¡MALDITO MURAKAMI! (AGOSTO, 2012)
MURAKAMI Y SU PÁJARO-QUE-DA CUERDA-AL-MUNDO. Aún no he terminado de leerme la novela del autor japonés, ahora muy de moda –no cuando me compré su libro en la librería de mi barrio, editada en Tusquets, edición de bolsillo- no por dura, sino por larga. A medida que paso páginas (llevo desde Enero leyéndola) y veo que lo que me queda son, aproximadamente, grosso modo, así a ojo de buen cubero, las mismas páginas que ocuparían seis libros de relatos de Jorge Luis Borges, me desespero y pienso en arrojar el libro. No obstante, no lo hago porque hay que reconocer que el nipón domina la estructura de su obra y las técnicas narrativas pues, justo cuando la acción parece que se viene abajo con la consiguiente decepción del lector, ésta despega de nuevo y burla el accidente aéreo-literario. Estos accidentes son infrecuentes, mas cuando ocurren ya se sabe que no quedan supervivientes. Por cierto, el título de la novela de Murakami es Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Me la compré precisamente por el título, que llamó mi atención. También porque su autor era japonés, hecho que despertó mi curiosidad literaria. Lo cierto es que su lectura llega a ser a veces emocionante, y el lector consigue lentamente simpatizar con su protagonista, Nooru Okada, un joven abogado en paro abandonado por su esposa repentinamente sin recibir explicaciones. Recuerda este libro al primer Auster, más exactamente a El palacio de la luna, por varias razones: por los misteriosos e inesperados derroteros que la obra va tomando, por (al contrario de Pavese) los pocos personajes que intervienen en la acción, por mezclar varios géneros (misterio, Thriller, documental (nos enteramos, por ejemplo, de las cosas horribles que los chinos, en colaboración con los Mongoles, les hacían a los prisioneros japoneses durante el conflicto que ambos países tuvieron), por las historias paralelas, y, finalmente, porque el enigma que rodea la desaparición de la esposa va, inevitablemente, a resolverse en la última página. No obstante, es probable que Murakami no haya leído a Paul Auster.
Tal vez lea algún otro libro de Murakami en el futuro, aunque solo sea porque a él le debo el descubrimiento de otros autores de su país que ya me entusiasman (Mishima, Kawabata, Tanizaki, Kawakami, el excepcional Heike Monogatari y el singular Teatro NO). Revelaré el final de la crónica en breve.
EN EL LAGO, de Kawawata Yasunari
La lioteratura japonesa es ahora una opción elegida por muchos letraheridos, y, gracias al inetrés de las editoriales por introducirla en el mundo occidental, disponemos ya de una gran elenco de autores, clásicos y actuales, para elegir nuestros favoritos. Concretamente Kabawata está íntegramente traducido en edición de bolsillo en la editorial Libélula.
Los Japoneses, dotados de una sensibilidad distinta a la nuestra y, por su puesto, pese a la nefasta e inevitable occidentalización de sus maneras, de una cultura que fija su mirada en cosas que nosotros pasamos sin más por alto, ofrecen un universo narrativo nuevo –aunque hayan sido traducidos a nuestro idioma muy tarde-, emociona y entusiasma por diferente.
En El Lago (Emecé, Buenos Aires, 2009), es una novela corta sorprendente, por distinta. Su autor es Yasunari Kawabata -o mejor al revés, pues en japonés se el apellido se antepone al nombre propio- premio novel de literatura en 1968, y, vaya, parece que los elijo a propósito, un autor suicida, como Pavese, Mishima, y supongo que muchos otros. Parece ser que he comenzado a leer a este autor en un libro que causó cierto recelo, si no rechazo, entre los seguidores de su obra, pues supuso un cambio radical en el estilo, temática y personajes del mismo. Tal vez este hecho haga que la otra novela que de él tengo pendiente de leer (Lo Bello y lo triste, Emecé, Buenos Aires, 2009) me sorprenda aún más que ésta.
Siempre he sentido una secreta admiración por quienes se ocupan de escribir las reseñas en las contraportadas de los libros, pues no sólo deben sintetizar en pocas líneas la línea argumental de la misma, sino también arrojar una pequeña luz, a modo de clave para el lector, de su significado, mensaje o enseñanza, si los tuviera. El que se ocupa de hacerlo para este libro apunta que En el lago “es una extraordinaria ejecución de asociación libre, en la cual cada fragmento se afirma dentro del acabado tapiz con destreza impecable”. Y, en términos generales, así es. En seguida el autor nos atrapa con las escenas iniciales de la novela, en unos baños turcos, donde el protagonista, Gimpei, maestro de japonés en una escuela, comienza a desvelar sus obsesiones y sus miserias a la masajista que se está ocupando de él, simbolizadas éstas últimas en la fealdad de sus pies, simiescos y deformes, de los que se avergüenza, pero también su candidez y su ternura, infantil a veces. Cuál es el sentido de la obra sería difícil concretarlo. En ella se mezclan los recuerdos de la infancia del protagonista, simbolizados en el lago que, de cuando en cuando, regresa a su memoria porque lo asocia –de ahí la reseña de la contraportada- con su padre muerto, su madre y su prima, su primer icono erótico, con quien solía pasear sobre las aguas heladas del mismo, y a quien asocia a su vez con su primer gran amor, una alumna suya, cuya relación es vetada. Se une además la línea argumental esencial, a saber, la confesión de Gimpei de dedicarse a perseguir a jovencitas de extremada belleza sólo con el inocente pretexto de charlar con ellas. La última víctima, creyendo que iba a ser atracada, le lanza a Gimpei el dinero que acaba de sacar de un banco, y, a partir de ese momento, las asociaciones se disparan: todos los personajes que aparecen en la novela desde ese momento están relacionados entre sí y con el protagonista y forman ese tapiz cuyos fragmentos, mediante magistrales descripciones, pequeñas obras de arte narrativas insertadas aquí y allá, van añadiéndose a través del relato del narrador y de los diálogos de los mismos, ofreciendo al lector retazos de la vida del protagonista, sus vivencias, sus amores prohibidos y frustrados, sus faltas y sus virtudes, su, en fin, humanidad, pues, a mi parecer, lo que Kawabata quiere decirnos, aparte los simbolismos (los pies de Gimpei, la búsqueda obsesiva de la belleza adolescente por quien se cree desagraciado, una infancia incompleta, etc., etc), es que en el fondo, somos todos ángeles fieramente humanos, (parafraseando a Blas de Otero), algunos poco agraciados por la naturaleza, que sólo necesitamos, simplemente, amar y ser amados.

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