miércoles, 28 de febrero de 2018

POESÍA. VALENTÍN NAVARRO: DE LO VISIBLE, LO INVISIBLE



VALENTÍN NAVARRO. DE LO VISIBLE, LO INVISIBLE



 

   Miguel Galano, la soledad y el silencio. Entre luces, la vida en una casa oscura. El hombre como una casa de Galano. Una estructura sólida, construida en un lugar donde habita la lluvia de los avaros meses del invierno, o la luz mortecina de un crepúsculo invernal, con alguna tregua de luz, pero todo ello en un cuadro desvaído y turbio, como un espejo viejo.los días, las estaciones, el frío y el calor, la luz y las sombras sobrevuelan los tejados de la casa del cuadro de Galano La casa, un ser humano, en torno a la cual se suceden la luz y las sombras, la vida y la muerte, la existencia misma.

  La lectura sosegada del poemario de Valentín Navarro, De lo visible, lo Invisible, es un viaje a la casa que Galano atrapa en su cuadro: las cuatro paredes que encierran la experiencia intensa de un hombre joven que ha vivido las vidas de otros intensamente, y que también ha vivido la muerte de los suyos. Una, irreparable. Otra, una muerte aparente, más tarde una resurrección. El padre de Valentín muere y se convierte para el autor en materia poética. Pero su madre, diagnosticada del mal de Alzeirmer y más tarde, tras transitar los lúgubres caminos de la muerte en vida, devuelta a los suyos después de reparar un error médico. El poemario de Valentín Navarro gira pues en torno a esos dos pilares existenciales: la pérdida definitiva y la restitución de quien se creía ya perdida, que no es ni más ni menos que una madre.

   Hay en los poemas de Valentín una reminiscencia de lo eterno, una continua referencia a la vida como una función circense donde el payaso, el arlequín, el actor, tras la farsa, debe enfrentarse al espejo y desenmascararse, quitarse la pintura, y aceptar que la función debe continuar, a pesar nuestra, “porque la vida cansa como un viaje largo/ en busca de la próxima función”. La vida, esa sucesión de momentos amargos y amables, que van forjando en uno la personalidad, y la forma de entender la existencia, tan simple como encajar que uno se encuentra inmerso en la refriega de existir, de ser y de entenderse, “como un soldado e pie /en medio del fragor de la batalla/escuchando silbidos de palabras/que tiran a matar/”.
 
  El amor de la mujer, de la madre, la sensación de pérdida, la muerte sobrevolando la juventud del poeta, forjan sus versos. En la presentación de su poemario, tras ganar el premio internacional de poesía la Isla de Aklan en su primera edición, la presentadora no entendía cómo una persona tan joven, el poeta, podía hablar de la muerte y del paso del tiempo, teniendo aún tanta vida por delante. Y eso es un gran error: la edad no es prerrogativa para escribir, no sólo de la muerte, sino también de la vida: lo es la experiencia. ¿Qué es la poesía sino la transfiguración de momentos vitales, la única manera de hacer de momentos por todos experimentados algo transcendente a través de la hermosa herramienta del lenguaje?. La edad no importa. Importa lo vivido: “porque la vida fue una vez la historia/mil veces repetida de ser jóvenes”. 

   Sí es cierto que la poética de Valentín está traspasada por una tristeza hiriente, a veces melancólica, otras devastadora y pesimista, que, no obstante, alcanza momentos de exaltación a la vida y el amor, a luz, a las miradas, y también, como buen poeta, es sensible al paso del tiempo entre los nuestros, habiendo ya conseguido ciertas metas –la compañera, los hijos, la profesión- pues este transitar es simplemente entender la dimensión de uno como ser humano: “No sé mucho del tiempo/la campana confiesa que alguien muere/con más pena que gloria/”. Es esa percepción de lo efímero lo que al poeta le hace más maduro, pese, como le reprochaba la presentadora de su poemario, a la edad, captando la esencia del paso del tiempo con imágenes que transcienden al mito, haciéndolo mundano: “Perséfone/con hilos de pintura chorreando hasta el cuello/y huyendo con la música a otra parte/”. La levedad de todo lo mundano. La conciencia de vivir momentos únicos. 

  Viaje y término. Soledad y amor. Muerte y resurrección. Luz y oscuridad. “y sin padre y junto al cuerpo que se ama por los siglos de los siglos”, ausencia y presencia, todo ello conforma un lienzo emocionante y hermoso de saber hacer poético, un equilibrio perfecto entre el verbo y la emoción, entre el lamento por la ausencia del padre, sin alharacas, sin histrionismos, con el más profundo sentimiento de quien añora, y el agradecimiento a lo que la vida le ha otorgado y además le ha devuelto, desengranado en un libro que aporta paz y un amor infinito por el verbo, tan sincero y locuaz como un verso que florece en el alma de un poeta que habla con la voz de su alma, y regala versos que cada cual podría utilizar para un momento hermoso de su vida:
tus ojos me recuerdan/desnudándome ante el espejo turbio/y acuoso de tus años/.

2 comentarios:

  1. Estimado Frank Martos: buscando en internet me he encontrado con esta reseña que dedicas a mi libro. Gracias por la generosidad de tus palabras.

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  2. Un placer Valentín. Ahora leo yo tu respuesta. Juan Alcaide me ha dicho que tienes nuevo poemario. Espero leerlo pronto.un abrazo

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