LA CULTURA DE LA CANCELACIÓN
(No hables, no preguntes, no pienses)
Fernando Bonete Vizcaíno.
Ciudadela, 2023.
Fco. Javier Martos
Con muchas dudas y cierto temor me
atrevo a escribir la reseña de este libro cuya lectura, sin embargo, recomiendo
a todos aquellos libre pensantes que no han caído en los dogmatismos, defienden
la libertad absoluta individual e intelectual, practican la tolerancia para con
quienes piensan de forma diferente a uno
y no recurren al zafio recurso del insulto por falta de cultura,
educación y argumentos. Complicado, pues. La primera de ellas es que muchos
ciudadanos (este masculino genérico puede hoy ya traer problemas) ni siquiera
querrían leer el libro después de conocer las credenciales del autor quien,
libre de la autocensura y ajeno a los Trigger
warnings (incluyo al final de la reseña un corto glosario sobre neologismos
que aparecen en el libro y que traeré a colación los cuales, probablemente, aún
no recoge la RAE -no lo he consultado-, pertenecientes al campo de la sociología
en su mayor parte) aparecen en la solapa del libro, cuando podrían haberse
ocultado más allá de las políticas editoriales.
Se trata de Fernando Bonete
Vizcaíno, joven profesor, Doctor en Comunicación Social, Profesor de la CEU San
Pablo (Universidad privada católica), colaborador de El Debate (humanismo
cristiano), la COPE y TRECE TV
(conservadurismo crítico comunicativo). Está claro que los mecanismos
sociopolíticos del prejuicio ideológico y cultural se activarían al instante
por parte el grueso de ciudadanos progresistas y otras ideologías opuestas a la que el autor se supone que tiene para cuestionar y bloquear automáticamente la
autoridad, veracidad o lógica de cuanto se dice en el ensayo que nos ocupa. Pero
ahí está el reto del intelectual libre: leer sin prejuicios y con capacidad
de juicio, e interpretar y criticar en consecuencia cúanto de objetivo hay en
un ensayo y cuánto de subjetivo y tendencioso, simplemente informándose. Pero
hay mucha gente que ni quiere ni tiene la intención aunque solo sea por
contrastar lo que lee. No obstante, esta idea que inicialmente apunto –la
autocensura- que lleva inevitablemente al prejuicio por ideología (léase
intolerancia), forma parte de la amplísima lista de temas que el autor analiza
en el libro. Este ensayo es una bomba de relojería solamente por el hecho de
que despliega ante nuestros ojos una ingente información sobre los temas más
candentes de nuestra sociedad posmoderna en lo referente al concepto de lo
políticamente correcto que se ha introducido en los ámbitos más importantes de
ésta, a saber: la ideología política, el sexo, la raza, la religión y las
clases sociales, términos latos que apuntan directamente a las lacras más
socialmente recriminables de la historia de la humanidad como son la intolerancia,
el sexismo y la comprensión de la diferenciación sexo-género, el racismo, la
persecución religiosa y el dogmatismo y la discriminación social, todas ellas
en proceso de revisión, enmienda y corrección obligatoria y necesaria.
El ensayo, que en principio el
lector avisado espera que sea un libro prejuiciado (en inglés, biased) y dirigido a la refutación de
todas estas nuevas polémicas que surgen del debate de los temas anteriormente
citados desde el punto de vista de su utilización como plataformas de censura –eufemísticamente
llamada, como el título indica, “cultura
de la cancelación”-, resulta ser, sorprendentemente, un manual donde abunda la exposición, y es casi inexistente la valoración
subjetiva. Ante los ojos del lector se despliegan una serie de realidades analizadas
según la experiencia y se aportan algunos ejemplos reales tomados sobre todo de
los medios y definiciones y análisis de cada uno de los temas de expertos en
politología, sociología, filosofía y otras disciplinas que intentan definir, no
juzgar, las actitudes que se dan en las comunidades humanas posmodernas con
respecto a esos temas.
