jueves, 12 de mayo de 2016

VIVIR SIN ACRITUD

IV

CANCIÓN, SIN MELODÍA


Despaisados, privados de sensatez
Y de contemplación,
Heridos, tal vez muertos ya
Todos los hombres.

No existe un deseo enfermizo
Y urgente de poseer
La luz y sus destellos,

De ser el día, de vivir solamente
En paz, aquí, en las
Afueras, donde todo
Es más limpio y algún
Resentimiento agrio y decepcionante
Que los hombres despiertan
Está más contenido.

Yo entiendo poco de hombres pero creo
Que el río es un hombre gris
Y hay un fragmento de su
Flujo en el triste museo de la escarcha
Que hiela y atemoriza.

Yo no he venido a ver
El cielo, he venido a ver la turbulenta
Hiel, a arrojar mi desprecio
Entre sus brazos, a vivir
Tu vida como si fuera mía, a morir
En la vida como si fuera
Eterna, o a existir

Más allá de los hombres, por encima
De valles, de montañas, de
Ríos, y encontrar una voz
Que sea mía y tuya, al mismo tiempo.


VIVIR SIN ACRITUD


VI




Temo
-en el cristal acaba de extinguirse el último
Reducto del ocaso-que suceda la noche,
Y las tinieblas lúgubres sofoquen el inefable
Brillo del día huido surgiendo, puntual,
La sombra de la máscara.

Es estéril un conato de fuga hacia el sosiego
Y un ímpetu te arrastra hacia esa barra
Que nunca abandonaste.

No hay réplica posible ni engañosa excusa
A tu debilidad por sentir lástima
-¡me supone ya tanta fatiga mirar con las pupilas
Cuajadas de alfileres!-
Y desterrar la amarga desazón de pasar
Por la vida invulnerable
A la vulgaridad.


VIVIR SIN ACRITUD



VII

BREVE CRÓNICA DE UN INCIERTO RECUERDO INFANTIL


Yo era un niño entonces,
Con peto y con tirantes,
-no recuerdo un instante concreto,
Solamente un agradable frío
Entre los pinos, un verano que parece
No haber sucedido jamás.-
Y la playa cercana es un recuerdo incierto
De pinaza y arena.
Los álitros nocturnos, como un Réquiem,
Invadían la noche
Igual que Las estrellas, excesivas,
Y tras las mosquiteras,
Como párpados, se iban
Apagando las luces de los cuartos.

Recuerdo haber sentido miedo,
Que el sueño me vencía,
Y un obstinado crepitar de grillos.

Mi reino un laberinto de
Caminos angostos, mis pequeños
Zapatos cubiertos de polvo
Y un desvaído escándalo
De voces infantiles –creo que el Turó-Parq-
Y glorietas umbrías, desiertas
Como islas.

Las tardes cálidas de mi olvidada
Infancia-seguramente en marzo-
Que no me creo ahora
Que fue, por un instante, mía.

Pero aún quiero creer
Que fue verdad que yo, con mis hermanas,
Con aquellos abrigos que son como un abrazo
De tus padres, subíamos
Al mágico mundo de los Pajes Reales,
En diciembre, o que aquel pequeño piso
En Oliana era una tierra mítica
De papeles pintados, de espadas
De corsarios rotas sobre la cama,
O mi madre planchando en el salón.

Sueño con todo esto, y con mirar atrás,
Porque la fuga hacia un lugar amable es
simplemente
Un gesto de aceptación
De que aquí, donde estamos ahora,
El tiempo transcurrido es el reducto
De hombres con cierta disposición
A la melancolía, o a un futuro
Oscuro que te empuja a vivir
En el lugar incierto del recuerdo.