miércoles, 13 de diciembre de 2023

PATOLOGÍA DEL LIBRO

 PATOLOGIA DEL LIBRO 


   Escojo a vuelapluma este título, que en realidad es una sinécdoque, pues el libro físico es ahora cada vez más saludable, más grande y grueso, más obra de arte, un objeto cultural que goza de una salud como nunca tuvo. El título, ciertamente, debería haber sido “patología del editor”, pero es menos literario. Una visita a una librería de mi barrio, que no es más que el digno intermediario de aquel, me provoca esta breve reflexión. Entrando en ella he puesto a prueba mi abstinencia como comprador, pues hace casi seis meses que no adquiero un libro por falta de espacio,  y este insano impulso lo he sustituido por la lectura de los que tengo en mi biblioteca y nunca abrí, lo cual es mucho más saludable intelectualmente hablando. Ignoro qué y cuánto lee el ciudadano medio, -excepto mi círculo mas cercano-; imagino que mucha gente lo hace, pero lo que he visto hoy me ha dejado estupefacto. Por fortuna había una tertulia literaria en curso al fondo del local formada por un nutrido número de participantes, y esto ha atenuado mi estupor.  La librería era un gran almacén repleto de cientos, miles de libros recién salidos de la imprenta, muchísimos de ellos de grandioso tamaño, inmanejables, intratables, casi hostiles, sólo para forzudos-obras completas casi todos ellos-, entre ellos una nueva edición del Quijote, gigantesca, formando una columna salomónica de quince ejemplares; cinco o seis diferentes ediciones magnas de la Ilíada, otras tantas de la Eneida, que casi nadie comprará, decenas de novedades de autores desconocidos, clásicos reeditados en pasta dura, colosales también, hermosísimos ejemplares, novelas históricas sobre temas ya muy trillados, títulos ya consabidos (frases nominales sin artículo,  sintagmas nominales con él) y un largo número de obras que causa vértigo. El lugar que antes significaba para mí un bello oasis de quietud, una Arcadia donde pasar un rato ojeando los lomos de los libros sobre pulcras baldas, ahora es un lugar opresivo. 

   ¿Hay lectores para tantos libros? No lo creo. ¿Qué sucede? No lo sé. Alguna certeza: los gurús que vaticinaron la muerte paulatina del libro impreso se han escondido en la cueva de  los errores históricos. Otra: parecen estos libros más objetos de adorno o coleccionista que instrumentos de lectura. Lo demás es un misterio. Para leer bien hay que tener tiempo. Ahora que voy a trabajar en cercanías me he dado cuenta de ello, pues he leído en algo más de un año más libros que en los últimos cinco. Por las conversaciones de barra he comprobado que el tiempo es lo que le falta a casi todo el mundo. Hay, por tanto, un enigma que resolver. Y su solución no está en los libros (¿o sí?).


sábado, 28 de octubre de 2023

IRENE ENCADENADA

 

IRENE ENCADENADA

    Visualicen el Doríforo de Policleto: la perfección representada en un joven atleta heleno que personaliza la belleza ideal. Un cuerpo perfecto, su armonía, su pacífica serenidad, su fuerza contenida. La solemnidad, la grandeza del lancero, sobrecogen. Lean después a Tucídices, V, 89: los atenienses exigen a la isla de Melos entrar en su liga contra los espartanos, de quienes son aliados. Los de Melos no ceden. Los imperialistas atenienses asaltan la ciudad, masacran a todos los hombres, esclavizan a las mujeres y los niños y ocupan sus tierras.

   Los griegos nos emocionan con el Doríforo, pero nos muestran su abyección con el asunto de Melos. Se derriba un mito. Grecia no es lo que creíamos.La palabra masacre no debería existir, y sin embargo no solo existe, sino que se escucha cada día. Pero lo más triste es contemplar a quienes justifican o solo hablan de las masacres de unos y silencian las de otros. Tucídides nos narra la guerra del Peloponeso, que durante más de veinte años causó la muerte de miles de helenos, hombres, ancianos, mujeres y niños. Y en esa larga guerra, mientras algunos abogaban por la paz, otros, los más miserables, por orgullo, prepotencia, maldad o simple ignorancia alimentaban la muerte.

   Cuando un ignorante, un fanático, o un descerebrado cae en las manos de una persona cuya iniquidad y abyección le permite manejarle como una marioneta, surge la masacre. En el siglo IV d.C., Hipatia de Alejandría, la hija de un astrónomo y matemático que enseñaba en el Serapeion de la biblioteca, también maestra, acogía en sus clases a personas de diferentes etnias, cultura, ideología y religión. Pero eso no gustó al obispo Cirilo cuando se hizo con el obispado de la ciudad egipcia. O se es cristiano o la masacre. Hipatia, que constituía la libertad de pensamiento, la independencia ideológica, la abstención religiosa y la tolerancia cultural, debía ser masacrada. Los cristianos ignorantes soliviantados por un “hombre de dios” la asesinaron vilmente, tras humillarla. Luego la desmembraron y la quemaron. Abyección nauseabunda. Y donde leen cristianos pongan cualquier creencia religiosa que existe o ha existido entre esta lamentable humanidad.