Lo que el ensayo pretende es, por
un lado, exponer cómo se impone la cultura de la cancelación, que no debemos
olvidar que se trata simplemente de censura normalizada, y cómo ésta, ejercida
por parte de los colectivos que más han sufrido las lacras sociales del
sexismo, el racismo, la discriminación sexual, social y religiosa en aras de lo
políticamente correcto para evitar herir esas sensibilidades agredidas
violentamente durante tantos siglos, caen precisamente ellos mismos en los
comportamientos que han padecido y pretenden denunciar, dándose una
transformación dramática y pocas veces consciente por parte de la sociedad, de sectores
desfavorecidos oprimidos en sectores desfavorecidos empoderados opresores.
Un par de ejemplos aportados
pueden ilustrar esta idea. Y que conste que el autor no pretende demonizar
estos colectivos desfavorecidos tradicionalmente, cuyas reivindicaciones no
sólo comparte y apoya de manera general, sino solamente actitudes y conductas concretas
por parte de los agentes sociales y los colectivos, sean del color que sean,
que llevan a la sinrazón, el extremismo, el recorte de la libertad de expresión
y la violencia verbal e incluso a veces física. El primero se da en un programa
de televisión en el cual se celebra un debate sobre las políticas de identidad,
donde una de las invitadas, poeta y feminista militante de raza gitana,
reprocha a otro invitado, un abogado, que se manifieste sobre el racismo y lo
trans no siendo ni trans ni
perteneciendo a una raza oprimida diciéndole “tú no tienes que hablar de la ley
trans ni del racismo, tienes que escuchar y aprender”. Con estas palabras, la
persona que se ha sentido tanto tiempo discriminada por su sexo y raza, comete
una triple acción canceladora: no solo se muestra agresivamente sexista y
racista ella misma no admitiendo que un blanco heterosexual opine sobre lo que
él no es, sino que le coarta su libertad de expresión. El segundo se da en el
ámbito universitario, donde un estudiante de la Universidad Pompeu Fabra de
Barcelona envió a la Unidad de Igualdad de dicha entidad una solicitud para que
la participación de un catedrático en filosofía del derecho invitado a un
seminario internacional “Gender” fuera retirada amparándose en el argumento de
que éste era una persona “cis” (una persona cuyo sexo y cuyo género son
coincidentes) que iba a hablar de los trans. En este caso el estudiante
pretende también un acto de cancelación utilizando argumentos manifiestamente
sexistas sin percatarse de que infringe a otra persona lo que él mismo sufre y
denuncia: “encasillar” al profesor como “cis”, como si esa condición fuera
objetable socialmente para opinar o participar de cualquier acto universitario
donde pueda aportar ideas o contenidos interesantes o, simplemente, debatir y,
de igual manera que en el ejemplo anterior, coartar la libertad de expresión de
una persona.
Otro tema que atraviesa el ensayo
es la “resignificación”, concepto que en sí mismo es positivo, pues pretende revisar
todo significante que, tradicionalmente, posee significados contrarios a la
tolerancia, la diferencia de género o de sexo y la raza. El feminismo, en
concreto, que ha alcanzado grandes logros en las últimas décadas, sigue
utilizando el argumento del machismo de manera catastrófica, se ha politizado y
se ha vuelto agresivo. Juzgue el lector. Consulte youtube: los ejemplos son abundantes, sobre todo por parte de las
mujeres con poder político, que, de nuevo, pecan de lo que pretender defender,
y condenan al ostracismo por sexo a mujeres de ideologías opuestas.
Resignificar está bien, pero utilizar el concepto como arma arrojadiza es
socialmente censurable y. sobre todo, contradictorio: yo defiendo los derechos
de las mujeres, pero tú, aun siendo mujer, militas en un partido opuesto a mis
ideas y entonces no te defiendo e incluso te insulto. Ideas como que la
maternidad es un estorbo y una esclavitud, la tiranía del patriarcado, “mi
cuerpo es mío”, la política de cuotas y otras se han descontextualizado y se
han llevado a los extremos, como, por ejemplo, que la Dirección General de la
Guardia Civil, con la finalidad de que hubiera mayor representatividad de
mujeres en el cuerpo, en el año 2022 modificó el reglamento de acceso en favor
éstas, reduciendo en un 15% en la nota de la mujer con respecto a los hombres,
cayéndose, en un intento de revertir una situación anómala, en una
discriminación por sexo, ya que con esta medida se presupone que las mujeres no
pueden conseguir sus metas por sus propios méritos y necesitan de una ayuda.
