lunes, 12 de mayo de 2014

TEATRO GRECOLATINO: MEDEA DE EURÍPIDES SIN EURÍPIDES






MEDEA DE EURÍPIDES SIN EURÍPIDES. El 20 me voy a Mérida al festival de teatro (55 edición) para ver el estreno de Medea, muy esperado por público y crítica. Es una versión de Tomas Pandur, un balcánico, y protagonizada por Blanca Portillo, actriz televisiva. Mi primer comentario es de desacuerdo con respecto al título del drama, tal y como reza en la programación del festival y el programa de mano: Medea, de Eurípides. Hubiera bastado omitir “de Eurípides” para que el impertinente crítico clásico no hubiera contemplado la representación predispuesto a realizar una crítica destructiva del montaje. No obstante, como sé de antemano que a Eurípides se le ha tenido poco en cuenta, me acomodo en mi privilegiado asiento de la cavea baja, a escasos metros del escenario, y me preparo para ver una de esas “visiones personales del director” del mito de Medea, siempre emocionante en un momento y lugar tan imponentes como el teatro romano en plena noche, iluminado fantasmagóricamente, lo que aporta cierta magia y misterio de los que nadie puede sustraerse, preparando al espectador para un viaje no se sabe hacia qué lugar.
Es ciertamente difícil ser objetivo a la hora de valorar este montaje. Si alguien me preguntara si me ha gustado (que me lo han preguntado), respondería que en general sí, para no entrar en mayores comentarios que aburrirían a mi interlocutor. Pero eso no es verdad. De la representación salvaría algunas cosas: la escenografía estaba estudiada al milímetro, pues permitía tanto a los actores principales como a los secundarios moverse con facilidad entre los escasos objetos que la conformaban, delimitándose con claridad los espacios:  uno, el palacio (espacio latente), como mandan los cánones clásicos, tras la Valva Regia (es la puerta central, la mar grande, del edificio escénico), otro, el exterior del mismo (pulpitum o escenario) y el último la casa de Jasón y Medea (la orquestra, repleta de fardos de paja conformando un laberinto a modo de habitaciones y que simbolizaba probablemente el callejón sin salida en el que la heroína se encuentra). Las luces, perfectas, así como la realización y el equipo técnico, lo cual todo demuestra que el director se ha tomado muy en serio su Medea.
Ahora vienen lo peros. Yo me atrevería a calificar el montaje de manierista no en las formas, pues la escenografía era sencilla, mínima, sino en el fondo. Creo que Pandur se ha complicado, y en su afán por situar al espectador, lo ha confundido. Tengamos en cuenta que el teatro, hoy, es democrático, esto es, a él asiste todo el mundo de cualquier condición y formación. El público no puede aburrirse porque no entienda, pues despreciaría en última estancia los aciertos que la obra pueda tener. Por eso pienso que Pandur se ha complicado y que ha confundido al público, porque dudo de que la mayoría comprendiera el “prólogo” de la obra: Medea, maleta en mano, es asediada por numerosos periodistas que la instan a contar su historia a la vez que lanzan acusaciones con las que ella no está de acuerdo. Es una Medea asustada, desterrada (¿caería alguien en la cuenta de ello?), que finalmente huye de los periodistas por la puerta central. Luego aparece, tras caer un muro de fardos de paja, el centauro Quirón, el personaje más aplaudido concluida la representación, pese a ser el más innecesario e incomprendido. ¿Quién sabe quién es ese personaje? ¿por qué un centauro?. Quien conoce el personaje de Medea sabe que es una bruja o hechicera, una maga, conocedora de remedios y fórmulas (esto se repite varias veces durante la representación), pero pocos sabrán que es él, el más sabio de los centauros, conocedor de los recovecos de la medicina, quien ha enseñado su arte a la heroína. Y nadie acierta a identificarlo porque no se presenta. Quirón confunde porque, como narrador (este es su verdadero papel en la obra), sale de su cuerpo de caballo de escayola y deja de ser un centauro, convirtiéndose en un equino que bufa y cocea y corretea por el escenario, en un trabajo admirable de interpretación e histrionismo inútiles: ni lo que dice en un lenguaje altamente críptico por poético ni lo que representa son entendidos por la mayoría de la audiencia, entre quienes me incluyo.
Luego comienza la Medea de Eurípides sin Eurípides. Pandur y los autores del guión han seguido al griego en la estructura de la obra en general (excepto los postizos del principio y el final de la obra) pero no su hermoso texto. Y es aquí donde yo me quejo. Pocos, hoy, estarían de acuerdo con un montaje historicista de los trágicos griegos, pues éstos no serían comprendidos. Necesitan de la adaptación y estamos de acuerdo en ello. Pero todo tiene un límite, y más con el teatro antiguo, donde apartarse del texto original es necesario a veces, pero no hasta el punto de perderlo de vista por completo. En primer lugar, existe una obcecada insistencia de los directores en conservar una especie de “coro” como lo tenían las tragedias griegas, pero que nada tienen que ver con él en el fondo. Aquí son los argonautas por un lado y las mujeres corintias por otro, pero sus intervenciones no pasan de ser, en el primer caso, la escolta un tanto mafiosa y bastante agresiva de Jasón, y en el segundo, un grupo de mujeres vestidas a lo balcánico y provistas de acordeones que interpretan canciones que también suenan balcánicas, algo así como un guiño o referencia estética del director a su origen y a la Cólquide, lugar donde empieza toda la historia, también en los Balcanes. Pero no parecen coros. O coro sí, o coro no, pero no “figurantes”, como en la ópera. ¿Por qué? Por lo mismo que objetamos del narrador-centauro: el coro griego era un vínculo entre la audiencia y la obra, y actuaba a modo de guía. Aquí no sabemos si ellos son campesinos, o argonautas, o mafiosos, o matones o todo ello a la vez y ellas esposas, lavanderas, campesinas, sirvientas o todo junto.
Pero volvamos al texto. Aunque el autor haya usado a Eurípides y también a Séneca para el argumento –otra traición si releemos el programa del festival-, se trata de un texto reescrito, con un lenguaje nada poético, al que se ha despojado de casi todo el aparataje mitológico que incluyen los dramas griegos, acertadamente a mi juicio, pero al que se ha despojado también, erróneamente a mi juicio, de toda la belleza de las imágenes, símbolos y metáforas de los textos tanto del griego como del romano. Por eso creo que es una Medea de Eurípides donde el ateniense no está (y tampoco, ya que lo hemos subido en el barco, el cordobés). Y el teatro no debe nunca renunciar a la poesía, a la maestría y al ingenio de los trágicos griegos. Por eso no me ha gustado, más que por otros arrebatos manieristas de su director. No es la Medea de Eurípides. Es la Medea de Pandur.
La tendencia del teatro actual al revisitar la tragedia grecolatina (también la comedia) es la de “actualizar” su estética. Así, el vestuario y demás tramoya no son ni argivos ni corintios, sino actuales, en este caso de los años veinte-treinta, estilo a veces Cotton Club, a veces inspirados en la Medea de Passolini (tal vez un homenaje del director), y en la protagonista, eso sí, hermosos vestidos que asemejan a los que llevaban las mujeres griegas en la antigüedad (el peplo). Esto no nos parece mal. El Pero (otro más) está en que esto se convierta en un signo de actualidad necesario en el teatro de hoy que monta el de antaño, y que lo contrario signifique algo ya obsoleto o pasado de moda no debe convertirse en ley. Puede montarse una Medea muy moderna con ambientación antigua, y no pasa nada. Así, el director se ahorra introducir un coche y una caravana en escena, cosa complicada en Mérida, y orienta mejor al espectador sobre el papel que cada cual tiene sobre el escenario. No obstante, el vestuario me pareció bien, teatral, simplemente.
Para concluir con los peros y la crítica en general, creo que donde más metió Pandur la pata fue al final, dejando a más de uno un mal sabor de boca al concluir la representación, que tuvo momentos grandes,
 
