EL CIELO ES AZUL, LA TIERRA BLANCA
“Las montañas plateadas brillan bajo el sol de la mañana…
No sé si es nieve o niebla lo que vuela. ¡Oh! Mi cuerpo también corre veloz…
…nos divertimos saltando con gran habilidad…
El cielo es azul, la tierra es blanca…
¡Oh!, las colinas nos reciben..”
Estas líneas, recompuestas a partir de las páginas de El cielo es azul, la tierra blanca,
(Kawakami Hiromi, Acantilado, 2009) pertenecen a una vieja canción de
invierno japonesa, cuya candidez y simpleza nos recuerda otras piezas
poéticas propias de Japón, únicas en ellos, como en los Haikus.
La
protagonista de la novela, la joven Tsukiko, las entona a trompicones
cuando, en uno de sus frecuentes paseos en soledad decide cantar para
sentirse mejor. Pero no consigue recordar el final, quedándose atascada
en la estrofa que da título al libro. En efecto, la soledad surge de
entre las páginas como una constante que
empuja a Tsukiko a vagar por las calles de Tokio para acabar
inevitablemente apoyada en la barra de un bar bebiendo sake. Al otro
protagonista de esta bellísima novela, el Maestro, antiguo profesor de
japonés de Tsukiko, le consume el mismo mal, y el lugar donde la soledad
le lleva es, asimismo, la barra del mismo bar, frente a una botella de
sake, donde ambos personajes se reencuentran
y donde ambas soledades se unifican. Con este sencillo planteamiento,
Hiromi Kawakami hilvana una bella y sensible historia de amor, un amor
que se siembra en la primera página y florece hacia el final del libro,
dejando al lector por unos instantes, una vez acabado éste, en ese
estado de congoja que sólo aquello que ha convulsionado nuestro corazón
puede provocar. Entre sakes y cervezas y aperitivos japoneses que ya nos
apetece degustar –tofu hervido, Sashimi, vino de bistorta, salsa de
soja con wasahi, sopa de miso, etc, etc-, la joven y el sexagenario
maestro van redescubriéndose, comprendiéndose a sí mismos, recuperando
el sentido de sus vidas, abandonando los oscuros caminos de la vida en
soledad, hasta el inevitable punto de depender el uno del otro: ella,
con la necesidad y urgencia, a veces con la inexperiencia que la
juventud impone; él, con la indiferencia fingida, las manías de viejo y
la serenidad que los años nos otorgan.
El
alcohol como vínculo tiene mucho de literario, si bien la realidad, no
lo olvidemos, es siempre la literatura en ciernes. Lo cierto que esos
recorridos por las tascas, el acto de beber y comer juntos y en los
mismos lugares van creando a través de las páginas del relato un
ambiente que atrapa al lector, quien acaba sintiéndose allí mismo,
sentado a cualquier mesa del lugar, oliendo los guisos de pescado,
viendo como Tsukiko y el maestro se emborrachan, bebiendo vaso tras vaso
de licor, y hablan sobre la vida, él acariciando de vez en cuando sus
cabellos distraídamente; ella, agotada por los efectos del alcohol,
reclinando suavemente su cabeza sobre el hombro del viejo profesor. Esos
pequeños gestos, junto con el placer de conversar bebiendo, son en
realidad un símbolo que explica, mediante el acercamiento primero
sentimental y finalmente físico de ambos personajes que va
paulatinamente consumándose, cómo el maestro cada vez más es parte de
Tsukiko, y viceversa, convirtiéndose en algo único, como lo es el amor
verdadero. Por eso, cuando la joven, en uno de sus habituales paseos en
busca del garito donde suele ahogar su soledad, decide entonar la canción y
se queda atascada, es el maestro, que la encuentra cuando ella piensa
“ojalá estuviera aquí el maestro” quien le dice, con su habitual
calidez, a su espalda:
“Oh, las colinas nos reciben”; así es el final de esa canción. Tsukiko.
Hiromi
Kawakami es, por o tanto, una escritora cuya mayor virtud sea no sólo
su gran maestría para describir ambientes, sino para hacerlos físicos y
por tanto, para hacer concretos y perceptibles los colores, aromas,
tonalidades de luz, silencios o bullangas, momentos de tristeza o de
alegría, de melancolía o miedo, la calidez de las tascas, el frío de las
viejas calles y, sobre todo, esa desazonadora sensación de soledad la
cual queda al instante fulminada cuando ambos protagonistas se
encuentran. Estar allí es la sensación esencial que embarga al lector de El cielo es azul, la tierra blanca
y, estando, viendo, aspirando, degustando, sintiendo, apuramos sin
cansancio las más de doscientas páginas de la novela, manteniéndonos en
ese sutil mas trascendental límite que separa la congoja del llanto
abierto, todo ello gracias al equilibrado uso de los recursos literarios de Kawakami, más orientados a convulsionar el corazón del lector que a tocar su fibra sensible.
Este libro, no me cabe duda, hará más bueno a quien lo lea. Bueno, no a
todos.
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