Este ensayo intenta reflexionar seriamente
sobre otras ciertas actitudes (insisto: el autor no critica colectivos ni
tendencias, sino actitudes frecuentes y que van más allá de toda lógica
intelectual y apuntan a una estulticia
sin límites) que son hoy comunes y traspasan la frontera de la lógica. Hoy en
día se critica y ataca a quien quiera disfrazarse en carnaval con ropas de otra
etnia o raza, se cuestiona a un cantaor de flamenco no gitano, a un varón
blanco que traduce la obra de una mujer negra, o, como se ha dicho antes, que
un “cis” no pueda opinar de un trans
en un debate, considerar excluyentes los términos “padre”, “madre”, “embarazada”,
se ha añadido un signo + a las siglas LGTBIQ para incluir en él lo que en un
manifiesto se denomina “cuerpos hablantes”, dando a la intersexualidad
(espectro entre los extremos varón-mujer) un espacio ilimitado que no sabemos
si contribuye más a confundir que a ayudar, sobre todo para quienes dudan de su
género o de su sexo. El uso público de términos llamados “débiles” como “sentido”, “equidad” en lugar de los llamados “fuertes” y rechazables “verdad
y justicia”, la creación de toda una serie de conceptos expresados en inglés que
intentan definir situaciones sociales como el Social Justice Warrior (SJW),
wokeness (conciencia social progresista), “red pill” (conciencia social
conservadora, en referencia a la pastilla roja que los personajes de Matrix
tomaban para volver a la realidad), la inconciencia de los usuarios de Internet
de lo que se denomina “documedialidad”
(efecto de Internet sobre los usuarios registrando los gustos personales.
tendencias políticas, ideológicas y culturales), que lleva al “efecto túnel” de Internet (conforme el
usuario aumenta la cantidad de contenidos consumidos conscientes con su forma
de ver el mundo, se reduce su campo de visión y, por tanto, de acceder a otros
puntos de vista), el “Shadow Banning”
o “baneo”, censura que relega a la sombra a quienes opinan en las redes en
contra de lo políticamente correcto o realizan comentarios de “odio” en las
mismas, como hizo Elon Tusk cuando adquirió Tweeter, con buenas intenciones
pero, a juzgar por el tono de los tweets, inútil.
Se abunda en el ensayo en un
hecho que para mí es determinante: la “cultura” de la cancelación (oxímoron
flagrante: la censura apunta precisamente en sentido contrario a la cultura):
se trata de términos como “restricciones”, “prohibiciones” y otros términos que
en realidad coartan la libertad de expresión cuando lo que se perseguía es que
la sociedad fuera respetuosa y tolerante con la diversidad de manera global sin
provocar la indignación o la molestia. Pero se ha conseguido lo contrario: lo
políticamente correcto ha conseguido caer en, además de la censura, la
difamación, el acoso o la intimidación, como le ha sucedido a esa trabajadora
de una compañía telefónica cuando, al ser preguntada por la calle a qué partido
iba a votar y ésta dar su respuesta, fue linchada en las redes por militantes
de ideologías contrarias, quienes exigieron a la compañía que la despidiera de
inmediato, lo cual –esto es opinión de quien escribe- es propio de una
dictadura, no de una democracia.
Especialmente interesante es la
parte del libro donde el autor aborda las cancelaciones literarias en aras del
respeto a los llamados sensitivity readers, lectores que pertenecen a ese
sector de la sociedad vulnerable por todo lo más arriba expuesto. Valga este
ejemplo, por absurdo: el director Leo Muscato anula el final de la ópera Carmen, de Bizet, donde
Juan asesina a Carmen, pues este final podría alentar el aumento de feminicidios en
Italia, ¿cómo?: pues haciendo que sea Carmen quien asesina a Juan. Son
sometidas a censura La bella durmiente (promueve la violación), Los Cinco (por
el lenguaje no-inclusivo: “sucio gitanillo”, “gracias a Dios”, sustituidos
respectivamente por “pequeño” y “menos mal”), y muchos otros títulos que
contienen estereotipos sexuales, lenguaje racista, misoginia, violencia sexual,
material ofensivo, referencias a la exclusión, la esclavitud, el genocidio
cultural: Tom Sawyer, Lo que el viento se llevó, Lolita, Muerte en Venecia, El Arte de amar, La Ilíada y la Odisea. El autor no da su opinión al respecto.
