jueves, 23 de diciembre de 2021

MI MUNDO ROTO

                        MI MUNDO ROTO 


   Ignoro si la expresión de un mundo roto es nueva o antigua, pues solo la tomo de un libro sobre la segunda generación de los románticos ingleses de Gonzalo Torné, frase que ya barajaba para un libro que nunca escribiré. Todo hombre que ha navegado en el áspero mar de las generaciones ha intuido que su mundo se ha fracturado de alguna manera. Pocos lo han escrito, al menos especificando qué es lo que llegó a destrozarlo. Personalmente lo sé, y ahora deseo recoger esos pedazos. Que el mundo está roto es algo antiguo. Así fue desde el principio. De hecho vivimos ensamblando lo que, desde el nacimiento,  como un puzle,  recibimos.  La infancia,  la juventud,  la madurez,  y nuestra vejez es un constante ejercicio de poner piezas en el lugar exacto que de sentido a nuestra existencia. 

   Cuando mi padre marchó, intenté recuperar lo que ya no podía ser: el tiempo que no pasamos juntos, los momentos cuando encajar su vida de adulto y la mía de adolescente. imposible. Cogido de su mano, en el bautizo de mi hija pequeña, hace ya demasiados años, él en su silla de ruedas, cerramos momentos. Sin embargo, ambos sentimos que  esos otros momentos que debimos atrapar, se fueron como trenes sin parada. 

   Al final queda ese poso de insatisfacción que surge cuando de das cuenta de que ya es demasiado tarde. Contemplo una foto de mi amigo Juan y su padre caminando hacia el horizonte,  juntos,  hollando el camino de la vida,  aún posible.  Y me estremezco porque él elige esa foto inmortal de lo que todos deberiamos hacer: caminar juntos. Dos generaciones. Dos formas de pensar, pero un solo vínculo: el amor. Ese Camino es el que las personas que avanzan hacia el crepúsculo tenemos que encontrar. 

   Pero el mundo roto es natural. Las tardes de soledad, cuando uno intenta atrapar una vivencia en un poema que perviva o un momento en una fotografía que atrape lo que ya no será, enseña que nadie puede ir de vuelta de la vida, porque la vida es simplemente una línea recta hacia el crepúsculo. 

   Nuestras cuitas, nuestras lamentaciones de que nuestro mundo ha cambiado son fútiles. Nos perdemos en laberintos absurdos. La suma inevitable de vivencias es nuestro destino, el precio insoslayable que adquiere el ser humano que acumula años y experiencias. Los otros animales no tienen recuerdos. Nosotros sí. La certeza de que la vida, en un momento dado, deja de darnos cosas y comienza a arrebatárnoslas, es sólo humana.  

   Debemos aprender a aceptar que nuestro mundo personal ha de romperse, y a admitir que la única forma de vivir es consentir que esa ruptura es el giro de la esquina que da a una calle que hay que andar con el dolor que supone un cambio de escenario. Nuestros hijos manejan en sus manos su mundo intacto, mientras nosotros intentamos recoger con nuestras escasas dos manos lo que queda del nuestro. 

Al atardecer, cuando el sol nos despide y nos recuerda que cada tarde es un tesoro que,  tal vez hace diez años, no apreciamos, se muestra inevitablemente mi mundo roto. Probablemente la sabiduría que otorgan los años vividos nos permita apurar la vida que nos queda con sus trozos en las manos. El resto es solamente humo y ceniza. 




viernes, 16 de julio de 2021

LECTURAS DE ESTÍO. ¿PARA QUÉ SIRVE LA LITERATURA?

 


           ¿PARA QUÉ SIRVE LA LITERATURA?

 

¿Para qué sirve la literatura?. Antoine Compagnon. Acantilado (2008).