   Pero ahora no hablamos solamente de gente ignorante. Hablamos de gente formada, intelectuales, universitarios, periodistas, políticos, pensadores, que han caído en las terroríficas redes de la militancia sin sentido. Ante la masacre no debe haber dos bandos, sino uno sólo: el que debe rechazar el asesinato de seres humanos por parte de fanáticos o gentes sedientas de venganza que arrancan lo más sagrado de un hombre o una mujer: su dignidad que nace con la vida.

   Me he pensado mucho escribir estas líneas. Pero mi asco, mi indignación, mi dolor profundo ante el espectáculo abyecto de la muerte indiscriminada y la justificación de ésta por parte de algunos de mis iguales, gentes que no ignoran, sino que simplemente miran hacia un solo lado conscientemente o no, no quiero saberlo, de su insostenible tendenciosidad, me han empujado a opinar y, a la vez, espantar mis demonios y el dolor que este mundo me causa.

   La perversión de estas personas es tal que se han inventado un término para justificar su actitud: o piensas como yo o serás Hipatia. El término es “equidistancia”. Hasta este punto ha llegado la ceguera de una parte de la humanidad. No existe la libertad de pensamiento, no existe el intelectual independiente, la persona no militante de nada salvo de la información y la cultura, la tolerancia y el respeto, el hombre de paz y diálogo que no repite frases hechas o decálogos impuestos por la intolerancia y la manipulación. No existen. No existimos. Somos “equidistantes”, término diabólico. No lo somos: somos simplemente Hipatia de Alejandría. Y lo que causa una profunda tristeza es que estos emaciados ocupan lugares relevantes en nuestra sociedad, han pasado por la universidad, se han formado, pero no son capaces de reflexionar. Lamentar una muerte. Silenciar otra. En las guerras solo hay víctimas. Sólo hay personas abyectas. Callaos ya. Sed valientes y luchar por Irene encadenada, no por el hedor de la masacre.

viernes, 11 de agosto de 2023

CAJÓN DE ARTÍCULOS. LA LENGUA CATALANA NO ES CATALUÑA

 

LA LENGUA CATALANA NO ES CATALUÑA

 

   Tal y como reza el título de esta entrada, estas líneas excluyen para comenzar hablar de política. Lo que pretenden es abordar el tema desde la lingüística. Las razones son meridianamente claras: el Catalán no es Cataluña, entre otras razones porque hay que incluir a la lengua Valenciana y a la Balear, todas ellas con sus respectivas variedades. Las otras razones, que son el motivo del porqué de estas líneas, es el cansancio de un servidor de que todo el mundo hable negativamente de la lengua catalana porque la identifican con el separatismo político que persiguen algunos partidos de Cataluña con la única finalidad de vivir chupando de la teta del estado al que no quieren pertenecer, y no como una de las lenguas de España que hay que respetar y cuya antigüedad y peso histórico son considerables.

   Yo nací en Barcelona en 1966, en el seno de una familia catalano-madrileña: mi padre es natural de Port-Pou, un precioso pueblo pesquero de Gerona, casi en la linde con el país galo; mi madre es natural de Madrid. Nos trasladamos a Andalucía en 1974 por motivos laborales de mi padre. Él hablaba y escribía catalán –era bilingüe catalán- en una época, los años 50, cuando en Cataluña el catalán se hablaba de manera natural, existiendo personas como mi padre, además de quienes lo hablaban pero no lo escribían, quienes no lo hablaban ni escribían pero si lo entendían, y quienes no entraban en ninguno de los anteriores grupos. Esta situación era totalmente normal en una sociedad donde existen dos lenguas y la normalización lingüística desde la política no había emponzoñado aún ni la lengua ni la convivencia en Cataluña. Ni yo ni mis cuatro hermanas nacidas también allí hablábamos catalán en casa –mi madre lo entendía y lo hablaba un poco- pero crecimos escuchándolo y lo estudiábamos en el colegio como asignatura en un currículo enseñado en Castellano. 