sobre todo a manos de Blanca Portillo, una Medea, a mi juicio, sobresaliente. Pero no pueden hacerse finales así. La Medea implacable, consciente de sus actos, incapaz de volver atrás en su decisión aún sabiendo que los crímenes que va ha cometer son horribles, pero que su razón debe quedar subyugada a sus deseos de venganza se desvaneces al final. El director evita directamente la crudeza del infanticidio –los griegos tampoco mataban en escena- lo cual le agradecemos. Sólo se oyen unos disparos. Se traen a escena sus “cuerpos” envueltos en las pieles de cordero con los que se les ha visto irse la escena anterior. Jasón grita, llora, maldice, escupe bilis. Medea se muestra fría y se marcha a Atenas con Egeo, su rey, quien la acogerá, después de cometer su horrible crimen. Ahí debe acabar la tragedia y cada cual a pensar en lo que ha visto. De hecho todos comenzamos a aplaudir. Pero, ¡Ay!, no se sabe por qué razón artística del director, decide acentuar más sus errores (entre ellos, que la obra dure innecesariamente dos horas y cuarto, algo tedioso para cualquiera) en detrimento de sus aciertos, y haga salir a Medea vestida de blanco, de la mano de sus hijos, con una maleta de picnic, y, durante unos interminables segundos para un espectador ya cansado, sirve comida y leche  a los pequeños, para luego, para estupor de la audiencia entera, cantar una estúpida nana desafinada y bronca.

Fue entonces cuando decidí que no iba aplaudir cuando el elenco saliera a saludar. Tengo pendiente, pues, ver una Medea de Eurípides. Tal vez el año próximo.

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