MEDEA DE EURÍPIDES SIN
EURÍPIDES. El 20 me voy a Mérida al festival de
teatro (55 edición) para ver el estreno de Medea, muy esperado por público y
crítica. Es una versión de Tomas Pandur, un balcánico, y protagonizada por
Blanca Portillo, actriz televisiva. Mi primer comentario es de desacuerdo con
respecto al título del drama, tal y como reza en la programación del festival y
el programa de mano: Medea, de Eurípides.
Hubiera bastado omitir “de Eurípides” para que el impertinente crítico clásico
no hubiera contemplado la representación predispuesto a realizar una crítica
destructiva del montaje. No obstante, como sé de antemano que a Eurípides se le
ha tenido poco en cuenta, me acomodo en mi privilegiado asiento de la cavea
baja, a escasos metros del escenario, y me preparo para ver una de esas
“visiones personales del director” del mito de Medea, siempre emocionante en un
momento y lugar tan imponentes como el teatro romano en plena noche, iluminado
fantasmagóricamente, lo que aporta cierta magia y misterio de los que nadie
puede sustraerse, preparando al espectador para un viaje no se sabe hacia qué
lugar.
Es ciertamente difícil ser objetivo a la hora de valorar
este montaje. Si alguien me preguntara si me ha gustado (que me lo han
preguntado), respondería que en general sí, para no entrar en mayores
comentarios que aburrirían a mi interlocutor. Pero eso no es verdad. De la
representación salvaría algunas cosas: la escenografía estaba estudiada al
milímetro, pues permitía tanto a los actores principales como a los secundarios
moverse con facilidad entre los escasos objetos que la conformaban,
delimitándose con claridad los espacios:
uno, el palacio (espacio latente), como mandan los cánones clásicos,
tras la Valva Regia (es la puerta
central, la mar grande, del edificio escénico), otro, el exterior del mismo
(pulpitum o escenario) y el último la casa de Jasón y Medea (la orquestra,
repleta de fardos de paja conformando un laberinto a modo de habitaciones y que
simbolizaba probablemente el callejón sin salida en el que la heroína se
encuentra). Las luces, perfectas, así como la realización y el equipo técnico,
lo cual todo demuestra que el director se ha tomado muy en serio su Medea.
Ahora vienen lo peros. Yo me atrevería a calificar el
montaje de manierista no en las formas, pues la escenografía era sencilla,
mínima, sino en el fondo. Creo que Pandur se ha complicado, y en su afán por
situar al espectador, lo ha confundido. Tengamos en cuenta que el teatro, hoy,
es democrático, esto es, a él asiste todo el mundo de cualquier condición y
formación. El público no puede aburrirse porque no entienda, pues despreciaría
en última estancia los aciertos que la obra pueda tener. Por eso pienso que
Pandur se ha complicado y que ha confundido al público, porque dudo de que la
mayoría comprendiera el “prólogo” de la obra: Medea, maleta en mano, es
asediada por numerosos periodistas que la instan a contar su historia a la vez
que lanzan acusaciones con las que ella no está de acuerdo. Es una Medea
asustada, desterrada (¿caería alguien en la cuenta de ello?), que finalmente
huye de los periodistas por la puerta central. Luego aparece, tras caer un muro
de fardos de paja, el centauro Quirón, el personaje más aplaudido concluida la
representación, pese a ser el más innecesario e incomprendido. ¿Quién sabe
quién es ese personaje? ¿por qué un centauro?. Quien conoce el personaje de Medea
sabe que es una bruja o hechicera, una maga, conocedora de remedios y fórmulas
(esto se repite varias veces durante la representación), pero pocos sabrán que
es él, el más sabio de los centauros, conocedor de los recovecos de la
medicina, quien ha enseñado su arte a la heroína. Y nadie acierta a
identificarlo porque no se presenta. Quirón confunde porque, como narrador
(este es su verdadero papel en la obra), sale de su cuerpo de caballo de
escayola y deja de ser un centauro, convirtiéndose en un equino que bufa y
cocea y corretea por el escenario, en un trabajo admirable de interpretación e
histrionismo inútiles: ni lo que dice en un lenguaje altamente críptico por
poético ni lo que representa son entendidos por la mayoría de la audiencia,
entre quienes me incluyo.
Luego comienza la Medea de Eurípides sin Eurípides.
Pandur y los autores del guión han seguido al griego en la estructura de la
obra en general (excepto los postizos del principio y el final de la obra) pero
no su hermoso texto. Y es aquí donde yo me quejo. Pocos, hoy, estarían de
acuerdo con un montaje historicista de los trágicos griegos, pues éstos no
serían comprendidos. Necesitan de la adaptación y estamos de acuerdo en ello.
Pero todo tiene un límite, y más con el teatro antiguo, donde apartarse del
texto original es necesario a veces, pero no hasta el punto de perderlo de
vista por completo. En primer lugar, existe una obcecada insistencia de los
directores en conservar una especie de “coro” como lo tenían las tragedias
griegas, pero que nada tienen que ver con él en el fondo. Aquí son los
argonautas por un lado y las mujeres corintias por otro, pero sus
intervenciones no pasan de ser, en el primer caso, la escolta un tanto mafiosa
y bastante agresiva de Jasón, y en el segundo, un grupo de mujeres vestidas a
lo balcánico y provistas de acordeones que interpretan canciones que también
suenan balcánicas, algo así como un guiño o referencia estética del director a
su origen y a la Cólquide, lugar donde empieza toda la historia, también en los
Balcanes. Pero no parecen coros. O coro sí, o coro no, pero no “figurantes”,
como en la ópera. ¿Por qué? Por lo mismo que objetamos del narrador-centauro:
el coro griego era un vínculo entre la audiencia y la obra, y actuaba a modo de
guía. Aquí no sabemos si ellos son campesinos, o argonautas, o mafiosos, o
matones o todo ello a la vez y ellas esposas, lavanderas, campesinas,
sirvientas o todo junto.