   La lengua catalana procede del latín vulgar, es decir, de la variedad oral de esta lengua, como el resto de las lenguas romances, que incluyen el Castellano y el gallego, (lenguas Iberorromances), las lenguas Galorromances (Francés y Fraco-provenzal), Italorromances (Sardo, Italiano y todos sus dialectos), y Balcanorromances (Rumano). Se añaden el Retrorromance (Friulano, hablado en Udine, Romanche, hablado en Suiza, y los dialectos ladinos). Todas estas lenguas se formaron aproximadamente desde el siglo VII al X aproximadamente, dependiendo de cada zona del imperio romano, ya extinguido. La lengua Catalana se documenta en el siglo XII en la obra jurídica Forum Iudicum, aunque hay vestigios del romance catalán primitivo en el s. X. Desde el punto de vista histórico, esta lengua se gestó en los antiguos condados carolingios, al norte de Cataluña y Aragón. Con la reconquista, Jaime I conquista Mallorca (1229) y posteriormente Valencia (1238), repoblándose ambos territorios, que hablaban mozárabe, con gentes catalanoparlantes, de ahí que esta lengua se extendiera a estos territorios. El Catalán, el Valenciano y el Balear, si bien tienen diferencias entre sí tanto desde el punto de vista fonológico y léxico, son la misma lengua. Simplificando mucho, pues la cuestión es compleja, por un lado, el Catalán-Valenciano-Balear no se corresponde con ninguna clasificación política y social, sino que conforman un conjunto de variedades de la misma lengua. Actualmente se habla en lingüística del concepto de “continuo dialectal”, que no es más que, si existe una misma lengua como el Catalán que se extiende por una amplia zona geográfica en contacto, como es el caso de esta lengua, desde Cataluña hasta la comunidad Valenciana (El Balear por motivos obvios no entra en este concepto por no ubicarse en la península), las variedades que se hablan en las zonas fronterizas será más similar a las que no lo son: por ejemplo, la variedad del sur de Tarragona será más similar al habla del norte de Castellón que a la variedad barcelonesa.

    Para concluir, estas líneas tienen como finalidad, por un lado, invitar a las personas cultas a que diferencien el valor de una lengua sin prejuicios políticos, sino estrictamente por razones culturales y lingüísticas, con información en la mano y sabiendo de lo que habla. Esto último es esencial: proliferan hoy en día los contertulios en los medios de comunicación que hablan de cualquier cosa ignorándolo casi todo, y nada sucede. Es como si los docentes, por poner un ejemplo simple, hiciéramos estudiar a nuestra clase de treinta estudiantes que la capital de Italia es Florencia, y así lo aprendieran. Por otra, exhortar a quienes denostar la lengua Catalana identificándola con el independentismo político, que conozcan su origen y desarrollo histórico (aún hay quienes afirman de manera ignara que el Catalán es un dialecto del castellano). Por último,  deseo que sirvan estas líneas también para que, quienes la hablamos y la amamos, no caigamos en la autocensura por prejuicios culturales y políticos o por temor a ser insultados.

  

  

miércoles, 19 de julio de 2023

CAJÓN DE LIBROS. LA CULTURA DE LA CANCELACIÓN

 

LA CULTURA DE LA CANCELACIÓN

(No hables, no preguntes, no pienses)

Fernando Bonete Vizcaíno. Ciudadela, 2023.

Fco. Javier Martos

   Con muchas dudas y cierto temor me atrevo a escribir la reseña de este libro cuya lectura, sin embargo, recomiendo a todos aquellos libre pensantes que no han caído en los dogmatismos, defienden la libertad absoluta individual e intelectual, practican la tolerancia para con quienes piensan de forma diferente a uno  y no recurren al zafio recurso del insulto por falta de cultura, educación y argumentos. Complicado, pues. La primera de ellas es que muchos ciudadanos (este masculino genérico puede hoy ya traer problemas) ni siquiera querrían leer el libro después de conocer las credenciales del autor quien, libre de la autocensura y ajeno a los Trigger warnings (incluyo al final de la reseña un corto glosario sobre neologismos que aparecen en el libro y que traeré a colación los cuales, probablemente, aún no recoge la RAE -no lo he consultado-, pertenecientes al campo de la sociología en su mayor parte) aparecen en la solapa del libro, cuando podrían haberse ocultado más allá de las políticas editoriales.

   Se trata de Fernando Bonete Vizcaíno, joven profesor, Doctor en Comunicación Social, Profesor de la CEU San Pablo (Universidad privada católica), colaborador de El Debate (humanismo cristiano), la COPE  y TRECE TV (conservadurismo crítico comunicativo). Está claro que los mecanismos sociopolíticos del prejuicio ideológico y cultural se activarían al instante por parte el grueso de ciudadanos progresistas y otras ideologías opuestas a la que el autor se supone que tiene para cuestionar y bloquear automáticamente la autoridad, veracidad o lógica de cuanto se dice en el ensayo que nos ocupa. Pero ahí está el reto del intelectual libre: leer sin prejuicios y con capacidad de juicio, e interpretar y criticar en consecuencia cúanto de objetivo hay en un ensayo y cuánto de subjetivo y tendencioso, simplemente informándose. Pero hay mucha gente que ni quiere ni tiene la intención aunque solo sea por contrastar lo que lee. No obstante, esta idea que inicialmente apunto –la autocensura- que lleva inevitablemente al prejuicio por ideología (léase intolerancia), forma parte de la amplísima lista de temas que el autor analiza en el libro. Este ensayo es una bomba de relojería solamente por el hecho de que despliega ante nuestros ojos una ingente información sobre los temas más candentes de nuestra sociedad posmoderna en lo referente al concepto de lo políticamente correcto que se ha introducido en los ámbitos más importantes de ésta, a saber: la ideología política, el sexo, la raza, la religión y las clases sociales, términos latos que apuntan directamente a las lacras más socialmente recriminables de la historia de la humanidad como son la intolerancia, el sexismo y la comprensión de la diferenciación sexo-género, el racismo, la persecución religiosa y el dogmatismo y la discriminación social, todas ellas en proceso de revisión, enmienda y corrección obligatoria y necesaria.

   El ensayo, que en principio el lector avisado espera que sea un libro prejuiciado (en inglés, biased) y dirigido a la refutación de todas estas nuevas polémicas que surgen del debate de los temas anteriormente citados desde el punto de vista de su utilización  como plataformas de censura –eufemísticamente llamada, como el título indica, “cultura de la cancelación”-, resulta ser, sorprendentemente, un manual donde abunda la exposición, y es casi inexistente la valoración subjetiva. Ante los ojos del lector se despliegan una serie de realidades analizadas según la experiencia y se aportan algunos ejemplos reales tomados sobre todo de los medios y definiciones y análisis de cada uno de los temas de expertos en politología, sociología, filosofía y otras disciplinas que intentan definir, no juzgar, las actitudes que se dan en las comunidades humanas posmodernas con respecto a esos temas.

   Lo que el ensayo pretende es, por un lado, exponer cómo se impone la cultura de la cancelación, que no debemos olvidar que se trata simplemente de censura normalizada, y cómo ésta, ejercida por parte de los colectivos que más han sufrido las lacras sociales del sexismo, el racismo, la discriminación sexual, social y religiosa en aras de lo políticamente correcto para evitar herir esas sensibilidades agredidas violentamente durante tantos siglos, caen precisamente ellos mismos en los comportamientos que han padecido y pretenden denunciar, dándose una transformación dramática y pocas veces consciente por parte de la sociedad, de sectores desfavorecidos oprimidos en sectores desfavorecidos empoderados opresores.

    Un par de ejemplos aportados pueden ilustrar esta idea. Y que conste que el autor no pretende demonizar estos colectivos desfavorecidos tradicionalmente, cuyas reivindicaciones no sólo comparte y apoya de manera general, sino solamente actitudes y conductas concretas por parte de los agentes sociales y los colectivos, sean del color que sean, que llevan a la sinrazón, el extremismo, el recorte de la libertad de expresión y la violencia verbal e incluso a veces física. El primero se da en un programa de televisión en el cual se celebra un debate sobre las políticas de identidad, donde una de las invitadas, poeta y feminista militante de raza gitana, reprocha a otro invitado, un abogado, que se manifieste sobre el racismo y lo trans no siendo ni trans ni perteneciendo a una raza oprimida diciéndole “tú no tienes que hablar de la ley trans ni del racismo, tienes que escuchar y aprender”. Con estas palabras, la persona que se ha sentido tanto tiempo discriminada por su sexo y raza, comete una triple acción canceladora: no solo se muestra agresivamente sexista y racista ella misma no admitiendo que un blanco heterosexual opine sobre lo que él no es, sino que le coarta su libertad de expresión. El segundo se da en el ámbito universitario, donde un estudiante de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona envió a la Unidad de Igualdad de dicha entidad una solicitud para que la participación de un catedrático en filosofía del derecho invitado a un seminario internacional “Gender” fuera retirada amparándose en el argumento de que éste era una persona “cis” (una persona cuyo sexo y cuyo género son coincidentes) que iba a hablar de los trans. En este caso el estudiante pretende también un acto de cancelación utilizando argumentos manifiestamente sexistas sin percatarse de que infringe a otra persona lo que él mismo sufre y denuncia: “encasillar” al profesor como “cis”, como si esa condición fuera objetable socialmente para opinar o participar de cualquier acto universitario donde pueda aportar ideas o contenidos interesantes o, simplemente, debatir y, de igual manera que en el ejemplo anterior, coartar la libertad de expresión de una persona.

   Otro tema que atraviesa el ensayo es la “resignificación”, concepto  que en sí mismo es positivo, pues pretende revisar todo significante que, tradicionalmente, posee significados contrarios a la tolerancia, la diferencia de género o de sexo y la raza. El feminismo, en concreto, que ha alcanzado grandes logros en las últimas décadas, sigue utilizando el argumento del machismo de manera catastrófica, se ha politizado y se ha vuelto agresivo. Juzgue el lector. Consulte youtube: los ejemplos son abundantes, sobre todo por parte de las mujeres con poder político, que, de nuevo, pecan de lo que pretender defender, y condenan al ostracismo por sexo a mujeres de ideologías opuestas. Resignificar está bien, pero utilizar el concepto como arma arrojadiza es socialmente censurable y. sobre todo, contradictorio: yo defiendo los derechos de las mujeres, pero tú, aun siendo mujer, militas en un partido opuesto a mis ideas y entonces no te defiendo e incluso te insulto. Ideas como que la maternidad es un estorbo y una esclavitud, la tiranía del patriarcado, “mi cuerpo es mío”, la política de cuotas y otras se han descontextualizado y se han llevado a los extremos, como, por ejemplo, que la Dirección General de la Guardia Civil, con la finalidad de que hubiera mayor representatividad de mujeres en el cuerpo, en el año 2022 modificó el reglamento de acceso en favor éstas, reduciendo en un 15% en la nota de la mujer con respecto a los hombres, cayéndose, en un intento de revertir una situación anómala, en una discriminación por sexo, ya que con esta medida se presupone que las mujeres no pueden conseguir sus metas por sus propios méritos y necesitan de una ayuda.

