el mismo papel) para ilustrar lo que escribo:  
“Vosotros, en vuestras aflicciones personales, estáis enojados conmigo porque os convencí de que debíamos declarar la guerra. Por lo tanto, estáis enojados con vosotros mismos también, pues votasteis a favor igual que yo (…) Pero si votasteis lo mismo que yo, porque me considerasteis persuasivo, no podéis de forma justa cargarme con el peso de ser el responsable de haberos injuriado. Yo no he cambiado: vosotros habéis cambiado”
   Esta maravilla de la dialéctica dota al orador con más carga de razón y argumentos irrefutables que un zafio y despreciable insulto de un político mediocre contra otro elegido democráticamente en el contexto de un sistema electoral ciertamente cuestionable, que permite decir a estos paniaguados que están en el poder porque la ciudanía les ha elegido con sus votos, aseveración totalmente manipulada y verdadera solo a medias.
   Albert Camus, un librepensador denostado por su otrora amigo comunista J.P. Sartre por su alejamiento de esta doctrina (Camus nunca se declaró miembro activo de ningún partido: fue siempre un intelectual militante de la resistencia cuyas armas eran la cultura y un pensamiento lúcido) acertó cuando, al analizar la rebeldía en su ensayo El Mito de Sísifo, postuló que los hombres rebeldes que actúan con honestidad están atentos a los límites, como Sísifo en concreto o los griegos en general, y aquellos otros rebeldes que traspasan éstos se ubican en doctrinas revolucionarias que sólo conllevan muerte y destrucción: quien quiere derrocar al tirano quiere sólo hacerlo para convertirse él mismo en tirano, ocupando su lugar y aceptar así el crimen. El hombre extermina a Dios y ocupa el lugar de éste, que es otra forma de expresarlo según Camus. Las revoluciones comunistas sólo trajeron muerte e injusticia.
   Este es el bagaje cultural de este personaje que pretende naturalizar el insulto a falta de naturalizar algo aún peor y que por recato intelectual me resisto a escribir. Siempre me impresionó la narración de Stefan Zweig en su libro Momentos estelares de la historia de la reunión que el triunvirato formado por Antonio, Octavio y Lépido celebraron en una pequeña isla cerca de Bolonia, Italia, en un tienda de campaña, en la que se ocuparon de tres asuntos: primero, cómo repartirse el mundo. Segundo, cómo reunir el dinero para pagar la soldada a ejército y partidarios, y tercero, redactar una lista de hombres influyentes de Roma a quienes había que asesinar. Antonio y Lépido exigen que el primer nombre sea Marco Tulio Cicerón, el gran orador, el honesto republicano. Octavio, amigo suyo, se niega al principio. Pero una dictadura no puede imponerse con benevolencia. Y Cicerón, -independiente y maestro de la palabra, lo más nocivo para los totalitarismos-, y los demás serán pasados a cuchillo: así se cierra “El documento probablemente más deshonroso de la historia de Roma”, en palabras del autor.
   Temo a Pablo Iglesias, porque esa honesta rebeldía que esgrimía cuando su partido estaba en ciernes y era minoritario –que ignoro si era o no verdadera- ha sido cegada por el poder, como siempre sucede, y se ha convertido en un émulo de Stalin que se ampara en el poder para sembrar las semillas de la iniquidad más temible que en un país democrático del siglo XXI creía ya erradicada. Ellos han creado a Vox, ese partido que casi ningún medio de comunicación llama por su nombre, sino que son la extrema derecha (lo son, pero la intencionalidad de omitir su nombre como partido democráticamente formado es evidente) y se ocultan bajo el amable y engañoso nombre de Unidas Podemos, haciendo un uso del femenino con también evidentes intenciones.
   Espero que algún día la política de nuestro país toque fondo y resurja una renovación: la que lideren los políticos honestos que quieran manejar la nave del estado en beneficio de sus ciudadanos, y no en el de su maldito y extremadamente inflado ego. Leamos de nuevo un verdadero discurso político:
“Recordad: es más importante que la ciudad-estado prospere a que lo hagan sus miembros individualmente, porque si los individuos que la componen prosperan y la ciudad estado es llevada a la ruina, entonces ellos se arruinarán con ella, pero si un ciudadano ha caído en desgracia mientras que la ciudad estado no lo ha hecho, éste tiene mayores esperanzas de que su situación prospere”.
Amén.

martes, 12 de mayo de 2020

CAJÓN DE ARTÍCULOS. LA INUTILIDAD DE CONOCER (o la falacia de la educación)






LA INUTILIDAD DE CONOCER
(O LA FALACIA DE LA EDUCACIÓN)

