¿DÓNDE ESTÁ MI EBOOK?
Viene a mi memoria un ejemplar del suplemento El Cultural del periódico El Mundo de no recuerdo exactamente cuándo, hará unos tres años probablemente. En él se le formulaban a varios editores algunas preguntas sobre los libros electrónicos, que entonces empezaban a ser populares entre los lectores de libros. No puedo, naturalmente, recordar las questiones exactas planteadas, si bien sé que en general preguntaban a estos editores, simplificando mucho, qué lugar ocupaban en ese momento y ocuparían en el futuro los E-books, así como si su uso masivo significaría la desaparición del libro impreso.
Pasado el tiempo, uno reflexiona sobre el riesgo que entraña este tipo de entrevistas, puesto que son en cierto modo como las novelas de anticipación:sólo el futuro refutará o dará la razón a quienes opinaron, poniendo en entredicho la contundencia de algunas predicciones. Lo cierto es que en este caso puedo aventurar que probablemente estos editores se equivocaron cuando vaticinaron, un tanto al estilo del Oráculo de Delfos (no por lo críptico, sino por lo arbitrario de sus opiniones), la desparición inevitable del libro impreso en favor del electrónico, sin fecha eso sí, pues lo que en realidad ha sucedido es que, tras un período inicial cuando la novedad tenía a los lectores entusiasmados con el soporte electrónico, las aguas han remitido y la inundación no ha sido tan devastadora.
Es cierto que el libro electrónico (E-book, o Kindle o Papyre) se ha vendido mucho y se ve a muchos lectores leyéndolo en el metro o en el parque, pongamos por caso. Pero no es menos verdad que se siguen editando cientos de libros (creo que miles) y que las librerías siguen estando llenas de lectores que quieren comprarlos, así, como casi siempre. Tras la polémica y los muchos debates entre quienes aman el libro como objeto, los coleccionistas, o los letraheridos clásicos, y los lectores de libros electrónicos, al final el libro impreso sigue bien vivo (probablemente haya disminuído su venta, naturalmente) y yo en concreto, que decía que ni aunque el propio espectro de Shakespeare se me apareciera, cual padre de Hamlet, y me dijera que estaría bien tener un E-book, leería sobre la pantalla de un libro electrónico, hace tiempo que lo tengo y lo disfruto. Y así otros muchos que hicieron el mismo -estéril- juramento.
El E-book es muy práctico y las obras literarias pueden obtenerse gratis de momento, lo cual es ilegal e inmoral, si bien lo hacemos, aunque este es otro tema. Como objeto tecnológico es magnífico -se lo puede subrayar y lo subrayado se almacena en forma de notas en un documento aparte; también sólo presionado sobre un término surge su definición instantáneamente, además de tener otras aplicaciones- pero de ahí no pasa. A día de hoy el libro impreso ha superado la prueba y sigue bien vivo. Que se lo pregunten a Amazon, que vende muchos libros tanto impresos como en versión electrónica, además del aparato. Y esto es lo natural.
En cuando a si el E-book ha transformado los hábitos literarios de los seres humanos, eso es ya harina de otro costal y habría que investigarlo. Es tema interesante para ser abordado en otra ocasión, ciertamente. Tal vez el libro electrónico haya contribuído a captar lectores que antes no lo eran, pero esta información yo la ignoro. Aún así y sea como sea, bienvenidas sean estas nuevas bodas: la de los dos libros del siglo XXI (ya veremos qué es lo siguiente), el impreso y el electrónico, hermanados, no enfrentados. Yo confieso que a veces, cuando voy en el ascensor camino del trabajo, me pregunto: "¿Dónde está mi E-book?".
Mayo 2014
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