DE UTILITATE RERUM
Fco Javier Martos Cando
“Sobre
la utilidad de las cosas” no es el título de ningún tratado de la
antigüedad romana, si bien podría perfectamente pasar por tal, sino una pregunta muy
frecuente entre los adolescentes que acuden a diario a los centros educativos
para formarse. El hecho de llevar muchos años en esta agridulce profesión me ha
obligado, como supongo también a muchos de mis compañeros, a desarrollar un
argumento sólido y convincente que pudiera satisfacer esa común curiosidad de
los adolescentes con respecto a lo que estudian en el colegio o el instituto,
sabiendo que ellos están convencidos de casi nada de lo que están cursando con
(casi ningún) esfuerzo tiene utilidad para la vida.
Al principio el maestro es reacio a explicar
a sus alumnos por qué estudian lo que estudian. A medida que va adquiriendo experiencia
y va madurando como persona, va creciendo en uno mismo la necesidad de
responder esa fatídica pregunta. En mi caso particular ideé, inspirado en
Platón, una alegoría que pudiera explicar de forma implícita la razón por qué
deben estudiar lengua y literatura, lenguas clásicas, música o tecnología, por
citar algunas de las asignaturas más damnificadas. Me refiero a la alegoría del
muro: unas personas en pleno proceso de maduración emocional y cognitiva que
son los adolescentes, lo que hacen durante esta etapa de su vida es construir
un muro que perdure en el tiempo, pues sobre él habrán de apoyarse todas las
experiencias personales que harán que una persona esté preparada para vivir en
plenitud, y también para asumir su calidad de mortal. Porque la vida es en
definitiva (naturalmente simplificando mucho) eso.
Si de esos muros personales quitáramos o
dejáramos de poner todos aquellos
ladrillos que los adolescentes consideran inútiles, lo que al final tendríamos
es una pared débil, repleta de huecos que debilitan la cohesión de la misma y
que, al menor embate, caerá sin posibilidad, tal vez, de reconstrucción. Pero
esta alegoría ya no me sirve. Últimamente me he dado cuenta de que muchos no
entienden el lenguaje figurado, las elipsis o los mensajes implícitos.
Puesto que se trata de mi profesión y mi
vocación, cada día me propongo encontrar respuestas que puedan ayudarme a
seguir adelante en mi tarea de enseñar a pesar de las dificultades. He
comprendido, por ejemplo, algo que muchos compañeros que andan detrás de
nosotros siguiendo nuestro camino no han vislumbrado aún: no es cierto que los
alumnos de bachillerato son más ignorantes que nosotros cuando teníamos su
edad. Esa creencia es falaz y su concepción se debe a una falta de perspectiva
que lleva a juzgar estas generaciones con más dureza de la que utilizamos para
juzgar la nuestra. Ellos hacen ahora exactamente lo mismo que hicimos nosotros,
y saben tal vez lo poco que sabíamos nosotros a su misma edad.
Yo creo sinceramente que el problema es
otro. Muchos de nosotros, los profesores, somos reacios a aceptar que simplemente
nuestro alumnado se ha formado de una forma notablemente distinta a nosotros, por lo cual lo que se nos pide es que transformemos nuestra forma de enseñar, porque la
forma de aprender de aquéllos es distinta. Y así lo hemos hecho muchos, a veces
errando, otras acertando, pero en todas las ocasiones sintiendo un amargo
regusto de fracaso. Y ello sucede porque la alegoría del muro no es que no la
comprendan, sino que no les interesa.
Nosotros, que utilizamos las redes sociales, sabemos cómo es la salud de la cultura de nuestros coetáneos. Pero poco sabemos de cómo funciona la forma de ver el mundo de los jóvenes que llenan nuestras aulas porque usan otras redes a las que deberíamos asomarnos. Tener adolescentes en casa ayuda a hacerlo. El mayor reto, desde mi punto de vista, de los profesores no es cambiar lo imposible, pues su mundo es ese, nos guste o no, y en él han nacido y crecen, y por muy nocivas que nos parezcan las vías por las que reciben y transmiten información, la música que escuchan o los libros que no leen y los que leen, ellos seguirán pensando, por una parte, que mucho de lo que aprenden no sirve para nada, y, por otro, continuarán sin entender ellos a su vez nuestro mundo de adultos quienes les recriminamos pasar horas y horas colgados del teléfono móvil.
El mayor reto, como decía, es conseguir que
vuelvan a tener curiosidad por lo que les ofrecemos en las aulas y, sobre todo,
que se esfuercen, porque ellos, en su gran mayoría, no sabrían definir la palabra
esfuerzo. Lo primero es difícil de conseguir –y soy muy escéptico con las
revistas educativas donde se puede leer que tal o cual docente ha tenido una experiencia
en el aula magnífica porque ha implementado una metodología innovadora etc.,
etc.,- pero no imposible: solo hay que incluirlos en el mundo en el que no
parecen vivir, porque sabemos contra qué cosas competimos que les están alejando de la verdadera realidad, y conseguir el debate.
Lo segundo es harina de otro costal. Y esta
es la única crítica que quiero lanzar en este texto. Los adultos somos los
responsables de que nuestros jóvenes no tengan que esforzarse por casi nada.
¿Cómo conseguir que valoren que el muro es esencial, que necesitan saber para
ser críticos, que necesitan leer para comprender, que necesitan adquirir
cultura para formar una personalidad sólida y convertirse tanto en
Biotecnólogos como en Administrativos, porque todo ello les hará personas
íntegras y justas que difícilmente caerán en las trampas de la vida?.
Exigiéndoles esfuerzo.
Cuando era adolescente salió el disco y el documental The Wall, de Pink Floyd. En él, con toda justicia, Roger Waters incitaba a los miles de alumnos de Inglaterra de su generación que habían sufrido una educación represora, heredera del período Victoriano, con este estribillo: “Tear down the Wall” (Derriba el muro). Ahora somos los profesores lo que debemos tirar los muros que nos separan de nuestros estudiantes y ayudarles a levantar otro sólido muro capaz de soportar tempestades como las que vivimos hoy, así como a indagar en la utilidad de las cosas.
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