Pero volvamos al texto. Aunque el autor haya usado a
Eurípides y también a Séneca para el argumento –otra traición si releemos el
programa del festival-, se trata de un texto reescrito, con un lenguaje nada
poético, al que se ha despojado de casi todo el aparataje mitológico que
incluyen los dramas griegos, acertadamente a mi juicio, pero al que se ha
despojado también, erróneamente a mi juicio, de toda la belleza de las
imágenes, símbolos y metáforas de los textos tanto del griego como del romano.
Por eso creo que es una Medea de Eurípides donde el ateniense no está (y
tampoco, ya que lo hemos subido en el barco, el cordobés). Y el teatro no debe
nunca renunciar a la poesía, a la maestría y al ingenio de los trágicos
griegos. Por eso no me ha gustado, más que por otros arrebatos manieristas de
su director. No es la Medea de Eurípides. Es la Medea de Pandur.
La tendencia del teatro actual al revisitar la tragedia
grecolatina (también la comedia) es la de “actualizar” su estética. Así, el
vestuario y demás tramoya no son ni argivos ni corintios, sino actuales, en
este caso de los años veinte-treinta, estilo a veces Cotton Club, a veces
inspirados en la Medea de Passolini (tal vez un homenaje del director), y en la
protagonista, eso sí, hermosos vestidos que asemejan a los que llevaban las
mujeres griegas en la antigüedad (el peplo). Esto no nos parece mal. El Pero
(otro más) está en que esto se convierta en un signo de actualidad necesario en
el teatro de hoy que monta el de antaño, y que lo contrario signifique algo ya
obsoleto o pasado de moda no debe convertirse en ley. Puede montarse una Medea
muy moderna con ambientación antigua, y no pasa nada. Así, el director se ahorra
introducir un coche y una caravana en escena, cosa complicada en Mérida, y
orienta mejor al espectador sobre el papel que cada cual tiene sobre el
escenario. No obstante, el vestuario me pareció bien, teatral, simplemente.
Para concluir con los peros y la crítica en general, creo que donde más metió Pandur la
pata fue al final, dejando a más de uno un mal sabor de boca al concluir la
representación, que tuvo momentos grandes,
sobre todo a manos de Blanca Portillo, una Medea, a mi juicio, sobresaliente. Pero no pueden hacerse finales así. La Medea implacable, consciente de sus actos, incapaz de volver atrás en su decisión aún sabiendo que los crímenes que va ha cometer son horribles, pero que su razón debe quedar subyugada a sus deseos de venganza se desvaneces al final. El director evita directamente la crudeza del infanticidio –los griegos tampoco mataban en escena- lo cual le agradecemos. Sólo se oyen unos disparos. Se traen a escena sus “cuerpos” envueltos en las pieles de cordero con los que se les ha visto irse la escena anterior. Jasón grita, llora, maldice, escupe bilis. Medea se muestra fría y se marcha a Atenas con Egeo, su rey, quien la acogerá, después de cometer su horrible crimen. Ahí debe acabar la tragedia y cada cual a pensar en lo que ha visto. De hecho todos comenzamos a aplaudir. Pero, ¡Ay!, no se sabe por qué razón artística del director, decide acentuar más sus errores (entre ellos, que la obra dure innecesariamente dos horas y cuarto, algo tedioso para cualquiera) en detrimento de sus aciertos, y haga salir a Medea vestida de blanco, de la mano de sus hijos, con una maleta de picnic, y, durante unos interminables segundos para un espectador ya cansado, sirve comida y leche a los pequeños, para luego, para estupor de la audiencia entera, cantar una estúpida nana desafinada y bronca.
sobre todo a manos de Blanca Portillo, una Medea, a mi juicio, sobresaliente. Pero no pueden hacerse finales así. La Medea implacable, consciente de sus actos, incapaz de volver atrás en su decisión aún sabiendo que los crímenes que va ha cometer son horribles, pero que su razón debe quedar subyugada a sus deseos de venganza se desvaneces al final. El director evita directamente la crudeza del infanticidio –los griegos tampoco mataban en escena- lo cual le agradecemos. Sólo se oyen unos disparos. Se traen a escena sus “cuerpos” envueltos en las pieles de cordero con los que se les ha visto irse la escena anterior. Jasón grita, llora, maldice, escupe bilis. Medea se muestra fría y se marcha a Atenas con Egeo, su rey, quien la acogerá, después de cometer su horrible crimen. Ahí debe acabar la tragedia y cada cual a pensar en lo que ha visto. De hecho todos comenzamos a aplaudir. Pero, ¡Ay!, no se sabe por qué razón artística del director, decide acentuar más sus errores (entre ellos, que la obra dure innecesariamente dos horas y cuarto, algo tedioso para cualquiera) en detrimento de sus aciertos, y haga salir a Medea vestida de blanco, de la mano de sus hijos, con una maleta de picnic, y, durante unos interminables segundos para un espectador ya cansado, sirve comida y leche a los pequeños, para luego, para estupor de la audiencia entera, cantar una estúpida nana desafinada y bronca.
Fue entonces cuando decidí que no iba aplaudir cuando el
elenco saliera a saludar. Tengo pendiente, pues, ver una Medea de Eurípides.
Tal vez el año próximo.
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