    Este ensayo intenta reflexionar seriamente sobre otras ciertas actitudes (insisto: el autor no critica colectivos ni tendencias, sino actitudes frecuentes y que van más allá de toda lógica intelectual  y apuntan a una estulticia sin límites) que son hoy comunes y traspasan la frontera de la lógica. Hoy en día se critica y ataca a quien quiera disfrazarse en carnaval con ropas de otra etnia o raza, se cuestiona a un cantaor de flamenco no gitano, a un varón blanco que traduce la obra de una mujer negra, o, como se ha dicho antes, que un “cis” no pueda opinar de un trans en un debate, considerar excluyentes los términos “padre”, “madre”, “embarazada”, se ha añadido un signo + a las siglas LGTBIQ para incluir en él lo que en un manifiesto se denomina “cuerpos hablantes”, dando a la intersexualidad (espectro entre los extremos varón-mujer) un espacio ilimitado que no sabemos si contribuye más a confundir que a ayudar, sobre todo para quienes dudan de su género o de su sexo. El uso público de términos llamados “débiles” como “sentido”, “equidad” en lugar de los llamados “fuertes” y rechazables “verdad y justicia”, la creación de toda una serie de conceptos expresados en inglés que intentan definir situaciones sociales como el Social Justice Warrior (SJW), wokeness (conciencia social progresista), “red pill” (conciencia social conservadora, en referencia a la pastilla roja que los personajes de Matrix tomaban para volver a la realidad), la inconciencia de los usuarios de Internet de lo que se denomina “documedialidad” (efecto de Internet sobre los usuarios registrando los gustos personales. tendencias políticas, ideológicas y culturales), que lleva al “efecto túnel” de Internet (conforme el usuario aumenta la cantidad de contenidos consumidos conscientes con su forma de ver el mundo, se reduce su campo de visión y, por tanto, de acceder a otros puntos de vista), el “Shadow Banning” o “baneo”, censura que relega a la sombra a quienes opinan en las redes en contra de lo políticamente correcto o realizan comentarios de “odio” en las mismas, como hizo Elon Tusk cuando adquirió Tweeter, con buenas intenciones pero, a juzgar por el tono de los tweets, inútil.

    Se abunda en el ensayo en un hecho que para mí es determinante: la “cultura” de la cancelación (oxímoron flagrante: la censura apunta precisamente en sentido contrario a la cultura): se trata de términos como “restricciones”, “prohibiciones” y otros términos que en realidad coartan la libertad de expresión cuando lo que se perseguía es que la sociedad fuera respetuosa y tolerante con la diversidad de manera global sin provocar la indignación o la molestia. Pero se ha conseguido lo contrario: lo políticamente correcto ha conseguido caer en, además de la censura, la difamación, el acoso o la intimidación, como le ha sucedido a esa trabajadora de una compañía telefónica cuando, al ser preguntada por la calle a qué partido iba a votar y ésta dar su respuesta, fue linchada en las redes por militantes de ideologías contrarias, quienes exigieron a la compañía que la despidiera de inmediato, lo cual –esto es opinión de quien escribe- es propio de una dictadura, no de una democracia.

   Especialmente interesante es la parte del libro donde el autor aborda las cancelaciones literarias en aras del respeto a los llamados sensitivity readers, lectores que pertenecen a ese sector de la sociedad vulnerable por todo lo más arriba expuesto. Valga este ejemplo, por absurdo: el director Leo Muscato anula el final de la ópera Carmen, de Bizet, donde Juan asesina a Carmen, pues este final podría alentar el aumento de feminicidios en Italia, ¿cómo?: pues haciendo que sea Carmen quien asesina a Juan. Son sometidas a censura La bella durmiente (promueve la violación), Los Cinco (por el lenguaje no-inclusivo: “sucio gitanillo”, “gracias a Dios”, sustituidos respectivamente por “pequeño” y “menos mal”), y muchos otros títulos que contienen estereotipos sexuales, lenguaje racista, misoginia, violencia sexual, material ofensivo, referencias a la exclusión, la esclavitud, el genocidio cultural: Tom Sawyer, Lo que el viento se llevó, Lolita, Muerte en Venecia, El Arte de amar, La Ilíada y la Odisea. El autor no da su opinión al respecto. Desde mi punto de vista, como amante de la lectura, no apruebo estas cancelaciones: lo que se debe hacer desde los ámbitos educativos (recordemos que la educacion comienza en casa de uno) es promover la lectura crítica, analizar lo realmente reprobable y a partir de ese punto tomar conciencia de los logros sociales obtenidos comprendiendo tales publicaciones como producto de un tiempo. De lo contrario, lo que tendremos es lo que sucedía en 1984 de Orwell: no dejar ni rastro de nuestra historia, de la que se debe aprender, pero nunca olvidar.