Desde mi punto de vista, como amante de la lectura, no apruebo estas
cancelaciones: lo que se debe hacer desde los ámbitos educativos (recordemos
que la educacion comienza en casa de uno) es promover la lectura crítica, analizar lo
realmente reprobable y a partir de ese punto tomar conciencia de los logros
sociales obtenidos comprendiendo tales publicaciones como producto de un tiempo.
De lo contrario, lo que tendremos es lo que sucedía en 1984 de Orwell: no dejar
ni rastro de nuestra historia, de la que se debe aprender, pero nunca olvidar.
Para no eternizar la reseña –el
ensayo es tan rico en contenido que se hace difícil- resumiremos los aspectos
más importantes de su parte final. Por un lado, está lo que se llama hoy el lenguaje falaz, o lo que es lo mismo, la
repetición de aseveraciones o bien falsas, o bien cuestionables, con la finalidad de que se conviertan en “familiares” y cognitiva mente cercanas. Veamos una aseveración cuestionable como ejemplo: “el aborto es progresista”, “el aborto es un
derecho”: ambas aseveraciones chocan frontalmente con otras ideologías o
simples puntos de vista. Esto conecta directamente con el término Posverdad, es
decir, la verdad objetiva no existe: si una persona tiene una opinión sobre un
tema en concreto, por el mero hecho de formularla un ser humano, la “verdad objetiva”
admitida como tal hasta ese momento se cuestiona inmediatamente. Esto puede
admitirse en ciertas situaciones: pongo dos ejemplos: “la pena de muerte es
justa para quien mata”= muy cuestionable: 1. los países que la tienen no pueden
demostrar que ésta disuade a los posibles asesinos. 2. Va en contra del derecho
natural. Pero no en otras: “un profesor de instituto puede y debe, como
formador, defender sus posturas sobre ciertos temas sociales”. En ese caso
estaría manipulando las mentes de sus alumnos, ofreciendo una imagen sesgada de
la realidad. 2. Un formador debe exponer todas las realidades e invitar y
enseñar a sus estudiantes a pensar por sí mismos libremente y a utilizar
argumentos una vez analizadas aquéllas.
El penúltimo tema objeto de
discusión es la llamada disforia de género. Se trata de esa situación en la que
un adolescente cuyo desarrollo sexual no ha concluido sienta dudas con respecto
a su género. La aceptación de que las personas tienen un sexo y un género que
no tienen por qué coincidir –el caso contrario es el ya mencionado cis-va
calando cada vez más en la sociedad y las personas cada vez más también
disponen de la información necesaria para abordar estos casos a todos los
niveles, desde el familiar al clínico. El problema surge con la transexualidad
porque este caso no tiene vuelta atrás. El ensayo tan solo alerta de la
exposición de los adolescentes con disforia de género a las redes sociales,
sobre todo a los youtubers, a una normalización de comenzar procesos
conducentes al cambio de sexo, ya que desde estas plataformas se puede inducir,
consciente o inconscientemente, a invitar a estas personas a considerarse trans
tan solo por creer que lo es o tener la intuición de serlo: “hay que
respetar la creencia –fundada en evidencias científicas suficientes- de que hay
otros caminos posibles a la transición, y de que la autoevaluación de los
menores ha de acogerse con prudencia y ser evaluada desde la medicina, con la
menor mediación política e ideológica posible –a poder ser, ninguna-“,
palabras del autor que destilan solamente sentido común, subrayando que este
problema no debe tratarse a la ligera, como últimamente, precisamente desde el
poder político, se ha hecho, a mi juicio de una forma irresponsable.
