lunes, 26 de agosto de 2019

CAJÓN DE ARTÍCULOS. UN NUEVO CABALLO DE TROYA







UN NUEVO CABALLO DE TROYA

Fco. Javier Martos


   Los antiguos griegos siempre tuvieron en su acervo cultural una serie de relatos –llamémoslos mitos, historias, o poemas- que no solamente narraban un suceso o acontecimiento histórico, más o menos transformado, sino que además ocultaba siempre un mensaje simbólico, arquetípico y atemporal. Uno de ellos es la historia del Caballo de Troya, que Odiseo/Ulises cuenta al rey de los Feacios en la Odisea, cuando, en su largo periplo de regreso a su patria Ítaca de la guerra troyana, naufraga y recala en las orillas de este lugar. El astuto Odiseo, después de diez años de infructuoso asedio por parte de los griegos a la ciudad de Asia Menor, idea la estratagema: con los restos de varias naves construyen los griegos un enorme caballo con ruedas que empujan hasta la puerta principal de Troya, y luego el contingente entero se retira de las tierras troyanas, admitiendo su derrota.
    El caballo gigante es una ofrenda griega que simboliza la rendición, y dejan allí como regalo. El error de los troyanos es meterlo en la ciudad, mientras contemplan la huída de los ejércitos griegos en el mar, ignorando que, en sus tripas, se ocultan soldados helenos bien armados, quienes, asegurándose bien entrada la noche de que los troyanos han caído borrachos durante las fiestas de celebración de su liberación del asedio, surgen del caballo y arrasan la ciudad con fuego, conquistándola.
   Este relato no es un simple episodio de la guerra troyana: simboliza de una forma genial los peligros que acechan detrás de una apariencia amable, la amenaza que se oculta en el vientre de la normalidad.
   Es una constante histórica, tomando el caballo troyano como símbolo, el hecho de que los grandes acontecimientos históricos, los grandes cambios sociales, las grandes revoluciones culturales, se comprenden mejor contempladas desde la distancia del tiempo transcurrido. En el momento cuando éstos se producen la sociedad en general suele ignorar o no saber interpretar qué factores, qué causas son las que hacen que las grandes revoluciones  socioculturales de las que no sólo es testigo pasivo, sino también actor, los motivan. En realidad somos ligeramente conscientes de que algo está cambiando, pero no acertamos a concretar el qué y el cómo.
   Las nuevas generaciones que ahora están viviendo su pre-adolescencia o su incipiente adolescencia ignoran la influencia que los grandes cambios sociales de la última década están ejerciendo sobre su personalidad, su psicología y sus relaciones socioculturales en esta etapa biológica tan decisiva y, por tanto, no tienen la posibilidad de ejercer un control consciente sobre aquéllos que moldee su propio desarrollo personal de una forma adecuada, ni siquiera poseen las herramientas que les permitan saber cuál es su lugar y su papel en la sociedad, problema de importancia capital.
   La mayor parte de nosotros piensa, en primera instancia, que uno de los muchos factores de ese cambio son definitivamente las nuevas tecnologías y su relación con las redes sociales en las cuales está implicada la mayor parte de la población hasta el punto de que hoy, lejos de lo que podríamos imaginar, se consideran alienados o excluidos a aquellos que no están inmersos en ellas, sin darse cuenta de que la alienación, como un nuevo caballo de Troya, se ha introducido en nuestro entramado social con la apariencia de un bien, en lugar de lo que realmente es: una amenaza para el desarrollo saludable y en libertad de cada persona. No obstante, como antes he apuntado, no creo que éste sea el factor principal, aunque decisivo, para la configuración de esta sociedad nuestra, cada vez más compleja y extraña al propio ser humano, o, más exactamente, a la propia humanidad de nuestra especie.
   Creo que lo que sucede y de lo que no muchos son conscientes es que la sociedad de hoy ha destruido, mediante la fuerza de las redes sociales, las nuevas tecnologías, la enfermiza sociedad de consumo, la falta de formación y de cultura, la ausencia de certezas y la permisividad de padres con respecto a hijos, colegios con respecto a estudiantes, las diferencias naturales no sólo sociales, sino también las puramente biológicas. Es decir, lo que afecta a nuestros pre-adolescentes y adolescentes/jóvenes es que, si bien biológicamente son llamados así y físicamente todavía se incluyen en esa etapa evolutiva, se han equiparado al resto de la población, la cual también, a pesar de seguir entrando dentro de las denominaciones generacionales tradicionales de adulto, maduro o mayor –antes anciano- , ha perdido la pertenencia concreta a unos de estos grupos independientemente de su edad cronológica. Los niños, los adolescentes, los jóvenes, las personas adultas y los mayores formamos parte de una única masa social no diferenciada por generaciones, y por ello, definitivamente alienada.