   Para no eternizar la reseña –el ensayo es tan rico en contenido que se hace difícil- resumiremos los aspectos más importantes de su parte final. Por un lado, está lo que se llama hoy el lenguaje falaz, o lo que es lo mismo, la repetición de aseveraciones o bien falsas, o bien cuestionables, con la finalidad de que se conviertan en “familiares” y cognitiva mente cercanas. Veamos una aseveración cuestionable como ejemplo: “el aborto es progresista”, “el aborto es un derecho”: ambas aseveraciones chocan frontalmente con otras ideologías o simples puntos de vista. Esto conecta directamente con el término Posverdad, es decir, la verdad objetiva no existe: si una persona tiene una opinión sobre un tema en concreto, por el mero hecho de formularla un ser humano, la “verdad objetiva” admitida como tal hasta ese momento se cuestiona inmediatamente. Esto puede admitirse en ciertas situaciones: pongo dos ejemplos: “la pena de muerte es justa para quien mata”= muy cuestionable: 1. los países que la tienen no pueden demostrar que ésta disuade a los posibles asesinos. 2. Va en contra del derecho natural. Pero no en otras: “un profesor de instituto puede y debe, como formador, defender sus posturas sobre ciertos temas sociales”. En ese caso estaría manipulando las mentes de sus alumnos, ofreciendo una imagen sesgada de la realidad. 2. Un formador debe exponer todas las realidades e invitar y enseñar a sus estudiantes a pensar por sí mismos libremente y a utilizar argumentos una vez analizadas aquéllas.

   El penúltimo tema objeto de discusión es la llamada disforia de género. Se trata de esa situación en la que un adolescente cuyo desarrollo sexual no ha concluido sienta dudas con respecto a su género. La aceptación de que las personas tienen un sexo y un género que no tienen por qué coincidir –el caso contrario es el ya mencionado cis-va calando cada vez más en la sociedad y las personas cada vez más también disponen de la información necesaria para abordar estos casos a todos los niveles, desde el familiar al clínico. El problema surge con la transexualidad porque este caso no tiene vuelta atrás. El ensayo tan solo alerta de la exposición de los adolescentes con disforia de género a las redes sociales, sobre todo a los youtubers, a una normalización de comenzar procesos conducentes al cambio de sexo, ya que desde estas plataformas se puede inducir, consciente o inconscientemente, a invitar a estas personas a considerarse trans tan solo por creer que lo es o tener la intuición de serlo:  hay que respetar la creencia –fundada en evidencias científicas suficientes- de que hay otros caminos posibles a la transición, y de que la autoevaluación de los menores ha de acogerse con prudencia y ser evaluada desde la medicina, con la menor mediación política e ideológica posible –a poder ser, ninguna-“, palabras del autor que destilan solamente sentido común, subrayando que este problema no debe tratarse a la ligera, como últimamente, precisamente desde el poder político, se ha hecho, a mi juicio de una forma irresponsable.

   En definitiva, y a modo de conclusión, este libro aborda temas que son esenciales, porque son los temas que en este preciso momento están transformando la sociedad. La tendencia tan propia de este país –es una percepción personal, que conste- de mirar para otro lado hace que la ciudadanía, por un lado, ignore los verdaderos problemas sociales que nos amenazan y, por otro, no conozca bien aquellos que hay que abordar si queremos que nuestra sociedad cambie, evolucione y prospere, pero siempre desde la tolerancia y el respeto. Y lo digo porque hay mucha gente ignorante cuyas decisiones pueden tener una repercusión importante a nivel social. Si no es ya por nosotros mismos, deberíamos hacerlo por nuestros hijos, porque nadie se interesa por nada hasta que ese problema le golpea personalmente. Tengo subrayada en el libro –bueno, el libro está todo subrayado- la siguiente frase de Edmund Burke, filósofo de la política: “para que el mal triunfe, solo se necesita, que n que los hombres buenos no hagan nada”. Es una excelente y hermosa frase. El problema es que hoy, en aras de la posverdad y el relativismo, muchos siguen pensando que hay que cuestionarse constantemente qué considera uno el mal y a quiénes los hombres buenos. Muy peligroso, porque al final llegaremos al no-universo. La conclusión real es que hay que comprometerse. La cultura de la cancelación no va a desaparecer de la noche a la mañana, pero hay que perseverar, y para coseguirlo debemos evitar la pereza intelectual, tenemos que recurrir a las fuentes y no al “lo sé porque me lo han dicho”, no podemos silenciar los problemas, tenemos que ser autocríticos con las ideas propias y con nuestros políticos, nnodebemos incurrir en la autocensura por miedo, ni arrinconarnos en la política del insulto sin argumentos, debemos evitar tergiversar los hechos objetivos, ocultar la realidad, y, sobre todo, practicar la cancelación con quienes nos cancelan. Si bien no hay una sola verdad, si hay una realidad alejada de las trampas del relativismo y la posverdad, y esa es la que debe rescatarse.

