PINCELADAS POÉTICAS: ÁNGEL GONZÁLEZ
Es el asturiano Ángel González uno de los
poetas a quien más acudo desde que, hace ya muchos años, mi amigo Pedro Guil,
el traductor del poema de Christianópulos de una de nuestras pinceladas
poéticas, me regaló un libro suyo, “Palabra
sobre palabra”. Y es así porque, desde que entró en mi vida, mi visión de
la misma cambió sustancialmente. En aquellos días, cuando la universidad
comenzaba a ser un recuerdo distante y a convertirse en una etapa mitificada de
nuestra vida, yo iniciaba un camino nuevo en la que los ímpetus de la primera
juventud se iban atenuando y los viejos sueños de esta segunda edad iban
sustituyéndose, paulatinamente, por decepciones, porque la vida no era lo que
esperábamos: “que la vida iba en serio/uno lo empieza comprender más tarde“, escribe Jaime Gil de Biedma, otro gran poeta del grupo de A.G., la generación poética de
los 50.
Fue justamente entonces cuando hallé en la poética de A.G. la expresión
de todo cuanto sentía de una manera magistral y rotunda. Así, en sus versos
encontré desolación, hastío, angustia, confusión y un acusado existencialismo
con los que me identificaba en aquellos momentos. Pero lo que más me gustó del poeta fue su voz
lírica, aparentemente sencilla y directa, sin artificios, pero repleta de hallazgos
expresivos y brillantes imágenes, metáforas y símiles, todo ello traspasado por
una ironía rebosante de agudeza que denotan que A.G. fue un gran observador de
todo cuanto le rodeaba. Versos como “fidelidad,
afán inútil./¿quién tuvo la arrogancia de intentarte?”, o los catulianos “hoy todo me conduce a su contrario(…)
existo, luego muero/(…)me alimento del hambre./odio a quien amo.”; o “se paga con la muerte/o con la vida/pero se
paga siempre una derrota/”, o bien “…envenenar
la vida/ con la letal ponzoña de los sueños”, o, finalmente, “sólo lo inesperado o lo imposible/podría
hacerme llorar/una resurrección, ninguna muerte”, donde el poeta destila
crudo realismo, frustración, decepción, crítica política o hastío vital, y
sacuden al lector y le descubren un poeta vivo que se duele y que, por este preciso
motivo, desea vivir nuestra a veces absurda existencia con más intensidad y con mayor lucidez, dejando ver tras la
oscura pátina pesimista de sus versos un vitalismo paciente y forjado a base de
la experiencia, como acertadamente subraya Luis García Montero, gran conocedor
del poeta.
El poema que hemos escogido es un poema duro, donde el poeta, sumido en
un existencialismo amargo, desgrana su cansancio vital y reivindica su yo
decepcionado con respecto al inmovilismo de la existencia, al hastío que le
causan las cosas conocidas e inmutables: “...la vida así dispuesta/el cielo turbio/la lluvia que lame
los cristales”, a lo que sigue, a nuestro juicio, una de las estrofas más
crudas y a la vez más líricamente logradas de la producción del poeta . Pero lo
más sorprendente del poema es que, sin esperarlo el lector, descubre con
estupor que el destinatario del poema es el propio Dios. A partir de ese
instante, los versos acentúan su tono indignado y la rabia del poeta gana especial intensidad
convirtiéndose en un reproche amargo y lleno de angustia contra el Creador, rozando a veces la ira:
“Pero alguien/ envenenó las fuentes/ de mi vida y mi corazón es/pasión inútil,
odio/ciego….crisol donde se funden/contrariedades con contradicciones.”. Dios
como entidad en la que volcar todo cuanto duele al poeta le sirve asimismo para transformar su
hastío y su amargura en un vitalismo final que reivindica la individualidad y
la libertad de vivir su vida sin la losa constante de la
transcendencia, de alguna manera impuesta a los de su generación: “Y mi voluntad sigue,/inútilmente/empeñada en la lucha más
terrible: vivir lo mismo que si tú existieras”. Unos versos, ciertamente, para pensar.
REFLEXIÓN PRIMERA
Despertar para encontrarme
esto:
la vida así dispuesta,
el cielo
turbio, la lluvia
que lame los cristales.
lo mismo,
poner el cuerpo en marcha para andar
lo mismo,
comenzar a vivir, pero sabiendo
el fracaso final de la hora última.
Si esto es la vida, Dios,
si éste es tu obsequio,
te doy las gracias -gracias- y te digo:
Guárdalo para ti y para tus ángeles.
Me hace daño la luz con que me alumbras,
me enloquece tu música
de pájaros,
pesa tu cielo demasiado,
oprime,
aplasta, bajo y gris, como una losa.
Todo está bien, lo sé.
Tu orden
se cumple. Pero alguien
envenenó las fuentes
de mi vida, y mi corazón es
pasión inutil, odio
ciego, amor desorbitado,
crisol donde se funden
contrariedades con contradicciones.
Y mi volundad sigue,
inutilmente,
empeñada en la lucha más terrible:
vivir lo mismo que si tú existieras.