lunes, 12 de mayo de 2014

LITERATURA JAPONESA. KAWAKAMI HIROMI, "El cielo es azul..."




 EL CIELO ES AZUL, LA TIERRA BLANCA

“Las montañas plateadas brillan bajo el sol de la mañana…

No sé si es nieve o niebla lo que vuela. ¡Oh! Mi cuerpo también corre veloz…

…nos divertimos saltando con gran habilidad…

El cielo es azul, la tierra es blanca…

¡Oh!, las colinas nos reciben..”

Estas líneas, recompuestas a partir de las páginas de El cielo es azul, la tierra blanca, (Kawakami Hiromi, Acantilado, 2009) pertenecen a una vieja canción de invierno japonesa, cuya candidez y simpleza nos recuerda otras piezas poéticas propias de Japón, únicas en ellos, como en los Haikus.
La protagonista de la novela, la joven Tsukiko, las entona a trompicones cuando, en uno de sus frecuentes paseos en soledad decide cantar para sentirse mejor. Pero no consigue recordar el final, quedándose atascada en la estrofa que da título al libro. En efecto, la soledad surge de entre las páginas como una constante que empuja a Tsukiko a vagar por las calles de Tokio para acabar inevitablemente apoyada en la barra de un bar bebiendo sake. Al  otro protagonista de esta bellísima novela, el Maestro, antiguo profesor de japonés de Tsukiko, le consume el mismo mal, y el lugar donde la soledad le lleva es, asimismo, la barra del mismo bar, frente a una botella de sake, donde ambos personajes se  reencuentran y donde ambas soledades se unifican. Con este sencillo planteamiento, Hiromi Kawakami hilvana una bella y sensible historia de amor, un amor que se siembra en la primera página y florece hacia el final del libro, dejando al lector por unos instantes, una vez acabado éste, en ese estado de congoja que sólo aquello que ha convulsionado nuestro corazón puede provocar. Entre sakes y cervezas y aperitivos japoneses que ya nos apetece degustar –tofu hervido, Sashimi, vino de bistorta, salsa de soja con wasahi, sopa de miso, etc, etc-, la joven y el sexagenario maestro van redescubriéndose, comprendiéndose a sí mismos, recuperando el sentido de sus vidas, abandonando los oscuros caminos de la vida en soledad, hasta el inevitable punto de depender el uno del otro: ella, con la necesidad y urgencia, a veces con la inexperiencia que la juventud impone; él, con la indiferencia fingida, las manías de viejo y la serenidad que los años nos otorgan.
El alcohol como vínculo tiene mucho de literario, si bien la realidad, no lo olvidemos, es siempre la literatura en ciernes. Lo cierto que esos recorridos por las tascas, el acto de beber y comer juntos y en los mismos lugares van creando a través de las páginas del relato un ambiente que atrapa al lector, quien acaba sintiéndose allí mismo, sentado a cualquier mesa del lugar, oliendo los guisos de pescado, viendo como Tsukiko y el maestro se emborrachan, bebiendo vaso tras vaso de licor, y hablan sobre la vida, él acariciando de vez en cuando sus cabellos distraídamente; ella, agotada por los efectos del alcohol, reclinando suavemente su cabeza sobre el hombro del viejo profesor. Esos pequeños gestos, junto con el placer de conversar bebiendo, son en realidad un símbolo que explica, mediante el acercamiento primero sentimental y finalmente físico de ambos personajes que va paulatinamente consumándose, cómo el maestro cada vez más es parte de Tsukiko, y viceversa, convirtiéndose en algo único, como lo es el amor verdadero. Por eso, cuando la joven, en uno de sus habituales paseos en busca del garito donde suele ahogar su soledad, decide entonar la canción y se queda atascada, es el maestro, que la encuentra cuando ella piensa “ojalá estuviera aquí el maestro” quien le dice, con su habitual calidez, a su espalda:

“Oh, las colinas nos reciben”; así es el final de esa canción. Tsukiko.

Hiromi Kawakami es, por o tanto, una escritora cuya mayor virtud sea no sólo su gran maestría para describir ambientes, sino para hacerlos físicos y por tanto, para hacer concretos y perceptibles los colores, aromas, tonalidades de luz, silencios o bullangas, momentos de tristeza o de alegría, de melancolía o miedo, la calidez de las tascas, el frío de las viejas calles y, sobre todo, esa desazonadora sensación de soledad la cual queda al instante fulminada cuando ambos protagonistas se encuentran. Estar allí es la sensación esencial que embarga al lector de El cielo es azul, la tierra blanca y, estando, viendo, aspirando, degustando, sintiendo, apuramos sin cansancio las más de doscientas páginas de la novela, manteniéndonos en ese sutil mas trascendental límite que separa la congoja del llanto abierto, todo ello gracias al equilibrado uso de los recursos literarios de Kawakami, más orientados a convulsionar el corazón del lector que a tocar su fibra sensible. Este libro, no me cabe duda, hará más bueno a quien lo lea. Bueno, no a todos.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario