jueves, 22 de mayo de 2014

CAJÓN DE ARTÍCULOS. ESCAPARATES LITERARIOS


   

   Tal vez resulte para algunos excesivo afirmar que el negocio editorial sigue unos derroteros y la buena literatura sigue otros distintos. En verdad, esta afirmación es una contradicción en sí misma, pues se supone que el negocio editorial tiene como finalidad difundir la buena literatura, además de obtener beneficios económicos. No obstante, pensamos que lo primero no es empíricamente demostrable y lo segundo es incuestionable. Los lectores suponemos que aquellas obras literarias (y me refiero sólo a los géneros narrativo, la poesía y el ensayo; excluyo (auto)biografías, literatura didáctica e infantil y otros) que se imprimen y ocupan las baldas y los escaparates de las librerías han superado ya la prueba de calidad, las editoriales han apostado por su publicación y lucen allí como buenos libros dignos de ser leídos.


  ESCAPARATES LITERARIOS


   Nosotros opinamos aquí que eso no es cierto. Hablemos, pues, de certezas. Es verdad que puede argüirse que hay tantas literaturas como lectores, pero no lo es menos que la clasificación excelente-bueno-regular-malo-infumable puede legítimamente utilizarse con respecto al panorama literario actual. También es cierto que se tacha de pedante a quien opina que los best-sellers suelen rozar lo regular-malo-infumable, pero también lo es el argumento de que el mero hecho de ser los libros más vendidos refuta tal asevaración. Entonces entramos en el terreno de la sociología de la literatura, donde nos perderíamos en inútiles disquisiciones, pues cada cual puede leer lo que le venga en gana, desde lo excelente a lo infumable, haciendo uso de su libertad. (No olvidamos aquí que recientemente se ha vuelto a publicar la obra de García Márquez tras su muerte y algunos de sus libros ocupan los primeros primeros puestos de las listas de los más vendidos. De él sólo he leído El general no tienen quien le escriba, y G.M. no es un autor que me guste).  

   Nosotros nos referimos a otra cuestión. Pensamos que hay demasiados libros publicados, y si esto es así, es porque se escribe demasiado. La oferta ahora, paradójicamente en un tiempo cuando se dice que se lee poco, es abrumadora, y las mesas de novedades de las librerías están repletas de nuevas publicaciones. A mayor oferta, mayor confusión, y mayor es la tolerancia con respecto a lo que vale como obra literaria. Hay demasiados escritores. Hay demasiados libros. El negocio editorial es una franquicia sin filtros de calidad, y lo que se echa de menos es una librería pequeña, pero selectiva, donde el lector vaya a escoger un libro con la seguridad de que lo que se lleva tienen una mínima calidad literaria. Alguna queda, gracias a las Musas. Los escritores deberían tomarse todos un año sabático, o dos, y dejar que el lector vaya leyendo lo que ya está publicado, en lugar de ahogarse en océanos de papel enfurecidos. La imposibilidad de que nuestro deseo se cumpla radica en los lectores. La lectura es algo tan íntimo y democrático que resulta poco ético reprochar a un lector que lo que lee está en los últimos puestos de la tabla o ha descendido a segunda división. La culpa no es del lector. La culpa es del escaparate. Pero menos mal que existen miles de blogs literarios para satisfacer también los deseos de los letraheridos, y siempre nos quedarán los clásicos. ¿Los clásicos? ¿Qué son los clásicos....?. Pero eso es otro artículo.  
  

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