miércoles, 7 de mayo de 2014

PELÍCULAS SIN TÍTULO




PELÍCULAS SIN TÍTULO, o cómo haciendo zapping uno se encuentra con buenas películas en la televisión que, por desidia del espectador o porque nuestro receptor no nos ofrece la información, nos quedamos sin saberlo. Se ofrece aquí la recomendación cinematográfica y, por supuesto, se agracedece que alguien aporte el título.





Después de decidir dar un título muy cinematográfico a películas sin título, reflexiono sobre qué fue del TP que siempre veía sobre la mesa de la salita en casa de mis suegros o el terrible TELETEXTO, un universo de titulares en technicolor estampado sobre un fondo profundamente negro que permitía, a quien estuviera dotado de una paciencia infinita, informarse sobre la programación televisiva. Ahora da un poco de pereza averiguar el título de estas dos películas que he visto recientemente, así que recurro al muy antiguo y literario anónimo. Esto es lo que tiene el TDT, que al menos en mi casa, casi siempre que pulso info, sale el rótulo de sin información.
En definitiva, he visto recientemente dos excelentes filmes en televisión y en ambos casos los he cogido empezados, habiéndome sido imposible averiguar sus títulos. En el primero, un ya maduro Daniel Defoe , que encarnaba a un apocado y gris americano de clase media, repeinado hacia atrás, con raya del cabello trazada con tiralíneas y portando gafas de pasta de los años 70, igual que su cardigan de tweed, raptaba a un Robert Reford crepuscular pero bien conservado, un  self made man quien, a base de mucho trabajar, de mucho luchar en la vida, ha llegado a conseguir una situación holgada ya al final de su vida laboral, que aún no ha concluido, y puede permitirse vivir en una hermosa casa con su ya madura esposa y conducir un caro coche. El planteamiento del film es, aparentemente, sencillo, y el espectador espera una película policíaca o un thiller. Defoe, un hombre de apariencia inofensiva y bien vestido, no tiene grandes dificultades para, cuando Reford está saliendo de su casa en su caro coche hacia el trabajo, detenerlo e introducirse en él con el pretexto de hablarle, pues se presenta como un antiguo compañero, hecho que resulta ser cierto. Una vez dentro del coche, la pistola que le encañona dirige el resto del film. Lo interesante de la película es cómo sólo dos personajes crean un universo que es suficiente para mantener al espectador absolutamente expectante, deseoso de conocer en profundidad qué lleva a un hombre a cometer un secuestro y a otro a afrontar su rapto de tal o cual manera. Poco a poco los mismos personajes van desvelando no sólo su psicología, sino también su pasado, su presente, sus sentimientos y opiniones sobre tal o cual cosa, el uno apuntando sin descanso con la pistola, el otro intentando caminar correctamente campo a través con las manos esposadas adelante. Defoe, según él mismo afirma e insiste constantemente en ello, sólo ha de hacer su parte, pero no es quien ha decidido secuestrar a Reford. Tal sólo tiene que conducirle a una cabaña en un lugar del bosque que ahora atraviesan y su parte habrá entonces concluido. Reford se convierte así en una víctima angustiada no sólo porque se ve privado de su libertad, sino también porque ignora los motivos que le han llevado a verse en esta situación. En paralelo, un agente de policía se ha instalado en casa de Redford, donde están juntos su esposa y sus dos hijos, ya adultos, casados y con hijos. El caso parece claro: el empresario ha sido raptado para obtener un cuantioso rescate y la familia está dispuesta a pagar en seguida para hacer que su padre y marido vuelva a casa sano y salvo. El agente de policía pide calma: es experto en estos casos y hay que manejar la situación con cuidado. Se pagará, sí, pero al mismo tiempo se asegurará de que el trueque se produzca sin contratiempos. La angustia de la familia se refleja en un par de magistrales escenas, con la madre y sus hijos sentados, en un plano frontal demoledor, en el sillón de un gran y magníficamente decorado salón, cogidos de la mano frente a una mesita sobre la que está el teléfono a través del que el secuestrador se pone en contacto con ellos para dar instrucciones.