En definitiva, y a modo de
conclusión, este libro aborda temas que son esenciales, porque son los temas
que en este preciso momento están transformando la sociedad. La tendencia tan
propia de este país –es una percepción personal, que conste- de mirar para otro
lado hace que la ciudadanía, por un lado, ignore los verdaderos problemas
sociales que nos amenazan y, por otro, no conozca bien aquellos que hay que
abordar si queremos que nuestra sociedad cambie, evolucione y prospere, pero
siempre desde la tolerancia y el respeto. Y lo digo porque hay mucha gente ignorante
cuyas decisiones pueden tener una repercusión importante a nivel social. Si no
es ya por nosotros mismos, deberíamos hacerlo por nuestros hijos, porque nadie
se interesa por nada hasta que ese problema le golpea personalmente. Tengo
subrayada en el libro –bueno, el libro está todo subrayado- la siguiente frase
de Edmund Burke, filósofo de la política: “para
que el mal triunfe, solo se necesita, que n que los hombres buenos no hagan
nada”. Es una excelente y hermosa frase. El problema es que hoy, en aras de
la posverdad y el relativismo, muchos siguen pensando que hay que cuestionarse
constantemente qué considera uno el mal y a quiénes los hombres buenos. Muy
peligroso, porque al final llegaremos al no-universo. La conclusión real es que
hay que comprometerse. La cultura de la cancelación no va a desaparecer de la
noche a la mañana, pero hay que perseverar, y para coseguirlo debemos evitar la pereza intelectual, tenemos que recurrir a las fuentes y no al
“lo sé porque me lo han dicho”, no podemos silenciar los problemas, tenemos que ser autocríticos con las ideas propias y con nuestros políticos, nnodebemos incurrir en la autocensura
por miedo, ni arrinconarnos en la política del insulto sin argumentos, debemos evitar tergiversar los hechos objetivos, ocultar la realidad, y, sobre todo, practicar la cancelación con quienes nos cancelan. Si bien no hay una sola
verdad, si hay una realidad alejada de las trampas del relativismo y la
posverdad, y esa es la que debe rescatarse.
PS: Por economía del lenguaje y
por convicción propia como filólogo he utilizado en la reseña el masculino
genérico sin ningún tipo de intención sexista, porque creo firmemente que, si
bien hay que erradicar absolutamente de nuestro lenguaje ciertas palabras y
expresiones a todas luces racistas, sexistas, exclusivistas y muchas más cosas
rechazables que ha ido acumulando a lo largo de los siglos, no hay que
violentarlo. Y no me refiero a los absurdos palabros que algunos políticos de
este país se han inventado cautivos de la más vergonzosa ignorancia lingüística:
me refiero a que el sexismo no está en decir alumnos incluyendo a las alumnas
(yo de hecho oralmente si utilizo ambos), sino en la intención manifiesta de
usarlo de esta manera. Si hubiera recurrido a ello, a lo “políticamente correcto” de forma innecesaria, la reseña me hubiera ocupado una página más. Si he podido
usar La ciudadanía es porque existe la palabra –por cierto, femenina que incluye
al masculino-.
GLOSARIO
(Muchos de los términos son anglosajones
porque han sido acuñados en este lenguaje originalmente.)
-
Trigger warnings: avisos sobre el contenido de una publicación de
cualquier tipo que pueda tener un impacto emocional sobre algún individuo.
-
Persona cis: persona cuyo sexo y género son
coincidentes.
-
Posverdad:
opiniones y emociones personales que están por encima de la verdad objetiva.
-
Resignificación: transformar el significado de un término utilizado tradicionalmente de
manera negativa.
-
Intersexualidad: espectro entre los extremos varón-mujer.
-
Tránfobo/terfa: persona contraria o que no admite la transexualidad.
-
Documedialidad: efecto de Internet sobre los usuarios registrando los gustos personales. tendencias
políticas, ideológicas y culturales.
-
Shadow Banning” o “baneo”: censura que relega a la sombra a quienes opinan en las
redes en contra de lo políticamente correcto o realizan comentarios de odio.
-
Sensitivity readers o lectores sensibles: lectores de libros pertenecientes a algún colectivo tradicionalmente
oprimido.
-
SJW o Social Justice Warrior: cualquier luchador, generalmente autoetiquetado
progresista, por las justicias sociales.
-
Wokeness:
conciencia social (“estar despierto”).