PELÍCULAS SIN TÍTULO, o cómo haciendo zapping uno se encuentra con buenas películas en la televisión que, por desidia del espectador o porque nuestro receptor no nos ofrece la información, nos quedamos sin saberlo. Se ofrece aquí la recomendación cinematográfica y, por supuesto, se agracedece que alguien aporte el título.
Después de decidir dar un título muy
cinematográfico a películas sin título, reflexiono sobre qué fue del TP que
siempre veía sobre la mesa de la salita en casa de mis suegros o el terrible
TELETEXTO, un universo de titulares en technicolor estampado sobre un fondo
profundamente negro que permitía, a quien estuviera dotado de una paciencia
infinita, informarse sobre la programación televisiva. Ahora da un poco de
pereza averiguar el título de estas dos películas que he visto recientemente,
así que recurro al muy antiguo y literario anónimo.
Esto es lo que tiene el TDT, que al menos en mi casa, casi siempre que pulso info, sale el rótulo de sin información.
En definitiva, he visto recientemente dos excelentes filmes
en televisión y en ambos casos los he cogido empezados, habiéndome sido
imposible averiguar sus títulos. En el primero, un ya maduro Daniel Defoe , que
encarnaba a un apocado y gris americano de clase media, repeinado hacia atrás,
con raya del cabello trazada con tiralíneas y portando gafas de pasta de los
años 70, igual que su cardigan de tweed,
raptaba a un Robert Reford crepuscular pero bien conservado, un self
made man quien, a base de mucho trabajar, de mucho luchar en la vida, ha
llegado a conseguir una situación holgada ya al final de su vida laboral, que
aún no ha concluido, y puede permitirse vivir en una hermosa casa con su ya
madura esposa y conducir un caro coche. El planteamiento del film es,
aparentemente, sencillo, y el espectador espera una película policíaca o un
thiller. Defoe, un hombre de apariencia inofensiva y bien vestido, no tiene
grandes dificultades para, cuando Reford está saliendo de su casa en su caro
coche hacia el trabajo, detenerlo e introducirse en él con el pretexto de
hablarle, pues se presenta como un antiguo compañero, hecho que resulta ser
cierto. Una vez dentro del coche, la pistola que le encañona dirige el resto
del film. Lo interesante de la película es cómo sólo dos personajes crean un
universo que es suficiente para mantener al espectador absolutamente
expectante, deseoso de conocer en profundidad qué lleva a un hombre a cometer
un secuestro y a otro a afrontar su rapto de tal o cual manera. Poco a poco los
mismos personajes van desvelando no sólo su psicología, sino también su pasado,
su presente, sus sentimientos y opiniones sobre tal o cual cosa, el uno
apuntando sin descanso con la pistola, el otro intentando caminar correctamente
campo a través con las manos esposadas adelante. Defoe, según él mismo afirma e
insiste constantemente en ello, sólo ha de hacer su parte, pero no es quien ha
decidido secuestrar a Reford. Tal sólo tiene que conducirle a una cabaña en un
lugar del bosque que ahora atraviesan y su parte habrá entonces concluido.
Reford se convierte así en una víctima angustiada no sólo porque se ve privado
de su libertad, sino también porque ignora los motivos que le han llevado a verse
en esta situación. En paralelo, un agente de policía se ha instalado en casa de
Redford, donde están juntos su esposa y sus dos hijos, ya adultos, casados y
con hijos. El caso parece claro: el empresario ha sido raptado para obtener un
cuantioso rescate y la familia está dispuesta a pagar en seguida para hacer que
su padre y marido vuelva a casa sano y salvo. El agente de policía pide calma:
es experto en estos casos y hay que manejar la situación con cuidado. Se
pagará, sí, pero al mismo tiempo se asegurará de que el trueque se produzca sin
contratiempos. La angustia de la familia se refleja en un par de magistrales
escenas, con la madre y sus hijos sentados, en un plano frontal demoledor, en
el sillón de un gran y magníficamente decorado salón, cogidos de la mano frente
a una mesita sobre la que está el teléfono a través del que el secuestrador se
pone en contacto con ellos para dar instrucciones.
