Tal vez resulte para algunos excesivo afirmar que el negocio editorial sigue unos derroteros y la buena literatura sigue otros distintos. En verdad, esta afirmación es una contradicción en sí misma, pues se supone que el negocio editorial tiene como finalidad difundir la buena literatura, además de obtener beneficios económicos. No obstante, pensamos que lo primero no es empíricamente demostrable y lo segundo es incuestionable. Los lectores suponemos que aquellas obras literarias (y me refiero sólo a los géneros narrativo, la poesía y el ensayo; excluyo (auto)biografías, literatura didáctica e infantil y otros) que se imprimen y ocupan las baldas y los escaparates de las librerías han superado ya la prueba de calidad, las editoriales han apostado por su publicación y lucen allí como buenos libros dignos de ser leídos.
ESCAPARATES LITERARIOS
Nosotros nos referimos a otra cuestión. Pensamos que hay demasiados libros publicados, y si esto es así, es porque se escribe demasiado. La oferta ahora, paradójicamente en un tiempo cuando se dice que se lee poco, es abrumadora, y las mesas de novedades de las librerías están repletas de nuevas publicaciones. A mayor oferta, mayor confusión, y mayor es la tolerancia con respecto a lo que vale como obra literaria. Hay demasiados escritores. Hay demasiados libros. El negocio editorial es una franquicia sin filtros de calidad, y lo que se echa de menos es una librería pequeña, pero selectiva, donde el lector vaya a escoger un libro con la seguridad de que lo que se lleva tienen una mínima calidad literaria. Alguna queda, gracias a las Musas. Los escritores deberían tomarse todos un año sabático, o dos, y dejar que el lector vaya leyendo lo que ya está publicado, en lugar de ahogarse en océanos de papel enfurecidos. La imposibilidad de que nuestro deseo se cumpla radica en los lectores. La lectura es algo tan íntimo y democrático que resulta poco ético reprochar a un lector que lo que lee está en los últimos puestos de la tabla o ha descendido a segunda división. La culpa no es del lector. La culpa es del escaparate. Pero menos mal que existen miles de blogs literarios para satisfacer también los deseos de los letraheridos, y siempre nos quedarán los clásicos. ¿Los clásicos? ¿Qué son los clásicos....?. Pero eso es otro artículo.
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