UNA HISTORIA DEL BRONX,
o un talento desperdiciado.
Anoche, víspera de fiesta, estaba a punto de acostarme, hastiado de
buscar algo en la televisión que valiera la pena –tentativa esta que
constituye en sí misma una contradictio in terminis-,
cuando me topé con los créditos iniciales de este film basado en una
obra teatral del actor Charles Palmentieri. No lo dudé: Robert de Niro,
que además es el productor, Palmentieri, que firma el guión, y las
calles de un Bronx de los años 50. Nada mejor que ver hoy. Al ver tantos
italianos, o italoamericanos, como deben en realidad llamarse, se me
viene automáticamente a la cabeza a H. Miller y su drama Panorama desde el puente, e intuyo un retrato parecido de los italianos de Bronx, desgraciados spaghetti que intentan preservar su pathos
más profundo de italianos en su destierro infinito (el destierro y la
emigración no son cosas diferentes) con gestos exagerados de la mamma patria
y aspavientos violentos mientras discuten en la esquina, frente al bar
que regenta Sony, un mafioso menor de gruesos labios y pelo engominado
hacia atrás, réplica en carne y hueso de ese otro mafiosillo de las Waky
races de nuestra infancia, esa carrera donde competían Penélope
Glamour, el risitas o aquellos trogloditas que se apiñaban en su
automóvil de granito.
Sony
es un tipo duro, a quien todos temen primero y luego respetan. Es quien
hace y deshace en el barrio, rodeado de sus matones, gordos y rudos
italianos que visten impecables trajes hechos a medida. Es mérito de
Palmentieri el haber creado unos personajes que, aunque peligrosos
porque llevan pistola, resultan algo patéticos por su constante mueca
estudiada, sus gestos ensayados y sus concesiones a la galería del más
puro estilo mafioso, con frases típicas del género como “¿acabo con él, Sony?” o “¡tú, largo!”,
que dan miedo y te hacen dibujar una sonrisa en el rostro al mismo
tiempo. Pero ese aparente mundillo de mafiosos en diminutivo que puede
provocar lástima en el espectador se va pronto revelando como un
escenario donde las tragedias se mascan a cada minuto y donde la vida es
o bien difícil o muy difícil, siendo la única forma de salvarse
manteniéndose al margen de todo, como hace Lorenzo, el apocado conductor
de autobuses que ha decidido llevar una vida humilde y monótona pero
segura, exenta de líos y muertes prematuras causadas por un bate de
béisbol o un disparo en nuca. A su pequeño hijo, a quien Lorenzo recoge
del cole y lo deja en la parada que hay justo frente a la puerta de su
casa para seguir su trayecto, le cuesta seguir las órdenes de su buen
padre, quien le insta a entrar directamente en el portal, y él,
alucinado por cuanto sucede en el bar de Sony, no puede dejar de ir.
El
niño se forja entre la tranquilidad del autobús paterno y los
trapicheos de la clientela del bar de Sony, convirtiéndose en un
adolescente que navega entre dos aguas. Esto le hace estar en un estado
de permanente equilibrio, que es lo que le salva: la rectitud y el
control de su padre, a quien respeta y quiere, y los consejos del
mafioso, a quien admira y por quien siente una atracción hipnótica, y
quien por alguna razón decide velar por el chico en lugar de ganarlo
para la causa, lo que convierte al muchacho en alguien sensato que tal
vez tenga una oportunidad. Calígero es un joven italoamericano con un
buen corazón, que quiere a su padre y es responsable con sus estudios,
pero que el entorno le condiciona quiera o no quiera. Sus amigos –el
gomina, Cero, apodo del muchacho sobrecogedor, impuesto por su propia
madre y el resto pequeños criminales que se largan del colegio- son unos
mafiosos en ciernes corroídos por el desprecio por casi todo, tal vez
tan impostado como sus gestos duros y su desarrapado vocabulario, y por
un obsesivo racismo contra los negros del Bronx sin causa justificada,
están ya marcados, yo diría que predestinados, como Agamenón o Ayante,
porque ellos mismos, movidos los hilos de los oscuros dioses de la
violencia y la inadaptación, han decidido su destino. Son estúpidos,
como Sony los considera, pero peligrosos, porque también han conseguido
pistolas.
En
mi opinión, Palmentieri construye una historia que comparte muchas
cosas con las tragedias griegas. Los dioses lanzan a los hombres a una
existencia que no es más que una prueba que han de superar con sabiduría
y sin orgullo. Los héroes trágicos –Sony y Calígero lo son- saben que
depende del movimiento que realicen en una situación dada, su destino
quedará sellado. Sony es un héroe que ya se ha colocado el arné del
destino, como diría Esquilo, y sabe que está condenado. En su
sabiduría, no alberga odio ni resentimiento, y se acepta tal y como es,
sabiendo que puede perder la vida al doblar cualquier esquina en una
justa vendetta italiana. Calígero es el héroe a quien los dioses aún
siguen mandándole pruebas de las que ha de salir airoso o condenarse a
su vez. La sensatez inculcada por su padre está muy arraigada en él,
pero es joven e inmaduro, y esa sensatez puede verse anulada por la
insensatez de otros. Caligero discute con su padre. Todavía no entiende
que es preferible vivir con lo justo que con la angustia constante de la
muerte criminal. Ofuscado por la discusión, su razón se nubla y
acompaña, indignado, a sus amigos aprendices de mafiosos a una razzia contra
un local frecuentado por negros, cargados hasta las cejas de cócteles
molotov y odio racista que ni ellos mismos alcanzan a comprender.
Calígero se mete en el coche y sella así su destino. Pero, de repente,
en un semáforo, a escasos metros de su condenación, aparece el dios
protector particular del chico y le obliga a salir del coche,
salvándole. Más tarde, el muchacho contempla estremecido los cuerpos de
sus amigos extendidos en el asfalto y cubiertos con mantas, abrasados
por su propio odio irracional inoculado en las calles del Bronx desde su
infancia.
Palmentieri
crea así un personaje sobre el que nos preguntamos si es posible su
existencia. Sony es un héroe trágico quien, igual que Agamenón, ha
cometido un crimen, pero es un buen hombre. Sin embargo, también igual
que padre de Ifigenia, Antígona y Orestes, un hombre de altura debe
pagar por ese crimen. Lorenzo, el padre del chico, atisba al héroe hacia
el final y comprende que a él debe la vida del muchacho. Y así lo
expresa ante éste cuando ya no puede oírle porque el destino ha venido
antes a exigir el cumplimiento del trato en forma de negra parca vestida
de Némesis. Calígero recuerda entonces las palabras que su padre le
decía sobre Sony, espejo en el que él no debía mirarse: un talento
desperdiciado.
Esta
es una historia del Bronx, un pequeño universo que acrisola, igual que
una trilogía trágica, la miseria y grandeza de sus protagonistas, héroes
trágicos que deciden sus destinos ante la mirada inconmovible de los
dioses que los contemplan.
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