   Este breve librito de Antoine Compagnon, catedrático de literatura de La Sorbone y la Columbia University de NY intenta responder a una de las siempre impertinentes preguntas que comienzan con “¿para qué sirve…?”, muy típica del estudiante adolescente, y que suele exasperar a los profesores. Ya escribí en otra ocasión que aún está por redactar el tratado De utilitate rerum, si bien personalmente creo que todo cuanto el ser humano hace con su creatividad posee un fin, y, por tanto, una utilidad, si el resultado tiene una repercusión constructiva en las sociedades humanas. Las perspectivas holísticas, ahora tan de moda, llevan a esta conclusión, pues, de lo contrario, si contemplamos la utilidad de las cosas desde una perspectiva mortal, todo sería vano e inútil.

   No es éste el punto de vista de este pequeño ensayo, en realidad una lección inaugural del autor leído en el acto de la toma de posesión de su cátedra en el Collège de France, sino que se trata de un análisis crítico y político de la utilidad de algo que, para empezar, es connatural al hombre y su arraigo en la sociedad jamás podrá erradicarse. En aras de la simplificación, por si el lector quiere cotejar sus experiencias como lector o escritor con las ideas de Compagnon, comentaré desde mi experiencia seis ideas que constituyen, sin duda, la vertebración del libro.

1.      LA LITERATURA PERMITE SALIR DE NOSOTROS MISMOS. Es indudable que cada uno de nosotros nos ubicamos en un paisaje concreto, que es nuestro universo personal, tanto físico como afectivo e intelectual, y, en cierto modo, estamos atrapados en él. Recuerdo mis primeras lecturas adolescentes de Mika Waltary (Sinuhé el egipcio, El Etrusco y Marco el romano) exactamente como reza el título de esta primera idea: el descubrimiento de nuevos universos. Pero ese salir de nosotros mismos no se limita a un trasladarse con la imaginación a través de la lectura a otro lugar y otro tiempo, al estilo del romanticismo, sino a abandonar el ensimismamiento y enfrentarnos a nuestros prejuicios y límites personales, como a mí me sucedió cuando descubrí a Césare Pavese y pude comparar sus obsesiones personales (la infancia mitificada en San Stefano Belbo, la figura materna, el campo y su simbología) con las mías, e intentar así, con apenas veinte años, conocerme mejor a mí mismo.

2.      AUNQUE LEER NO ES INDISPENSABLE PARA VIVIR, LA VIDA ES MÁS AGRADABLE, MÁS CLARA, MÁS RICA PARA AQUELLOS QUE LO HACEN. Esta idea es cristalina y casi no requiere reflexión. Ante la duda de que aquellos que no leen se están perdiendo algo que daría más calidad a sus vidas, la respuesta de Platón sería que no, pues quien yerra no lo hace conscientemente, sino porque no se le ha educado para practicar el bien (es decir, quien no lee ignora el placer de la lectura). Pero sí es cierto que quien ejerce el bien aporta más a la sociedad en la que vive que quien no lo hace. Los amantes de la literatura –podría incluso decirse los “militantes”- buscan, en efecto, en los libros, hacer de su experiencia vital algo más agradable, más claro y más rico. Compagnon recuerda una cita de Francis Bacon que es muy certera, además de brillante: “La lectura hace a un hombre completo, la conversación hace a un hombre despierto, la escritura hace a un hombre cabal. Por eso, si un hombre escribe poco, debe tener una buena memoria; si habla poco, debe tener una mente alerta; y si lee poco, debe tener mucha astucia para aparentar saber lo que no sabe”. Aquí se toca el tema de la lectura como elemento formativo que sin lugar a dudas tiene. En mi caso particular, soy lector que, desde mi juventud, he apuntado mucho y anotado los márgenes de los libros leídos. Me sorprendió leer en un libro de Jesús Marchamalo, Tocar los libros, (muy recomendable) que él no se acordaba de la mayoría de los libros que había leído (cientos). Yo no concibo que la lectura de un libro pueda caer en el olvido absoluto, lo cual sí es verdaderamente inútil, y por ello conservo esas notas, en forma de cuadernos, que a veces releo.

3.       LA LITERATURA ES UN REMEDIO PARA LIBERARNOS DE LA AUTORIDAD. Autoridad intelectual, política o religiosa, da lo mismo. Esta idea es fundamental, pues hablamos de la experiencia de la autonomía y, por lo tanto, de la libertad de pensamiento. Aunque un teórico de la literatura diga que esta idea es propia del romanticismo, no hay que prestarle atención. La teoría de la literatura no le interesa al lector medio. Pero me parece esencial el tema de la lectura como remedio para salir de la cueva platónica (de nuevo Platón: leí en un libro sobre el pensador cuyo autor decía que toda la historia de la filosofía  es "notas a pie de página de Platón"), pasar del “dicen” al “yo pienso” que da la lectura sobre todo de ciertos libros. Esto ha estado siempre en el punto de mira de los totalitarismos: evitar que el pueblo sea culto, que conozca y pueda pensar por sí mismo, algo aún muy actual, lamentablemente. La literatura es un arma demoledora para combatirlo.

4.      LOS ESCRITORES (ARTISTAS) TIENEN LA FUNCIÓN DE VER Y HACERNOS VER LO QUE NO PERCIBIMOS DE FORMA NATURAL. Esta idea también es un pilar esencial de la literatura. Recuerdo la primera vez que leí un poema de Francisco Brines (aunque me había ya pasado muchas veces con otros poetas). El recientemente fallecido poeta me dijo con esos versos algo que estaba ya en mí, pero que yo no había sabido nunca expresar con palabras. Trasládese eso a todo cuanto los lectores extraen de las páginas que leen, aquellos momentos de la lectura en los que el lector aparta la vista del libro, alza el rostro, mira al horizonte y reflexiona. Ese es el momento exacto del deslumbramiento y el descubrimiento alucinante.

5.      NO PUEDE HABER LITERATURA DESPUÉS DE AUSCHWITZ. Esta penúltima idea que epitomizo me pareció devastadora la primera vez que la leí (en la introducción a una recopilación de la poesía de Fiedrich Hölderning), que es de Theodor Adorno (filósofo judío americano), y con la que nunca estuve de acuerdo, si bien sí pienso que hay un antes y un después de Auschwitz. Compagnon disiente también de esta idea. Es comprensible que la infamia del exterminio alemán nazi llevara a algunos a pensar que la humanidad había quedado estigmatizada para siempre y la literatura, a partir de Auschwitz (en realidad sinécdoque por el ominoso número de judíos asesinados por Hitler en todos los campos de exterminio nazis), parecería toda trivial. Pero esto no puede ser así. Yo he leído varias novelas que tratan sobre El Holocausto, y la lección ha sido demoledora, la experiencia devastadora, incluyendo algunas obras líricas que hablan de exterminios humanos (a vuelapluma se me ha venido a la mente la poesía de Yusef Kamunyakaa sobre la guerra del Vietnam que él vivó y a la que sobrevivió). Recomiendo uno: Sin destino, de Imre Kértesz (premio Novel), que narra la historia de un adolescente judío que, al principio del nazismo, ve cómo su padre ha de marchar del hogar a “trabajar” con los alemanes y más tarde él mismo, quien, con los ojos inocentes al principio, irónicos después, de quien ignora lo que el exterminio nazi supuso, hasta que comienza a comprender, describiendo su paso por varios campos de trabajo y lo que allí vive y observa, aferrándose a la felicidad aberrante de estar vivo. Espeluznante. Por no hablar de los testimonios literarios de Primo Levi y de Viktor Frankl. La literatura después de Auschwitz es necesaria, porque, aunque el recuerdo de Auschwitz sea doloroso y parte de la historia universal de la infamia, citando a Borges, no debe ser olvidado.

6.      LA LITERATURA CONTRIBUYE A NUESTRA “EDUCACIÓN SENTIMENTAL”. Esta última idea que destaco me parece también esencial. Una buena educación escolar es imprescindible para forjar a un ser humano. Pero además una buena formación literaria contribuye al desarrollo de nuestra personalidad, a malear una persona culta cuya cultura le ayude siempre a mejorar. Mi “educación sentimental” se ha forjado sin duda con los clásicos grecolatinos, con la literatura universal europea, más tarde la americana, luego la Oriental, que, gracias a las guías naturales y a los amigos de quienes amamos la literatura, nos han llevado a esos autores iluminadores e imprescindibles para cada cual (no son los mismos para todos nosotros). Se accede de esta forma a una experiencia sensible y aun conocimiento moral que nos lleva a ser conscientes de nuestra diversidad y la diferencia de valores de los demás con respecto a los nuestros. Nada más enriquecedor.

