VALENTÍN NAVARRO. DE LO VISIBLE, LO INVISIBLE
Miguel Galano, la soledad y el silencio. Entre luces, la vida en una
casa oscura. El hombre como una casa de Galano. Una estructura sólida,
construida en un lugar donde habita la lluvia de los avaros meses del invierno,
o la luz mortecina de un crepúsculo invernal, con alguna tregua de luz, pero
todo ello en un cuadro desvaído y turbio, como un espejo viejo.los días, las
estaciones, el frío y el calor, la luz y las sombras sobrevuelan los tejados de
la casa del cuadro de Galano La casa, un ser humano, en torno a la cual se
suceden la luz y las sombras, la vida y la muerte, la existencia misma.
La lectura sosegada del poemario de Valentín Navarro, De lo visible, lo Invisible, es un viaje
a la casa que Galano atrapa en su cuadro: las cuatro paredes que encierran la
experiencia intensa de un hombre joven que ha vivido las vidas de otros
intensamente, y que también ha vivido la muerte de los suyos. Una, irreparable.
Otra, una muerte aparente, más tarde una resurrección. El padre de Valentín
muere y se convierte para el autor en materia poética. Pero su madre, diagnosticada
del mal de Alzeirmer y más tarde, tras transitar los lúgubres caminos de la
muerte en vida, devuelta a los suyos después de reparar un error médico. El
poemario de Valentín Navarro gira pues en torno a esos dos pilares
existenciales: la pérdida definitiva y la restitución de quien se creía ya
perdida, que no es ni más ni menos que una madre.
Hay en los poemas de Valentín una reminiscencia de lo eterno, una
continua referencia a la vida como una función circense donde el payaso, el
arlequín, el actor, tras la farsa, debe enfrentarse al espejo y
desenmascararse, quitarse la pintura, y aceptar que la función debe continuar,
a pesar nuestra, “porque la vida cansa
como un viaje largo/ en busca de la próxima función”. La vida, esa sucesión
de momentos amargos y amables, que van forjando en uno la personalidad, y la
forma de entender la existencia, tan simple como encajar que uno se encuentra
inmerso en la refriega de existir, de ser y de entenderse, “como un soldado e pie /en medio del fragor
de la batalla/escuchando silbidos de palabras/que tiran a matar/”.
El amor de la mujer, de la madre, la sensación de pérdida, la muerte
sobrevolando la juventud del poeta, forjan sus versos. En la presentación de su
poemario, tras ganar el premio internacional de poesía la Isla de Aklan en su
primera edición, la presentadora no entendía cómo una persona tan joven, el
poeta, podía hablar de la muerte y del paso del tiempo, teniendo aún tanta vida
por delante. Y eso es un gran error: la edad no es prerrogativa para escribir,
no sólo de la muerte, sino también de la vida: lo es la experiencia. ¿Qué es la
poesía sino la transfiguración de momentos vitales, la única manera de hacer de
momentos por todos experimentados algo transcendente a través de la hermosa
herramienta del lenguaje?. La edad no importa. Importa lo vivido: “porque la vida fue una vez la historia/mil
veces repetida de ser jóvenes”.
Sí es cierto que la poética de Valentín está traspasada por una tristeza
hiriente, a veces melancólica, otras devastadora y pesimista, que, no obstante,
alcanza momentos de exaltación a la vida y el amor, a luz, a las miradas, y
también, como buen poeta, es sensible al paso del tiempo entre los nuestros,
habiendo ya conseguido ciertas metas –la compañera, los hijos, la profesión-
pues este transitar es simplemente entender la dimensión de uno como ser
humano: “No sé mucho del tiempo/la
campana confiesa que alguien muere/con más pena que gloria/”. Es esa
percepción de lo efímero lo que al poeta le hace más maduro, pese, como le
reprochaba la presentadora de su poemario, a la edad, captando la esencia del
paso del tiempo con imágenes que transcienden al mito, haciéndolo mundano: “Perséfone/con hilos de pintura chorreando hasta
el cuello/y huyendo con la música a otra parte/”. La levedad de todo lo
mundano. La conciencia de vivir momentos únicos.
Viaje y término. Soledad y amor. Muerte y resurrección. Luz y oscuridad.
“y sin padre y junto al cuerpo que se ama
por los siglos de los siglos”, ausencia y presencia, todo ello conforma un
lienzo emocionante y hermoso de saber hacer poético, un equilibrio perfecto
entre el verbo y la emoción, entre el lamento por la ausencia del padre, sin
alharacas, sin histrionismos, con el más profundo sentimiento de quien añora, y
el agradecimiento a lo que la vida le ha otorgado y además le ha devuelto, desengranado
en un libro que aporta paz y un amor infinito por el verbo, tan sincero y
locuaz como un verso que florece en el alma de un poeta que habla con la voz de
su alma, y regala versos que cada cual podría utilizar para un momento hermoso
de su vida:
“tus ojos me recuerdan/desnudándome ante el espejo turbio/y acuoso de
tus años/.
Estimado Frank Martos: buscando en internet me he encontrado con esta reseña que dedicas a mi libro. Gracias por la generosidad de tus palabras.
ResponderEliminarUn placer Valentín. Ahora leo yo tu respuesta. Juan Alcaide me ha dicho que tienes nuevo poemario. Espero leerlo pronto.un abrazo
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