Mientras tanto, raptor y víctima continúan su caminata campo a través. Charlan. Defoe se muestra como un hombre inseguro, fácilmente irritable, débil, de apariencia mistificadora, pues aunque empuña un arma, se preocupa por su captura, le interroga por su estado físico, le ofrece agua y está atento a su fatiga para decidir cuándo realizar un descanso. Sin embargo, Redford es una presa testaruda. Mediante inteligentes preguntas, ahonda en los pensamientos de su captor para averiguar qué hay detrás de todo. A veces hablan del pasado, cuando ambos fueron compañeros, y Redford escaló posiciones y se convirtió en un triunfador, mientras Defoe, como va desvelando en pequeñas dosis, nunca medró, mostrando paulatinamente maneras de perdedor, amargado, insatisfecho, culpando al mundo de una insignificancia relativa, pues existen otras cosas que hacen de las personas grandes hombres y mujeres. Defoe necesita el dinero, su esposa está harta de penurias y mediocridades, y amenaza con abandonarlo si la situación no cambia. Es en este punto del film cuando el espectador se da cuenta de que está ante un genial thriller psicológico, y entonces comienza a descubrir que Defoe no dice la verdad, que no existen ni cabañas ni terceros que  pagarán su parte, sino que es él el único responsable del secuestro. Reford se percata de lo mismo a la vez que nosotros, y su hasta entonces inquebrantable ánimo, su fortaleza de espíritu, su entereza, van quebrándose, y empieza a sentir pánico. El film incrementa su carga trágica cuando el espectador descubre que la esposa de Redford sabe que su marido le ha sido infiel durante años, pues ésta visita a la amante de su marido para averiguar si ella puede saber quién ah podido raptarlo y por qué. Al mismo tiempo, Redford decide pasar a la acción. Se sabe ya en una situación peligrosa. Debe intentar escapar. Pronto se da cuenta de que es imposible la huída: maltrecho, sin haber ingerido alimentos, perdido en un bosque desconocido, cayendo ya la noche, se percata de que el fin está próximo. Decide entonces escribir una nota que ha de llegar a manos de su esposa. Este detalle aporta al un instante de descanso para que el espectador reflexione. Redford no puede irse sin pedir perdón a su esposa, a quien ha querido, pero a quien también ha hecho u profundo daño con su infidelidad mantenida durante años. Todos podemos cometer un error, concluimos, y la indulgencia es, en ocasiones, necesaria. El problema es que cuando pensamos en que no debimos haberlo cometido porque fue más lo que perdimos que lo que ganamos, es ya demasiado tarde, y esa conciencia, de auténtica raigambre trágica, es devastadora, pues en este preciso instante todo cobra su justo valor, el que nosotros nunca supimos darle a cuanto poseíamos.
Es curioso observar cómo el cine actual se asemeja tanto a las grandes tragedias griegas en el sentido de que llega a las mismas conclusiones. En este caso, un error, una falta de un hombre que es en realidad bueno, trabajador y honrado, le pone frente al sentido trágico de la existencia, pues el hecho de ser un triunfador en la vida le va a costar la misa por la demencia de un fracasado, y además le sitúa frente a su propia falta, haciendo que el sufrimiento, sabiendo que el fin está próximo, se acentúe. El yerro le sitúa al borde del abismo por el que caerá.
El desenlace se aproxima. Redford escribe la carta. Mientras tanto, el dinero ya se ha reunido en una bolsa de deportes, que la misma mujer entregará. Se dirige al lugar, en plena noche. La mujer se adentra en el bosque. Camina hacia el punto convenido para la Entrega. Un coche en marcha con las luces encendidas está detenido allí, deslumbrándola. La mujer entrega el dinero. El coche se va, para su desesperación. La mujer lo persigue. Se oye un disparo.
La penúltima escena de la película, a modo de denuament, revela el resto. Defoe aparece echado en la cama, en una fría y gris habitación de una modesta casa. A su lado duerme una mujer. Ya ha amanecido. Defoe se levanta, se afeita, se viste, en pone su chaqueta de tweed. Va al supermercado. Realiza una compra y paga con un billete grande, un billete demasiado grande para que lo tenga nadie salvo un banco. La cajera se sorprende. Defoe se marcha. Echa algunas cartas al buzón y regresa a su casa, a la que nunca llega, pues es detenido después de que la policía hubiera sido alertada por el propietario del supermercado. Defoe confiesa.
Antes de que aparezcan los títulos de crédito, la esposa de Redford recibe una carta. Ésta abre el sobre con un bonito abrecartas. Extrae el papel de su interior, pequeño, sucio, arrugado, escrito a lápiz por alguien con las manos esposadas. La cámara enfoca su rostro La mujer lee la carta y, a continuación, su mirada se pierde más allá de la ventana. En su rostro se dibuja una sonrisa, a la vez que de sus ojos caen dos gruesas lágrimas.

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