 

   Como conclusión destaco que, ante la tan difícil pregunta de la utilidad de la literatura, estos aspectos que he resaltado son los que me parecen que la responden satisfactoriamente. Quedan, por supuesto, algunos en el tintero (combate la soledad, convierte a otros en escritores, mejora el uso del lenguaje, etc.) Una persona verdaderamente libre de prejuicios y con independencia intelectual (los adolescentes aún no entran en este grupo) nunca preguntaría por la utilidad del arte en general: el arte no tiene un fin pragmático, sino que es en sí mismo un medio pragmático. En realidad lo que me gustaría resaltar sobre todo es que una sociedad educada e intelectualmente libre y sana nunca debería preguntarse por la utilidad de las cosas que no dan un producto definido o materialista. Se comete, de nuevo, el error de ver la vida unilateralmente –el pragmatismo- y despreciar nuestra humanidad, que es lo que nos ha llevado a lo más vil y a lo más sublime, y es  a esto último a lo que todas las actividades humanas consideradas inútiles por una sociedad enferma deben aspirar. La literatura es una de ellas.

sábado, 1 de mayo de 2021

JAIME GIL DE BIEDMA. BARCELONA, AÑOS 70.

 


JAIME GIL DE BIEDMA. BARCELONA, AÑOS 70.

 

   8 de enero, 1990. Muere Jaime Gil de Biedma, después de algunos años de lucha contra el SIDA, años penúltimos que, según relata David Dalmau en su biografía sobre el poeta y el hombre, fueron básicamente hiel. JGB escribió, en Poemas póstumos, los versos de Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma, un bello y cincelado poema en el que relata un flashback hermoso de un momento de esos que son nostalgia ya cuando se están viviendo, y un amor concluido siempre presente. Vasos de vino blanco bajo los árboles, junto a la piscina, fiesta en la casa (La Nava), gente que viene a unirse a la misma, momentos, sin duda, que han quedado para siempre, pues Jaime los hizo versos, atrapando el último verano de nuestra juventud, según palabras de algún amigo que allí acudió, a ese lugar lírico y mítico donde Jaime disfrutaba de la vie de château tan típica de un burgués de Barcelona cuya familia aún celebraba fiestas de puesta de largo, que militaba en el partido comunista con smokings en el armario de su pisazo en Barcelona, y tenía un buen remunerado trabajo en Tabacos proporcionado por papá. Esta contradicción solo se entiende en esa Barcelona, donde Jaime pide perdón por haber nacido en los tiempos -más bien los lugares- del tenis y la pérgola.

  JGB habla de poemas póstumos y de la muerte con la naturalidad de quien se sabe aún joven y la Parca queda lejos, aunque nunca lo suficiente. Gil de Biedma pasa sus últimos años de existencia entre la literatura y la iracundia de quien se ve, pese a su aspecto y engañosos períodos de mejora, atrapado entre las manos de un destino que no imaginó, pero que buscó inconscientemente. Casi nadie está preparado para morir. Él, aunque habló de su propia muerte, no lo estaba tampoco, de ahí su vesania. Pero hay una muerte peor para un escritor que la desaparición física, y esa es el olvido. El poeta murió en 1992 y han tenido que pasar casi 30 años para que se le recordara en la ciudad en la que nació, vivió y reflejó en sus versos, esa Barcelona de los años 70 tan distinta a la de hoy, donde un catalán era una persona de mundo, culta y amigable, y no un analfabeto nacionalista.