   Un ya experimentado profesor que iniciaba su interinidad en un centro público, se detuvo, algo nervioso, ante la puerta del aula de segundo de bachillerato donde iba a comenzar su sustitución. Lo desconocido, el nuevo reto, le producía cierta excitación, pero a la vez, a pesar de llevar ya muchos años en las aulas, un oscuro temor le atenazaba, pues no estaba seguro de que, habiendo traspasado la cincuentena, podría conectar con sus nuevos alumnos. Entró. En el aula había unos quince adolescentes que ese año cursaban la optativa que él enseñaba. Se detuvo ante ellos. Charlaban. Él esperó pacientemente. Algunos lo miraron, pero continuaron hablando. Todos le habían visto, pero ninguno parecía dispuesto a lo que cabría esperarse, a saber, que se avisaran de que una persona había irrumpido en el aula y ellos debían marcharse cada uno a su sitio. Con la calma que sólo te dan los años, el profesor se aclaró la garganta y con voz clara y potente, pero sin gritar, dijo: “perdonad chicos: puedo preguntaros algo?”. Sólo así clavaron sus ojos en él. Atraída la atención, les pidió que se fueran a sus sillas y se presentó. Entonces formuló la pregunta:
-         -¿Habéis copiado en un examen alguna vez?
Risas contenidas y cruce de miradas fue su primera reacción.
-      - ¿Y usted, profesor? – quiso saber una chica.
-      - Sí. Claro. Pocas, es cierto. Pero no respondáis con una pregunta. ¿Podría levantar la mano quien haya copiado en un examen alguna vez?
   Nadie lo hizo, pero por los murmullos, las risas contenidas, los gestos y los intercambios de miradas, el viejo profesor supo que copiar era una práctica habitual entre ellos.
-      - Bueno. En realidad no tenéis que contestar. Os lo he preguntado porque mi hija, que tiene vuestra edad y es buena estudiante, tuvo en una ocasión el conflicto de intentar  hacerlo o no en un examen de lengua que se aproximaba, porque era bastante difícil y estaba harta de que, mientras ella invertía muchas horas preparándose los exámenes, muchos de sus compañeros siempre recurrían a la trampa de copiar. Entonces le conté esto.

   Existen tres formar de actuar ante cualquier obligación que cualquiera de nosotros debe afrontar  en la vida en cualquiera que sea el momento. Por ejemplo, ante ese examen. Una: copiar. En tal caso se estará actuando en contra del deber, pues copiar es una mala práctica. Copiar es, pues, un acto contra la moral. La segunda es tener la intención de copiar, pero no hacerlo por miedo a ser cogido y, en tal caso, tener que afrontar las consecuencias sociales de ello en el instituto y las familiares ante los padres. En este caso se está actuando según el deber. Pero sigue siendo un acto en sí inmoral, porque conlleva intención y el refreno lo causa el temor al castigo. La tercera y última es estudiar, aprenderse lo que se va a preguntar en el examen e intentar que quede como una sólida base a la que  incorporar nuevos conocimientos que consoliden nuestra formación. De esta forma se estaría actuando por el deber en sí mismo, y esta es una acción totalmente moral.
- Ahora no voy a preguntaros cuál creéis vosotros que es la mejor forma de actuar, porque para responder haría falta reflexionar al menos un día en casa. Mi pregunta es si lo habéis entendido perfectamente.
   Los alumnos contestaron que sí en su totalidad. Entonces el nuevo sustituto preguntó:
-        - ¿Os es familiar el nombre de Emmanuel Kant?
   También contestaron afirmativamente, apuntando que lo habían estudiado recientemente en Filosofía.
-        -  Pero no nos hemos enterado de nada profesor.
   Y volvieron a reírse todos.
-    -  Pues lo que acabo de explicaros es parte de la ética de Kant, de su Crítica a la razón práctica. Y sí lo habéis entendido.