   Esta teoría, atemorizante en su planteamiento, habría que tenerla en cuenta y reflexionar sobre ello. Pongamos algunos ejemplos puramente empíricos que suponen alteraciones dramáticas de la naturaleza humana y de las que la sociedad, bajo la apariencia de una sombra silenciosa y subrepticia, ha ido aceptando paulatinamente, inconsciente de sus consecuencias. Señalemos cuatro fundamentales.
   En primer lugar, pienso que no se ajusta a la normalidad que niños de doce años en adelante compartan tantas características comunes con sus padres y con sus abuelos si pertenecen a grupos biológicos tan distintos, pues todos usan las mismas tecnologías (tabletas, móviles) y de la misma manera, compulsiva y enfermizamente, tan sin control sobre ellas.
   En segundo lugar subrayaría el consumo de series (televisivas o en línea) que incluso en ocasiones ven juntos o a la vez hijos-padres-abuelos, cuando tales series no son ni por su contenido, ni por su lenguaje o temática, ni por la cantidad de tiempo que requiere seguirlas, adecuadas para ellos, pues no existe un autocontrol consciente para saber cuándo se siguen de forma sostenible y cuando se han convertido en una adicción que influye sobre los horarios y las relaciones interpersonales.
   En tercer lugar la presión social también ha igualado a los diferentes grupos de personas en la forma de consumir. El hecho de que los adolescentes y los jóvenes puedan acceder con la misma facilidad a artículos que antes sólo podían adquirir aquellos con un puesto de trabajo, artículos que antes eran objetos de clase o de alto poder adquisitivo estén ahora al alcance de ellos ha conllevado que las generaciones actuales sean las generaciones de la opulencia, poseedoras de bienes materiales en exceso, y que, lo que es más preocupante, dado su fácil acceso a ellos, bien sea porque sus padres se los proporcionen,  bien porque puedan adquirirlos por sí mismos, no valoren lo que tienen y se crean merecedores de todo cuanto puedan desear.
   Esto último tiene como consecuencia que haya surgido una generación en gran parte de jóvenes despóticos e irrespetuosos, acostumbrados a recibir y ser servidos, pero ajenos a dar y a ser solidarios.
   La última, para concluir, es, ahora sí, la dependencia de las tecnologías. Muchos jóvenes de estas generaciones, bajo la falaz afirmación de que son generaciones nativas-tecnológicas, han abandonado al lectura de libros en el momento que han adquirido su teléfono móvil o su tableta, inconscientemente empujados a experimentar una montaña rusa de emociones proporcionadas por las redes sociales de forma incontrolada, adictivas en su mayor parte, y a convertirse en personas expuestas a aprender de una realidad deformada, huraños, maleducados y agresivos con su entorno si éste no les permite utilizar sus dispositivos.
   Opiniones como la que se acaban de verter aquí no son muchas veces tomadas en serio o son consideradas catastrofistas. No creo que sea este el tono adoptado El caballo de Troya –dicen- puede estar en todas partes (el ocio de los adultos, el alcohol y otras dependencias de quienes se supone son personas maduras). Es cierto. Pero aquí las personas ejercemos nuestra libertad de empujar al caballo dentro o mantenerlo tras la muralla.
   Lo que pienso es que hemos caído en una laxitud que la sociedad de bienestar que nuestros estados liberales ha fomentado y que necesita una revisión,  pues participamos de o simplemente obviamos el desmoronamiento de las libertades humanas y los valores del ser humano como especie social, libertades que se forjan con la experiencia de vivir , según la edad, una realidad que se aprende progresivamente según el momento vital del individuo con una educación moderna.
   Invito, pues, a reflexionar, sobre lo que el liberalismo del que somos herederos en las sociedades postmodernas defendía, y ahora se ha diluido: el conflicto de lo moral y lo material no puede ser eliminado de la sociedad, pero sí puede ser contenido y encarrilado, porque, a día de hoy, todos somos depositarios de unos valores que ahora periclitan bajo la sombra de la normalidad.

2 comentarios:

  1. El mercado no ha despreciado ni a los adolescentes ni a los niños. Los gobiernos, los ciudadanos lo permiten. Lo permitimos. No han faltado Casandras, Laocontes.

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  2. Casandra y Locoonte tampoco fueron escuchados como apuntas

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