lunes, 12 de mayo de 2014

LITERATURA JAPONESA: MURAKAMI (Y 2)



FIN DE LA CRÓNICA DEL PÁJARO QUE DA CUERDA AL MUNDO



  Acabo, por fin, el libro del celebrado escritor Haruki Murakami, tarea titánica ciertamente, pues es el más extenso de cuántos el japonés ha escrito hasta ahora, seguido de cerca por Tokio Blues, también bastante “tocho”. Por cierto que el término tocho, “conjunto grande de hojas de papel”, según el diccionario, es el término coloquial que designa un libro grueso, aunque el diccionario no recoge el matiz semántico de “pesado” o “insufrible” que para los lectores el término conlleva. No me atrevería yo a considerar el libro de Murakami que comentamos insufrible, pero lo que es cierto es que estamos ante un nuevo caso de fenómeno editorial donde la fama precede al libro, y el lector se enfrenta a él ya condicionado, pues espera encontrar una obra maestra, quedando decepcionado, pues Crónica…es un tocho en toda regla, con un final decepcionante además.
Decepción he sentido, por lo tanto, al concluir el libro. Quinto Horacio Flaco, el gran poeta romano, dejó escrito en su Arte Poética que en el oficio del poeta (léase escritor hoy) era esencial adecuar el tema a tratar con la forma del mismo, esto es, que el equilibrio entre forma y contenido era una obligación ineludible del verdadero escritor. Yo estoy en total acuerdo con él, y el libro que comentamos quebranta esta regla básica flagrantemente.  La Crónica de Murakami no necesita las grosso modo novecientas páginas que su autor ha escrito; lo malo de esto es que el lector se da cuenta al final, cuando ya ha empleado meses (en mi caso) en concluir sin desfallecer (bueno, algunos momentos de tentación de arrojar el libro he tenido) el citado tocho, y le invade la sensación de haber derrochado un tiempo precioso durante el cual podría haber leído otro libros más cortos. Probablemente el libro hubiera sido otro si el autor hubiera prescindido de decenas de páginas que no son sino excursos innecesarios que no aportan casi nada al hilo argumental central, aunque se lean con interés (nota: siempre y cuando el lector sea curioso y quiera saber cosas sobre las guerras chino-japonesas del pasado siglo), pero que resultan por su extensión tediosas, como por ejemplo las torturas del general ruso y sus mongoles o la matanza por parte de los soldados chinos de los animales del zoo. No se debe usar novecientas páginas para contar tan poco, pues ni siquiera existe en Murakami un análisis profundo de la psicología de los personajes, ni bellas descripciones de ambientes, ni hallazgos narrativos dignos de destacar que justifiquen tal profusión de palabras, por no entrar en el análisis de la coherencia interna de la novela, a pesar del dominio, como opinaba en la primera parte de la crónica de la Crónica, de las técnicas narrativas del japonés. 
El desenlace del libro es decepcionante porque no está a la altura de tan titánica empresa literaria, y a demás se comprende mal. No alcanza este lector contumaz a comprender qué conclusiones quiere Murakami sacar de cuanto ha ido desarrollando a lo largo de los capítulos, pues siempre se tiene la sensación de que todo cuanto ha sucedido antes confluirá en un “algo” donde todos los cabos quedan atados y los flecos sueltos desaparecen, como hacen otros grandes escritores, pero que al final no sucede. Al final la sensación que queda es la de que Murakami, a modo de los dioses de la máquina -Deus ex machina- del teatro euripideo, tiene urgencia por concluir una tela de araña en la que él mismo se está quedando enredado y resuelve todo de un plumazo para dejar las cosas en el sitio para satisfacer al lector que va a cerrar el libro y no va pensar más, pero no se exige a sí mismo el compromiso de ofrecer al lector reflexivo una resolución intelectual y literaria digna de todos los frentes abiertos durante su narración, convirtiendo el libro en un ejercicio inútil de escritura, donde el desequilibrio entre contenido y forma queda aún más en evidencia. Ni siquiera la originalidad del autor en ciertos aspectos de su obra, como pueden ser los largos títulos de cada capítulo o la pintoresca personalidad de algunos de sus personajes, le salvan del naufragio.
Tal vez, lo mismo que sucede con los libros de Larson, la popularidad de que Murakami goza entre los lectores evite que éstos intenten una crítica profunda, pues el solo hecho de que el autor sea conocido y alcance el rango de Best Seller basta para obviarla. Pero si comparamos a Murakami con otros escritores de su país, éste queda muy por debajo. Por eso creo que si se alienta la lectura de Kawawati, Mishima, Tanizaki o Kawakami, por ejemplo, lo mismo que se alienta la de Murakami, los lectores auténticos tendrían más elementos de juicio con los que poder comparar calidades literarias y hallazgos narrativos, y pondrían a Murakami en su justo lugar: un buen escritor, sí, pero no de obras maestras. Claro que, si esto sucediera, el privilegio de leer a los grandes ya no sería de unos pocos, y a  algunos nos gusta este prurito de exclusividad. 

Crónica… es, o pretende ser, una novela policíaca a veces, de misterio otras, reflexiva en ocasiones, pero nunca llega a ser nada de esto del todo. De hecho un personaje que podría ser el trasunto de cualquier investigador privado literario-televisivo de los muchos que existen (Mark Hammer, el Jaritos de Márkaris, Nero Wolfe, Kinsey Milmoh, Dave Robicheaux, Carvalho, Montalbano, etc, etc) pero dotado de un patetismo particular desparece cuando comenzamos a pensar que el personaje nos gusta. Con  los demás personajes pasa un poco lo mismo, pues, envueltos en un halo de misterio al principio, pierden encanto a medida que el libro va desarrollándose y se convierten en personajes vacíos que van empequeñeciéndose hasta desaparecer; incluso la esposa del personaje central de la novela es un personaje desvaído, casi un fantasma ya desde el principio del libro.
Concluyo mi crónica de la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo con una pequeña reflexión sobre la lectura: leer un libro es una aventura, y aunque ésta sea fallida, siempre puede sacarse algo positivo de ella. De Murakami  me quedo con los diálogos y la descripción de los pequeños detalles de las rutinas diarias del protagonista, así como haber aprendido algo más sobre la cultura japonesa (más cercana hoy a la occidental de lo que creemos), y poco más. Pero por el momento volveré a sus compatriotas, dejando la tarea de leer otro de sus libros para más adelante. Si hemos de ser justos, no se debería juzgar el trabajo de un escritor por un solo libro, pero novecientas páginas son, por el momento, bastantes para disuadir al lector de repetir. Dewa Mata.

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