   A Jaime Gil de Biedma por fin le han puesto una placa conmemorativa en la calle donde vivió la última etapa de su vida. Gil de Biedma es uno de los poetas más representativos de la Generación de Medio Siglo, de la que aún sobreviven, nonagenarios, los grandiosos Francisco Brines y J.M. Caballero Bonald, autor “lento”, como él mismo se denominaba, poeta de obra breve pero intensa, homosexual lascivo, exquisito en formas y extremadamente culto, a veces distante y despectivo, histriónico otras, acaparador de la atención intelectual, un Lorca catalán con ramalazos de niño mimado, formado en Inglaterra, admirador entre muchos otros de Auden y de T.S. Eliot, pero también de nuestro Antonio Machado y Luis Cernuda, de quienes son estos poetas hijos literarios. Jaime G. de B. tuvo una relación epistolar durante los últimos años de su vida con el poeta sevillano, y en ella se puede comprobar la admiración del joven poeta por el complicado Luis. El poeta de Barcelona, donde yo también nací y viví los diez primeros años de mi vida, fue una persona de la que me hubiera gustado, para bien y para mal, ser amigo.  Gil de Biedma salía de su oficina en Tabacos (Compañía de Tabacos de Filipinas) y se dirigía, cuando no se metía en algún garito de la ciudad condal, pongamos el Bocaccio, a su casa en la calle Pérez Cabrero, se ponía un whisky y, me imagino –la mitificación del personaje es inevitable- ponía música en un tocadiscos y, aún vestido con su traje claro, cogía algún libro, encendía un cigarrillo y se sentaba a leer en un sillón a la luz tenue y cálida de una lámpara de mesilla mientras apuraba su on the rocks. Allí recibía, ya ágrafo, a jóvenes poetas a quienes, o bien despedía, o por quienes se interesaba, como sucedió con el gran Pere Gimferrer.

    Pero no me he decidido a escribir estas líneas solo porque a Jaime Gil de Biedma se le ha hecho justicia en su ciudad natal, sino porque siempre me rondó la mente, desde que lo supe, el pensamiento de que me pude cruzar con él, o él conmigo, por la calle, cuando yo era un chaval con peto y con sandalias, el pelo rubio y ensortijado, mientras el poeta daba un paseo por el barrio o se dirigía a comprar tabaco o vino. Jaime Gil de Biedma empezó a vivir allí en 1965. Yo nací en octubre del año siguiente. Me fui de Barcelona en 1975 y en Sevilla, donde mi padre nos trajo, vi el entierro del Caudillo por la tele, pues mi padre,  socialista sin carné, era mucho de “momentos históricos”, como dijo cuando nos obligó a ver el acto, yo sentado sobre la moqueta de mi casa.

   Frente a la calle Pérez Cabrero, donde el otro día la hija de su hermana, Inés García-Albí, descubría su placa conmemorativa, hay un parque que se llama Turó Parq. Mi madre nos llevaba a mis cuatro hermanas y a mí a ese parque casi todas las tardes, desde la cercana Calle Oliana, 21, donde vivíamos. Aún recuerdo cada palmo de ese parque, cada rincón umbrío, cada glorieta, la pista de patinaje, la cuesta de la entrada este, los lugares secretos, el pasadizo de la entrada oeste, las madres sentadas en los bancos mientras los niños, entre una bataola de gritos y conversaciones, charlaban hasta la caída del sol. Podría ser 1973 o 74 cuando alguien me tomó unas fotos en el parque que aún conservo. Las fechas coinciden. Tal vez Gil de Biedma me viera un día con mi madre y mis hermanas al cruzarnos casualmente. Recuerdo que mi madre nos compraba chucherías en la calle Pérez Cabrera, en una tienda de esos bloques de arquitectura franquista, horribles por fuera, enormes por dentro, donde había pequeños setos en islas de parterres sobre la acera, frente a la cabecera del Turó Parq.

    Si algo tiene la literatura es la mitificación, además de la mistificación, si ambas cosas no son lo mismo. Por ello, me gusta imaginar que mi admirado poeta se cruzó conmigo cuando yo contaba apenas 6 o 7 años, y él me dirigiera una mirada distraída para volver a sus reflexiones existenciales, sin imaginarse que ese chaval, más de cuarenta años después, leería sus versos con la alucinación de quien observa la Victoria de Samotracia en la entrada del Louvre. Apostemos por la fantasía. En cuanto vaya a Barcelona –espero que sea pronto- iré al Turó Parq de mi infancia y me retrataré bajo la placa dedicada, por fin, a Jaime Gil de Biedma.