JAIME GIL DE BIEDMA. BARCELONA, AÑOS 70.
8 de enero, 1990. Muere Jaime Gil de Biedma,
después de algunos años de lucha contra el SIDA, años penúltimos que, según
relata David Dalmau en su biografía sobre el poeta y el hombre, fueron básicamente
hiel. JGB escribió, en Poemas póstumos, los versos de Después
de la muerte de Jaime Gil de Biedma, un bello y cincelado poema en el que
relata un flashback hermoso de un momento de esos que son nostalgia ya cuando
se están viviendo, y un amor concluido siempre presente. Vasos de vino blanco
bajo los árboles, junto a la piscina, fiesta en la casa (La Nava), gente que
viene a unirse a la misma, momentos, sin duda, que han quedado para siempre,
pues Jaime los hizo versos, atrapando el último
verano de nuestra juventud, según palabras de algún amigo que allí acudió,
a ese lugar lírico y mítico donde Jaime disfrutaba de la vie de château tan típica de un burgués de Barcelona cuya familia aún
celebraba fiestas de puesta de largo, que militaba en el partido comunista con
smokings en el armario de su pisazo en Barcelona, y tenía un buen remunerado trabajo en Tabacos proporcionado por papá. Esta
contradicción solo se entiende en esa Barcelona, donde Jaime pide perdón por
haber nacido en los tiempos -más bien los lugares- del tenis y la pérgola.
JGB
habla de poemas póstumos y de la muerte con la naturalidad de quien se sabe aún
joven y la Parca queda lejos, aunque nunca lo suficiente. Gil de Biedma pasa
sus últimos años de existencia entre la literatura y la iracundia de quien se
ve, pese a su aspecto y engañosos períodos de mejora, atrapado entre las manos
de un destino que no imaginó, pero que buscó inconscientemente. Casi nadie está
preparado para morir. Él, aunque habló de su propia muerte, no lo estaba tampoco, de ahí su vesania. Pero hay
una muerte peor para un escritor que la desaparición física, y esa es el
olvido. El poeta murió en 1992 y han tenido que pasar casi 30 años para que se
le recordara en la ciudad en la que nació, vivió y reflejó en sus versos, esa
Barcelona de los años 70 tan distinta a la de hoy, donde un catalán era una
persona de mundo, culta y amigable, y no un analfabeto nacionalista.
A Jaime Gil de Biedma por fin le han puesto
una placa conmemorativa en la calle donde vivió la última etapa de su vida. Gil
de Biedma es uno de los poetas más representativos de la Generación de Medio Siglo,
de la que aún sobreviven, nonagenarios, los grandiosos Francisco Brines y J.M.
Caballero Bonald, autor “lento”, como él mismo se denominaba, poeta de obra
breve pero intensa, homosexual lascivo, exquisito en formas y extremadamente
culto, a veces distante y despectivo, histriónico otras, acaparador de la
atención intelectual, un Lorca catalán con ramalazos de niño mimado, formado en
Inglaterra, admirador entre muchos otros de Auden y de T.S. Eliot, pero también
de nuestro Antonio Machado y Luis Cernuda, de quienes son estos poetas hijos literarios.
Jaime G. de B. tuvo una relación epistolar durante los últimos años de su vida con el
poeta sevillano, y en ella se puede comprobar la admiración del joven poeta por
el complicado Luis. El poeta de Barcelona, donde yo también nací y viví los diez
primeros años de mi vida, fue una persona de la que me hubiera gustado, para
bien y para mal, ser amigo. Gil de
Biedma salía de su oficina en Tabacos (Compañía de Tabacos de Filipinas) y se
dirigía, cuando no se metía en algún garito de la ciudad condal, pongamos el Bocaccio,
a su casa en la calle Pérez Cabrero, se
ponía un whisky y, me imagino –la mitificación del personaje es inevitable- ponía
música en un tocadiscos y, aún vestido con su traje claro, cogía algún libro,
encendía un cigarrillo y se sentaba a leer en un sillón a la luz tenue y cálida
de una lámpara de mesilla mientras apuraba su on the rocks. Allí recibía, ya ágrafo, a jóvenes poetas a quienes, o bien despedía, o por quienes se interesaba, como sucedió con el gran Pere Gimferrer.
Pero
no me he decidido a escribir estas líneas solo porque a Jaime Gil de Biedma se
le ha hecho justicia en su ciudad natal, sino porque siempre
me rondó la mente, desde que lo supe, el pensamiento de que me pude cruzar con él, o él
conmigo, por la calle, cuando yo era un chaval con peto y con sandalias, el pelo rubio y ensortijado, mientras el poeta daba un paseo por el barrio o se dirigía a comprar tabaco o vino. Jaime Gil de
Biedma empezó a vivir allí en 1965. Yo nací en octubre del año siguiente. Me
fui de Barcelona en 1975 y en Sevilla, donde mi padre nos trajo, vi el entierro
del Caudillo por la tele, pues mi padre,
socialista sin carné, era mucho de “momentos históricos”, como dijo
cuando nos obligó a ver el acto, yo sentado sobre la moqueta de mi casa.
Frente a la calle Pérez Cabrero, donde el
otro día la hija de su hermana, Inés García-Albí, descubría su placa
conmemorativa, hay un parque que se llama Turó Parq. Mi madre nos llevaba a mis
cuatro hermanas y a mí a ese parque casi todas las tardes, desde la cercana Calle
Oliana, 21, donde vivíamos. Aún recuerdo cada palmo de ese parque, cada rincón umbrío,
cada glorieta, la pista de patinaje, la cuesta de la entrada este, los lugares secretos, el pasadizo de la entrada oeste,
las madres sentadas en los bancos mientras los niños, entre una bataola de
gritos y conversaciones, charlaban hasta la caída del sol. Podría ser 1973 o 74
cuando alguien me tomó unas fotos en el parque que aún conservo. Las fechas
coinciden. Tal vez Gil de Biedma me viera un día con mi madre y mis hermanas al cruzarnos casualmente. Recuerdo que mi madre nos compraba chucherías en la calle Pérez Cabrera,
en una tienda de esos bloques de arquitectura franquista, horribles por fuera,
enormes por dentro, donde había pequeños setos en islas de parterres sobre la
acera, frente a la cabecera del Turó Parq.
Si algo tiene la literatura es la
mitificación, además de la mistificación, si ambas cosas no son lo mismo. Por
ello, me gusta imaginar que mi admirado poeta se cruzó conmigo
cuando yo contaba apenas 6 o 7 años, y él me dirigiera una mirada distraída para
volver a sus reflexiones existenciales, sin imaginarse que ese chaval, más de
cuarenta años después, leería sus versos con la alucinación de quien observa la
Victoria de Samotracia en la entrada del Louvre. Apostemos por la fantasía. En
cuanto vaya a Barcelona –espero que sea pronto- iré al Turó Parq de mi infancia y me retrataré
bajo la placa dedicada, por fin, a Jaime Gil de Biedma.
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