Mientras tanto, raptor y víctima continúan su caminata
campo a través. Charlan. Defoe se muestra como un hombre inseguro, fácilmente
irritable, débil, de apariencia mistificadora, pues aunque empuña un arma, se
preocupa por su captura, le interroga por su estado físico, le ofrece agua y
está atento a su fatiga para decidir cuándo realizar un descanso. Sin embargo,
Redford es una presa testaruda. Mediante inteligentes preguntas, ahonda en los
pensamientos de su captor para averiguar qué hay detrás de todo. A veces hablan
del pasado, cuando ambos fueron compañeros, y Redford escaló posiciones y se
convirtió en un triunfador, mientras Defoe, como va desvelando en pequeñas
dosis, nunca medró, mostrando paulatinamente maneras de perdedor, amargado,
insatisfecho, culpando al mundo de una insignificancia relativa, pues existen
otras cosas que hacen de las personas grandes hombres y mujeres. Defoe necesita
el dinero, su esposa está harta de penurias y mediocridades, y amenaza con
abandonarlo si la situación no cambia. Es en este punto del film cuando el
espectador se da cuenta de que está ante un genial thriller psicológico, y entonces comienza a descubrir que Defoe no
dice la verdad, que no existen ni cabañas ni terceros que pagarán su parte, sino que es él el único
responsable del secuestro. Reford se percata de lo mismo a la vez que nosotros,
y su hasta entonces inquebrantable ánimo, su fortaleza de espíritu, su
entereza, van quebrándose, y empieza a sentir pánico. El film incrementa su
carga trágica cuando el espectador descubre que la esposa de Redford sabe que
su marido le ha sido infiel durante años, pues ésta visita a la amante de su
marido para averiguar si ella puede saber quién ah podido raptarlo y por qué.
Al mismo tiempo, Redford decide pasar a la acción. Se sabe ya en una situación
peligrosa. Debe intentar escapar. Pronto se da cuenta de que es imposible la
huída: maltrecho, sin haber ingerido alimentos, perdido en un bosque
desconocido, cayendo ya la noche, se percata de que el fin está próximo. Decide
entonces escribir una nota que ha de llegar a manos de su esposa. Este detalle
aporta al un instante de descanso para que el espectador reflexione. Redford no
puede irse sin pedir perdón a su esposa, a quien ha querido, pero a quien
también ha hecho u profundo daño con su infidelidad mantenida durante años.
Todos podemos cometer un error, concluimos, y la indulgencia es, en ocasiones,
necesaria. El problema es que cuando pensamos en que no debimos haberlo
cometido porque fue más lo que perdimos que lo que ganamos, es ya demasiado
tarde, y esa conciencia, de auténtica raigambre trágica, es devastadora, pues
en este preciso instante todo cobra su justo valor, el que nosotros nunca
supimos darle a cuanto poseíamos.
Es curioso observar cómo el cine actual se asemeja tanto a
las grandes tragedias griegas en el sentido de que llega a las mismas
conclusiones. En este caso, un error, una falta de un hombre que es en realidad
bueno, trabajador y honrado, le pone frente al sentido trágico de la
existencia, pues el hecho de ser un triunfador en la vida le va a costar la
misa por la demencia de un fracasado, y además le sitúa frente a su propia
falta, haciendo que el sufrimiento, sabiendo que el fin está próximo, se acentúe.
El yerro le sitúa al borde del abismo por el que caerá.
El desenlace se aproxima. Redford escribe la carta. Mientras
tanto, el dinero ya se ha reunido en una bolsa de deportes, que la misma mujer
entregará. Se dirige al lugar, en plena noche. La mujer se adentra en el
bosque. Camina hacia el punto convenido para la Entrega. Un coche en marcha con
las luces encendidas está detenido allí, deslumbrándola. La mujer entrega el
dinero. El coche se va, para su desesperación. La mujer lo persigue. Se oye un
disparo.
La penúltima escena de la película, a modo de denuament, revela el resto. Defoe
aparece echado en la cama, en una fría y gris habitación de una modesta casa. A
su lado duerme una mujer. Ya ha amanecido. Defoe se levanta, se afeita, se
viste, en pone su chaqueta de tweed. Va al supermercado. Realiza una compra y
paga con un billete grande, un billete demasiado grande para que lo tenga nadie
salvo un banco. La cajera se sorprende. Defoe se marcha. Echa algunas cartas al
buzón y regresa a su casa, a la que nunca llega, pues es detenido después de
que la policía hubiera sido alertada por el propietario del supermercado. Defoe
confiesa.
Antes de que aparezcan los títulos de crédito, la esposa de
Redford recibe una carta. Ésta abre el sobre con un bonito abrecartas. Extrae
el papel de su interior, pequeño, sucio, arrugado, escrito a lápiz por alguien
con las manos esposadas. La cámara enfoca su rostro La mujer lee la carta y, a
continuación, su mirada se pierde más allá de la ventana. En su rostro se dibuja
una sonrisa, a la vez que de sus ojos caen dos gruesas lágrimas.
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