   Con este caso, totalmente ficticio, tan sólo quiero plantear la pregunta de si la educación aquí, que ya ha sufrido numerosas leyes distintas, es ciertamente efectiva. Con el estado de alarma la primera reacción de los profesores fue de confusión, pues nuestra profesión no se concibe sin la presencia. Pero el tiempo ha ido poniendo las cosas en su sitio y de repente, las cosas van adquiriendo cierto sentido. El estudiante se ha visto forzado a ser responsable de cuanto tiene que hacer, y sus profesores han sido arrancados de la refriega diaria del aula, donde el espíritu de la adolescencia (en el caso de quien suscribe) actúa como un duende travieso que lo pone todo patas arriba, transformando el maravilloso oficio de enseñar unos conocimientos y unos valores en una batalla contra la disciplina y la insurrección de un alumnado con los intereses puestos en otro sitio. Esto Grosso Modo (en educación no puede establecerse una regla general para los más de cien alumnos que puede tener un profesor de media).
   Ahora las tornas han cambiado. El profesor, que sí echa de menos el contacto del aula a pesar de los altos costes físicos y emocionales, ha recibido de repente –lamentablemente a causa de una situación trágica y lacerante- el don de poder entregar al alumnado los conocimientos organizados como él sabe  hacer y, esta vez sí, el aprendizaje ahora se ha centrado en el aprendiz. Eso es a lo que han tendido las nuevas metodologías. El profesor trabaja estas semanas de forma diferente: selecciona contenidos, los empaqueta, resume, los adorna, graba vídeos tutoriales, realiza videoconferencias y se presenta ante su alumnado como un divulgador auténtico a quien nadie interrumpe, con la estantería repleta de libros de fondo, hablando a una cámara con tranquilidad y desplegando todos sus conocimientos y buen hacer. El profesor, por primera vez, irrumpe en la vida personal de un alumnado que no está confundido entre la masa social y humana del aula, y sólo debe responder ante sí mismo, prestar atención a lo que su profesor le manda o le explica desde un vídeo, descubriendo que, sólo con escuchar, tiene casi el cincuenta por ciento del trabajo hecho.
   Y hay algo más. Ahora la evaluación, ese gran ídolo educativo con los pies de barro, esa estatua dorada con pedestal de tufo, esa alambicada pirueta que los profesores teníamos que hacer en aras de una legislación que sólo intenta justificar su debilidad envuelta en un pomposo y huero lenguaje, resulta que es lo más simple, ( lo que yo siempre he creído) : que los instrumentos de evaluación sean el esfuerzo y el trabajo, y que cada estudiante sea consecuente con lo que haya hecho y aprendido. Totalmente de acuerdo. El acompañamiento sí, por supuesto. Pero también la autonomía, ambas palabras estrella de la nueva educación, que cada vez ser parece más a un laboratorio del profesor chiflado que a una verdadera plataforma donde se diseñan estrategias efectivas de aprendizaje.
    Y es ahí cuando Kant comienza a hablarnos de su ética. El profesor a distancia no puede controlar más allá de lo que recibe en su pantalla, y cómo lo haya hecho el estudiante es sólo su deber moral. Pero lo que yo planteo es que pensemos en lo que henos hecho de nuestra educación. ¿Qué cantidad de estudiantes suele actuar según el deber, y no de acuerdo al deber o contra él?- Muy pocos, porque lo que se ha fomentado, tal vez porque el nuevo contexto social así lo exige, es allanar un camino que estaba lleno de accidentes necesarios. Y mi personal juicio es que esto sucede porque se ha denostado el conocimiento. Algo falla en la educación cuando personas de diecisiete años se enfrentan por primera vez a la asignatura de filosofía y se dan cuenta de que no han reflexionado sobre absolutamente nada hasta que su profesor le ha comenzado a plantear preguntas inquietantes y difíciles de responder.
   Sé que es muy fácil teorizar, pero intuyo que los planes educativos son fallidos, según mi experiencia, ya larga. Demasiados contenidos inútiles (insisto: contenidos, no conocimientos). Hay que enseñar a nuestros alumnos a leer, a escribir, a hablar y a pensar. El conocimiento positivo lo adquirirá uno durante su paso por las aulas, prolongado en el tiempo, y a medida que vaya madurando. En una jungla de treinta almas diferentes es difícil que te escuchen como los alumnos de la Academia platónica escuchaban a sus maestros. Es como querer que las personas miren al suelo la noche de las Perseidas. Ahora, en cambio, en lugar de pensar que es un atraso que en un aula haya treinta alumnos y que en esas condiciones es muy difícil inocular el veneno de la curiosidad, se sigue mirando atrás arguyendo que antes había hasta cincuenta y se salía adelante. Eso es una falacia también. Sobrevivir a la escuela no es formarse.Hay que despertar la curiosidad, y los políticos que se reúnen en sus amplias mesas a diseñar leyes educativas no saben nada de educación.
   Mi humilde conclusión es que esta situación anómala para todos, muy especialmente para la educación porque se han cerrado los colegios, ha detenido el mundo de repente, ha provocado que muchos lamentablemente, personas con nombres y apellidos, con familia y con amigos, se hayan ido antes de tiempo, con la impotencia que se siente cuando uno se pregunta si se podría haber hecho algo más para evitarlo.  No obstante, esta maldita situación nos ha permitido a muchos reflexionar, algo que la velocidad que el mundo había alcanzado ya no nos permitía. Al final, lo que queríamos y habíamos conseguido era cierto que no era lo que necesitábamos. Porque lo que necesitamos y nos falta en exceso es conocimiento.