PS: Por economía del lenguaje y por convicción propia como filólogo he utilizado en la reseña el masculino genérico sin ningún tipo de intención sexista, porque creo firmemente que, si bien hay que erradicar absolutamente de nuestro lenguaje ciertas palabras y expresiones a todas luces racistas, sexistas, exclusivistas y muchas más cosas rechazables que ha ido acumulando a lo largo de los siglos, no hay que violentarlo. Y no me refiero a los absurdos palabros que algunos políticos de este país se han inventado cautivos de la más vergonzosa ignorancia lingüística: me refiero a que el sexismo no está en decir alumnos incluyendo a las alumnas (yo de hecho oralmente si utilizo ambos), sino en la intención manifiesta de usarlo de esta manera. Si hubiera recurrido a ello, a lo “políticamente correcto” de forma innecesaria, la reseña me hubiera ocupado una página más. Si he podido usar La ciudadanía es porque existe la palabra –por cierto, femenina que incluye al masculino-.

GLOSARIO

(Muchos de los términos son anglosajones porque han sido acuñados en este lenguaje originalmente.)

-          Trigger warnings: avisos sobre el contenido de una publicación de cualquier tipo que pueda tener un impacto emocional sobre algún individuo.

-          Persona cis: persona cuyo sexo y género son coincidentes.

-          Posverdad: opiniones y emociones personales que están por encima de la verdad objetiva.

-          Resignificación: transformar el significado de un término utilizado tradicionalmente de manera negativa.

-          Intersexualidad: espectro entre los extremos varón-mujer.

-          Tránfobo/terfa: persona contraria o que no admite la transexualidad.

-          Documedialidad: efecto de Internet sobre los usuarios registrando los gustos personales. tendencias políticas, ideológicas y culturales.

-          Shadow Banning” o “baneo”: censura que relega a la sombra a quienes opinan en las redes en contra de lo políticamente correcto o realizan comentarios de odio.

-          Sensitivity readers o lectores sensibles: lectores de libros pertenecientes a algún colectivo tradicionalmente oprimido.

-          SJW o Social Justice Warrior: cualquier luchador, generalmente autoetiquetado progresista, por las justicias sociales.

-          Wokeness: conciencia social (“estar despierto”).

martes, 28 de marzo de 2023

PRIMO LEVI: VIVIR PARA CONTAR/ ESCRIBIR TRAS AUSCHWITZ

 

VIVIR PARA CONTAR / ESCRIBIR TRAS AUSCHWITZ

Primo Levi.

 

   Viajo, acomodado en mi asiento, en el tren de cercanías que me lleva a la localidad donde trabajo. Una aurora rosácea, homérica, va deconstruyendo la oscuridad y revelando, paulatinamente, de una manera que cada día sorprende al espectador, los paisajes, y un limpio cielo que, tímidamente, comienza a mostrar sus inefables azules. Comparto el vagón, iluminado por una luz blanquecina que revela ese estupor contenido en el rostro del viajero que aún no ha despertado al mundo, con gente variopinta. Algunos charlan. Otros dormitan incómodamente con el rostro apoyado en el cristal de la ventanilla. Muchas personas no despegan su mirada de sus móviles. Muy pocos leen un libro. Algunos otros tan solo pierden su mirada en el absurdo horizonte de un vagón en movimiento. Casi todos miramos, distraídamente, de cuando en cuando, hacia el exterior. Operarios de la construcción, estudiantes de grado, hombres que portan grandes sacos de cuero para recoger naranjas que cultivan en la vega, jóvenes profesores de instituto de provincias, empleados de banca y otros oficios, funcionarios varios. Nadie, probablemente, se pregunta qué piensa cada cual, cuáles son sus ideas políticas, cuál su credo religioso. Todos compartimos, tranquilos, tal vez dichosos, libres, ese amanecer único.

   Las personas de mi generación conocemos qué significó Auschwitz. Yo, en concreto, conservo el recuerdo nítido, siendo pre-adolescente, de los libros de la estantería que había en el salón de mi casa. En la parte más alta destacaba uno, no solo por su formato, más grande que el resto, sino también por la fotografía que había en el lomo: algo parecido al rostro de un espectro que producía espanto. Su título: “Deportación”. Un ejemplar negro, con ese macilento, céreo rostro espectral, y su ostentoso y espeluznante título en rojo sangre en el lomo. Cuando pasaba por el salón, evitaba mirarlo, sin conseguirlo. Hasta que, ya más mayor, lo cogí. Y lo que allí contemplé al abrirlo ha marcado mi vida hasta el día de hoy. Ni un texto. Ni una palabra. Solo una colección de fotografías en blanco y negro de cadáveres vivos en sórdidos escenarios parecidos a cabañas inmundas. Y en mi inocente inmadurez de adolescente me hice esta pregunta: ¿son esto hombres?. Era un libro sobre Auschwitz.

