FIN DE LA CRÓNICA DEL PÁJARO QUE DA CUERDA AL MUNDO
Decepción
he sentido, por lo tanto, al concluir el libro. Quinto Horacio Flaco,
el gran poeta romano, dejó escrito en su Arte Poética que en el oficio
del poeta (léase escritor hoy) era esencial adecuar el tema a tratar con
la forma del mismo, esto es, que el equilibrio entre forma y contenido
era una obligación ineludible del verdadero escritor. Yo estoy en total
acuerdo con él, y el libro que comentamos quebranta esta regla básica
flagrantemente. La Crónica de Murakami no necesita las grosso modo
novecientas páginas que su autor ha escrito; lo malo de esto es que el
lector se da cuenta al final, cuando ya ha empleado meses (en mi caso)
en concluir sin desfallecer (bueno, algunos momentos de tentación de
arrojar el libro he tenido) el citado tocho, y le invade la sensación de
haber derrochado un tiempo precioso durante el cual podría haber leído
otro libros más cortos. Probablemente el libro hubiera sido otro si el
autor hubiera prescindido de decenas de páginas que no son sino excursos
innecesarios que no aportan casi nada al hilo argumental central,
aunque se lean con interés (nota: siempre y cuando el lector sea curioso
y quiera saber cosas sobre las guerras chino-japonesas del pasado
siglo), pero que resultan por su extensión tediosas, como por ejemplo
las torturas del general ruso y sus mongoles o la matanza por parte de
los soldados chinos de los animales del zoo. No se debe usar novecientas
páginas para contar tan poco, pues ni siquiera existe en Murakami un
análisis profundo de la psicología de los personajes, ni bellas
descripciones de ambientes, ni hallazgos narrativos dignos de destacar
que justifiquen tal profusión de palabras, por no entrar en el análisis
de la coherencia interna de la novela, a pesar del dominio, como opinaba
en la primera parte de la crónica de la Crónica, de las técnicas narrativas del japonés.
El
desenlace del libro es decepcionante porque no está a la altura de tan
titánica empresa literaria, y a demás se comprende mal. No alcanza este
lector contumaz a comprender qué conclusiones quiere Murakami sacar de
cuanto ha ido desarrollando a lo largo de los capítulos, pues siempre se
tiene la sensación de que todo cuanto ha sucedido antes confluirá en un
“algo” donde todos los cabos quedan atados y los flecos sueltos
desaparecen, como hacen otros grandes escritores, pero que al final no
sucede. Al final la sensación que queda es la de que Murakami, a modo de
los dioses de la máquina -Deus ex machina-
del teatro euripideo, tiene urgencia por concluir una tela de araña en
la que él mismo se está quedando enredado y resuelve todo de un plumazo
para dejar las cosas en el sitio para satisfacer al lector que va a
cerrar el libro y no va pensar más, pero no se exige a sí mismo el
compromiso de ofrecer al lector reflexivo una resolución intelectual y
literaria digna de todos los frentes abiertos durante su narración,
convirtiendo el libro en un ejercicio inútil de escritura, donde el
desequilibrio entre contenido y forma queda aún más en evidencia. Ni
siquiera la originalidad del autor en ciertos aspectos de su obra, como
pueden ser los largos títulos de cada capítulo o la pintoresca
personalidad de algunos de sus personajes, le salvan del naufragio.
Tal
vez, lo mismo que sucede con los libros de Larson, la popularidad de
que Murakami goza entre los lectores evite que éstos intenten una
crítica profunda, pues el solo hecho de que el autor sea conocido y
alcance el rango de Best Seller basta para obviarla. Pero si comparamos a
Murakami con otros escritores de su país, éste queda muy por debajo.
Por eso creo que si se alienta la lectura de Kawawati, Mishima, Tanizaki
o Kawakami, por ejemplo, lo mismo que se alienta la de Murakami, los
lectores auténticos tendrían más elementos de juicio con los que poder
comparar calidades literarias y hallazgos narrativos, y pondrían a
Murakami en su justo lugar: un buen escritor, sí, pero no de obras
maestras. Claro que, si esto sucediera, el privilegio de leer a los
grandes ya no sería de unos pocos, y a algunos nos gusta este prurito de exclusividad.
Crónica…
es, o pretende ser, una novela policíaca a veces, de misterio otras,
reflexiva en ocasiones, pero nunca llega a ser nada de esto del todo. De
hecho un personaje que podría ser el trasunto de cualquier investigador
privado literario-televisivo de los muchos que existen (Mark Hammer, el
Jaritos de Márkaris, Nero Wolfe, Kinsey Milmoh, Dave Robicheaux,
Carvalho, Montalbano, etc, etc) pero dotado de un patetismo particular
desparece cuando comenzamos a pensar que el personaje nos gusta. Con los
demás personajes pasa un poco lo mismo, pues, envueltos en un halo de
misterio al principio, pierden encanto a medida que el libro va
desarrollándose y se convierten en personajes vacíos que van
empequeñeciéndose hasta desaparecer; incluso la esposa del personaje
central de la novela es un personaje desvaído, casi un fantasma ya desde
el principio del libro.
Concluyo mi crónica de la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo
con una pequeña reflexión sobre la lectura: leer un libro es una
aventura, y aunque ésta sea fallida, siempre puede sacarse algo positivo
de ella. De Murakami me quedo
con los diálogos y la descripción de los pequeños detalles de las
rutinas diarias del protagonista, así como haber aprendido algo más
sobre la cultura japonesa (más cercana hoy a la occidental de lo que
creemos), y poco más. Pero por el momento volveré a sus compatriotas,
dejando la tarea de leer otro de sus libros para más adelante. Si hemos
de ser justos, no se debería juzgar el trabajo de un escritor por un
solo libro, pero novecientas páginas son, por el momento, bastantes para
disuadir al lector de repetir. Dewa Mata.
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