sábado, 24 de diciembre de 2016

SILENCIOS Y VACÍOS



SILENCIOS Y VACÍOS

Tal vez te hable más ahora que aquellas
Madrugadas -la locuacidad no fue jamás
Lo que nos entregamos- cuando yo era
Ya casi un extraño que entraba y que
Salía de tu vida, dejándote probablemente
Una duda en los labios.

Te hablo más ahora y es hiriente
La ciega obstinación de aquel vacío,
O esa culpa que crece, como un hijo
Rebelde entre mis manos, constante,
Igual que el primer rayo de la aurora.

Ahora que las tornas se han vuelto
Hacía mi lado- soy yo quien hoy espera
Como Priamo, en este devastado trozo
De muralla- quiero hablarte, disipar
Las tinieblas que alejaron tus pasos
De mi voz confundida.


Es difícil ahora, ciertamente, volver
A descubrirnos -tus trajes me quedaron
Siempre grandes- y tal vez seas tú
Quien viene de nuevo a despertarme,
Ciertas noches, cuando el cuarto se hiela,
De repente, como el día que todos
Te vimos ya dormido.

jueves, 15 de diciembre de 2016

I WANT IT DARKER

YOU WANT IT DARKER

“…and we killed the flame”
“I turned my back on Devil,
I turned my back on the Angel too.
I was fighting with temptation, but I didn’t win”
“I’m leaving the table,
I’m out of the game”.

    Estos versos entresacados de algunas canciones del último –de su discografía y de su vida- trabajo musical de Leonard Cohen podrían ser buenas muestras de sus dos rasgos más característicos: por una parte, sobre todas las canciones planea, como una Erini griega, la sombra de la premonición. Por otra, y como consecuencia de lo anterior, se trata de una despedida, serena y comedida, emocionante y excesiva al mismo tiempo.
    Cuando recientemente Marianne Ihlen, su gran amor de juventud, se marchó de este mundo, Cohen escribió su carta, la carta que sabía que más temprano que tarde tendría que escribir, y en ella dejaba un mensaje diáfano: “Creo que te seguiré muy pronto”.
   En una primera escucha, You Want it Darker puede parecer un  disco sombrío y triste – la tristeza, más cercana en realidad a la melancolía que al lamento trágico, es una de las muchas señas de identidad de Cohen- , sin embargo, en sucesivas escuchas se va transformando en un trabajo brillante en su factura, luminoso en su mensaje, optimista a veces, resignado otras, mágico siempre.
   La sobriedad del álbum y el libreto, todo ello en blanco y negro, sugiere una abstracción, una declaración sutil de lo que en, al final del camino, uno se ha convertido habiendo simplificado todo hasta dejarlo en un venerable retrato envejecido y sereno sobre fondo negro, donde nada es relevante o revelador, salvo el hombre y su palabra, el ser y su música.
    Si bien es cierto que el exceso en lo referente al aspecto artístico nunca ha sido un rasgo definitorio de Cohen –tal vez sí en su manera de vivir- en I Want it Darker todo se ha tornado más íntimo: frugal y austero como un refectorio, solemne como una catedral, místico como un coro polifónico. Sus clásicas segundas voces, siempre femeninas, se han transfigurado en un puñado de ángeles que entonan cantos sobrenaturales, y todo queda en un hermoso gesto artístico, tanto como una pértiga magistral acariciando el cordaje de un Estradivarius.
   Cohen nos recuerda aquí que somos nosotros quienes aniquilamos ciertas llamas y nadie más –seguramente las que atañen al amor- y es sólo el tiempo quien se ocupa de aniquilar la nuestra. La de Cohen, al igual que la portada del disco, es una llama ahora débil, que deja sólo entrever las cosas en penumbra, que prescinde del entorno para centrarse en lo importante. Ésta es, en realidad, la verdadera impresión que deja en el alma I Want It Darker: un Cohen auténtico y crepuscular, reducido a pura materia sensorial, sin artificios, simple como un anillo, bello como una aurora, contundente y aleccionador como una pérdida, sereno y profundo, igual que un Salmo.