   Y ese precisamente es el título de un poema de Primo Levi, el autor de este libro que consta de un puñado de reflexiones breves, en formato de artículo periodístico, contundentes testimonios de lo que supuso para este judío-italiano haber estado y sobrevivido a Auschwitz, el campo de exterminio más brutal de todos cuanto la enajenación mental de los nazis pudieron concebir. Ese poema Si esto es un hombre, es demoledor. Reproduzco algunos de sus versos:

“Considerad si es un hombre/Quien trabaja en el fango/Quien no conoce la paz/Quien lucha por la mitad de un panecillo/Quien muere por un sí o por un no. /Considerad si es una mujer/Quien no tiene cabellos ni nombre/Ni fuerzas para recordarlo/Vacía la mirada y frío el regazo/Como una rana invernal. /Pensad que esto ha sucedido.”

    Los títulos de los testimonios recogidos en estas dos obras breves que reseño (Deportados. Monumento en Auschwitz, “Arbeit macht frei”, la resistencia en el Lager, Pero nosotros estuvimos allí, etc) son todos ellos antesalas del estremecimiento, y, a pesar de conocer de segunda mano y al menos superficialmente lo que ese Lager (campo), como Levi lo denomina, supuso a través de libros, documentos gráficos, documentales o películas qué sucedió allí, estremece aún más leerlo de quien lo vivió en su propia persona. Pero lo que más llama la atención es que Primo Levi adopta una postura racional, se muestra mesurado en lenguaje, el sobrio lenguaje del testigo, rehuyendo la abrasiva expresión de la víctima o las palabras iracundas del vengador. Levi sólo quiere contar, para no olvidar, para que el mundo no olvide qué fue el exterminio/genocidio nazi, porque los millones de judíos sistemáticamente eliminados se merecen este recuerdo hasta el final de los tiempos por haber sido víctimas del mayor horror perpetrado por el ser humano en toda su historia. La objetividad del sabio, su papel de observador y de testigo prevalece en las páginas del libro. El narrador superviviente sabe que debe desprenderse de sí, y contar como mero testigo lo que allí tuvo lugar.

   Levi habla de lo que ningún ser humano debería nunca padecer; la abyección de otro ser humano que consigue no solo que el esclavo pierda su libertad, sino que además la haya olvidado, que ya no experimente la necesidad de ella, ni casi su deseo, una de las cosas más crueles que nuestra especie puede perpetrar. Levi habla del abuso total, de la carne y del espíritu, de la victoria del verdugo al destruir a un hombre en cuanto tal. Levi habla de la crueldad extrema, del exterminio sistemático, nada más llegar al Lager, de mujeres, ancianos y niños, miles, millones de ellos. Habla de la impúdica instauración del derecho del más fuerte, del oprobioso empeño de reducir a un ser humano a una bestia inmunda. Y alza su grito escribiendo una frase tan hermosa como quimérica, si echamos la vista atrás en la historia universal de la infamia humana: “El hombre es, tiene que ser, sagrado para el hombre, en cualquier lugar y siempre”.-

   Leer este libro, devorar sus páginas sin atisbar el lector ni el más mínimo resquicio de odio o revanchismo, ni siquiera un intento de entender qué llevó a tantos verdugos a llegar a tales límites, impresiona. Uno, fríamente, justificaría sin más la venganza feroz. Pero la lectura de estos artículos te hace comprender que lo importante es el testimonio y la memoria, la tarea obligatoria de recordar al mundo el horror de Auschwitz y la necesidad de que no se repita

   En una reseña que hice hace no mucho tiempo al libro de Compagnon ¿Para qué sirve la literatura? mostraba mi desacuerdo, compartido con el autor, con el conocido adagio del filósofo judío-americano Theodor Adorno que reza “No puede haber literatura después de Auschwitz”. Alguien quien estuvo allí cree todo lo contrario: hay hechos que la historia puede arrojar al olvido, pero no éste, y la literatura es el único testimonio, el único monumento de la memoria.

   En pocos días, en la ciudad donde vivo, se celebra la fiesta más importante del año para un gran número de sus habitantes: la Semana Santa. Durante los siete u ocho días que ésta dura se rememorará, a modo de una espeluznante premonición, la captura, deportación, tortura y asesinato de un judío, que la historia repetirá unos siglos más tarde con su pueblo en Auschwitz (y en otros cientos de campos de exterminio). Las cifras, arrojadas fríamente, tal vez no den la idea exacta de lo que fue aquél lugar: allí se ejecutaron en pocos años a más de cuatro millones de seres humanos sólo por ser judíos. Comparativamente, el número de personas equivalente a los habitantes de las ciudades de Barcelona, Valencia, Sevilla y Málaga juntas. Este año, más que nunca, lloraré ante la imagen del primer judío a quien la crueldad humana sin límites exterminó, padre de todos aquellos seres humanos a quienes la demencia de un puñado de hombres privó de su humanidad.