   Hay a quienes nunca les ha gustado Leonard Cohen. Hay quienes nunca lo han escuchado. A todo ellos les recomiendo la escucha serena de I want it Darker.

jueves, 12 de mayo de 2016

VIVIR SIN ACRITUD

IV

CANCIÓN, SIN MELODÍA


Despaisados, privados de sensatez
Y de contemplación,
Heridos, tal vez muertos ya
Todos los hombres.

No existe un deseo enfermizo
Y urgente de poseer
La luz y sus destellos,

De ser el día, de vivir solamente
En paz, aquí, en las
Afueras, donde todo
Es más limpio y algún
Resentimiento agrio y decepcionante
Que los hombres despiertan
Está más contenido.

Yo entiendo poco de hombres pero creo
Que el río es un hombre gris
Y hay un fragmento de su
Flujo en el triste museo de la escarcha
Que hiela y atemoriza.

Yo no he venido a ver
El cielo, he venido a ver la turbulenta
Hiel, a arrojar mi desprecio
Entre sus brazos, a vivir
Tu vida como si fuera mía, a morir
En la vida como si fuera
Eterna, o a existir

Más allá de los hombres, por encima
De valles, de montañas, de
Ríos, y encontrar una voz
Que sea mía y tuya, al mismo tiempo.


VIVIR SIN ACRITUD


VI




Temo
-en el cristal acaba de extinguirse el último
Reducto del ocaso-que suceda la noche,
Y las tinieblas lúgubres sofoquen el inefable
Brillo del día huido surgiendo, puntual,
La sombra de la máscara.

Es estéril un conato de fuga hacia el sosiego
Y un ímpetu te arrastra hacia esa barra
Que nunca abandonaste.

No hay réplica posible ni engañosa excusa
A tu debilidad por sentir lástima
-¡me supone ya tanta fatiga mirar con las pupilas
Cuajadas de alfileres!-
Y desterrar la amarga desazón de pasar
Por la vida invulnerable
A la vulgaridad.


VIVIR SIN ACRITUD



VII

BREVE CRÓNICA DE UN INCIERTO RECUERDO INFANTIL


Yo era un niño entonces,
Con peto y con tirantes,
-no recuerdo un instante concreto,
Solamente un agradable frío
Entre los pinos, un verano que parece
No haber sucedido jamás.-
Y la playa cercana es un recuerdo incierto
De pinaza y arena.
Los álitros nocturnos, como un Réquiem,
Invadían la noche
Igual que Las estrellas, excesivas,
Y tras las mosquiteras,
Como párpados, se iban
Apagando las luces de los cuartos.

Recuerdo haber sentido miedo,
Que el sueño me vencía,
Y un obstinado crepitar de grillos.

Mi reino un laberinto de
Caminos angostos, mis pequeños
Zapatos cubiertos de polvo
Y un desvaído escándalo
De voces infantiles –creo que el Turó-Parq-
Y glorietas umbrías, desiertas
Como islas.

Las tardes cálidas de mi olvidada
Infancia-seguramente en marzo-
Que no me creo ahora
Que fue, por un instante, mía.

Pero aún quiero creer
Que fue verdad que yo, con mis hermanas,
Con aquellos abrigos que son como un abrazo
De tus padres, subíamos
Al mágico mundo de los Pajes Reales,
En diciembre, o que aquel pequeño piso
En Oliana era una tierra mítica
De papeles pintados, de espadas
De corsarios rotas sobre la cama,
O mi madre planchando en el salón.

Sueño con todo esto, y con mirar atrás,
Porque la fuga hacia un lugar amable es
simplemente
Un gesto de aceptación
De que aquí, donde estamos ahora,
El tiempo transcurrido es el reducto
De hombres con cierta disposición
A la melancolía, o a un futuro
Oscuro que te empuja a vivir
En el lugar incierto del recuerdo.